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PÓLVORA EN EL SUEÑO

Acabo de leerme ‘Pólvora en el sueño’, la antología de Miguel Ángel Velasco que Alfredo Rodríguez -el antólogo que la ha llevado a cabo y ha tenido a bien enviarme- publicó en Chamán ediciones.
El libro es una perfecta semblanza del poeta mallorquín. Es magnífica la introducción que lleva a cabo Alfredo Rodríguez, el estudio de los libros que el propio Velasco consideraba dignos, las aportaciones de poetas nacionales con textos escritos ex profeso para esta antología (inmenso, a mi parecer, el texto de Vicente Gallego; espejo de los deleites y los demonios de cada uno); además de algunas prosas de Velasco, así como tres entrevistas realizadas al poeta.

 

 

Y aquí dejo una breve selección de poemas de la antología.

 

 

De ‘EL SERMÓN DEL FRESNO’

OH muerte soberana, señora de mis rimas,
hoy vengo aquí a pediros un favor, el primero
que, creo, os he pedido, y el último que os pida.
Escuchad este ruego que dejo en vuestro sayo,
aunque tan sólo sea por nuestro viejo trato
y en pago a cuanto digo de vuestra lozanía
—y no es por adularos, que a nadie se le escapa
lo bien que os conserváis: igual que el primer día—:
dadme un poco de tiempo para decir mi vida.
Luego podéis venir a buscarme; os prometo
no haceros esperar, y confío en tener
pensado un verso claro, para vos, ese día.

 

 

 

 

De ‘EL DIBUJO DE LA SAVIA’

APARICIÓN

Está ya anocheciendo, pero tente,
aguarda un poco más. Desdeña ahora
la luz señera de la casa. Escucha
crujir la muchedumbre de los árboles,
el arroyo correr, la nota líquida
en la garganta del zorzal, y siente
latir el bosque en vilo de inminencia.
Cierra manso los ojos y respira
el verde olor de la espesura, yérguete
en el impulso de aspirar y seas
un solo pulso absorto con la fronda.
Abre ahora los ojos a la noche,
ve los bultos severos de los pinos,
su rigidez alerta; pero aguarda,
aguarda todavía: mira alzarse
el rostro que invocaste, el rostro amado,
como otra luna entre las negras ramas.

 

 

 

 

De ‘LA VIDA DESATADA’

LA LECCIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAprendía palabras
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen su lecho de muerte.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxElías Canetti

Hoy miro en tu estudio las cosas como las dejaste
la última vez que estuviste sentado a tu mesa:
la viruta rizada de un lápiz en el cenicero,
el mercurio en el punto preciso donde lo dejara
el calor de tu pulso,
los cuadernos de notas en ese latín
que hacía unos meses
comenzaste a estudiar,
—¿qué palabras dirías tan sólo una vez,
en voz baja, una vez nada más, sin saber
que ya nunca las ibas de nuevo a decir?;
¿tal vez comus o rus o reliquiae?;
yo quisiera saber cuáles fueron
y por ti pronunciarlas ahora,
aunque nadie las pueda decir las palabras por otro—.
Pues era tu solo deseo aprender,
y, avanzada tu edad, no dejabas
de estudiar cuantas cosas
pensabas que un hombre cabal no podía dejar de saber.
Y un día buscabas la íntima voz de Montaigne,
y al otro eran versos de Wordworth, ¿recuerdas?, Indicios de inmortalidad
O Shakespeare, que amabas más que a ningún otro,
y que, de memoria, decías a veces en nítido inglés,
ese inglés melodioso que desde la infancia te oí.
Y tal llegó a ser por entonces tu curiosidad
que un día escuché de tus labios la firme pregunta
de cómo era aquello del viaje con elesedé,
que tal vez algún día quisieras probarlo.

Recuerdo que aún en la cama de aquel hospital
me evocabas, en su estantería, los tomos de Gibbon,
diciendo que acaso de vuelta a la casa
podrías leerlos al fin,
y cómo brillaban tus ojos
pensando en el fresco rincón
donde, bajo la parra, en verano, solías sentarte a leer.
Y ahora sé que, con ello, a la vez tu lección magistral me dictabas,
al mostrarle a la muerte a lo vivo su ferocidad;
y es que llega cuando uno está todavía aprendiendo.

 

 

 

UNA PLUMA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Jordi Iváñez

Aquel plumón temblaba entre la yerba,
junto al acantilado,
la brisa lo arrastraba, mientras él
se prendía a las briznas.
Una pluma menuda, de un gris perla,
más oscuro en los bordes,
con unas pintas blancas
haciéndole un dibujo minucioso.
la tomé entre mis dedos
y tras examinarla muy de cerca
la guardé en la chaqueta con cuidado.
(Ya sabéis, el poeta
aprendiz de ornitólogo,
que a buen seguro no distinguiría
un mirlo de un milano…)
La quería
para mi colección de talismanes,
viejas cosas del tiempo. Al fin y al cabo,
en ella estaba el pulso
de la mañana intacto, ese latido
pudoroso de un día como tantos:
en ella estaba el cielo encapotado,
también de un gris de plomo,
y el bullicioso encaje de la espuma.
Y los ojos de acero
de una mujer que habías deseado.
Se redimía el mundo en esa pluma
caída entre la yerba, junto a un cardo,
unas cansinas malvas sin aroma
y un ágave gastado.
Descorríase el cielo por momentos
y el sol ilumiaba
el mar azul cobalto,
despacio se encendía
el litoral de un nácar delicado.
Y al inundar de brisa los pulmones
con el salitre entraba la promesa
de un vivir más liviano.

Fue que al llegar a casa
eché mano al bolsillo:
la pluma había volado.
En ella estaba el cielo,
unos ojos, el mar, una promesa…
Pues la perdí, la canto.

 

 

 

 

De LA MIEL SALVAJE

LA TREGUA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Giulia Sissa
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxy a Carlos Marzal

Esta noche
todos somos iguales en la plaza,
desparramados cuerpos a la espera
de ese negro rey mago
que escupirá sus bolas de heroína.
Toda la turba acude a la calleja sórdida
y el monarca administra taciturno
la medida ración de muerte en vida.
De nada sirve hoy el láudano del verso,
ni las habitaciones de la música:
te han mirado unos ojos sin amor.

Llegan figuras ávidas
de hombres destruidos y mujeres ajadas.
Te observan extrañados los parias de este mundo
porque en tu rostro aún faltan los estigmas
del alma condenada a su veneno.
Pero esta noche eres
igual a todos ellos, sólo un grano
de este seco racimo que se agolpa en la acera.

Bultos oscuros en los soportales,
con brillos de papel de plata fría
por donde corre trémula la gota
que unos labios persiguen anhelantes,
y al aspirar el humo
se anega el cuerpo en su placenta antigua.

Te alejas afanoso,
tu porción de letargo en el bolsillo,
y sales a la arteria donde bulle,
en la noche del sábado, la multitud festiva.
Te miran unos ojos
al pasar, y no saben
que en tu puño apretado va una tregua
de sombra con la vida.

 

 

 

 

De ‘FUEGO DE RUEDA’

CLÍMAX

Qué profunda, qué suelta
en tu venirte, negra, y es que infunde
temor,
respeto grande,
el misterio tremendo de tu arder.

Qué miedo merecerte,
posesa de la llama que te enhebra,
muñeca de vudú
clavada al alfiler que te da alas.

Y qué desnudo trance
en ese refluir
toda a tu centro virgen donde casi
te quedas sola
en tu gozarte loca hasta el ancestro,
descortezándote de ti, de ti,
hasta la fibra fina,
hasta quedar la nuez
a flote de la niña que bandea
en su agua de vida.

 

 

 

 

De ‘MEMORIA DEL TRASLUZ’

SZITAKÖTÖ
(Libélula)

Por los mullidos campos
cuatro sílabas duras
en aguda puntada.

Cómo tricota el fiel del equilibrio,
la joya acalambrada,
para engastarse al punto en una fija
rosa de marear.

Caballito del diablo,
aguijón de guindilla, sobrevuelas
nuestro placer entre las amapolas,
el oficio feliz de hilar la grana
de seda a vientre, de cordón a beso.

Qué ir y venir la aguja por los prados.

Qué repaso el amor,
siempre en costura.

 

 

 

 

De ‘ÁNIMA DE CAÑÓN’

DAMA ADORMIDERA

Dolor de las criaturas,
magnitud extramuros.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxY es milagro
que la tierra provea,
que de la misma fécula
convulsa en que se incuban
la tenaza y el cínife,
cuaje la autoridad
de una savia maestra
que restituye su entereza al roto,
su patria de palabra al asordado.

¿Seréis conmigo, adormidera, abuela
del quebranto, en el trance, cuando nada
pueda ya la señora de mis días
proveer de consuelo;
cuando la amada apenas
alcance a sostenernos
el hilo del mirar y, vuelto el rostro,
maldiga de la vida,
porque la vida huya,
madre desarbolada, porque el río
la pueda, y deje, huyendo, de su mano
el peso del nacido en aguas solas?

¿Seréis conmigo, dama,
cuando el dolor allane
la morada del cuerpo y éste sea
ya nada más que casa desolada?

 

 

 

 

De ‘LA MUERTE UNA VEZ MÁS’

PÚA

Desde la espina,
aquí,
catad,
donde me duele,
donde soy con mi muerte su uña y su carne.

Desde aquí va el acorde, la manía,
el seguro veneno de templar.

Va entregado el cantor a la saeta.

Porque está del amor.
Porque está de su gracia
que el pájaro se pierda en el empeño
de encenderle a la rosa la alborada
y apure en el arder su lento alambre.

Desde la espina,
la torneada música
atacando el encaje,
el esqueleto de la soledad.

 

 

CAJA DE COMPÁS I
(Homenaje a Emily Dickinson)

Cuando yo ya no esté, y tiréis mis cosas
al cubo de las cosas ya sin alma,
a quien tome la caja
del compás, yo le ruego
lo haga con cuidado; mi niñez no despierte:
duerme un sueño sin tiempo ni medida
en su funda morada.

 

 

CAJA DE COMPÁS II (variación)
(Homenaje a Emily Dickinson)

Cuando yo ya no esté y tiréis mis cosas
al cubo de las cosas ya sin alma,
a quien tome la caja
del compás, yo le ruego
lo haga con cuidado: mi niñez
plegada duerme dentro.

Y aún otra cosa más
le he de pedir: no un círculo
completo, que ello fuese
demasiada merced para mi sueño
sin tiempo, un arco basta, sugiriéndole
el columpio del sol, que mi niñez
sabrá hacer lo demás cuando regrese
a su funda morada.

 

 

 

Velasco, Miguel Ángel. Pólvora en el sueño (Alfredo Rodríguez ed.). Albacete; Chamán editores, 2017

 

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