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SÍNDROME DE TANTO ESPERAR TANTO

 

VIVIR es este triste
exceso de escasez,
esta arbitrariedad desparramada,
estos tantos minutos
charlando y masticando,
tiempo y más tiempo
la sed de más y más,
el síndrome rotundo
de tanto hedor por dentro,
de tanto esperar tanto.

 

 

 

 

ESTAMOS fecundando el bacilo de Koch,
el tigre bengalí de los sueños borgianos,
el sabor de la sed
y el hábito común de la nostalgia.
Hemos sido felices estos años
pero la vida cansa,
entre absurdos deseos
y sonrisas huidizas,
la vida nos derrota
desagüando la música
y el fuego.

También mueren las cosas.
La muerte de por sí es expansiva.
Nada se salva del paso de los años,
el tiempo decepciona
y un vapor de qué hacer
embabosa la atmósfera
y nos daña.

 

 

 

 

NADA nos desvincula de tanta soledad.
Somos la angustia de la sombra sin cuerpo,
la fatiga vital de un animal huyendo,
el volumen de un hábito cuya esencia es morirnos.

Nada queda que ya no sea turbio
y alrededor de cero
jugamos a existir
bajo el flujo imperfecto de la melancolía.

Huyen y vuelven
los lobos del hastío,
ese abejeo meticuloso y frío
de la ansiedad.
Estallan los minutos como pompas monótonas
y el reloj mismo acaba succionando la vida
y yo siento un cuchillo pasar en lo profundo.

Y a medida que vivo
la pasión se desgrana como pétalo a pétalo
y el tiempo se corrompe
y en los ojos, más tristes,
se va vaciando el mundo de ternura
y sin embargo
la vida sigue siendo hermosa y triste
dejando manchas tristes en las manos,
ofreciendo narcóticos extraños
a cambio del dolor con que la pierdo.

 

 

 

 

LA tarde sin piedad
se extiende hasta el abuso
como un pan que imitara
el dominio del mundo.
De nuevo esta abrasión de lo imposible,
de nuevo los timbales de la monotonía,
de nuevo ya no hay miel
y derrapo en la tarde
mi finitud efímera
soportando el fracaso
posarse poco a poco
sobre el casquijo abstracto
del recuerdo.

 

 

 

 

¡BEBED soñadores!
No hay rumbo.
Ha llegado el diluvio,
como arena en la boca
ha llegado el diluvio.

Vivid sin reflexión.
Masticad la ternura
de un tiempo ya caído.
Bebed la inmensa herida
de un mundo ensimismado.
Fingid.
Fingid el silencio
de una estrella que cae
y el amor mismo
imposible y mentira.

¿No veis que ya no queda
más carne en estos huesos?
¿No os duele el cerebro?

Gozad vuestro apetito
de alcohol
de náusea
y semen.
Sujetad con alambre
la tristeza profunda
de una vida que cae.
En las calles sólo hay gente,
pájaros moribundos
y algún triste payaso
y gente
mucha gente.

 

 

 

 

DEBEMOS aceptar esta vida encallada
entre el tiempo y la nada
y algún viernes o martes
emborracharnos educadamente
olvidando despacio
una infancia decrépita,
derrochada y hostil.
Somos el tiempo,
palabras poco a poco
y tiempo mucho tiempo
y todo el desamparo de nuestro porvenir.

 

 

 

 

BESARÍA tus ojos
y dormiría despacio en tu silencio fácil.
Lamería vertiginosamente tu rostro prematuro
tu rostro casi trágico
muchacha turbia que bebes frente a mí
una mezcla marrón de alcohol y soledades.
Pero somos la víctima
y el azar juguetea
en contra de nosotros
en este espacio triste
donde tomamos copas los últimos mohicanos
de un martes de noviembre
donde usamos sin ganas
este lento delito de vivir.

 

 

 

 

LA mañana promete palabras manoseadas,
cócteles derramados cobre un plato con fruta,
ojos abiertos,
una fe que se pudre cada quince minutos,
hélices triturando la solidez del Tiempo,
intrascendencias sucias,
centímetros de alcohol,
un aroma de infartos,
hermosos antibióticos
y frío.

 

 

 

 

INÚTILES mis ojos a solas con las cosas,
inútiles los vínculos,
inútil la presencia cansada del reloj,
inútil el sentido de un perro que me escarba.
Rotundamente llueve
y nada significo parado aquí en el Tiempo.

 

 

 

 

LOS hijos de los obreros
danzan alrededor de una osamenta.
Es hermoso observar
las ganas con que engullen alimentos.
Ellos saben también
que la muerte es sencilla
y está siempre muy cerca.

 

 

 

 

MIENTRAS tristes obreros analizan la Biblia
los atletas se cuidan para morir menos.
Los agentes de bolsa huronean los night-club,
hablan sin énfasis
buscando desolados
heridas carmesí donde acercar sus labios.
Las magnolias se atreven a nacer
y en los décimos pisos
puede escucharse un crepitar de sueños para siempre.

 

 

 

 

EN ciertas ocasiones
uno sale a la calle y no comprende.
La soledad incendia las aceras.
Una pléyade enferma
descorcha un nuevo afán por empezar de nuevo.
Llueve la vida
su herrumbre monosílaba y opaca.
La ciudad es entonces
una especie de obesidad durmiente
en cuyo vientre el hambre se propaga
y a fuerza de coñac
ciertos seres estrenan
música de fagot en sus arterias.

 

 

 

 

QUÉ dolor en la sangre
transportan estos jóvenes desnutridos y pálidos,
rotos bajo la luz sencilla del invierno.
No puede despertarlos la belleza,
el quebranto del tiempo los detuvo aquí mismo
en esta gran ciudad
sin opio
ni palomas,
los condujo a un horario
de cadáveres vivos
y sufren en sus venas
el tropezón tristísimo del asco,
de los bares cerrados,
de las oficinas definitivamente vacías,
del ritmo sucesivo de sus vértigos fijos
y consumen su falsa vocación de la muerte
y el hambre de los cuervos
apostados y quietos debajo de las lámparas.
Fuman la vida,
ejercen mansedad
y otras veces violencia,
aspiran locamente
un perfume global de cielo y agonía.
Intuyen pánico,
sufren la desazón de estar aún vivos
y convierten sus actos
en un mundo sin dioses.

 

 

 

Sánchez Robles, Miguel. Síndrome de tanto esperar tanto. Irun; Fundación social y cultural Kutxa, 1993.

 

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