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ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA – UNA LECTURA

En el año 2007, el Círculo de Bellas Artes de Madrid, dentro de su colección La voz del poeta, publicaba un libro-disco con la lectura que el poeta canario Andrés Sánchez Robayna dio allí el 25 de enero de 2007.

De ese libro dejo aquí una pequeña selección de poemas.

 

 

 

BRISA GAVIOTAS NOMBRES

El aleteo
de gaviotas que inundan la línea
de la playa
danza sobre el barranco
inundado de luz

el trasiego sombrío
de las gaviotas que penetran
en el aire reseco

Di
tu nombre una vez más

verano ciego
en laderas fulmíneas

Chilla
silba remóntate

gaviota

En el pequeño bosque
de delgados abetos
pósate

ligereza

Al paso
de la brisa salada
saltad luces lindantes

Oleaje anudado
bajo la transparencia
arráncame

Peces
súbitos peces
voladores

gaviotas en la altura giratoria

ved
la luminosidad

Decidme vuestro nombre
climas del mediodía

 

 

 

 

ELOGIO

I

tú bajas a
las lúcidas
habitaciones de la piedra

madre
o mármol
de la misma materia
de la luz

bajas
y habitas entre
la piedra transparente
tras-

pasada
piedra pulida
lúcida

dura
luz tras-
minada

bajas
a lo alto

 

II

bajas

minero
en la uniforme luz

ex-
tensa luz mineral
te espera

enciendes
como el minero oscuro
lo mineral

bajas
al alabastro
al astro
blanco

bajas
a la iluminación

 

 

 

 

LA CASA

Salir hasta la casa, entrar
hacia afuera, a la luz, hasta las aguas,
en la espesura adentro en las arenas
de adentro de esta casa en que morir.

 

 

 

 

MÁS ALLÁ DE LOS ÁRBOLES

I

Aquellas hojas,
enormes, ¿qué decían? un lenguae
parecían formar con su rumor, una lengua
que debía aprender, hecha de grumos.

Eran las espesuras removidas
por el viento, allá lejos.

Yo acudía al ramaje, a las hojas que hablaban.

 

 

II

Cuántas veces las vi agitarse, solo,
en escapadas, para estar con ellas,
para oír, otra vez, los golpes silenciosos,
el viento de la tarde
en los nudos, las yemas de los árboles.

Pero quién escapaba, o creía escapar,
si los árboles eran solamente otro espacio
de lo inasible, de cuanto queda como suspendido
por sobre la materia del mundo,
lo no visible y, sin embargo,
acaso más real que la piedra que existe. Allí,
bajo el ramaje, me sentaba, entre piedras
dispersas, por la hierba,
sobre la tierra, cifra de los mundos.

 

 

III

Aquella era la lengua de las hojas, la lengua
del irrequieto fondo de la luz.

¿Lengua, lenguaje,
digo? ¿Una palabra
más allá del lenguaje, eso buscaba?

Solamente más tarde iba a saberlo,
cuando el lenguaje habló, y tan sólo
llegó el lenguaje a ser la destrucción
de cuanto conocía. Y era, al mismo tiempo,
la construcción de todo. yo volvía
otra vez a los árboles, aún
no sabía del lenguaje sino sólo su enigma.

 

 

IV

El ramaje extendido,
la hierba, como un afloramiento
del interior del mundo, las raíces
de lo visible, los arbustos, el aire,
eran una llamada del lenguaje. Y eran
una llamada de más allá de él, como si aquella luz
hablara de otro mundo, siendo el mundo mismo.

Cruzaba el aire, removía
la espesura, la sombra, vibración,
allí, de cuanto existe, en los instantes
que dicen lo visible y lo invisible.

Ahora, el niño que oyó
la lengua de las hojas
puede decirle a otro
que bajo los ramajes, entreabiertos,
hablan los mundos, laten los lenguajes.

 

 

V

En las hojas sagradas cae la luz del tiempo,
las recorren los cauces diminutos del agua,
el aire las envuelve con manos que atesoran,
es el fin y el origen, es el fuego del tiempo.

 

 

VI

La tierra, sí, se entrega,
parece levantarse hacia las hojas
que hasta ella regresan, desde el aire,
y con ella se funden, como el hálito
se funde con la tierra y los ramajes.

 

 

VII

Vamos hasta los árboles, te dije.

Sé que te gusta
extraviarte, y aveces me lo pides
tirando de la mano, apresada,
como apresada por la luz toda mano requiere
ir hasta su deseo, llegar a conocer,
aun si el conocimiento no es sino el umbral
de otra ignorancia, acaso, vacía de sí misma.

 

 

VIII

Acércate a los árboles, verás
y podrás escuchar que no existe un silencio
más poblado de voces, que parecen
alzarse desde el suelo hasta otro espacio. Allí,
el aire claro dice el mundo y cuanto
se extiende sobre él y, sin embargo,
es él mismo, la lengua de la tierra,
la promesa de que bajo el ramaje
podrás oír el rumor, tomar la mano
pura de lo visible, cuando los mundos te parezca
que se disipan, cuando la propia luz
se acerque hasta los bordes del tormento
de la luz, y sea sólo oscuridad.

 

 

IX

Acércate a las hojas, llégate hasta el rumor.

Niño,
ese cuerpo inasible que contemplas
late sobre esta hierba, en estas piedras,
fin y origen. Que el aire
que traspasa las hojas vuelva hasta aquí de nuevo,
y que esa lengua sea la del cuerpo del mundo.

Escucha de esa boca cuanto hay
más allá de los árboles.

 

 

 

 

A THOMAS TALLIS

I

Otra vez esas voces, ese cántico,
claro y oscuro a un tiempo. ¿Cómo,
sin extraviarse, pueden regresar
las voces a su centro, a la alegría

ilimitada? lo que escucho, de nuevo,
es el Spem in alium,
un canto alzado hasta la transparencia
de la voz, como si el solo hálito

contuviera el fervor de las criaturas,
como si las voces se entregaran
a su solo fluir, y pronunciasen
cielo y tierra, fundidos en la sonoridad.

Sabes, pues, que la música puede
llevarte, como herida irrestañable,
hasta la ola de lo perpetuo, hasta el centro
de ti mismo y del mundo, ya fundidos.

Y como heridos quedan los mundos impalpables,
la ola sobre el cielo, que desciende
hasta la tierra, desde donde se alza
la música de nuevo, inextinguible.

 

 

II

¿Puede extinguirse, acaso, el eco
de estas voces? ¿Podría
extinguirse el origen de toda claridad,
de donde toda luz procede? Cuando

la grabación acaba, todavía resuena
la ola sin estruendo, y nos parece
oír el silencio de otro modo, un silencio
más profundo en el cuarto casi a oscuras,

las olas del origen sobre el mundo.
Sólo entonces, callado, sé decir:
Gracias, voces palpables, indecibles
voces celestes, gracias, Thomas Tallis.

 

 

 

 

EN EL CURSO mudable de los días
un lenguaje de sílabas secretas
se formaba, una trama, una red negra.
Un libro, no visible, iba escribiéndose.
El niño que trazó en la piedra un nombre
y recorrió los médanos solares,
el muchacho que vio el inmenso cerco
de la luna de abril sobre los prados,
el que inventó en la luz la llama viva
y la vio en la mañana diamantina,
sabrá también del mal, del hosco viento
de destrucción, de muerte. Verá arder
el tiempo en el crepúsculo espacioso
de una ciudad, al norte, escuchará
una canción de póstuma belleza,
viajará hasta las aguas estuosas,
y llorará, verá caer un pétalo
en la mañana oscura. En las arenas
verá su rastro. Y mirará las nubes.

Verá formarse el libro, tras la duna.

 

 

 

 

LA LLAMADA

Enciendes una lámpara
en la ventana. Yace
la noche alrededor.
Llueve en silencio.

¿Para quién esa luz?
¿Para la noche?
Una lámpara llama
en la calma nocturna.

El silencio
en la paz de la casa.
Sobre la hierba brillan
las gotas que resbalan.

Paz oscura. Sacaste
la mano hasta la noche.
La mano se extendió
bajo los astros.

Oh Palabra, tú,
Palabra que te ocultas
y lates innombrable
enterrada en la noche.

 

 

 

Sánchez Robayna, Andrés. Una lectura. Madrid; Ed. Círculo de Bellas Artes de Madrid, 2007.

 

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