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LA CONSTRUCCIÓN DIARIA DEL AMOR & CATÁLOGO DE PATOLOGÍAS

 

VIDA EN LOS CUADERNOS

El joven que quiere ser escritor escribe en su cuaderno «una mujer desnuda» y la novia del joven siente, al leerlo, una vergüenza instantánea: sabe que es ella misma quien yace allí, desnuda, en el cuaderno.

 

 

 

 

EN SU CASA

Me la encontré desnuda en la puerta de su edificio, parecía buscar algo en el suelo y también en las paredes de la calle. Me dijo que había bajado a sacar la basura, me dijo que hacía mucho calor pero yo repuse que estábamos en diciembre, ella dijo que se alegraba de verme porque no había nadie en la ciudad, que todo estaba desierto desde hacía días y que creyó que se iba a volver loca. Pero había gente en su calle, como queriendo ahorrarme la necesidad de explicarle; nos miraban con alarma, la hice pasar al edificio y subimos hasta su casa.
xxxLa senté en el sofá y cubrí su cuerpo con una manta. Encendí las calefacciones y fui a la cocina para calentar agua y hacer té. Cuando volví al salón se había vestido y había encendido la televisión. Dijo que estaba hambrienta, que tenía frío. Subí la temperatura de las calefacciones y con el agua del fuego hice sopa. Mientras ella tomaba la sopa en silencio, absorta en la televisión, yo sentí calor, mucho calor: aún no me había quitado el abrigo. Pero lo hice y seguía teniendo calor. Me quedé en camiseta y después en ropa interior. Ella me preguntó si quería un té o un café. Le dije que no quería nada, miré la televisión y fui quedándome embobado con aquello que podía verse en la pantalla, gente hablando en torno de una mesa, gente hablando al mismo tiempo y gritándose entre sí, y un moderador que gritaba, a su vez, a todos ellos y también hacia el público.
xxxFue a la cocina y volvió al rato con un café, yo me sorprendí a través de su sorpresa cuando ella comprobó que me había quedado desnudo. Trató de entablar conversación conmigo pero de forma infructuosa, yo seguía absorto en aquel programa aunque sin enterarme de lo que sucedía, quizás más pendiente de mis pensamientos, fueran los que fueran. Le respondía apenas con monosílabos, por lo que se sentó delante de su ordenador y empezó a escribir, primero despacio pero después más animada y febril, se embebió tanto y disfrutó de tal forma con lo que escribía que empezó a reír. Al programa que yo veía le llegó su pausa para la publicidad y me levanté del sofá, con una enorme erección. Reí contagiado con la risa de ella, dejándome arrastrar, al fin, por ella.
xxx«Ahora yo soy la dueña del relato», me dijo triunfante, arrebatada por el ritmo de las ideas que tecleaba. Y siguió riendo, y yo reí con ella.

 

 

 

 

GENTE QUE CAE

Alguien cayó al suelo y me asusté. Tan largo como era, pero demasiado despacio. Como ofreciendo mucha resistencia al aire y a la gravedad, en su caída. Cuando aquel cuerpo terminó de derrumbarse, mi alarma fue aún mayor: quedó desarticulado como un guiñapo. Una o dos de sus torsiones finales me confirmaban la monstruosidad de lo que estaba presenciando.
xxxAunque estaba quieto ya, temí acercarme. Debajo de la ropa, ese cuerpo se desinflaba. Como si se desintegrara. Cuando por fin me aproximé, comprendí que aquello era, en realidad, solo un montón de ropa. No hubo nunca un cuerpo, allí debajo.
xxxSiempre que quede claro que se trataba de ropa sin gente, debo decir que continuó cayendo gente alrededor, bastante tiempo. Mucha gente, ropa sin gente. Qué ilusión más absurda, la de mi percepción. Pero me sorprendí afirmando —aferrándome a— mi verticalidad respecto todo lo demás: aquello que me rodeaba.
xxxMe repetía: no, no estoy cayendo. Después palpé mis ropas para comprobar que yo aún estaba ahí. Pero descubro que no tengo ropa puesta: estoy desnudo.
xxxAunque estoy solo, ahí en la calle, tengo un ataque de pudor. Considero un instante si coger algunas de esas prendas y cubrirme. Pero mi vergüenza crece, ahora me siento culpable. Y me alejo corriendo.

 

 

 

 

ADELGAZAR PARA PATRICIA

Siempre quise acostarme con Patricia. Patricia la monumental, el espectáculo ambulante, la catedral con piernas de la lascivia concebida como devoción. Carnes fantásticas en su turbadora prodigalidad, una materia ágil y bamboleante, eternamente en movimiento: huyendo siempre lejos, siempre más allá de mi alcance. ¿Cómo no iba a desearla? Pero a ella le gustaban los hombres delgados, muy delgados, todo lo contrario que yo.
xxxPor lo que me puse a dieta, estricta como mi deseo. En mis largas noches de hambre y de deseo, yo soñaba con ser merecedor, al fin, de su abrazo. ¡Lo iba a conseguir!, pensaba en mi delirio, porque ese no comer me sumía en un mundo muy leve donde nada pesaba. Era otra dimensión. Perdiendo toda esa carne y alejándome de la materia, empezando por mi misma carne —más leve, menos obvia cada vez—, había descubierto la espiritualidad. El tiempo y el espacio se me difuminaban mientras yo la buscaba todavía, acaso por inercia, en los mismos bares y discotecas. Hasta que una noche se me acercó. Me contemplaba, admirativa. Y sí, me señaló. Era mi turno. Me temblaban las piernas de pura inanición, más que de nervios o deseo. Se me acercó y allí, en la barra, nos besamos.
xxx—Chico, qué ímpetu —me dijo.
xxxLa callé reanudando mi demorado beso. Antes de darme cuenta, seguíamos besándonos y devorándonos dentro de un coche: mi debilidad física hacía del tiempo una sustancia maleable sobre la que yo flotaba alígero. Enfebrecido como estaba, tuve que esforzarme por volver a la realidad, reconocer un tiempo fijo, estable en mi percepción, para la noche en la que, al fin, ella se me rendía.
xxxEscupí un trozo de labio y los colores de la noche regresaron a mí. En esa oscuridad. Colores teñidos de sangre.
xxxComencé a comprender.
xxxEn mi boca tenía aún un pedazo grande y carnoso de ella, la mitad de su boca. Me retiré espantado de su abrazo, un abrazo inerte que me atenazaba solo por el peso de su cuerpo muerto. Miré a mi deseada: uno de sus pechos había desaparecido hacía rato, así como la mayor parte de su abdomen: sus costillas afloraban bajo la indudable marca de mis mordiscos.
xxxOjalá todo aquello fuese lo primero que de ella devoré, así habría muerto sin la injusta demora que le habría impuesto el hecho de que comenzara a comérmela por la pierna y el brazo que le colgaron, solo cubiertos a medias por hilachos de carne también mordisqueada, cuando abrí la puerta del coche. Solo ahora, oficial, que han vuelto a alimentarme con regularidad en mi celda, tengo la posibilidad de ser consciente de mi crimen. Y créame que lo detesto. Patricia, ¡oh, Patricia! Detesto cómo ahora ya eres carne de mi carne y me atas a esa materia de la que he querido huir. Ya no seré nunca el espíritu ligero que me enseñaste a ser, no voy a serlo nunca más.

 

 

 

 

LA CENA

Me costó bastante adelgazar, aproximadamente nueve meses de verdura y ensaladas, de gazpacho, alguna pequeña rebanada de paté de vez en cuando, muy de vez en cuando. Cuando por fin lo conseguí, solo me quedaba lanzarme a por una mujer. Que encontré casi en el mismo momento en que decidí que ya estaba físicamente preparado. Fue en la calle, prácticamente bajo mi casa. Se me quedó mirando de forma descarada: normal, me había estado cuidando mucho. Quedamos esa noche, le dije que si para cenar, por recurrir al tópico, ¿qué otra cosa podía proponerle?, nunca tuve mucha imaginación. Lo importante es que ella respondió que sí, que por supuesto. Se me comía con la mirada, creo.
xxxY así llegamos hasta ahora, que estamos en este restaurante italiano. Ella no deja de pedir un plato tras otro y yo me aflojo la corbata por el calor, ¿no hay aire acondicionado en este maldito sitio? Miro a mi alrededor: los adolescentes que nos rodean no parecen sufrir menoscabo alguno por la temperatura y devoran ufanos, sin asomo de sudor alguno en sus rostros, sus trozos de pizza, sus ensaladas césar, sus raviolis. «Este solomillo te va a encantar», aventura ella, que tampoco parece sudar, que hace sonar sus carcajadas estentóreas una y otra vez, también mientras la camarera hace sitio para el solomillo, para los tomates con mozzarella, para el provolone, desalojando los otros platos ya vacíos.
xxxPaso de nuevo la servilleta por mi frente, también me seco la nuca; ¿nunca cesarán estos ríos de sudor? Pronto aflojaré mi cinturón. hago esfuerzos por tragar, por sonreír. Antes de que la camarera termine de salir del comedor, mi compañera de mesa le grita que unos gnocchi, que unos tallarines, que un poco más de parmesano. Los adolescentes nos miran. Yo, por si acaso, sonrío.
xxxCreo que voy a desvanecerme, pero prefiero no pensar en ello; aprieto mi servilleta bajo la mesa con el puño, sin que nadie pueda verme. Con la otra mano agarro mi tenedor, lo aprieto entre mis dedos; miro a mi comensal, sonrío: sigo comiendo.

 

 

 

 

SOFÍA Y YO

Lo cierto es que me había enamorado de Sofía, y por mucho que sopesara todas las dificultades a las que nuestra relación debía enfrentarse, no tenía más remedio que lidiar con ellas y salir adelante. Pues Sofía era presentadora de televisión y, por lo que a mí respecta, vivía dentro del aparato.
xxxElla no debía tener nada que ver con la persona de carne y hueso que, a cientos de kilómetros de distancia, la encarnaba en pantalla. Si mi Sofía era elegante y cuidadosa al dar las noticias más terrbles o anodinas, la Sofía real bien podía tratarse de alguien zafio y brutal; si daba el parte meteorológico con sofisticado humor y distinguida dicción, la Sofía real bien podía jurar y maldecir como un camionero, no distinguir una isobara de una alambrada en un estado de excepción. Si su sonrisa pixelada era seductora, cálida y franca sin ocultar su último misterio, su carácter real bien podía ser destemplado y caprichoso en el peor sentido; mezquino, insoportable.
xxxCompro en su día el aparato del día; consigo cables, parabólicas, antenas nuevas. Y renovamos a menudo su carcasa: el último modelo siempre. Sí, estaba enamorado. Y estaba dispuesto a proclamarlo más allá de las paredes de nuestro hogar, entre las calles y el pasmo de nuestros vecinos. Para que nos diese el aire, sacaba el aparato sobre una mesa con ruedas y lo arrastraba adonde quiera que nos apeteciese prolongar nuestros paseos románticos. Lo que durase nuestra batería de luz. No nos importaba que nos mirasen raro en las confiterías y las terrazas, que susurrasen a nuestras espaldas mientras recorríamos los pasillos de grandes almacenes y bulevares. Sofía brillaba para mí, hablaba para mí, solo a mí me dedicaba sus hipnóticas miradas.
xxxEstoy enamorado de Sofía. Los que no nos entienden son los que fueron ciegos siempre. Encienden su receptor y creen matar con ello el tiempo, sin saber que así lo crean, que sucede ante ellos sin que puedan pasmarse ante el milagro. Por esa razón, de entre los millones de personas que la ven, solo a mí me habla, para mí son todos los mensajes de amor secretos, las claves que descifro con paciencia, aquellas que hablan de un mundo en el que finalmente todos nuestros semejantes habrán desaparecido, incluida la Sofía real. Y la verdadera Sofía, la del televisor, dejará que arrastre el carrito que porta el aparato a través de las ruinas de un mundo antiguo, que feneció por no entendernos.
xxxNo estoy loco, quizás el mundo no acabe nunca. En ese caso, con suerte, acabaré yo antes que ella. y si es ella quien lo hace, el día que se apague para siempre, en mi vida quedará tan solo nieve y un ruido monocorde de estática final y sin sentido.

 

 

 

 

FIN DE LA JUVENTUD

Salí pero no para emborracharme, aunque lo hice. Para que me diese el aire, aunque acabé confinado en sucesivos tugurios de viciado aire: luces estroboscópicas, ruidos atronadores. Cuando se me acercó Patricia pensaba en todo eso, en cómo me aburría después de una juventud desperdiciada entre los espejismos de la juventud y también en que, al fin y al cabo, no se estaba tan mal envuelto en ellos.
xxxSiempre tuve un sentido protocolario, en última instancia rutinario, con carácter de obligación social, de la salida y del alcohol. No hay muchas más opciones, acaso, para una juventud sin imaginación en una ciudad pequeña. De cualquier forma se acercaba el final de mi juventud, pensé exageradamente. Y allí estaba ella: me puse firme, o fingía no estarlo para estarlo más que nunca. Pensaba en la juventud al mirarla y era como si todos mis boletos perdedores hubiesen revalidado de un golpe de mano su curso legal, tras sus derrotas del pasado, para volver a probar suerte. La miré y ella me sonrió, o quizás fue al revés. Después nos fuimos juntos.
xxxSi le preguntáis negará que nos conociésemos de esa forma. Vivimos en una casa enorme, una casa enorme en una ciudad pequeña. Aún no esperamos hijos, todavía creo ser joven. Ella aún espera su golpe de suerte y yo, a ratos, siempre a sus espaldas, echo algún que otro trago.

 

 

 

López, José Óscar. Fragmentos de un mundo acelerado. Cartagena; Ed. Balduque, 2017.

 

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