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LA GUSANERA DEL FRACASO

 

¿OTRA VEZ ÍTACA?

Ahora, cuando siento que la vida
le ha regalado a otros lo que yo
anhelaba, cuando empiezo a entender
que sus promesas no eran más que sueños,
fabulaciones crédulas de mi imaginación,
cuando los vientos del futuro
hinchan velas de barcos más ligeros,
modernos y veloces que mi pobre
chalupa, me pregunto
si mereció la pena el alto precio
que tuve que pagar: dejar atrás familia,
casa, amigos, seguridad, cariño
—exigente, pero cariño al fin—
para subir en ella con la vaga esperanza
de aquel mundo dorado, libre, fácil,
independiente y pleno.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRefulgían
oros en la distancia, destellaban
cúpulas de imaginados templos
donde cada deseo se vería
satisfecho con sólo hacer al dios
la pertinente ofrenda. Se escuchaba
—muy lejos— el galope de caballos
hermosos, los más bellos
que pudieran haberse imaginado,
y la sangre en el corazón latía,
corría por las venas con una amarga urgencia
por escapar de allí, me golpeaba
las sienes con un ansia desmedida de riesgo,
peligro y aventura eran las únicas
palabras del exiguo diccionario.

Ahora, cuando pone la vida ante mis ojos,
con insana delectación, aquello
que yo anhelaba, me hago una pregunta
—sin pretender siquiera que algo o alguien
la pueda responder o me demuestre
que ni es la correcta ni la única
que debo hacerme—:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿dónde hallar, al menos,
esa sabiduría que los viejos
de mi pueblo de origen poseían
sin haberlo jamás abandonado
ni desear hacerlo? ¿Dónde hallar
la calma de sus ojos al mirarme
—condescendientes, neutros— cuando niño?
¿Es posible esa paz en este mundo?

Aunque algunos minutos —dos, tres, cinco,
media hora a lo sumo— cada muchos,
muchos meses, pretenda la hechicera,
sucia vida de aquí, reconciliarme
con su dorada escoria mediante vanos trucos
y trasuntos de la felicidad,
esa que muchos, que casi todos dicen
disfrutar ya o estar a punto,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy aunque cada
vez parezcan sus espejismos más
reales, esa efímera chata plenitud
—rodeada de fango que se niegan
a ver, reconocer que lo están viendo
cada día, que hunden sus zapatos
en él cada mañana—, entreverada
de este mismo deseo de final,
de acabamiento lúcido y sensato,
que nos niegan por ley incluso,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxaun
así, respondo a mi pregunta: no,
no es posible esa paz en este mundo.

 

 

 

 

EL VELLOCINO DE ORO

Si tus cabellos van encaneciendo,
las luces apagándose y las vanas
esperanzas dejándose arrastrar
por fríos vientos que proceden siempre
del lugar al que estabas intentando
llevar tus pasos, cada vez más lentos;

si empiezas a notar que las alegres
miradas de los jóvenes se vuelven
y se alejan apenas te saludan
no aparentas la edad que tienes, dicen—
mostrándote —si no te habías dado
cuenta aún— que por mucho que te gusten
e insistas —les encanta— para ellos
ya estás del otro lado de la cumbre;

si tu cuerpo no aguanta como antaño
largas horas de búsqueda y excesos
—que no te brindan el deslumbramiento
de ayer, más bien te aburren— y te cobra
cada noche de turbios recorridos
con tres o cuatro días de agotamiento;

si la vida —que ya te parecía
hace años tan frágil y en peligro—
parece estar tornándose tan árida
que te aterra poner cada mañana
los pies sobre la alfombra y afrontarla
con ánimo, no debes sorprenderte
ni arrepentirte.
xxxxxxxxxxxxxxxPiensa que de cuantos
senderos ante ti se presentaban
—a pesar de las muchas opiniones
contrarias— elegiste el más agreste:
pensaste —¿lo recuerdas?— que el camino
natural —relación estable, casa
propia, hijos— no era el tuyo, no
podía conciliarse con la vida
verdadera,
xxxxxxxxxxxcon el constante riesgo
de naufragar sin alcanzar siquiera
a entrever el fulgor del vellocino
brillando en la distancia, con la firme
convicción —¿en verdad llegó a importarte?—
de que muchos amigos quedarían
rezagados, cansados de remar
en tu provecho o tú los dejarías
atrás cuando ya no te hicieran falta.

¿En verdad te sorprende estar varado
en esta costa, solo…? ¿Y en verdad
te arrepientes de haber dilapidado
sin pudor la confianza y el apoyo
de cuantos se atrevieron —atraídos
por tu arrojo quizás o por la magia
falaz de tus palabras— a emprender
a tu lado tan insensato viaje…?

 

 

 

 

REPRESÉNTASE LA BREVEDAD…

En las fotos buscadas, en los sueños sepultos,
en el aire voraz que ya ha abrasado
las pocas ilusiones, en tu carne imposible
y en el beso que nunca y en la luz que
jamás, en todo toco la vida desquiciada,
desordenada, inútil, vacía,
que no podré vivir o que viví sin saberla
—¿alguien sabe la vida mientras vive?—
y ya es tarde y no puedo volver hasta la noche en
la que dije que no a aquellos labios,
al imposible tiempo en el que quise, —o creí
que quería— que no faltaras nunca,

ni a los cuartos oscuros donde sólo las manos,
los cuerpos y el sudor y los murmullos,
los súbitos mecheros, la prisa, el desenfreno
por correrse y salir y —sin lavarse
las manos, sin apenas mojarse un poco el pelo—
regresar a la pista, el loco baile
y a las turbias miradas —sólo tiene unos ojos
el deseo—, y ya es tarde y todo aquello
no existió ni tampoco lo recuerdo aunque crea
que puedo recordarlo: no hubo noche,
pista de baile, cuarto oscuro, sexo aún
más oscuro y luego lluvia de amor que
todo aquello limpiaba y arrastraba en torrenteras,

es tarde ya, pasado, vida vete
de aquí, ya no atormentes el alma de quien no te
reconoce ni acepta tus fantasmas
y su cháchara vana, no recuerdo, no quiero
recordar, ya no estamos, ni queremos
ni somos, ni pensamos lo mismo, no podemos
hablar el mismo idioma. Es tu turno,
futuro, habla, dile, interpreta para ella
mis palabras, para que al fin entienda
que no creo ni en ti ni en ella, sólo en la tibia y
falaz inexistencia que llamamos
presente y que se esfuma al decirlo, que no dura
ni el tiempo de decir esas tres sílabas.

 

 

 

Paniagua, Ángel. Debajo de los días. Murcia; Ed. Raspabook, 2018.

 

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