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Archive for 12 abril 2018

LOS CUERPOS OSCUROS

 

LOS ENCERRADOS

Los atrancados. Los encerrados vivos.
Oscurecidos, aherrojados en el último cuerpo
de la casa, se consumen y hablan.
Corre la muerte afuera.
Hablan con el televisor y con sus muertos.
Olvidan los plazos del futuro
igual que olvidan hoy
qué cosas les dolieron ayer tarde.
No abren las ventanas
porque no entren el sol ni los ladrones,
y el cielo está techado de uralita,
y no quieren saber a cuántos años
se murieron su madre ni su padre.
Por olvidar, olvidan enfadarse, se tragan
las horas, el caldo, las pastillas, y arrastran
su nombre y sus dos pies como un misterio.
Y leen y releen, una vez y otra vez,
tercos como funambulistas,
la cuenta de la luz, el testamento,
la invitación de boda de una sobrina nieta.

—Anda, padre, hay que andar.

Y se levanta, y sale, y anda, porque su hija
le ha dicho que hay que andar cada día
si no quiere oxidarse.
Mientras madre, para no ver el filo,
para no ver la muerte,
olvida que hoy es miércoles, olvida que es agosto.
Olvida que ha vivido.
Y se afana, y trajina, y se ríe y se ríe.

—Cómo voy a tener yo ochenta años.

 

 

 

 

VIGÍA

Bajo el cerco de luz, escupidera en mano,
repicáis aún más lejos,
perdidos en la barca
de la orilla y la cama.

Soy ave carroñera:
os vigilo en la noche
a cientos de retinas,
vidrieras estas alas
de murciélago herido por los golpes.

A coraza mi sueño: con vosotros expira.
Color de rosa y palo se esculpe vuestra boca
al calor de esta noche,
y me muero de espanto
porque sé que estáis solos,
porque rugen gaviotas de sofoco en el pecho
y hay gorriones sin lengua
estrellándose ciegos en la luna
de nieve del armario.

Vampiros, el arroyo
revienta y llega al hueco
corazón de las sábanas.

Arroyo y la cuchilla, sangre vuestra
para el dique del aire
que contra el suelo rema.

Aún calientes, respiro.
Toda la casa en calma.
Ya podéis levantaros: otra vez
xxxxxxamanece.

 

 

 

 

LOS CUERPOS OSCUROS

Para el trazo del miedo he viajado hasta el norte.
Me he sentado en la hierba
y he puesto en pie la música
del estilete blanco.

Ya no tengo mentiras.
Vuestros cuerpos oscuros se desangran sin verme,
y me alejo y no os miro
porque aquí no hay sepulcro,
ni ronquido ni escara
que me lleven temblando
al país de las dunas.

Que el hilo azul del sauce
se destrence en el agua
y el carmín de los patos
haga fuego en el agrio
resplandor de la orina.

Ya el canal tiene frío
y amanece en las nubes
y pongo en vuestros ojos
carcomidos de espanto
este aroma de lilas resonando en la niebla.

La culpa, el filo, el mango.
Mis dos pájaros negros.
(Sólo la mirla canta).

 

 

 

 

BRASAS

Él es alto y derecho,
le saca dos cabezas a la lámpara,
tiene ojos azules
y un ciento de estorninos en el pelo.

Él trabaja en el sol y saca al aire
su pecho que domina el viento y la camisa,
su pecho como un dulce
almiar tabaco malva.

Él canta por la aurora
cuando aún es de noche
y me deja en la cama
la nuez de sus rodillas
y en la nuca el temblor
de un ramo de poleo crepitando en la jara.

Él tiene dos columnas
de miel junto a su hacha
y extiende cara al frío
la vara de su fuerza.

Pero éste es un viejo
arrugado, maltrecho y con dos dientes
que ladea los pies y la cadera
y que comba la espalda como un preso.
Y ya ves, ni me habla:
veintitrés telarañas en los párpados.

—Cómo va a ser éste mi marido.

 

 

 

 

VIENTO NORTE

Porque arrastran los pies, el aire se ha dormido
y no recuerda ya su condición de rosa.
Abres la puerta, y te azotan los ojos
trescientos metros cúbicos de moho y de despensa.

Y porfías con marcos y fallebas
y maderas que guardan
un último relincho
de asfixia y carne mustia.

—Que entre el sol, que entre el sol hasta el fondo.

Pero el fondo
se ha quedado sin límites
y es oscuro y se pierde
como una caja china entre la niebla.

Y a más lavanda, espuma y limón verde,
más se instala y se abre y se revela
la vaharada cúbica que emana
la terca flor del aire por la casa.

 

 

 

 

CANTILENA

Ella se ríe como los niños tontos.
Si le preguntas si cantó hoy el pájaro,
se ríe,
y si le dices que no corte el tapete,
también ríe.

Con su cara de luna y su sigilo
se embarca en los papeles y se pierde,
y tengo que llevarla de la mano
como si el piso fuera un laberinto.

Y nunca sabe si se llama Antonia,
o María Petra o Carmen,
ni si es domingo o martes,
y a veces se queda suspendida
a medio movimiento, tal si un yelo frío
le congelara el músculo o el juicio.

Pero, de tarde en tarde,
atisbo en su mudez una campana,
la sombra de otro tiempo que cercana cruzase
un pliegue de su risa o de su olvido.

 

 

 

 

SUSTANCIA AMILOIDE

Ese perro que ladra cada noche
tiene lengua soez, y me busca la cara.
Ese perro que muerde las meninges.

Los dientes de la cama son azules
igual que los dos ojos de su padre:
“me duele aquí en la luna”.

Hace frío y es negra
la colcha de la luna del lavabo.

Muerde aquí, padre mío,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxen los pies
de las lágrimas.

 

 

 

Castro, Juana. Los cuerpos oscuros (2ª ed.). Madrid; Ed. Tigres de papel, 2016.

 

LA MUJER CÍCLICA

 

TRES CAMINOS

El primer camino es una trampa que desciende hacia el sur. Es un camino radical. El camino (y no el viajero) aspira al hundimiento. A medida que el viajero avanza, sus pies se hunden y le duele la raíz de la piel y del pelo, y también la raíz de los árboles, en la tierra, contra el barro. Siente la simultaneidad de su dolor y el dolor de la materia, viva o inerte. Aunque no se le ve desaparecer, en cierto punto se esfuma como alguien quemado por la luz.

El segundo camino tiene forma de tenia. Es un huésped, un camino interior. No tiene dirección cardinal: su movimiento es el pliegue, se enerva, se retuerce por dentro. El camino se apropia del viajero, se alimenta de lo que ingiere por contacto, apenas con el roce de su piel ganchuda y membranosa. El viajero siente la disyunción dentro de sí, la separación de su cuerpo y el cuerpo del camino. Los más afortunados logran expulsar el camino por la boca. Los menos afortunados logran ser expulsados por el camino, y entonces se convierten en un residuo, en una excrecencia.

El tercer camino es el que mejor conozco. Es un camino doble. Una bifurcación. Una lengua astillada. Sin embargo, el viajero lo percibe como unidad. Tan distinto del segundo camino que podría ser casi su antítesis. Es parecido a una voz lejana o a un eco. Yuxtapuesto a lo propio. Adherido en ciertos puntos. Sin equivalencia material. Por eso el viajero cree que es uno. Sin embargo, hay indicios que señalan su duplicidad, el alejamiento de las dos partes, la ruptura. Esos síntomas el viajero los recibe con angustia, a través de sueños y preguntas que resuenan con una coda lúbrica y martilleante. A lo largo de la vida del viajero, el carácter doble del camino se va espesando, se tensa hasta quebrarse. La quiebra devuelve la longitud a la imagen del viajero, que asustado como un niño de cría ve cómo su vida ha sido vivida por un hilo en fuga que se pierde. Lo que le queda, entonces, es un silbido. Un perezoso sufrimiento de cobaya doméstica.

 

 

 

 

TENTATIVAS DE UN CUERPO

(III)

en tus ojos
construí mi casa,
muerte más cierta que mi vida,
alejamiento

ahora escribo tu ascenso
en esta purga de luces desmedidas

mi cuerpo es la razón,
la única razón
que me ocupa
y me basta

 

 

 

 

SIBILA

Sibila, creo que voy a perder las palabras. No hay voz ni umbral que puedan recoger lo que he visto. La azul menstruación de la tierra. La alargada estentórea herida de la especie. No veo la guerra sino la espina de la guerra, el residuo, la columna de humo que escapa hacia el cielo. ¿Cómo, entonces, atraparla en un nombre?

La vida es monódica, pero mis manos son dobles y disyuntas. También mi música es doble y disyunta. Si uno mis manos y mi música, todas ellas, sin número, recorren el mismo trazado unificado. Arquitectura de sombras, hecha para ser desmontada y superpuesta. Hecha para orar cada una de sus escalas interrumpidas.

Lo que me asusta no es callar, es no saber encontrar la palabra que atenaza mi deseo. Porque aquello que he visto, por terrible que parezca, lo he deseado. He deseado el nido y la masacre: desprender así el infinito. He pensado: si todo ardiera. Con esa estúpida lesión de anonadada, inventándome también la huida, la negación de la negación.

He deseado a veces que mueran los otros, que los otros resuciten. Por decir esa locura, sibila, he espantado a las madres que también desearon alguna vez que sus hijos murieran. He deseado la vida en absoluto y en absoluto la muerte. Monstruo cazado por sus propias fauces. Animal que corre en la noche con la cabeza cortada.

 

 

 

 

ANUNCIACIÓN

(I)

cómo sentir necesidad de amar
cuando el amor es este rito
insuficiente
mi hambre
es de ahogo

 

 

(II)

ya no
ya basta
dejé mi cuerpo sembrado en la tierra
dejé mi amor de animal indolente
su acecho de cazador
su miedo de presa
pero ya no
ya basta

 

 

(III)

si puedo morir en la poesía
tal vez la bestia no amordace
todavía
mi cuello
si puedo escribir
xxxxxxxxestoy muerta
en un poema
¿tal vez
así
xxxsolo así
me salve?

 

 

(IV)

y si al final es cierto
y no supe desear
más que esta música arenosa
la soledad del lobo
su aullido de manada dividida
el roce de sus uñas contra la estepa

 

 

 

 

ALEJANDRA PIZARNIK

y si el fondo no existe
y en su lugar
una trampilla
morosamente perforada
parpadea

 

 

 

 

ISABELLE EBERHARDT

(Proscenio)

x
Estoy viajando por el desierto.

Luces verdes saturadas. Signos hechos de tierra. Huellas. Calor. Ausencia de sombra.

No hablo de un personaje interior. Mis paisajes interiores están llenos de imágenes, de golpes, de lluvia. Tienen ruido. Metralla. Briznas. Música arrogante e inconclusa.

Estoy hablando del desierto. Fuera de mí. El desierto real. No lo metafórico. No lo auspiciado, como un nudo inextricable, en el sueño del lenguaje.

Estoy huyendo en el desierto. No hay fuego, no hay barcos surcando la arena, arrastrando la cola de las alimañas.

No parezco un pájaro de plumaje seco. No parezco la voz incendiaria de un hombre que camina.

Estoy viajando por el desierto. Cuando digo esta frase, hay algo que se rompe.

Porque nadie me ve caminando por el desierto ahora.

Me ven sentada ante un papel, escribiendo.

No ven al cuerpo desplazarse, buscar con su rodaje la textura efímera de las dunas.

 

 

 

 

ANNA O.

En momentos de claridad total, se quejaba de las profundas tinieblas que invadían su cabeza, de que no podía pensar, se volvía ciega y sorda, tenía dos yoes, el suyo real y uno malo que la constreñía a un comportamiento díscolo, etc. A las siestas caía en una somnolencia que duraba más o menos hasta pasada una hora de la puesta del sol; luego despertaba, se quejaba de que algo la martirizaba, o más bien repetía siempre el infinitivo: «Martirizar, martirizar». Después, simultánea a la formación de las contracturas, sobrevino una profunda desorganización funcional del lenguaje. Primero se observó que le faltaban palabras, y poco a poco se incrementó. Luego, su lenguaje perdió toda gramática, toda sintaxis, la conjugación íntegra del verbo; por último lo construía todo mal, las más de las veces con un infinitivo creado a partir de formas débiles del participio y el pretérito, sin artículo. En un desarrollo ulterior, también le faltaron casi por completo las palabras, las rebuscaba trabajosamente entre cuatro o cinco lenguas y entonces apenas sí se la entendía. En sus intentos de escribir (al principio, hasta que la contractura se lo impidió por completo), lo hacía en ese mismo dialecto.


xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJoseph Breuer, El caso de Anna O.

 

(I) Los gatos de Nápoles devoran el cadáver de mi padre.

Los gatos de Nápoles devoran el cadáver del padre. El animal desgarra, la piel queda roída y debajo de la piel asoma el músculo. Principio de movimiento que en el cuerpo de Anna se vuelve espasmo. Se vuelve parálisis

Anna O. abre una puerta. La puerta se abre en ella. Cae la armadura: está a disposición. Enferma y dispuesta. Pandora lleva en sí una diáspora, es diáspora, partículas que huyen del exilio.

Anna O. lo pierde todo, deja que todo en ella se pierda. Sin visión. Sin oído. Sin lengua. El útero, dicen los hombres, el útero sostiene y embrolla. Superpone una capa a la suya, el triple desván que se decanta en su cuerpo para llevársela.

 

 

(II)Las serpientes negras avanzan sobre mí.

Sueña, Tiresias. Dijiste que mi cuerpo sería un raíl. No adivinas siquiera el hambre salvaje, el salvaje atropello. Cuerda contra cuerda, redoble y piel demudada. Creí oírte decir: las mujeres son lamias, se sientan en las esquinas, esperan la visita de un extraño para alargar su cuerpo y hacer de él un bosque pulsional y un crematorio.

Se llama deseo, Tiresias. Abocada en la merma y el exceso, el deseo se pierde. Estática inconclusa. Sin deseo es más honda mi ceguera, más grave aún mi resonancia. ¿Cárcel dónde? Aquí, donde el cuerpo se revuelve, donde todo es tensión y moradura y estremecimiento. Temblor de los párpados. Placer nunca hubo, pero una vez dejé que el viento sacudiera levemente mi falda y entonces la caricia de la tela en el muslo y el aluvión de sangre en la mejilla y el ruego intenso sí intenso de que el viento regresara.

 

 

 

 

LA MUERTE DE MARINA TSVETÁIEVA

He muerto x voz nervada x dispongo de alas muy estrechas x sé ver la diferencia entre los distintos grados de penumbra x el amor me alimentó cuando quise comerlo x abracé el accidente y la mentira xxx estuve como un centinela en las junturas inmóviles x miré sin mirar xxx atendía al olfato xxx sigilosa xxx rumiante clavé mis manos en el hollín x bebí del vino agolpado en mi boca x mezclado con la sangre x al fin habrá un consuelo x alguien me necesitará x la casa ahora me busca

 

 

 

 

LUCIA JOYCE Y VIOLET GIBSON

Lucia dice: Hace frío en la sala de curas.

Violet dice: Con estas manos ajadas disparé a Benito Mussolini.

Lucia dice: Pasearé sola por los jardines del hospital. Recordaré cómo era moverse entre las plantas libres. Cómo era arrastrar la vida hacia mi fémur. Rotación y armonía. Desmembrada ahora.

Violet dice: Yo pude haber salvado a toda Europa. Mujer de nariz ganchuda y ojos exiguos. Exiguo también el gesto de las manos: comprensión y ráfaga. ¿Has tratado alguna vez de matar a un hombre?

Lucia dice: En una ocasión maté a una mujer ante un cristal. No lo atravesó con sus piernas porque yo la detuve. Mi madre mató a un amante enfermo. Mi padre nos mató a todos en sus libros.

Violet dice: ¿A cuántos hombres mató Mussolini? ¿A cuántas mujeres?

Lucia dice: Desunir recovecos. Cómo era contorsionarse y cómo era mirar al fondo de una roca con los pies antes que con los ojos. Lanzar mirada estrábica, perder la visión. Mirar con los pies la arista de un diamante al multiplicarse, ¿hacia dónde lleva el hueco? ¿Hacia dónde camino en el diamante? ¿Son pirámides las que avanzan?

Violet dice: Si volviera a tener un arma entre las manos… ¿No fue mi padre quien me enseñó a manejarla?

Lucia dice: Papá es un agujero. Papá agujero furioso. Ciego. Parcheado. Padre parcheado. papá me coge en brazos de niña, dice mi nombre. Parcheado. Agujerea mi nombre. papá me mira con su único ojo fiero y me transcribe. Aguja sobre la piel, papá perfora transcribiéndome. Mamá no me transcribe. Me pinza por el muslo como un cangrejo, me extrae de sí. Vidamuerte equivalen. Rubor de perdida.

Violet dice: Aquel hombre de músculos rollizos paseando sobre Roma. Aquel hombre que eran todos y cualquier hombre. Podría ser cualquier hombre y podría haber sido cualquier otra mano la que apretase el gatillo pero fue su mandíbula y fue mi mano la que disparó.

Lucia dice: Papá es una avispa. Papá vuela a lomos de mi avispa. Panel de cota, panel de sudario. Papá, Samuel. Quiénes fuimos una vez y hablamos alrededor de una mesa.Había caldo, carne hervida y vino casi transparente. Ajuar para la más bella rociada de avispas. Lucia, acércate a mí con tu cintura, con tus pies y ojos reversibles. Yo me agitaba.

Violet dice: Todo queda siempre en un intento. Todo queda y se recubre. Ellos pasan un trapo por la superficie mancillada y nosotras aquí, en esta clausura. Hacer un recuerdo de lo que acontecerá. dame la mano, Lucia.

Lucia dice: Aprieta el gatillo.

 

 

 

 

CANCIÓN DE LA MUJER DESCONFIADA

Ella dice: «Mientras yo dormía,
alguien se acordó de mí para matarme.»
Dice: «No hay más auxilio,
ni más cerro, ni más navaja
que la memoria.»
Dice: «Estoy convencida de que se puede
ahorcar a alguien sin usar los dedos.»
Dice: «Pensar es peligroso.»
Dice: «Cuando reposamos
el mundo termina, no hay estrépito
que suene tan atronador
como un cuerpo dormido.»
Dice: «Podrían exportar mi sangre
con un solo guiño de la mente.»
Dice: «Que mis pies estén anclados
en el suelo
no significa presencia.»
Dice: «Tú ahora podrías estar hablando
con un cerebro insidioso,
con un trozo de lumbre
que te arrastra.»
Dice: «No hay garantía alguna
de que siga viva,
el pulso puede ser la desinencia
inacabable
de mi muerte.»
Dice: «Serré mis dientes
para que no se los llevaran.»
Dice: «Podrías ser tú
quien me ha matado.»
Dice: «Podrías ser tú
el lenguaje que me expolia.»
Dice: «Podrías ser tú
la sombra estéril.»
Dice: «Podrías ser tú la fiebre,
la ceniza,
la reunión de palabras que recorren
el arco de mi boca
cuando hablo.»
Dice: «Podrías ser tú.
Yo podría ser tú.
En mí. Fuera.»

 

 

 

López Manrique, Laia. La mujer cíclica. Barcelona; Ed. La Garúa, 2014.

 

AQUÍ

 

AQUÍ

No sé cómo será en otras partes
pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.
Aquí se fabrican sillas y tristezas,
tijeras, violines, ternura, transistores,
diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,
pero por algún motivo no hay pinturas,
cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lágrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.
Algunos te pueden gustar especialmente,
puedes llamarlos a tu manera,
y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,
aunque nadie los encuentra bonitos.

Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,
aquí tengas un torso separado
y con él los instrumentos necesarios
para añadir los propios a los niños de otros.
Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,
todo el tiempo cuenta, compara, mide,
saca de ello conclusiones y raíces cuadrados.

Ya, ya sé lo que estás pensando.
Aquí no hay nada duradero,
porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.
Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido
y a veces tienen que descansar mucho
hasta la próxima vez.

Y sé qué más estás pensando.
Guerras, guerras, guerras.
Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.
Firmes — la gente es mala.
Descansen — la gente es buena.
A la voz de firmes se produce devastación.
A la voz de descansen se construyen casas sin descanso
y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.
Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,
giras sin billete en un carrusel de planetas
y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,
en unos tiempos tan vertiginosos
que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:
la mesa está donde estaba,
en la mesa una carta, colocada como estaba,
a través de la ventana un soplo solamente de aire,
y en las paredes ninguna terrorífica fisura
por la que el viento se te lleve a ninguna parte.

 

 

 

 

PENSAMIENTOS QUE ME ASALTAN EN CALLES TRANSITADAS

Caras.
Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Aparentemente todas diferentes
de aquellas que ha habido y habrá.
Pero la Naturaleza — cualquiera la entiende —
quizá cansada del incesante trabajo
repite sus antiguas ideas
y nos pone caras
de segunda mano.

Igual te cruzas con Arquímedes en vaqueros,
Catalina la Grande con ropa de rebajas,
un faraón con gafas y maletín.

La viuda de un zapatero sin zapatos
de una Varsovia aún pequeña,
el maestro de las cuevas de Altamira
con sus nietas camino del ZOO,
un vándalo peludo yendo al museo
a extasiarse un poco.

Caídos de hace doscientos siglos,
de hace cinco siglos
y de hace medio siglo.

Alguien transportado por aquí en una carroza dorada,
otro en un vagón al exterminio,

Moctezuma, Confucio, Nabucodonosor,
sus ayas, sus lavanderas y Semíramis
hablando sólo en inglés.

Miles de millones de caras en la superficie del mundo.
Tu cara, la mía, la de quién —
no lo sabrás nunca.
Quizá la Naturaleza tenga que engañar,
y para llegar a tiempo, y para dar abasto
empieza a pescar lo que anda sepultado
en el espejo del olvido.

 

 

 

 

ADOLESCENTE

¿Yo, adolescente?
Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,
¿tendría que saludarla como a una persona próxima,
a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente
por el mero hecho
de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotras
que probablemente sólo los huesos son los mismos,
la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,
sus pestañas más largas, su estatura mayor
y todo el cuerpo recubierto de una piel
ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos
pero casi todos están vivos en su mundo,
y en el mío prácticamente nadie
de ese círculo común.

Somos tan diferentes,
pensamos y decimos cosas tan distintas.
Ella sabe poco,
pero con una obstinación digna de mejores causas.

Yo sé mucho más,
pero, a cambio, sin ninguna seguridad.

Me muestra unos poemas
escritos con una letra cuidada, clara,
que no tengo ya desde hace tiempo.

Leo y leo esos poemas.
A lo mejor este de aquí,
si lo acortáramos,
y lo corrigiéramos en un par de lugares.
El resto no augura nada bueno.

La conversación no fluye.
En su pobre reloj
el tiempo es barato e impreciso.
En el mío mucho más caro y exacto.

Al despedirnos nada, una especie de sonrisa
y ninguna emoción.

Sólo cuando desaparece
y olvida con las prisas la bufanda.

Un bufanda de pura lana virgen,
a rayas de colores,
hecha a ganchillo
por nuestra madre para ella.

Todavía la conservo.

 

 

 

 

MI DIFÍCIL VIDA CON LA MEMORIA

Soy mal público para mi memoria.
Quiere que continuamente escuche su voz,
y yo no dejo de moverme, carraspeo,
escucho y no escucho,
salgo, regreso y vuelvo a salir.

Quiere ocupar mi atención y mi tiempo por completo.
Cuando duermo le resulta fácil.
De día, depende, y eso le molesta un poco.

Me desliza insistente antiguas cartas, fotografías,
trata hechos importantes y sin importancia,
pone la mirada en paisajes inadvertidas,
los puebla con mis muertos.

En sus historias siempre soy más joven.
Es agradable, sólo que para qué seguir insistiendo en eso.
Los espejos me dicen otra cosa.

Se enfurece cuando me encojo de hombros.
Y, vengativa, me echa en cara todos mis errores,
graves, luego fácilmente olvidados.
Me mira a los ojos, espera a ver qué digo.
Al final me consuela con que pudo haber sido peor.

Quiere que viva ya sólo con ella y para ella.
De preferencia en una habitación oscura y cerrada,
y en mis planes hay siempre un sol presente,
nubes actuales, caminos en curso.

A veces estoy harta de su compañía.
Le propongo separarnos. Desde hoy y para siempre.
Entonces sonríe compasiva,
pues sabe que para mí también sería una condena.

 

 

 

 

MICROCOSMOS

Cuando se empezó a mirar por el microscopio
se desató el pánico y hasta hoy anda suelto.
La vida había sido hasta ese momento suficientemente delirante
en tamaños y formas.
Y así creaba también seres diminutos,
mosquitas, gusanitos,
pero que al menos se dejaban ver
a simple vista humana.

Y de golpe, bajo la lente,
seres distintos hasta la exageración
y ya tan poca cosa
que lo que ocupan en el espacio
sólo por compasión puede llamarse lugar.

La lente ni siquiera los oprime,
sin obstáculo parecen duplicarse, triplicarse
completamente a sus anchas y al azar.

Decir que son muchos, es decir poco.
Cuanto más potente el microscopio,
más precisa y exactamente aumentados.

Ni siquiera tienen entrañas de verdad.
No saben qué es el sexo, la infancia, la vejez.
Quizá no saben ni si son, o si no son.
Sin embargo deciden sobre nuestra vida y nuestra muerte.

Algunos permanecen inmóviles momentáneamente,
aunque no se sabe qué es para ellos un momento.
Como son tan pequeños,
igual la existencia
está en su caso proporcionalmente disminuida.

El polen que lleva el viento es a su lado un meteoro
del cosmos profundo,
y la huella de un dedo, un extenso laberinto
donde se pueden reunir
en sus silenciosos desfiles,
sus ciegas iliadas y sus upanishads.

Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos,
pero es un tema difícil,
dejado siempre para más tarde
y quizá digno de un mejor poeta,
todavía más sorprendido que yo por el mundo.
Pero el tiempo apremia. Escribo.

 

 

 

 

DIVORCIO

Para los niños el primer fin del mundo de su vida.
Para el gato un nuevo dueño.
Para el perro una nueva dueña.
Para los muebles escaleras, golpes, carga, descarga.
Para las paredes claros cuadrados tras los cuadros descolgados.
Para los vecinos de la planta baja un tema, una pausa en el hastío.
Para el coche mejor que fueran dos.
Para las novelas, la poesía — de acuerdo, llévate lo que quieras.
Peor para la enciclopedia y el vídeo,
ah, y para el manual de ortografía,
donde tal vez se explique el tema de los dos nombres:
si todavía unirlos por la conjunción “y”,
o ya separarlos con un punto.

 

 

 

Szymborska, Wisława. Aquí (trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano). Madrid; Bartleby editores, 2009.

 

70 VECES MENTIRA

 

1

Volver es más triste que perderse.

 

3

El Paraíso no existe, pero el Paraíso Perdido sí.

 

4

Todo lo que no es una puerta, es un muro.

 

5

Muchos creen que esto es sólo la primera parte,
pero nadie sabe de qué.

 

7

Esperanza es la palabra de la que uno se acuerda después
de haberse caído en un agujero.

 

8

Tener todas las partes aún no es tenerlo todo.

 

9

Dentro del miedo no hay donde esconderse.

 

15

¿Hay vida antes de la muerte?

 

16

Avanzar es irse quedando solo.

 

17

Un hombre también es todo lo que ha olvidado,
la mujer que no tuvo, el Chagall que no vio,
la suma de los sitios en donde no ha caído.

 

19

Cada hombre cruza
una calle distinta
frente a mi casa.

 

20

El futuro no debería ser arrastrar todo lo que tienes un poco
más adelante. Pero a menudo lo es.

 

21

El dolor nos convierte en nosotros mismos.

 

22

La maravillosa historia de todo lo que no se sabe.

 

23

Todo el mundo se siente solo, excepto los idiotas.

 

24

El hombre que ya no soy tiene sus propios recuerdos.

 

25

Las palabras que son verdad y son mentira.
La palabra jarrón, que no puede romperse contra el suelo;
la palabra cuchillo, que no corta la palma de la mano;
o la palabra sangre, que brota de la herida.

 

27

Las palabras tachadas también son una parte del poema,
lo mismo que las horas de sueño también son una parte del día.

 

34

Miro atrás: todos
los sitios donde estuve
están vacíos.

 

36

A veces, la palabra que lo resume todo es nada.

 

37

Recordar lo que pasó no es tan importante como saber quién eras.

 

38

Quien ama las estatuas tiene que amar también las ruinas,
dice Gottfried Benn.

 

44

Todas las palabras son palabras aproximadas.
Como dice Marguerite Duras:
escribir es intentar adivinar lo que uno escribiría si escribiese.

 

46

Escapar no significa ir a alguna parte.

 

49

A menudo ya es demasiado tarde. A menudo, cuando aprendes
a tragarte el sable el circo ya está en otro sitio.

 

50

A los trece años, a veces te sientes como Robin Hood.
A los treinta, a veces te sientes como los agujeros de la diana.

 

51

Recuerda la parte del juego en la que puedes perder.

 

52

Es una historia extraña:
nosotros ponemos nuestro corazón y ellos sus bisturíes.

 

54

Escribir un poema es como armar un puzzle.
Un poema es poner cada cosa en su sitio.

 

56

No importa cómo es un poema
sino en quién te convierte.

 

58

Sueño contigo
y no sé quién está
dentro de quién.

 

62

No llamar a las cosas por su nombre para que te entiendan.
Un buen poema lo hace todo más claro de lo que realmente es.

 

64

Una mujer que sea lo mismo que la noche
y lo contrario de la oscuridad.

 

66

Ese momento espantoso de la vida cuando aún queda mucho
pero ya no queda nada.

 

68

La vida es extraña: cuanto más vacía, más pesa.

 

70

Un lugar al que ir no es más importante que
un sitio donde esconderse.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

TODOS NOSOTROS

 

TIEMPO MUERTO

Ha sido un día raro. Estás tumbada
junto a mí.
xxxxxxxxxxCasi puedo escuchar la marea
de la sangre en tu piel
y el deseo que llena tus manos de leones.
Luego, apagas la luz.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa noche salta
como un pez de tu corazón al mío.

Y sin embargo hay algo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn realidad
no sé qué es.
xxxxxxxxxxxPero aquí está.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs extraño:
de repente, me digo: —Cada hombre
lleva una pala para cavar su propio Infierno.

Me pregunto qué he visto,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdónde estaba,
la razón; imagino
la tarde entera; el bar cerca de la autopista,
la ciudad
debajo de la lluvia igual que un barco hundido;
y algo que yo te dije
y algo que tú dijiste: —Si no sabes
por qué lo has hecho, nunca sabrás por qué ha pasado.

Pero no veo nada,
xxxxxxxxxxxxxxxxningún dato,
ninguna relación con el Infierno.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEntonces
miro adelante, busco
las palabras que tienen lo que quiero decir.
Y ahí tampoco hay nada:
Hay la azotea roja;
hay el gato que atrapa un pájaro y devora lentamente mis ojos.

Tú sigues a mi lado.
Tu corazón golpea dentro de la mujer
dormida, igual que un perro ladrándole a las tumbas.
Me pregunto,
después de tantas cosas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando cada hora quema
su selva entre mis manos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxme pregunto
qué es lo que sé de ti;
si tal vez, como dice Marianne Moore, lo importante
de lo que vemos es lo que no vemos.

Y no encuentro respuestas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNi caminos
por que volver.
xxxxxxxxxxxxxxEnciendo
una luz,
xxxxxxxabro el libro,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxcierro el balcón.
La noche
se reúne a sí misma, se marcha de nosotros
con su cielo vacío,
con su dios que se lleva
algo de nuestras vidas a su ciudad deshecha.

Abro el libro
mientras que en el tejado se mueve la serpiente
azul del agua
xxxxxxxxxxxxy sigues
xxxxxxxxxixxxxxxxxxxjunto a mí
y por tu corazón se alejan los tambores
y escribo la palabra árbol y en ese árbol
crece tranquilamente la palabra naranja.

 

 

 

 

PAREJAS

Por lo mismo que une a Vallejo y los miércoles,
el mercurio y Bob Dylan,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNeruda y las ballenas.
Esas son las razones por las que estás conmigo.

Y también porque sabes todo lo que me importa:
porque entiendes al niño que llora entre los árboles;
a la mujer que sueña con oscuras cocinas,
con cucharas que buscan su corazón partido.

Teresa Rosenvinge: lámpara interminable,
yo pronuncio tu nombre para saber qué somos.
Te llamo bosque azul,
pájaro del océano,
estrella entre dos torres,
luna sobre la isla.

xxxxxxxxxxxxxxxxTú te acercas;
entras en el poema
y desde ese poema abres una ventana,
descuelgas un teléfono,
coges un pez en la palabra río.

Estás aquí
xxxxxxxxxxy fuera se oyen voces,
gente que aún se mueve en donde ya no hay nadie,
una sirena,
xxxxxxxxxxun hombre que a lo lejos
pasa junto a nosotros:
ruidos de algún lugar en el que ya no estamos.

Por lo mismo que Julio Cortázar y el boxeo,
Bukowski y los hoteles pintados de naranja.
Handke y los lanzadores de cuchillo.
Por eso.
Esas son las razones por las que estamos juntos.

 

 

 

 

MATERIAL

No es el azar
que salta de una mano
hasta los dados.

Es como el miedo:
cuando es de noche y puedes
ver los sonidos.

Son las palabras
que tengan dentro al hombre
que las escucha.

La poesía
es fingir que es verdad
lo que es verdad.

 

 

 

 

ROTO

Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.

Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
—Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.
Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.

Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.

Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.

 

 

 

 

MIRANDO FOTOS DE ANNE SEXTON
(1928-1974)

En la primera foto, Anne Sexton mira el mar.
Sabemos que la playa está en Virginia
(Carolina del Norte) y que es el año
48, un día
de su luna de miel.
xxxxxxxxxxxxxxxxxTiene los ojos
casi cerrados mientras oye el ruido
de las olas, el viento que deshace
y vuelve a hacer las dunas,
el agua que se mueve con lentitud,
que traza
líneas,
curvas,
esferas.
El agua que se mueve lo mismo que la mano
de alguien que escribe la palabra océano.

En la segunda imagen
—ahora ya estamos en mil novecientos
setenta y cuatro—, fuma un cigarrillo
cerca de una ventana —por alguna razón
creo que al otro lado del cristal hay un bosque—
y observa las figuras
que forma el humo: peces,
un iceberg,
xxxxxxxxxxuna sirena,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxun ángel
malherido en la nieve.
En esta foto
tiene un aspecto extraño,
parecido al de alguien que corre hacia un volcán,
parecido al de alguien que acabara de soltar un cuchillo.

Pocos
días
después
Anne Sexton
va a matarse
en esa misma casa:
va a dejar
sus anillos
sobre una mesa, en la cocina,
y luego
entrará en el garaje
con un vaso
de vodka
en la mano,
pondrá en marcha el motor
del coche —un Cougar rojo— y encenderá la radio
—¿Te imaginas qué pudo oír? ¿James Taylor?
¿Los Grateful Dead? ¿Pink Floyd?—
y esperará la muerte.

Cierro el libro.
Me miras.
Sé lo que estás pensando.
—La vida es muy difícil.
Una mujer es un reloj de arena.

 

 

 

 

CADA MAÑANA

Cada mañana, Jaime Gil de Biedma
se muere en Barcelona,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxShelley sube
a su barco en la costa de Italia,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRaymond Carver
escribe su poema sobre Antonio Machado.

Cada mañana
Stevenson se inventa La isla del tesoro,
Paul Morand sube a un tren,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBlaise Cendrars va en un barco,
Virginia Woolf camina
cerca de un río y Paul Eluard piensa de pronto:
La tierra es azul como una naranja.

Del otro lado hay gente oscura que nos busca.
Del otro lado hay gente que llama a nuestra casa.
Hay gente que se acerca muy despacio a nosotros
igual que hombres con hachas caminando hacia un bosque.

Cada mañana es la última mañana de Pavese.
Cada mañana, Herman Melville empieza Moby Dick,
Borges se mueve al fondo de los versos de Borges,
Pessoa lee desde dentro de mí a Pessoa.

Del otro lado hay gente que nos sigue.
Del otro lado hay manos que tiran de nosotros.
Gente que nos espera
en noches del tamaño de su miedo a la noche.

Rimbaud besa a Verlaine en un hotel de Francia,
a Steinbeck se le ocurre Las uvas de la ira,
a Vicente Huidobro le parece que escucha
la pequeña cascada que cuenta sus monedas.

Cada mañana
xxxxxxxxxxxxxtoco el oro de Jack London.
Cada noche
veo brillar la bala en el corazón de Lorca.
Cada día
me convierto en mis ojos,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsoy las cosas que escucho
como el hombre que tiembla es una parte del frío.

Cada mañana,
xxxxxxxxxxxxxalguien lo descubre:
todo lo que está escrito pertenece al futuro.

 

 

 

Prado, Benjamín. Todos nosotros. Madrid; Ed. Hiperión, 1998.

 

COBIJO CONTRA LA TORMENTA

 

LOS ríos de las ciudades son extraños,
parecen dioses perdidos entre bares azules
y merenderos sucios
y pequeñas terrazas de extrarradio.

Los ríos, como los trenes,
llegan despacio al nombre de las ciudades.
Pero en las noches de verano
el sonido del agua
entras despacio en las habitaciones
y sigue el ritmo lento de los ventiladores
y atraviesa el corazón de los hombres dormidos.

 

 

 

 

SIETE PREGUNTAS PARA KURT COBAIN

¿Existen las preguntas o son sólo
algo como querer atrapar tu propia mano
y encontrar al abrirla una puerta cerrada,
una mano vacía?

¿Cómo era ese lugar:
Jimi Hendrix andaba bajo la niebla púrpura
y Jim Morrison iba en el autobús azul?

¿Escribiste al final aquella frase
de Neil Young: es mejor arder que desvanecerse
porque eras una parte
de esa frase lo mismo que un viajero
forma parte de un tren, aquella frase
igual que un largo tren detenido en la lluvia?

¿Cuál era la respuesta:
llegar tan lejos que te sientas solo;
ver el último ángel —parecido
a la forma del viento encima de unas rosas—
y disparar sobre él, sobre ese dulce
ángel de soledad, mientras el viento
traía el corazón de las rosas cortadas
como botellas rotas en un río?

¿De dónde vienes? ¿Dónde vamos todos nosotros?

 

 

 

 

LA LÁMPARA DE ALBERTI

Todos aquellos años yo pude atravesar los muros,
volver contigo a la ciudad de Antonio
Machado, entrar al huerto
de San Juan de la Cruz, al monasterio
de Bécquer —lentamente
el orden de la nieve
asumía la forma de las cosas. Yo dije:
eso es tu poesía—, a la pequeña
habitación de Lorca
por quien aún guardabas una dulce,
una oscura amistad más allá de la muerte.
¿Te acuerdas de las horas
en el salón de Luisa, leyendo cada tarde
durante meses a Rubén Darío?
La luz azul de la piscina, el golpe
apagado de cuerpos en el agua
subiendo hasta el balcón
y las palabras llenas del ruido de los árboles.

Tú construías islas contra la vida, largas
escaleras al cielo;
siempre encontrabas
una manera de parar la sombra de las torres,
de llamar, por ejemplo, polifemos
encendidos a los Pegasos que dejaban
la estación de autobuses
de una ciudad. Detrás no había nada:
hermosos bosques en la superficie
del agua, que no son parte del río.

Es tarde y la noche se acerca,
mundo lento de hojas húmedas y fieras intuidas.
El atardecer de la vida —dice Joubert—
trae consigo su lámpara.
Tú eres la luz a punto de extinguirse
que convoca a los lobos en el jardín,
incendia los salones vacíos.
Yo no te echo de menos
ni te quiero olvidar.

Recuerdo una mañana en San Roque. Mirábamos
los grandes petroleros bajo el cielo rojo de las refinerías
y dijiste: todos somos Rimbaud,
con nuestro cinturón de monedas de oro
y nuestro viaje hacia ninguna parte.

 

 

 

 

LA NOCHE DEL CONCIERTO DE AEROSMITH

En medio del concierto de Aerosmith
de repente, no sé por qué, —tal vez
es el calor extraño de los focos—, me veo
en una habitación; estoy sentado
junto a la luz azul y pienso: todas
las cosas a mi alrededor se acercan,
quieren entrar al libro,
son igual que esos pájaros, los pájaros tan tristes
que se golpean contra las ventanas
de una casa encendida. Me pregunto
qué va a pasar entonces, qué está pasando ahora
y hay algo raro, algo
parecido a los viajes en tren, la sucesión
de ciudades y cielo, de ciudades
y cielo, de ciudades
y cielo, desde un tren,
de ciudades y cielo.

 

 

 

 

BUKOWSKI EN NUEVA YORK

De acuerdo —dice Ray—, hace ya un año;
pero ahora, cuando leo los mejores
—se refiere a poemas
de Bukowski—, ya sabes, por ejemplo
ese que dice Dios
es un local vacío donde no hay filetes
o el que acaba: haz de todo esto una buena pelea
por los pesos pesados;
bueno, es raro, no logro que parezcan
los poemas de un hombre que ha muerto. Yo me escucho
decirle que está bien
y que todo
consiste
justo en eso,
en saber conservar las cosas que has perdido.

Ray está en Nueva York —aquí es de noche,
dice, y nieva—; su voz
suena extraña: como la de alguien —pienso—
que tuviese las manos en una caja vacía.
Quiere saber
de qué forma
acababa
un poema de Hemingway en Cuba
que siempre le ha gustado.
Hemingway —digo— disparando a los leones
que había dentro de su último sueño. Luego
volvemos —o eso creo— a Bukowski, y él dice:
No importa,
esto
no es más
que el primer año del resto de nuestras vidas.

Miro la calle: el sol
en la autopista
y luego
las montañas azules.
¿Sabes? —dice antes de colgar, riéndose—,
Bukowski es un montón de leones dormidos.

 

 

 

Prado, Benjamín. Cobijo contra la tormenta. Madrid; Ed. Hiperión, 1995.

 

EL CORAZÓN AZUL DEL ALUMBRADO

 

FINAL DE UN VERANO

Las luces en el puerto y aquella minuciosa
realidad de la noche bajo los parasoles,
son la primera imagen de esos días.
Un momento de luna entre dos torres
olvidaba huracanes de mercurio
sobre las azoteas. La ciudad
llegaba al muelle con tejados sucios,
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

Hemos hablado de ello tantas veces:
lentos atardeceres de junio en la oficina
y aquel brillo de lámparas eléctricas,
la vida que pasaba
bajo el frío metálico de los ventiladores.
Después llegó el invierno de repente.
La nieve
desfiguraba las estatuas públicas
—igual que en el poema de Auden—. Lo recuerdas:
fueron tiempos difíciles.

Pero volvía siempre aquel verano,
aquella claridad sobre los toldos blancos,
las calles ofrecidas,
sus hoteles con pérgola y fuente en el jardín.
Y envolviéndolo todo,
la sensación, extraña,
de andar viviendo horas decisivas,
irreemplazables en nuestra amistad
—igual que si estuviésemos allí
para poder, al menos, con el tiempo,
recordarlo, sentir melancolía.

Han pasado los años. Y como dice un verso
conocido, nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
Sin embargo,
aún es grato imaginar
la trama de las calles,
el sol desordenándose en la carrocería
azul del automóvil,
los jardines del capitán John Moore.

Porque a veces me gusta recordar
la lentitud de un barco en las vidrieras
o el color de las luces en el puerto
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

 

 

 

 

LAS CALLES DE COPENHAGUE

Las ciudades no existen pero hablamos de ellas.
Verano en Copenhague. Un monopolio
de luz verde, parada en las estatuas
públicas, los tejados
unánimes, el bosque en las afueras
que contiene un castillo. Entre los árboles,
la mañana se enfría
como una bala en el corazón de un animal muerto.

Vemos la duración de la rosa: un jardín
del cementerio antiguo con las tumbas
de Andersen y Søren
Kierkegaard, bajo un cielo
que invita a comprender seriamente la vida.
Aunque tal vez, la vida es mejor comprenderla
como la poesía según Coleridge:
de un modo imperfecto y general.

Hay trenes encendidos
que llenan de metal los corazones tristes
cuando pasan y un puerto que recuerda
los últimos poemas
de Baudelaire —como el ladrón que borra
sus pasos en la nieve, así los escritores
de otro tiempo, nos plagian nuestros libros de ahora.

No existen las ciudades
pero existe una forma de mirarlas.
Así hay barcos que llegan al verano
de las islas; hay días que establecen
su desorden perfecto
parecido al desorden en los árboles
de un bosque. Y observamos
la realidad como el lector viajero
que cruza los países
contemplando el paisaje artificial de un libro.

Yo tenía tres modos de pensar
igual que un árbol en el que hay tres mirlos.

 

 

 

 

LAS SILLAS VACÍAS

Cuando todos nosotros empezábamos
a escribir, conocimos
personalmente a algunos escritores
de su generación.
Aquellos hombres todavía jóvenes,
no eran, desde luego, eso que Shelley llama
los anónimos legisladores del mundo
y ni siquiera gentes que según Pound debían
construir la ciudad de Dios, cuyas terrazas
son del color de las estrellas.

Buscaban los hoteles
dudosos; la humedad del jardín en los cuerpos
abrazados, ocultos entre sí mismos;
aquella soledad disciplinada.
La vida llegaría
a poner nieve en sus tardes de sol.

Pienso en las sillas frías
de las plazas, al amanecer, en los primeros
viajantes que abandonan
algún cuarto con luces encendidas,
con ceniceros sucios y esperanzas
que tienen el perfume de las flores cortadas,
también su duración y su tristeza.

Porque así estaba de repente el mundo,
la sala donde algunos de ellos
recordaban, con una voz que no era
la suya, con palabras de otro tiempo,
junto a las sillas vacías de los que se fueron.

Será hermoso si alguien atraviesa
las calles una tarde,
muy despacio, con la mirada extraña,
y entra en la sala fría, sin demasiado público,
donde cualquiera de nosotros dice
cuánto amamos la vida, sus palacios
más oscuros, los parque solitarios
o los cuerpos perdidos en el suave incendio de las horas.

Os espera un incierta ciudad de abandonadas
terrazas, esta hiedra
que atraviesa los puentes
desprendidos y oculta las estatuas.
Esta ciudad en ruinas
que fue tan bella entonces
y es hoy muy bella en su destrucción.

 

 

 

Prado, Benjamín. El corazón azul del alumbrado. Madrid; Ed. Libertarias, 1991.

 

DESPUÉS DE LA PRESENTACIÓN DE ‘EL ARTE DE SALTAR’ EN MURCIA

Ayer no fue el mejor de los días posibles para estar atento a cada uno de los detalles de un concierto. Da igual. Hay varias cosas que me gustaría comentar.

El Kanka juega en casa cada vez que toca en Murcia. A pesar de los nervios por comenzar aquí su gira, tenían que ver la sonrisa que se le dibujó en la cara cuando el Teatro Circo al unísono cantaba con él ‘Triste trofeo’, la canción con la que empezaba el concierto. La mezcla de clásicos y temas nuevos creo que está perfectamente seleccionada; de quitarse el sombrero unir dos temas como ‘Para quedarte’ y ‘Me alegra la vista’.

Da igual que la banda supiera que hay cosas que mejorar, esos son los detalles que conoce quien sabe exactamente qué quiere hacer. Desde abajo, yo estaba allí, pueden quedarse tranquilos porque la gente disfrutó como desde la primera vez que lo vieron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya en la vertiente personal quisiera agradecerle a María que me recibiera con una sonrisa que deslumbraba, a Irene y a Irina que me sacaran las sonrisas que tanto me costaron, al Manin y a Alvarito que tengan siempre los brazos abiertos, y a Juan el ratito de antes y el ratito de después del concierto, además de las palabras desde encima del escenario.

 

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EL KANKA PRESENTA ‘EL ARTE DE SALTAR’ EN MURCIA

Esta noche, teloneado por Moy Gomar, y dentro del ciclo de los conciertos de primavera, que se llevarán a cabo el Teatro Circo de la ciudad de Murcia, El Kanka estará presentando su cuarto disco, ‘El arte de saltar’.

 

 

Si quieren, allí nos vemos.

 

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IGOR BARRETO

 

SIGNIFICADOS

Alguien se lleva la mano al corazón
y dice unas palabras.
Pero las palabras son en realidad insensibles
y quien las hizo
no calculó su capacidad
para significados tan enormes.
A pesar de los cuidados que les prodigamos:
la forma de agruparlas,
el tallado y la orquestación:
siempre los adjetivos
merecerán una reprimenda
por nuestra sentimental torpeza
y los gerundios estancados
en el encabezamiento del verso
codiciarán el sonido de cada vocablo.
Pero además, qué puede ser un verso
sino un corralito de estantillos
de madera podrida
en demasía inútil para contener
el animal que somos.

 

 

 

 

LA COPIA
(Apropiación de unas palabras de Edwin Fischer)

—Fermi aprendió, gracias a la amabilidad de Beethoven,
y Liszt aprendió de Fermi,
y Jean Labert de Liszt.
El maestro Jean Albert
enseñó a otros pianistas jóvenes del conservatorio.

Ahora, ya no hay un ser humano que me enseñe
y las grabaciones me recuerdan a mí mismo:
¡Oh, la copia! La copia que me recuerda
a mí mismo.

 

 

 

 

ARS BREVÍSIMA

El poeta

debe escribir

con calma:

como el tragador de sables

en el circo

que se dice

a sí mismo:

Con calma…

para no herirse.

 

 

 

 

TRASCENDENCIA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAl Sr. Lee Masters

—Bajo esta gasolinera
yacen sepultados
mi cuerpo y el de mi esposa
Graciela,
también mis dos hijas: Juana y Luisa.
El problema no es estar sepultados,
la molestia son los continuos trabajos
que se hacen de cambio de aceite
a motores de autos, autobusetas y camiones.
Y que el aceite se escurre
a través de la tierra, incluso del cemento
y llega a un angosto espacio:
un tanque de contención, una fosa,
una habitación cerrada
de dos metros cuadrados
donde estamos.
Y el aceite más denso que la sombra
se filtra hacia este recinto.
Como ya les he dicho
el inconveniente
no es la muerte,
se trata de un asunto de trascendencia.
Digan ustedes:
lo único que continúa vivo
a pesar de las ingratitudes de la carne:
¿no es el cabello?
El cabello aún sigue creciendo:
el de Graciela, con grandes ondas,
y mis hijas tienen una cabellera
de resplandores rojizos.
Pero el aceite
les da un fulgor que no es el suyo.
¿Cómo hace mi esposa para peinar
a sus dos niñas?
¿Cómo hacen mis hijas para tener
un gesto de mimo con su madre
y acicalar su pelo tiernamente?
Es muy ingrato lo que ocurre.
Lo hemos perdido casi todo:
¿perderemos también nuestros cabellos?
Yo sé que el dueño
de la gasolinera del gueto de Ojo de Agua,
el señor Erik Kauzman,
después de habernos asesinado
en su oficina:
apuñalado a mis hijas y a mi mujer,
y luego yo
de un tiro de escopeta,
solo por reclamar la paga debida.
Yo sé que el Sr. Kauzman,
como hombre generoso,
atenderá este inminente llamado.
………………………………………………..
Ahora
es un noche silenciosa
………………………………………………….
y el aceite gotea desde la superficie
hasta lo que resta
de mi ventrículo izquierdo.
Escucho las golondrinas
planear bajo los potentes reflectores
de mercurio,
entre los arcos construidos
a uno y a otro lado de la lujosa
gasolinera.
Nadie podría decir
que ha visto a una golondrina
tomando agua sucia,
no obstante su plumaje se pudre
y el ave derribada
rápidamente deviene polvo.
No así, en nuestro caso.
La muerte podrá detener
el avatar del cuerpo
pero el cabello
impedirá
que nuestros rostros
se desvanezcan.

 

 

 

Barreto, Igor. El muro de Mandelshtam. Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

MINA, DESTRUYE Y CORROE

 

La cultura de masas actual, a veces divertida y no siempre nociva, se caracteriza por no tener ni la menor idea de qué diablos es la vida espiritual. No sólo es incapaz de crearla, sino que la mina, destruye y corroe.

 

 

 

Zagajewski, Adam. En defensa del fervor (Trad. J. Sławomirski y A. Rubió). Barcelona; Ed. El acantilado, 2005.

 

MANIFIESTO AZUL 18

A principios del mes pasado se publicó el número 18 de Manifiesto azul. Aquí dejo los tres poemas que me parece que se comen al resto de textos de la revista.

 

 

JOSÉ DANIEL ESPEJO

POLILLA & LUCIÉRNAGA

La falta de sueño te impide siquiera
plantearte leer. Tus ojos secos
a duras penas siguen el ascenso
de la cinta de Moebius de las redes sociales
en la pantalla del móvil Bostezas
mas sabes que aletea por ahí dentro
la polilla de la ansiedad Calculas
sin pensarlo demasiado esa ecuación
que equilibra el dolor de cabeza
las molestias estomacales
y la angustia existencial y te dice
en cada momento
qué pasti te vas a tomar
si sales o mejor te quedas
llamas a tu madre o escribes un poema
depresión o zozobra cerveza
o polen de hachís Te concentras
en las superficies Solo existe una
profundidad y es la tuya
pozo
tal vez trastero combate
de insectos voladores y nocturnos
salta al ring la luciérnaga
del deseo
sonada como un sparring Tú podrías
estar en un mall
estar en un mall
Qué haces aquí
cuando podrías tú podrías
estar en un mall
ahora.

 

 

 

 

AURORA SAURA

“N’Y TOUCHEZ PAS. / IL EST BRISÉ” *
xxxxxxx(Sully-Prudhomme)

El recuerdo se oscurece,
cada vez más lejano,
más extraño.

Lo perderé:
No puedo preservarlo
de la distancia, del cansancio,
del feroz olvido.

No sabrá nadie nada.
La vida sigue,
en apariencia intacta.
Pero el agua se escapa,
sin que pueda advertirse,
paso a paso:
El vaso está quebrado.

 

*(“No lo toquéis,/ está roto”)

(Inédito. De la serie “Variaciones”)

 

 

 

 

ALBERTO CHESSA

UNA ESPINA CLAVADA

Rosa ¿qué más? Las feas, las gordas, gordifeas
no teníais derecho siquiera al apellido.
Si no recuerdo mal, tampoco nos cebábamos
contigo casi nunca: se diría que, por
no tener, carecíais incluso del honor
de la mofa en el patio y el escarnio en el aula.
Sin embargo, aquel día fue distinto: votábamos
por el guapo y la guapa de la clase. El maestro
instó —cándido el hombre— un sufragio secreto
y, así, la urna de la miss de 6ºA
rebosó con tu nombre, Rosa la gorda, fea,
fea y gorda la Rosa tan desapellidada.
No, yo no te voté (estaba tan colado
por Marina…, Marina Hernández Casanova),
y hasta puedo alegar —podría— en mi favor
que todo aquello, Rosa: el recuento, tu nombre,
Rosa, Rosa, sonando, resonando con su
mayoría absoluta entre las carcajadas,
esa inopia impostada del maestro, esa otra
indignación fingida de las guapas —más viles
en aquellos abrazos de consuelo que el resto
de cretinos en su jactancia miserable—,
tu cara, Rosa, de desconcierto al principio
(¿es que te lo llegaste a creer, estuviste
a punto de firmar la paz con el espejo?),
tu cara, Rosa, Rosa, tu cara del final,
esa mezcla de rabia, desolación, vergüenza,
deshonra, infamia, lacha, obscenidad, estigma,
agravio, punición, escarmiento, venganza,
todo, Rosa, te juro que todo lo que vi
aquel día en la clase me pareció algo más
que repugnante, un metro por encima de lo
cruel y nauseabundo, la semilla —pienso hoy—
de un árbol con los frutos podridos que ya no hay
manera de arrancar de raíz. Rosa, Rosa
la gordifea, miss 6ºA del colegio
Nicolás de las Peñas del año 88,
perdóname si puedes: no, no ganaste con
mi voto, pero yo también reí, me uní
también yo al coro, y fui —y soy— culpable.

 

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