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PEQUEÑOS CÍRCULOS

 

LOS CASTRATI HAN VUELTO PARA HACER DE LAS SUYAS

entre tanta niebla
su voz hecha de nylon resuena
como el roce hueco
de las castañuelas

como una boa
como músculos sin más objeto esta tarde
que saciar su bondad negra y aderezada
entre fibrosas ramas de helecho

llegan

(No se trata de placer, Febo. Eso .sería .tan .fácil como des-
tripar un kiwi o plantar con .cuidado .la .oscura .semilla del
aguacate en un vaso de .agua. Pronto .tendrías .resultados.
Se trata de eso-que-está-por-pasar. “La tonalidad básica de
la cultura del rendimiento .no .se .orienta a la obtención del
placer, .sino .al .mantenimiento .de .la .excitación”. Esperar,
eso es).

llegan

(llegan camiones desde Cracovia abarrotados de madera.
xxxxxxSu corteza es ocre como tus ideas)

llegan

los castrati han vuelto
merodean
con su cabello enredado en los gruesos hilos de la niebla

han vuelto

y no preparan nada bueno

 

 

 

 

EL FILÓSOFO TRABAJANDO
(Apuntes para un ensayo sobre la belleza pasajera)

1
Imaginé que la lluvia como imagen nos serviría.
Su forma de llevarse los dedos a la boca, su inocente
silueta entre las uvas del mercado, sus dedos
como púas de un tenedor, rechonchos por la base
y afilados cerca ya de su presa,
imaginé que sería otra buena definición
de la …
déjalo, es inútil dar forma a lo que posee ya
su lenguaje definitivo.

 

 

2
(Aquí deberías añadir
algo
entonces
sobre la belleza. O cómo se derrama
torpe e impaciente sobre la mesilla
un vaso de agua. Perpetua dicha son las cosas bellas).

 

 

3
Sin embargo
parece que va a llover. Caminas
por la habitación de puntillas,
sigilosa, como si con tus pies
diminutos fueses capaz de añadir palabras
a esta búsqueda. (El lenguaje ya no cabe. Hierve el agua en un cazo).
Una camisa
pende sin músculos
del respaldo de una silla de mimbre. Estiras tu brazo.
Sacas del armario
el chubasquero rojo
como si extrajeses de tu cuerpo
un órgano muy delicado.
(Tu palabra vibre entonces como la piel de una campana).
Te sienta tan bien
ese color.

nunca me lo habías dicho.

 

 

 

 

LA PELUCA DE LAS COSAS.
LO IGNORADO

Pero lo ignorado también existe en sus pequeños actos. Se trata
de no volver con las manos vacías, por eso traemos vino
y algo de queso para la cena; miramos el rastrillo
que junto a la puerta tienta nuestros dedos, la barba del cartero
que se espesa casi blanca a la altura de la barbilla; medimos nuestra distancia
hasta el cubo lleno de leche
sobre el que un hongo de humo asciende —niebla
que atrae al alto hocico del invierno—. Nos llevamos el vaso a la boca
que luego volveremos a colocar sobre la mesa
con la marca lechosa del sorbo en su filo. Es algo más
que la aparente variación de un músculo. En los márgenes
siempre hay vida, como ves. ¿Quién guardará entonces nuestro secreto
ahora que hemos perdido los billetes de vuelta?
Nada en este lugar nos es familiar. Ni la luz que exgera
sus límites, ni el timbre metálico del carnicero
que afila sus cuchillos alejado ya de su presa. Nada. (No te preocupes,
estás a salvo,
la ola de secuestros no te afectará a ti que comercias
con pequeñas lagartijas de cobre. Pero ¿quién es toda esta gente
que respira dentro de un enorme signo de interrogación?)

Oye, preguntas mientras descifras el número exacto de tu asiento,
¿sabríamos vivir en una ciudad tan común como esta?

 

 

 

 

LA PELUCA DE LAS COSAS II
(AFTER NIETZSCHE)

Nada en este retrato nos es familiar. Esa camisa, tu abuelo,
la luz, el cenicero cuyo fondo ennegrecido
hace imposible todo acto visionario, son sólo
formas de decir o, mejor, de expulsar
la escasa posibilidad de salir bien parados
de esta fórmula
que llamamos mundo,
belleza en ocasiones, las menos, es cierto.
Si pudieses congelar la imagen
observarías con el zoom preciso
las estrías, la ceniza, las marcas porosas
que el deseo filtra
como una pared húmeda
entre tus cosas.
Pero pedir gratitud
es de idiotas,
igual que pedir que la lluvia
con su espíritu militar
sea selectiva. Será mejor
buscar en otra parte. Tu ciudad es un buen sitio.
La avenida estrecha,
ribeteada por gruesos y elevados plátanos,
árboles tal vez de otro mundo. Es ahí donde vivimos.
Son las ocho.
Estará a punto de cerrar la tienda.
Con un pie empujará la reja metálica
hasta el suelo. Cuenta las monedas que tiene en el bolsillo.
La imagen se deshace, su belleza
oscura es casi nieve
al borde de la carretera.
Sería inútil repetir este gesto
un millón de veces. Nada cruje a nuestro paso. Es la vida.
Volvamos al principio. Sí. Buena idea.
En el frutero brillan
de nuevo
rojas y apiladas
las manzanas.

 

 

 

 

ANÉCDOTA BARROCA

de entre mis manos
te resbalas
como este jarrón
que descubre
delicadamente
en su interior
el vacío

 

 

 

 

ANÉCDOTA DEL LAGO 
(EL DÍA QUE DESPERTÓ JOHNNY CASH)

he logrado al fin
mi propia distancia frente al mundo

como el que traza círculos
sin obligación de hallar
nada perfecto en su trabajo

he llegado
hasta esta casa
junto al lago

llovía
me quedé dormido
junto a la raíz de un árbol

juncias
dientes de león
maleza
al despertar
la ondulación perfecta de sus cuerpos
frente a la brisa
su indiferencia
ante este mundo como un herida
que se desea abierta

me complace

 

 

 

Santamaría, Alberto. Pequeños círculos. Barcelona; DVD ediciones, 2009

 

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