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EL ORO CELESTE

 

MONÓLOGO DEL TÍTERE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSólo me interesa la estimación de unos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuantos espíritus excepcionales.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAndré Gide

Soy una marioneta. A primera vista, parecerá cosa increíble a todos que un ser como yo, hecho de trapo, madera e hilos, pueda dirigirle la palabra a alguien; pero —¿será preciso recordarlo?— no soy el primero de mi especie. Una larga nómina de antecesores me precede, de entre los que no hará falta citar a Pinocchio, o Pinocho, ese italiano tan afamado como algo bobalicón, ni a Kásperle, aquel polichinela insomne disfrazado siempre de arlequín.
xxxFui creado por las cariñosas manos del señor Dimas, quien en cierto modo es mi dios, pues no sólo me dio forma, sino que además me insufla vida cada día cuando me saca al proscenio para representar esa obrilla —un tanto ñoña, todo hay que decirlo—  en la que debo moler a palos al brujo Picahuevos, besar a la princesa Brunilda, y ser nombrado Gran Maestre de la Orden del Higo por su padre, el Emperador de Transilvania.
xxxEn vano he tratado de hacerme oír por mi amo y señor, a quien hubiera querido proponer una serie de cambios sustanciales en la obra. Por ejemplo, que dotara de mayor complejidad psicológica al taimado Picahuevos, o que restara algo de candor a Brunilda, pues en qué cabeza cabe que pueda caer una y otra vez en las trampas absolutamente previsibles del brujo.
xxxSé que es utópico pretender esto, como es estéril pretender que Dimas represente de una vez por todas una obra de Shakespeare en la que yo, pudiendo dar al fin la justa medida de mi capacidad interpretativa, prestara vida a Hamlet o a cualquiera de los personajes inmortales creados por el egregio escritor, despertando así el fervor del público… Aunque no ignoro que la voz impostada de que hace uso Dimas, sacrificando la obligada severidad del Arte en aras de satisfacer —servilmente— a una audiencia de mocosos, tal vez no sea la más adecuada para declamar los profundos y arrebatados monólogos del dramaturgo.
xxxPero qué puedo decir del buen Dimas. Sus carencias son tan innumerables como insoportable resulta su empalagosa ternura. Este pobre hombre, transido de una melancolía espesa, no puede siquiera imaginar que yo acecho sus vigilias alcohólicas desde mi estante, que lo escucho con más asco que pena cuando le oigo decir “mis pobres muñequitos” ante el crepitar de la hoguera. Qué puedo esperar de un amo como éste, entregado a la autocompasión y esclavo de la botella y de una sensiblería tontorrona y barata. Qué puedo esperar de compañeros como los que me han tocado en suerte.
xxxMirad si no a Brunilda, con esas trenzas de lana amarilla y esos desmesurados labios rojos de papel de charol, que le hacen parecer una ramera. Mirad al Emperador: el pobre desgraciado a llegado a asumir su papel hasta el punto de creer que esa corona de papel de aluminio es, en realidad, de plata, o que su manto de fieltro blanco es de piel de armiño. Tanta ingenuidad resulta patética.
xxxY qué decir de los otros comparsas de la obra. De ese ladrón Tragapavos, un rufián de mirada abyecta, tumultuosa de cuchillos y de sangre, tan pródigo en maldades como en torpezas. O de aquel petimetre afeminado que se hace llamar, ridículamente, Marqués de Foie Grase, incansable pretendiente de la princesa Brunilda.
xxxVed sin embargo al viejo Picahuevos, tuerto, tullido, desdentado, obligado por Dimas a llevar un ridículo sombrero en forma de cucurucho. No despierta en mí aprensión, sino un sincero afecto. De esta troupe carnavalesca, él es el único al que aprecio, y cada golpe que Dimas me obliga a infligirle, alentado por un público vociferante y ahíto de sangre, me duele como si me lo diera a mí mismo.
xxxY, en cuanto a mí, el héroe insípido armado de una vana espada de madera, el pomposo caballerete vestido con un uniforme infestado de galones y charreteras, qué puedo decir sino que, vestido de tal guisa, me sé indigno de representar obras de mayor altura.
xxxSe encienden los focos. Oigo el aplauso febril de la chiquillería: pronto va a empezar la mascarada. Ya Dimas me coge de los hilos y me veo obligado a representar una vez más, infinitamente, un odio visceral por Picahuevos que no siento, un amor eterno hacia Brunilda que no he sentido ni sentiré nunca.

 

 

 

 

SIXTO Y EL SPITFIRE

En primavera, trabajando en secreto y a deshoras bajo la luz moribunda del taller, su padre le había construido una hermosa cometa de color rojo que imitaba un avión modelo Spitfire, de la Segunda Guerra Mundial. Medía más de un metro y medio de largo desde la hélice hasta la cola, y se la regaló en mayo por su séptimo cumpleaños. Sixto se presentó con ella al concurso comarcal, muy orgulloso, diez días más tarde. Sobre un prado de alfalfa recién cortada había más de treinta niños con sus cometas de colores ondeando al viento, y no pocos miraron con envidia el majestuoso Spitfire, remontándose en el cielo como si lo impulsara un motor mágico y secreto.
xxxAlgo pasó. El viento que llegaba aullando desde las colinas del Norte empezó a arreciar, y Sixto anudó el cordel de la cometa a su muñeca por temor a perderla. El viento siguió creciendo en fiereza, y pronto pareció que el Spitfire quería liberarse de sus ataduras en la tierra y seguir volando hacia el sol. Su padre se encontraba a unos cien metros, apoyado en una cerca pintada de color verde, y cuando los talones de Sixto comenzaron a despegarse del suelo, se miraron a los ojos por última vez.
xxxSixto se elevó a gran velocidad sobre las antiguas casas coloniales coronadas de buganvillas y sobre los edificios de ladrillo rojo; sobrevoló las azoteas donde había sábanas tendidas al sol, los campos ya atardecidos, los grandes meandros del río flanqueados por sauces. Se cruzó con una bandada de pájaros oscuros y atravesó la columna de humo de un incendio. Finalmente, el Spitfire siguió la estela blanquecina de un reactor hasta que ambos desaparecieron de la vista de todos los presentes.
xxxEl Spitfire pudo ser hallado seis días después, en un estanque de otra ciudad en el que nadaban carpas centenarias, pero la búsqueda de Sixto se prolongó en vano a lo largo de los años. Los cadáveres de niños encontrados en ese tiempo resultaron ser falsas alarmas, víctimas de degenerados que habían comenzado a abundar por el país en aquella época extraña. El padre de Sixto nunca había dejado de sentirse culpable por su desaparición, casi dejó de hablar y de alimentarse, y una mañana, cuatro o cinco años después del suceso, amaneció muerto en la cama con las manos enfrentadas entre sí por las palmas, como si rezara.
xxxLa madre, en cambio, pudo vivir lo bastante como para saber que el cuerpo de su hijo había sido hallado. A los veinticinco años de haberse celebrado el concurso de cometas, una pareja de campesinos escuchó a media noche cómo algo golpeaba violentamente el tejado de chapa del granero. Al salir afuera temblorosos, bajo una lluvia abrileña de estrellas fugaces, descubrieron un cadáver sonriente sobre el tejado.
xxxLos análisis forenses no dejaron lugar a dudas sobre la identidad del desconocido que había caído del cielo. Era Sixto, pero su cuerpo parecía el de un hombre de treinta años.

 

 

 

 

LA DOBLE VIDA DE MEDARDO

Medardo Requena tenía el poder de transformarse en caballo a voluntad. Ya bajo su apariencia humana llamaba la atención su largo y morrudo perfil, similar al de los équidos, y su corpachón desgarbado. No menos su forma de caminar, como si trotara. Estaba compinchado con un tal Mouriño, gallego de Orense, quien había practicado sin fortuna la emigración a América. Juntos recorrían las ferias de ganado y Requena, transmutado en brioso corcel, era vendido por Mouriño al mejor postor. De noche, una vez en el establo, recuperaba su forma humana y salía de allí andando tan campante. Si lo sorprendían dentro de la cuadra, desnudo, hacía como que se había perdido, y su aspecto era tan extraño e inquietante —especialmente si aún no se había completado la transformación— que enseguida lo dejaban marchar sin pedirla más explicaciones.
xxxMedardo Requena se confesaba harto de aquel tipo de vida, de ir de aquí para allá, sin tener un hogar, esposa ni hijos, estafando a la gente honrada. Pero las ganancias eran tan sustanciosas que Mouriño lo convencía siempre de dar un nuevo golpe antes de retirarse. Llevaban ya un decenio trabajando juntos, cuando un año, en Medina del Campo, tras haber cerrado trato con un ganadero de Osuna, Mouriño esperó en vano a que Requena apareciera en el lugar convenido. Fue a los establos, temiendo que hubiera ocurrido cualquier contrariedad, y comprobó con estupor que su socio seguía allí, pero aún bajo la apariencia de un caballo. Cuando le preguntó qué diablos pasaba, Requena agitó las crines, piafó alegremente y, con un movimiento brusco de cabeza, señaló a una yegua que com´´ia heno a sólo diez metros de donde se encontraban. Como Mouriño pareciera no entender, Requena dibujó en el albero, con su casco aún sin herrar, la torpe forma de un corazón.

 

 

 

 

EL ORO CELESTE

Anselmo Verdejo tenía trato con los ángeles. Era un hombre forzudo y cejijunto que trabajaba en el alquitranado de carreteras, y a quien un buen día, en la comarcal de Estriégana a Sigüenza, atropelló un turismo de matrícula suiza que se dio a la fuga. Lo último que vio Anselmo Verdejo en su vida fue la cruz blanca sobre fondo escarlata de la Confederación Helvética. Después cayó en un coma profundo del que no regresaría sino seis meses más tarde: paralítico, castrado y ciego. Si sus ojos materiales dejaron de ver, no así los de su corazón. Anselmo Verdejo les contó a las enfermeras que durante su larga convalecencia había viajado hasta el cielo, y que allí, vestido con ropa de faena, había paseado por calles amplísimas cuyos adoquines eran todos de oro. También contó que había estado platicando con un arcángel llamado Ismael, rubio y de espléndidas alas blancas, quien le había prometido revelarle algún día el secreto de la Pureza. Cuando la señora de Verdejo y sus tres hijos oyeron la historia, se miraron a los ojos largamente, lloraron en silencio, y dieron a Anselmo por un caso perdido. El bueno de Verdejo, de hecho, ni siquiera se acordaba de ellos. Se lo llevaron a casa y lo tenían todo el tiempo en el salón, como a un mueble, y el turno de limpiarle las heces creaba siempre agrias discusiones entre ellos. Anselmo iba a lo suyo. No le preocupaba el mundo exterior, con el que casi se encontraba incomunicado, y en cambio realizaba con su mente frecuentes travesías al cielo, y ampliaba el número de sus conocidos por aquellas latitudes. A Ismael se sumaron Samal, Anael, Gabriel y Sabaoc, y Anselmo decía que pasaba frecuentes apuros porque los confundía entre sí, tan rubios todos, y tan altos, y con los ojos de un azul tan puro. Como una vez, harta de oírle, su mujer le mandara no contar más gilipolleces, Anselmo Verdejo se enfadó mucho y le dijo: verá señora como yo nunca miento; y al día siguiente, cuando despertaron, vieron que Anselmo tenía una pluma muy grande y muy blanca en la mano, y él dijo: ésta me la prestó Gabriel (él pronunciaba “Grabiel”), y contó que al arcángel le había dolido mucho al arrancársela. Imaginaron que pudiera ser la pluma de un cisne, que el viento hubiera arrastrado hasta la ventana, y la esposa dijo esto no prueba nada en absoluto. Al día siguiente amaneció Anselmo con una corona trenzada de flores, regalo de Sabaoc, y ya era difícil imaginar que aquello hubiera venido volando por la ventana. Pero nadie le creía, y el hijo mayor le dijo: papá, por qué no traes uno de esos adoquines de oro de los que hablas; y Anselmo le contestó: no sé si podré, caballero, porque son muy pesados para hacer el viaje. Con todo, apareció al día siguiente con un ladrillo entre las manos. El ladrillo pesaba una barbaridad y era dorado y brillante, y lo llevaron a un joyero que certificó esto es oro puro, vale una fortuna. No le dijeron de dónde lo habían sacado, pero le pidieron a Anselmo que se trajera del cielo un capazo lleno de adoquines, y que entonces le creerían para siempre, y que no volverían a poner nunca en duda nada de cuanto dijera. Anselmo dijo bueno, veremos si no me lisio al arrancarlos, porque el cemento que usan allí es muy fuerte, pero lo intentaré. Ninguno de ellos durmió esa noche, haciéndose cábalas sobre el número de adoquines que cabría en el capazo, imaginando las casas, las fincas, los coches, las joyas, las ropas de lujo que comprarían con aquel dineral. Amaneció, y hasta bien avanzado el día no se aventuraron a entrar en el salón, por miedo a interrumpir el sueño o viaje astral de Anselmo. Cuando por fin lo hicieron, encontraron allí al señor Verdejo, sentado como siempre en su silla de ruedas, pero ahora el pobre hombre estaba muerto: muerto del todo. Un hilo de baba le colgaba desde el labio inferior hasta el pecho, y sus manos, desolladas, estaban cubiertas por un polvillo muy fino que brillaba como oro bajo el sol de la mañana.

 

 

 

 

EL CENTINELA

Fue Otero quien les hizo reparar en la marquesina iluminada de la calle Ibarra. Algún vivales había tenido la idea de organizar el cotillón de Nochevieja en el viejo almacén de cerveza. De las calles colindantes, sucias y oscuras, llegaba un enjambre de hombres de etiqueta fumando cigarros puros, de mujeres vestidas con abrigos de piel. Al llegar bajo la marquesina, le enseñaban una cartulina al portero quien, con gesto displicente, les dejaba pasar.
xxxAl cancerbero había que echarle de comer aparte, como dijo Valle, quien ya estaba maquinando la forma de entrar de matute en la fiesta. Aquel hombre era una mole informe de carne, derramada sobre una sillita de la que no se levantaba en ningún momento, por mucha que pareciese la calidad del recién llegado. Tenía una expresión bovina en el rostro, y los dedos de sus manos parecían morcillas. Iba vestido como un militar de opereta, con gorra de plato y un uniforme de color púrpura que le iba dos tallas más pequeño. Valle tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela del zapato.
xxx—Yo me cuelo delante de esa vaca. Miradlo. Parece un besugo.
xxxValle era siempre el que escupía más lejos, el que driblaba mejor con el balón y el que tumbaba más mozas. Se tenía por bravo. Si una cosa se le metía entre ceja y ceja, no paraba hasta conseguirla. Propuso a Yepes y a Otero que simularan una pelea junto a la puerta, para colarse a una distracción del portero; pero, por más encarnizamento que mostraron en la riña, Mole de Carne no se inmutó.
xxx—Ese tío es como una estatua.
xxxSeguía el desfile de hombres elegantes, de señoritas con manguitos de piel de marta cibelina, y Valle se daba al diablo por no poder entrar allí. Por fin propuso que arrojaran una moneda a los pies del portero, y esta vez Mole de Carne sí que reaccionó. Se incorporó pesadamente y caminó seis pasos hasta alcanzar el lugar en que la moneda había caído. Mientras se agachaba, Valle se precipitó hacia la puerta como un delantero que burla la defensa. Antes de penetrar en el almacén, tuvo tiempo para volver la cabeza y guiñarles un ojo.
xxxCuando entró, la luz era escasa, y un perfume acre, como de sustancias químicas, lo invadía todo. Había grupos de personas en pie, sosteniendo copas de champán vacías, pero ni siquiera hablaban entre ellos. No le gustó la forma en que lo miraban. Sus rostros estaban distorsionados, como si hubieran sufrido una extraña metamorfosis al entrar en el local. Valle se preguntó si a él no le habría ocurrido algo parecido, o si no se trataría de un efecto óptico producido por la luz mortecina del interior.
xxxUn camarero de gesto patibulario le ofreció una bandeja de licores y, cuando Valle retiró una copa, el tipo emitió un barboteo indescifrable. En el centro de la sala, elevada sobre una tarima de tres escalones, se hallaba una gran mesa de piedra, una suerte de altar flanqueado por cirios encendidos. A su lado, una mujer ataviada con un quimono dorado bailaba en estado de trance. Valle pensó que debía de estar loca de atar. Bruscamente, la mujer abrió los ojos y señaló hacia el lugar donde él se encontraba.
xxx—¡Cogedlo! —gritó con un berrido.
xxxValle corrió hacia afuera con el corazón en un puño, pero, antes de que franqueara la puerta, Mole de Carne atajó su carrera de un palmetazo en la sien. Cayó al suelo como un edifico dinamitado. El corazón le palpitaba a un ritmo frenético; las siluetas de sus perseguidores no tardaron en rodearle. En un instante de clarividencia comprendió, ya demasiado tarde, que la misión del portero en aquella fiesta no era impedir la entrada en el almacén, sino evitar que cualquier intruso pudiera escapar de allí con vida.

 

 

 

 

UN PINTOR DE VIENA

Venido de provincias, huérfano de un inspector de aduanas, el joven llega a Viena y se deja maravillar por la maginificencia de los grandes palacios y de los vastos jardines imperiales.
xxxEs alto, escuálido y triste. Viste abrigo oscuro, usa sombrero negro, y lleva un bastón con empuñadura de marfil. No trabaja. Se aloja en un cuartucho pobre, oloroso a humedad y a parafina, del 31 de Stumpergasse. Le ha confiado a su madre que quiere ser pintor, un artista.
xxxTiene el rostro inexpresivo, como de cera. Pasa el tiempo a solas, en su cuarto o en los parques desiertos, y dedica las horas muertas a dibujar sobre las páginas de un cuaderno rectangular. Toma apuntes del natural o de una enciclopedia.
xxxLee mucho. Gasta su poco dinero en acudir a la ópera y apenas come: pan de nueces con mantequilla y, en las grandes ocasiones, un vaso de leche. No fuma ni bebe. Empieza a escribir obras de teatro, pero no tarda en desanimarse y romperlas. Dibuje innumerables bocetos de edificios colosales, grandiosos. Su propósito es ingresar en la Academia de Bellas Artes, alcanzar renombre, ser alguien.
xxxA veces visita un cafetín antiguo, en el que hay divanes de terciopelo y estatuas neoclásicas. Pasa la tarde entera apurando un vaso de seltz, pero no se atreve a hablar con ninguno de los artistas —consagrados o bohemios— que por allí pululan.
xxxLejana ya la pubertad, no ha conocido mujer. Se siente alejado del festín de la vida, como un eunuco en una orgía. Piensa en pintar un cuadro magistral que lo redima de su insignificancia: un paisaje bañado por la luz bajo la atmósfera pulida del verano en Viena.
xxxEn el día de la prueba de ingreso, dibuja palacios, caballos, bosques. Cree haber dado lo mejor de sí mismo, pero, tras dos días de tortuosa espera, busca en vano su nombre en la lista de aprobados. Pide ver su examen y un profesor de cara rancia, vestido de gris, le hace ver que ha dibujado “pocas cabezas”.
xxxSu madre acaba de morir. Habla con su tutor, Joseph Mayrhofer, y le promete que aprobará al curso siguiente. Durante un año se afana en captar con su lápiz la figura humana: una anciana vendiendo castañas, un mendigo en un banco, el rostro de Kubizck (su único amigo). Se siente acechado por el fracaso pero, al llegar la fecha, se presenta al examen y, contra todo pronóstico, lo supera.
xxxVeinte años después es un modesto y respetado artista que vive de sus pinceles, que huele a alcanfor y a casa limpia. Imparte clases particulares y realiza algunos trabajos por encargo, como esa Anunciación —no demasiado brillante— que cuelga en un lateral de la iglesia de Sta. Maria am Gestade.
xxxLos años le han dejado como gravamen un vientre ligeramente abultado y unos ojos fatigados y dóciles. Se ha casado con una mujer frágil y honrada, quien le ha dado un hijo al que han bautizado como él: Adolf.
xxxEs un hombre de bien, honesto, cabal, que a veces finge ser feliz. Liba el vino de la vida en vasos pequeños, y tal vez no le importa. Acepta que nunca ocupará el podio de la fama, que nunca levantará en las mujeres pasiones desatadas, ni despertará en los otros hombres la admiración o el asombro.
xxxPero, en las largas noches de invierno, lo asalta desde hace ya mucho tiempo una pesadilla recurrente y atroz. En ese sueño, él no aprueba su examen de dibujo y no consigue ingresar en la academia: durante años vive como un paria, un mendigo. La gente lo desprecia. El rencor anida en su pecho y apenas le deja respirar.
xxxEn ese mismo sueño se alista en el ejército imperial, acaba por fundar un partido político, arenga a muchedumbres enfervorecidas desde un púlpito improvisado, conoce la prisión y escribe un libro, gana las elecciones al parlamento alemán.
xxxEn ese mismo sueño declara la guerra a los demás países de Occidente, dirige divisiones acorazadas desde su despacho, manda la exterminio a miles de hebreos, conquista el amor de una mujer llamada Eva Braun.
xxxEn ese mismo sueño, él es un dios terrible y pavoroso que gobierna un imperio de hierro y de sangre. Bajo su mando se decide el destino de millones de hombres; las naciones pronuncian su nombre con un terror reverencial, sagrado.
xxxEn ese mismo sueño, en la extraña e intrincada tramoya de ese sueño, hay dolor, pólvora, desembarcos, trincheras, muñones, sepulcros, lodo, rencor y lágrimas.
xxxInvariablemente, el pintor vienés despierta, sobresaltado. Se asoma a la ventana y contempla las calles silenciosas, el rostro angelical de su esposa apoyado sobre la almohada. La realidad, razona con alivio, no admite sucesos tan atroces.
xxxY, sin embargo, sabe que en él anida el germen de ese otro, del monstruo que habita en el sueño: el que pudo ser y no fue. Siente miedo de sí mismo, pero también una cierta envidia. Porque al otro, al monstruo, al caudillo que nutre millones de tumbas, nunca hubiera podido borrarlo el olvido de la memoria de los hombres.

 

 

 

Moyano, Manuel. El oro celeste. Zaragoza; Xordica editorial, 2003.

 

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