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JUANA CASTRO

A través de Verkami, la editorial Tigres de Papel publicó hace dos años la segunda edición de ‘Los cuerpos oscuros’, libro gracias al cual Juana Castro se alzó con el XXI Premio Jaén de Poesía y que vio su primera edición publicada en la editorial Hiperión en 2005.

Esta segunda edición, con un una maquetación y un diseño soberbios, de la mano de Cristina Morano, incluye, además, una entrevista a la autora.

En el prólogo, a cargo de Ana Mañeru, podemos comenzar leyendo: “La escritura de Juana Castro es poesía viviente, nacida de su carne y de su sangre para celebrar la vida y alumbrar el dolor, poesía ofrecida desde la hondura de un sentir que estremece. Ella escribe con la palabra limpia, sin artificio alguno, poniendo vida y arte a disposición como quien derrama una gracia, un don, el don de quien sabe decir con verdad y con belleza. Y a veces duele lo que dice, como duele la vida.
En este libro, Los cuerpos oscuros, hay un continuo querer ordenar el dolor, sin disfrazarlo, para que no se desboque y lo ocupe todo, un querer frenarlo con diques de poesía levantados para contener la pena, dejando grietas para que respire también. Es el dolor sentido mientras se acompaña y se atisba el final de “esta breve Tragedia de Carne”, en palabras de otra gran poeta, Emily Dickinson, en la que Juana se inspira y de quien para mí es hermana. El dolor es sentido ante la decadencia de los cuerpos amados, de la madre, del padre que, incapaces de sostenerse como antes en carne y hueso y nervio y espíritu, muestran la cercanía ineludible de la muerte.
Estar atenta entonces y lograr escribir, ser vigía que comprueba si aletea todavía un aliento, alumbrar un poema, mirar, cuidar, rumiar palabras, vivir cada día con los cuerpos queridos que casi ya ni reconoces si no fuera por ese destello del mirar, esa palabra antigua que aún reverdece, el gesto familiar que vuelve, el recuerdo olvidado que sueña con ser de nuevo dado a luz y del que ella hace nacer palabras.”

 

 

Y aquí dejo algunos poemas del libro.

 

VERANO 36

Un prodigio de sol en mi ventana.
(Y las ropas ardiendo).
Pongo apenas un pie, voy al lavabo:
Cae sobre Bagdad la primera bomba.

Mi madre no ha dormido. Dos veces esta noche
la despertó la oscuridad, y por dos veces
me la encontré sentada, helada, temblando
con más frío. Le tomo
otra vez las dos manos y le digo “descansa, madre,
es de noche.”
Pero el mal no descansa, nos sigue por la arena
y lanza sus mirage F1 sobre Inanna, la gran diosa
que dio a luz a sus hijas, millares
de mujeres que aman,
que son hijas y madres, hermanas
de los hombres que matan
y pueblan el desierto.

Hay misiles, más misiles scud
cayendo por el ojo
de la cerradura, pero dónde
la llave. La llave para abrir
y cerrar la casquería
que vuela por las nubes,
ese cuadro de mandos
para cambiar de rumbo.

Todos estamos muertos.
Todas estamos muertas.
Y mi madre, aterrada, paralizada,
no tiene ojos más que para esa mujer
que, como ella, se ha sentado a esperar
entre las lápidas.
madre, madre, vámonos a dormir,
eso no es sangre, es zumo de tomate
con pimienta.
Y mi madre, y otra madre, y la otra
apuran ese cáliz,
el altar que esta vez
se asienta entre dos ríos
testigos de otra historia.

El miedo, los dátiles, mis hijos,
proyectiles rodando, yo nunca estuve allí,
pero era eso.
Los hombres se mataban
como lobos de azufre, las Cruzadas,
la Gran Revolución, la Reconquista,
la de los Treinta Años.
Memoria de aquel tiempo, las cavernas, su frío.
Cuando aún no había fuego.
Está la calle en llamas,
un F16 le ha volado los techos
al salón de mi casa
y ahora voy, culo al aire, mostrando mis vergüenzas.

Madrecita, mi madre…
La bajo de la cruz, aún está caliente,
y la llevo, mi niña, a la mezquita, al zoco, al templo,
mi hospital de campaña.
Poco a poco, no llores, le limpio
las heridas, le saco la metralla,
tomo en mí sus bacilos,
la reanimo con leche
y le digo este sueño.

Yo también soy culpable.
Porque extiendo un dibujo
sentada en la impudicia,
con las manos manchadas,
pisando los cadáveres.

Y el fulgor de los patriot nos levanta en el viento
y nos tira en la mesa, donde está
el desayuno. Mermelada de fresa y un cortado.
Muñones de mi madre.

Ya no se siente nada. Las palabras de siempre.

Hoy, aquí en la tierra, a veinte
de marzo, la víspera
de otra primavera.

 

 

 

 

CELADA

He atrapado bisontes, y patos y cerezos
hasta tapiar la luz del frigorífico.
Almacené manteles, calabazas y truchas,
y le puse agua fresca
al corazón de todos los relojes.

La flor de las esquinas rebosando en mi casa.

Ahora estoy bajo cero: pasó la cuenta atrás
y su relámpago. Limpias —sucias
sólo de prisa— las toallas, las sábanas.

Y yo que corro al tren, a la estación,
al barco, al bus, al metro,
a la arena de mí…

Ayuna, con todas las viandas del adiós:
mi menú de por vida
para vivir de restos.

 

 

 

 

RETORNOS

Apuntan los primeros
incisivos de azúcar
en la primera encía:
la boca es una fiesta.

Se estrenan por el aire
las piernecitas breves:
el suelo es una fiesta.

Sonidos que de pronto
forman besos, violines arrullando
temblores y sentencias:
el mundo es una fiesta.

El mundo es una fiesta.
Lo inauguran hallazgos, caracolas,
flor de carne, batir
de mariposas.

x

Pero acaba el viaje.
Y hay que ir hacia atrás
des-aprendiendo nombres,
des-conociendo pájaros y trenes,
des-memoriando calles,
rubores y palabras.

Des-acordar el gesto
infantil de sentarse.
Ignorar en los pies
su sostén y aquel ritmo
prodigioso de andar.
Des-tragar, el enigma
que venciera al instinto
del pan y de la sed.
Des-dormir, la aventura
de un vuelo de pañales, su dolor…

x

Y el mundo es una fiesta.
El mundo es esa fiesta
que nos deja desnudos,
ave-estrella
xxxxxxxxxxxo lombriz
desplumada
xxxxxxxxxxxxlatiendo,
latiendo todavía en la condena
de un amor ensañado
que en su vergüenza olvida
también la sola fiesta de morir.

 

 

 

 

PALOMA MORTAL

Es hermosa la casa y está en pie.
Tiene presencia y planta.
Es alta en la colina
de la calle, y orgullo todavía
le crece en la fachada y el balcón.
Parece que respira, que está abierta
a la luz, al tintineo
febril de cada día.
Su historia la revive, intacta en los recuerdos
felices de la piel.

Mejor que no la toques, sin embargo.
Acumula en su seno tantas huellas,
tanta capa en sus muros
de pinturas antiguas y de cal,
que si intentas pasarle
un amor o una escoba,
se te puede quedar entre las manos.

Igual que esos vampiros de película
que al clavarles la estaca en el costado
se deshacen de pronto, y se convierten,
primero en esqueleto, y luego en un puñado
de arena o polvo, o cieno o ilusión.

 

 

 

 

LACERÍA

Cuando atardece el campo
y apacigua la parra su penacho de briega,
se me confiesa madre
entre las luces malva de su duelo.

Una niña la escucha,
pero le llueven piedras, y en el pecho
le crece una maroma que la llaga.

Y otra vez y de nuevo, madre,
en este aturdimiento de las horas oscuras,
en tu empeño porfías
y me hurtas tu amparo,
y a cambiarlo me obligas por las alas
que ni tengo ni tuve
más que en aquella fábula.

Fuese locura hacerme
fingida confidente en tus afanes,
y locura es mirarme
tan huérfana de ti,
con tu locura sola.

 

 

 

 

ASECHANZA

La serpiente se enrosca como un naipe de oro
en mi memoria,
y yo le doy mi frío.

La serpiente es un dado
de seis cabezas romas
que duerme en las orillas de mis ojos
y me roba las lágrimas.

La serpiente no sabe que la espío
cuando baja en la sombra,
envuelta en la maraña de la duda
a beber en mis labios.

La serpiente es mi hija.
(Que no lo sepa nunca).

 

 

 

 

LOS OTROS

Imagínate un manco. Alguien pone
con cuchara de fuerza
sopa helada en su boca
o le pican zorzales
un hilillo de sangre
sin piedad por el pecho.

Imagínate un cojo. Como a un saco
de piedras o cristales lo transportan
de la noche a la silla,
desde un sol extraviado hasta la música
o del pozal al frío.

Imagínate un mudo. Nadie sabe
deslizar por su curva la exacta mecedora,
ni dar con las estrías
de ese largo dolor de los deseos.

Imagínate un topo. Pero un topo
paralítico y negro, enjambre terminado
en su pudor de frío.

Ese topo que es ciego,
y cojo, y manco, y mudo.
Ese topo atrapado
que muere cada día
en los brazos, el juicio, la mirada,
la ilusión y hasta el beso
terrible de los otros.

 

 

 

Castro, Juana. Los cuerpos oscuros (2ª ed.). Madrid; Ed. Tigres de papel, 2016.

 

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