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LOS ANTIGUOS DOMICILIOS. DIARIO. -Fragmentos-

 

xxxSábado. Si bajo el ritmo, bajo el estrés y me tranquilizo. Para ello es necesario dormir mucho y bien, no tener resaca por un mal vino, y que lo último que hayas vivido la noche anterior no perturbe demasiado. Ayer no me alteró ver en un escaparate del Paseo de Gracia que una gabardina costaba 2.550 euros, y una camisa 2800 euros, solo me impresionó. Que la amenaza nos cubre, es un hecho, pertenece al orden del cosmos y de lo colectivo. Lo único que podemos hacer personalmente es desobedecer los estímulos que nos proporcionan para consumir sin sentido, gozar de buenas amistades y de nuestra inteligencia intuitiva, así como aprender a compartir el saber. Conozco a muchas personas que se lo guardan, como si la tea que no pasa de mano en mano pudiera guardar el fuego. También conozco quienes parece que, al ocultarla, la tienen, pero no la tienen. El taxista me decía que ganaba 2.500 euros brutos, al final se quedaba con unos 800 porque debía descontar en carburantes e impuestos. Algo va a pasar, me decía. Pasábamos por Gran de Gràcia, muchos jóvenes alegres, compartiendo el espacio de la calle a las doce de la madrugada, en el momento en que el viernes se convertía en sábado. Yo pensaba que si todos esos jóvenes pusieran toda su energía durante un tiempo en no disolverla, probablemente los precios de las camisas del Paseo de Gracia no solo bajarían de precio, sino que no serían expuestas. Cuestión de multitudes. Como un gran enjambre de seres, re-territorializando las calles de Barcelona sin necesidad de portar bandera alguna. Agenciándose las aceras, ocupando el espacio rítmico con ritornelos que cambiarían de código en cada calle; al final un ritmo nuevo, una danza diferente. El monstruo retrocedería. (En el Paseo de Gracia, Barcelona)

 

 

 

 

xxxEl grito y la literatura, fue el título de la conferencia que impartió Hélène Cixous en Barcelona. Lo primero que hizo, después de sentarse escrutando el lugar, observando al público, fue dar un grito ante el micrófono. Después habló de su nacionalidad, una nacionalidad literaria: Lispector, Joyce, Bachmann, Shakespeare, Kafka… No hay otra nacionalidad para la escritura —decía—, solo maestros y maestras de la conciencia. La herida se coloca en el grito y escribir desde la herida es la escritura. De cada 100 libros que se editan, 99 no son literatura, aseguraba. Hablaba como pensaba, sin ordenar el discurso desde un logos, desde donde se supone que fluye el saber, como si fuese una fuente y el caño central ocupara la posición principal para que surtan los saberes hechos de palabras. Ella hablaba del recuerdo, del tiempo pasado y focalizaba en el año 1948. Sin saber muy bien cuáles eran los recuerdos certeros o exactos, solo sabía que ella formaba parte de los mismos. Después derivó a hablar del yo, no sabía si el yo era ella, si eran otros escritores, si la infancia era parte de la literatura que también es muerte. O landa, franja, frontera. Resurrección mágica, el libro es un sueño que viene de lejos como el personaje del cuento. ¡Ay, ay, ay! ¿Quién me arranca el grito? Lo vuelvo a tomar. La comunidad nos prohíbe gritar. El diario de Kafka era un grito, un grito al círculo familiar, una salida a su miedo. Miedos, y mientras tanto ella le daba tono, un tono-todo a lo que iba diciendo, como si cosiese hilvanando los pensamientos, daba vueltas hacia atrás, hacia adelante. ¿Quién escribe? ¿Lo hace yo? La literatura es resistente, como nosotros, pero los textos son más fuertes que nosotros. ¡Ay, Ay, Ay! fue el primer motivo de la literatura. Un hombre le preguntó a la filósofa francesa si era igual un grito en francés que en catalán. Si el grito catalán o en otra lengua debería ser distinto. “No, no —le dijo—. Desde Homero a Sófocles ese ¡Ay Ay Ay! es la catástrofe, no se puede escapar de ella. En Alemán es ¡Aggg!, suena distnto, pero en casi todas laas lenguas es ¡Ay, Ay!, en catalán también”. El primer grito es el de separación con la madre, el bebé y la madre gritan, es un grito compartido de dolor. En Sófocles resuena la fatalidad de Homero. El grito es antes que el habla. Rilke decía que la voz es una dirección con la cual nosotros gritamos. El logos viene después, cuando intentamos explicar nuestra soledad. (En el CCCB, Barcelona)

 

 

 

 

xxxRecuerdo los zapatos de mi vecina octogenaria. Me enseñaba siempre la misma habitación mostrándome el armario y toda la ropa que tenía dentro. Llevaba años sin tirar nada, la ropa formaba siluetas ventrudas con michelines. Luego me enseñaba el sofá y la foto de su marido cuando era joven. Abría el zapatero y allí estaban todos sus pares de zapatos. Objetos fetiches que me producían un regusto de muerte. La muerte anticipándose en las suelas desgastadas de los zapatos. Me imaginaba a la vecina en su juventud con unos zapatos de tacón altos, instantes después en zapatillas, yendo hacia la cocina para hacerse un café, casi simultáneamente la veía probándose otros zapatos en una zapatería. Se multiplicaban en mi mente los pares de zapatos chocando unos con otros, desangrándose.

xxxElijo este par de zapatos, me los pongo y estoy cómoda mientras doy una vuelta en la zapatería con ellos para probarlos. Salgo a la calle con los que llevaba puestos. Un día estreno los nuevos zapatos y comienzo a caminar. Me duelen los pies. Me lamento pero no me culpo, ya que el trasunto se desarrolla entre un objeto material y yo misma, que estoy hecha de varias hebras y ninguna es un objeto. ¿Qué es equivocarse? Poner el pie donde pensabas que iba a estar la huella; se trata de una lógica donde no puede haber ni un acto fallido. No existe por lo tanto el equívoco, sino el cambio de situación. De un momento a otro suelen suceder: lo que tenías dejas de tenerlo. Acostumbrarse a estos venires.

xxxNo se venden apenas libros, dicen las estadísticas. Cuando las estadísticas dicen algo, están dibujando una situación cambiante e incierta. Puede que el gremio de libreros esté interesado en subrayar que las estadísticas digan que no se lee. ¿Qué saben las estadísticas del libro que dejas sobre la mesilla de noche, o pones en la mochila esperando un momento de calma para entrar en su lectura? Sobran producciones. A quienes nos gusta leer no nos atrae la mayoría de libros que se editan. Una de las profesiones remuneradas que también desaparecerá será la de editor de poesía. En las estadísticas yo también diría que no leo para guardar el secreto.

xxxMás mala, ser peor, la peor de todas, es la fantasía más elevada. Sé que lo que escribo no tiene sentido si no se van descifrando las metáforas: mala, elevada, peor… dada la indeterminación de la realidad puedo decir lo que me dé la gana. (Ante el espejo)

 

 

 

 

xxxLa cuestión del falo como símbolo de poder y fuerza nace ya en la tragedia griega. Freud y Lacan perfeccionarán la trama y dibujarán, para la posteridad, un pasado basado en no asignar a la mujer lugar alguno. El lugar vacío es la mujer como significante. La niña tiene envidia del pene, el niño no tiene envidia de la vagina. Hay que retrotraerse muchos años y llegar a las primeras impresiones de la infancia para cerciorarse, si esa verdad es cierta. En el nombre del padre el lenguaje, la castración, el deseo, la herencia… Si hay un hombre en casa la casa está habitada. “En esta casa no hay hombre”, “En aquella casa murió el hombre”, “La casa de tal se quedó sin varón”, como si ese hecho contuviese una fatalidad cuyo origen provenga de los personajes de la tragedia griega. Incluso el teatro de Shakespeare está atravesado por un exceso de “hombres” que juegan el papel fundamental. (En el bar)

 

 

 

 

xxxHa muerto una —¿antigua?, ¿vieja?— amiga. Desaparecemos del recuerdo de alguien, o simplemente nos vamos borrando. L. tenía una página en el Facebook, una editorial, una gran admiración por Clara Janés y un rincón que era su casa, al que llamaba “en cuevas”, sinécdoque de la calle donde vivió desde que la conocí, allá por los lejanos ochenta. Cuevas de Almanzora, situada cerca del barrio de Chamartín, en Manoteras, aal norte de Madrid. Abro la página del face y veo un anuncio de unos grandes almacenes donde dice que a mi amiga le gusta esa página. Siento un escalofrío por la potencia que la virtual noticia me provoca. La página de ella todavía guarda la siniestra despedida horas antes de morir: Qué timo, pero qué timo. Ni estampitas han faltado. Algunos comentarios y varios clics en “me gusta”. Hasta siempre. Buen viaje. Eso mismo. Te voy a echar mucho en falta… Un vídeo de Gianna Nannini, y alguien que dice: ¿Cómo hasta siempre? ¿Adónde se va? (En la oficina)

 

 

 

 

xxxCuando nos lo van robando todo, queda la lengua, el lenguaje, patrimonio in-vendible, en constante movimiento. El lenguaje es un elemento mediador (Lacan) que le permite al sujeto obtener reconocimiento del otro. Estructura las leyes sociales y es necesario para el intercambio en el plano imaginario. La lengua puede ser amada o no; la política emplea el lenguaje común porque resulta ser un significante aglutinador de identidades. Sin tener en cuenta el cuerpo, amar la lengua es amar una quimera.

xxxEsta mañana amaba los pájaros que caminaban con sus dos patitas sobre el jardín de los vecinos. De repente se pusieron a volar, eran dos, negroazulados. Sentir amor así, súbitamente, como si el amor formase parte del proceso de una cadena y no pudiera manifestarse hasta la finalización del producto. La cadena se interrumpe si salta un elemento o si falla una pieza. Algo que no estaba previsto ocurrió y me vi envuelta en la perfecta armonía que de tanto en tanto recorre el ser. Ante las sucesivas fallas del sistema, el amor cuenta cada vez cuenta con menos referentes visibles o invisibles para ser notado. Hay que acostumbrarse a mirar fijamente sin esperar nada o esperar algo sin mirar lugar alguno. La rareza que no sucumbe palidece ante mi ventana cuando observo al pajarraco de turno espantar las aves. (En el balcón)

 

 

 

 

xxxLos géneros no hacen que un texto sea mejor o peor, simplemente clasifican, como todo el mundo sabe. En música, por ejemplo, podemos distinguir la ópera del jazz, la balada del mambo, la sinfonía del rock, nadie confundirá un tango con una canción napolitana, ni una sesión de jazz con una zarzuela. Si nos acercamos al mundo de la pintura también distinguiremos el cuadro por su estilo: desde el expresionismo abstracto hasta el surrealismo, la pintura veneciana del siglo XVI, o las hieráticas figuras de DeChirico; nuestra mente prepara un escenario en el momento de pensar en tal pintura u otra, no hay confusión posible a no ser que lo desconozcas. Así no sucede con el poema. Podemos distinguir entre la poesía del siglo de Oro —Góngora, Sor Juana Inés— una jarcha o un romance, un poema arábigo andaluz de un fragmento de la Canción de Rolando. Si nos vamos acercando al siglo XX, la poesía lo es todo. Tanto vale el poema que nos cuenta el desengaño amoroso de un joven narcisista como el padecimiento de una madura mujer cuyo pasado le provoca malestar. El tema, casi siempre, se mueve alrededor del yo. Vale tanto decir que esta fuente se secó y pasan los pájaros sobre las alamedas que un oscuro enigma irrumpiendo en el sueño del poeta. Pero no todo es poesía. Cuando vas a una librería, en la sección de poesía están todos los libros expuestos recién editados, raras veces encuentro secciones dedicadas a los autores, allí es menos difícil perderse. Pero para el profano que no sabe distinguir un mal poema, aunque sí distinguiría un bolero de una samba, y que no tiene herramientas para discernir ante la exposición de poemarios dónde se halla la buena poesía, le recomiendo que se guíe por su olfato y que vaya acostumbrándose a pocos hallazgos.

 

 

 

 

xxx“Paseemos cerca del mar”, le digo a M. “Disfrutemos del azul intenso y de las nubes chocantes.” Llegamos en coche hasta la zona de restaurantes de la Avenida Icaria y vemos que no podemos aparcar si no dejamos unas monedas en el tragadero que pone el Ayuntamiento, señalizando la zona en color azul. Si quieres pasear debes pagar. Han alargado la zona hasta los confines. Continuamos avanzando y buscando un hueco libre de pago; por suerte hoy se juega un partido entre dos equipos rivales y la gente ha dejado algunos huecos, así que cerca del Paseo de Poble Nou dejamos aparcado el coche. Estamos cerca del cementerio. Del viejo barrio apenas quedan cuatro paredes tapiadas de las que todavía se lee que hacían “bocatas” hace unos años. Nos adentramos en una cervecería vacía y consumimos un par de cervezas a precio de oro. Mientras tanto, comienza a llover. Es un placer pasear por el barrio casi vacío. Advertimos que han vuelto a cambiar los antiguos chiringuitos y en su lugar hay dos uniformados locales exactamente iguales regulados a unos metros, según la normativa. El césped de los alrededores está tan verde y recortado que parece irreal. La normativa dice que aquí debe estar el banco donde sentarse y allí la escultura que forma una vieja popa oxidada, tan bien colocada que hace daño. A lo lejos los hoteles muy caros. Durante el paseo me he sentido atropellada por una horda de patinadores rubios que gritaban histéricos. Un poco más de caminata y decenas de ciclistas se cruzaban con nosotras a menos de cuarenta centímetros, sin duda su habilidad me ha causado cierto estupor. Han desaparecido los ciudadanos para dar paso a los turistas. Ya no hay hombres maduros mirando furtivamente los cuerpos de jóvenes, ni viejas prostitutas solitarias ensimismadas en sus pensamientos, tampoco nos hemos cruzado con quienes residen en el barrio. Ni olor a pescado frito, ni familias modestas buscando donde sentarse para tomar un vino sin pagar un precio por estar frente a su mar. Ésta es la ciudad, éste es el territorio. Una mujer, calles adentro, hurgaba en la basura del supermercado masticando alimentos hallados en los cubos abandonados. La ciudad adquiere un perfil siniestro. Evoco la lejanía y recitamos un verso de Alejandra Pizarnik: Cómo decir en palabras de este mundo que partió un barco de mí llevándome. (En Poble Nou, Barcelona)

 

 

 

 

xxxParece que hay edades para la tristeza y una edad para la toma de conciencia de que la tristeza no depende siempre del sujeto que la padece: nos llega del ambiente, de un aire que sopla sobre nuestras almas desestabilizando la armonía. Las calles del barrio de Gracia están sucias. Las persianas de los comercios pintarrajeadas con feos trazos dibujados por despechados adolescentes. La proliferación de comercios chinos o hindús donde puedes encontrar todo tipo de mercancía, casi siempre vacíos, ante la mirada vigilante de quienes los regentan, invaden las calles. También ellos están tristes. Los restaurantes, que antes eran alegres puntos de reunión entre los vecinos, ahora son frías salas salpicadas de algunos comensales que no se han visto nunca. Los más de siete mil visitantes diarios al parque Güell suben perezosamente la calle Larrard, flanqueada por tiendas abarrotadas de souvenirs; todas son iguales vendiendo lo mismo. La entrada principal del parque, que proyectó Gaudí para el disfrute de las clases altas barcelonesas a principios del siglo XX, siempre está abarrotada de gente que nunca se volverá a encontrar. Haciéndose fotografías, todos sonríen cuando posan. Los quioscos de prensa están desapareciendo porque la crisis está arrasando un estilo de vida que nadie puede sostener. La crisis no es más que el nombre que se le ha puesto a este despedazamiento de nuestra sociedad. La imagen de un líder político, con el brazo alzado y los dedos posicionados de tal manera que pretende indicar el camino a seguir, entristece todavía más la calle. (En Gracia, Barcelona)

 

 

 

 

xxxOye sin escuchar. Se sitúa tras la pequeña barra que cada tarde convierte en un púlpito, sin dejar de mirar la hoja de papel donde anota los asientos contables correspondientes a la consumición de cada parroquiano. Ayer hablaba del fin del mundo, y sentenciaba el inmediato final de varias relaciones amorosas porque Júpiter iba a poner el ojo en todo lo que se puede destruir para provocar la desaparición de lo estable. El otro día vaticinaba sobre la caducidad del amor y se reía de quienes andaban emparejados. Sin dejar de contar las monedas, miraba de soslayo a quienes entraban en el local con aspecto apesadumbrado. Habla del amor sin conocer ese sentimiento y la carencia le ha dibujado un rictus de bebé insatisfecho, como si la madre le hubiese retirado el pezón de golpe y ahora, décadas después, conserva el signo de esa ausencia en una boca amarga donde las sentencias caen en cascada formando un montículo de desagradables emociones alrededor de sí mismas. Estos nuevos agoreros del mal agüero confunden codicia y deseo; lealtad con fidelidad; monedas con amor; el futuro con el presente; toman el tiempo por rígidos instantes de vacío; trocan la amistad en intercambio; la conversación en monólogo; y las relaciones las confunden, asimismo, con un impenetrable solipsismo. (En el bar)

 

 

 

 

xxxNos da la sensación de que “este” presente es todo el tiempo que tenemos y este espacio ocupa todos los lugares posibles, porque el miedo nos acoge con sus brazos protectores. Si no tuviésemos miedo abriríamos la puerta con un gesto nuevo, saldríamos a la calle con ganas de vivir, tendríamos entre la lista de emociones aquellas que nuestra naturaleza, en los momentos felices, tiende a desarrollar; pero el miedo es poderoso, no es ficción, da paso a estados de ánimo enfermizos, contagia a nuestros semejantes, y nos olvidamos que somos, fundamentalmente, tiempo. Adquirimos conciencia de nuestro valor cuando el cuerpo no responde, o la vida se convierte en un sinfín de compromisos absurdos porque no sabemos estar solos, no sabemos gozarnos. Recordar que todo es movimiento, como el viejo haiku que dibuja perfectamente la simultaneidad: Mientras cae la nieve/ la falda de la montaña apenas puede verse/ ¡Ya atardece! (En el autobús)

 

 

 

 

xxxEl amor es preciso; ni se queda, ni se cuida, ni exige la voluntad de nadie. El amor requiere la absoluta libertad de amar, pero tenemos demasiados modelos, ideas, pensamientos que bloquean el amor. El amor: esencia incapturable. Lo encerramos en las cajas de las casas en pareja y, sin embargo, choco, me doy de bruces, aun sabiéndolo buscamos esa casa.

xxxAlgo así, algo así, mueve el mundo.

xxxCuando te enamoras, en el tiempo de la duración, el Ser se completa. Se completa porque su sed de completud se ha calmado. Pero la sed es persistente y regresa.

xxxRegresa cuando no lo esperas porque no eres nadie en medio de esas sensaciones.

xxxRegresa después de un tiempo.

xxxEs un ciclo. Quien sepa vivir en el curso de ese ciclo y conozca las desventuras de la caída sin moverse del sitio, probablemente aprenda a ser ágil para ocasiones verdaderas.

 

 

 

 

xxxDe pronto me dejaron de interesar. Cada día me cruzaba en el pasillo con la desagradable X. Me saludaba haciendo un gesto con la cabeza y sonreía exhibiendo el aparato dental que tanto afeaba su expresión facial. Después se introducía en su despacho y cerraba la puerta de golpe. Yo seguía caminando por el largo pasillo hasta llegar a mi oficina. Tres administrativas con buen aspecto también se cruzaban conmigo en mi camino hacia la sede de la Administración. Una de ellas era alta y tenía una extraña fealdad que dejaba escapar mientras te miraba; no es que fuesen sus rasgos desproporcionados, todo lo contrario, sin embargo carecían de la armonía necesaria para considerar que un rostro resulte especialmente interesante. Su cara me provocaba un vivo rechazo y por eso evitaba mirarla. Pero era aún peor la presencia en mi propio despacho de la subjefa, quien se encargaba de que el presupuesto encajara en aquel organismo oficial construido hacía más de cien años. Era muy delgada, parecía poseída por un mal que dejaba sus ojos sin brillo si la mirabas atentamente; no es que estuviese enferma, pero al parecerlo su semblante adquiría una extraordinaria palidez de aspecto cadavérico. Su máxima preocupación, durante todas las mañanas, consistía en que encajasen los números en el presupuesto, y aturdía a los demás para que semejante tarea se realizase con diligencia y presteza. Una mañana me quedé mirando hacia las nubes que dejaba ver el marco del ventanal. Pasó la hora del desayuno y yo no había terminado la lista de gastos que se había generado durante el último semestre en material de oficina. La vida se me hizo pequeña. El bolígrafo se escapó de mis dedos. La subjefa se acercó para decirme con sequedad que no era posible la suma que le había proporcionado dos días antes. Me señaló con el dedo el error y lo repitió en voz alta. Me desasosegué. Las miré a todas. Adquirí una conciencia que me desveló la inutilidad de aquel vacío que se llenaba de una ira paciente, una ira desentrañante de tantos años inútiles. Sentí rencor. Alcé la vista y la miré. Aquellos ojos carecían de los mínimos destellos de vida. La ausencia de rocío en el lacrimal, la opacidad del blanco de aquellas retinas, el iris ligeramente visible marcando una doble circunferencia oscura que contrastaba con el también oscuro fondo del cristalino. Pensé en las pinturas de Malévich. Blanco sobre blanco. Negro sobre negro. Un pozo oscuro que me conducía al pasillo donde me cruzaba cada mañana con todas ellas, en lo negro de cada vida que se empeñan en sostener, no sé por qué. Recuerdo que lo último que hice fue levantarme, ir al baño para lavarme las manos; un gesto absurdo, sin duda. Me giré y pasé de largo todas las puertas. Al llegar a la calle me quedé mirando el edificio. Durante mucho rato lo estuve mirando. (En la oficina)

 

 

 

 

xxxNadie puede forzarme a amar a otro. Mucho menos amar un país. Ah, pero Montevideo… (Tomando un vermut)

 

 

 

 

xxxMe dormí y a la una volvía a despertar, tengo prisa porque pasen los días, sé que algo me empuja a que sea así, como si este tiempo fuese el envés de otro y, mientras tanto, la existencia forma otra ola en el arrastre de la anterior y, en el comienzo de esta nueva, estoy.

xxxSe van personas, llegan otras, se van intereses, me vacío de ellos, conquista de la libertad a fuerza de no desear casi nada. El horizonte no es brumoso sino que está cambiando su lejanía y diviso algo y aún no sé qué es.

xxxEs razonable que muchos poemas escritos hace un siglo ahora no se sostengan. Hay demasiado del ambiente del afuera, de las modas, de la retórica impuesta. Cuanta menos subjetividad del autor, más impreciso en el tiempo y más lejano.

xxxUna se ha vuelto como todo el mundo, pero precisamente estoy haciendo de ese todo-el-mundo un devenir; me quiero volver imperceptible, clandestina.

 

 

 

García, Concha. Los antiguos domicilios. Sevilla; Ed. La Isla de Siltolá, 2015.

 

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