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LA MUJER CÍCLICA

 

TRES CAMINOS

El primer camino es una trampa que desciende hacia el sur. Es un camino radical. El camino (y no el viajero) aspira al hundimiento. A medida que el viajero avanza, sus pies se hunden y le duele la raíz de la piel y del pelo, y también la raíz de los árboles, en la tierra, contra el barro. Siente la simultaneidad de su dolor y el dolor de la materia, viva o inerte. Aunque no se le ve desaparecer, en cierto punto se esfuma como alguien quemado por la luz.

El segundo camino tiene forma de tenia. Es un huésped, un camino interior. No tiene dirección cardinal: su movimiento es el pliegue, se enerva, se retuerce por dentro. El camino se apropia del viajero, se alimenta de lo que ingiere por contacto, apenas con el roce de su piel ganchuda y membranosa. El viajero siente la disyunción dentro de sí, la separación de su cuerpo y el cuerpo del camino. Los más afortunados logran expulsar el camino por la boca. Los menos afortunados logran ser expulsados por el camino, y entonces se convierten en un residuo, en una excrecencia.

El tercer camino es el que mejor conozco. Es un camino doble. Una bifurcación. Una lengua astillada. Sin embargo, el viajero lo percibe como unidad. Tan distinto del segundo camino que podría ser casi su antítesis. Es parecido a una voz lejana o a un eco. Yuxtapuesto a lo propio. Adherido en ciertos puntos. Sin equivalencia material. Por eso el viajero cree que es uno. Sin embargo, hay indicios que señalan su duplicidad, el alejamiento de las dos partes, la ruptura. Esos síntomas el viajero los recibe con angustia, a través de sueños y preguntas que resuenan con una coda lúbrica y martilleante. A lo largo de la vida del viajero, el carácter doble del camino se va espesando, se tensa hasta quebrarse. La quiebra devuelve la longitud a la imagen del viajero, que asustado como un niño de cría ve cómo su vida ha sido vivida por un hilo en fuga que se pierde. Lo que le queda, entonces, es un silbido. Un perezoso sufrimiento de cobaya doméstica.

 

 

 

 

TENTATIVAS DE UN CUERPO

(III)

en tus ojos
construí mi casa,
muerte más cierta que mi vida,
alejamiento

ahora escribo tu ascenso
en esta purga de luces desmedidas

mi cuerpo es la razón,
la única razón
que me ocupa
y me basta

 

 

 

 

SIBILA

Sibila, creo que voy a perder las palabras. No hay voz ni umbral que puedan recoger lo que he visto. La azul menstruación de la tierra. La alargada estentórea herida de la especie. No veo la guerra sino la espina de la guerra, el residuo, la columna de humo que escapa hacia el cielo. ¿Cómo, entonces, atraparla en un nombre?

La vida es monódica, pero mis manos son dobles y disyuntas. También mi música es doble y disyunta. Si uno mis manos y mi música, todas ellas, sin número, recorren el mismo trazado unificado. Arquitectura de sombras, hecha para ser desmontada y superpuesta. Hecha para orar cada una de sus escalas interrumpidas.

Lo que me asusta no es callar, es no saber encontrar la palabra que atenaza mi deseo. Porque aquello que he visto, por terrible que parezca, lo he deseado. He deseado el nido y la masacre: desprender así el infinito. He pensado: si todo ardiera. Con esa estúpida lesión de anonadada, inventándome también la huida, la negación de la negación.

He deseado a veces que mueran los otros, que los otros resuciten. Por decir esa locura, sibila, he espantado a las madres que también desearon alguna vez que sus hijos murieran. He deseado la vida en absoluto y en absoluto la muerte. Monstruo cazado por sus propias fauces. Animal que corre en la noche con la cabeza cortada.

 

 

 

 

ANUNCIACIÓN

(I)

cómo sentir necesidad de amar
cuando el amor es este rito
insuficiente
mi hambre
es de ahogo

 

 

(II)

ya no
ya basta
dejé mi cuerpo sembrado en la tierra
dejé mi amor de animal indolente
su acecho de cazador
su miedo de presa
pero ya no
ya basta

 

 

(III)

si puedo morir en la poesía
tal vez la bestia no amordace
todavía
mi cuello
si puedo escribir
xxxxxxxxestoy muerta
en un poema
¿tal vez
así
xxxsolo así
me salve?

 

 

(IV)

y si al final es cierto
y no supe desear
más que esta música arenosa
la soledad del lobo
su aullido de manada dividida
el roce de sus uñas contra la estepa

 

 

 

 

ALEJANDRA PIZARNIK

y si el fondo no existe
y en su lugar
una trampilla
morosamente perforada
parpadea

 

 

 

 

ISABELLE EBERHARDT

(Proscenio)

x
Estoy viajando por el desierto.

Luces verdes saturadas. Signos hechos de tierra. Huellas. Calor. Ausencia de sombra.

No hablo de un personaje interior. Mis paisajes interiores están llenos de imágenes, de golpes, de lluvia. Tienen ruido. Metralla. Briznas. Música arrogante e inconclusa.

Estoy hablando del desierto. Fuera de mí. El desierto real. No lo metafórico. No lo auspiciado, como un nudo inextricable, en el sueño del lenguaje.

Estoy huyendo en el desierto. No hay fuego, no hay barcos surcando la arena, arrastrando la cola de las alimañas.

No parezco un pájaro de plumaje seco. No parezco la voz incendiaria de un hombre que camina.

Estoy viajando por el desierto. Cuando digo esta frase, hay algo que se rompe.

Porque nadie me ve caminando por el desierto ahora.

Me ven sentada ante un papel, escribiendo.

No ven al cuerpo desplazarse, buscar con su rodaje la textura efímera de las dunas.

 

 

 

 

ANNA O.

En momentos de claridad total, se quejaba de las profundas tinieblas que invadían su cabeza, de que no podía pensar, se volvía ciega y sorda, tenía dos yoes, el suyo real y uno malo que la constreñía a un comportamiento díscolo, etc. A las siestas caía en una somnolencia que duraba más o menos hasta pasada una hora de la puesta del sol; luego despertaba, se quejaba de que algo la martirizaba, o más bien repetía siempre el infinitivo: «Martirizar, martirizar». Después, simultánea a la formación de las contracturas, sobrevino una profunda desorganización funcional del lenguaje. Primero se observó que le faltaban palabras, y poco a poco se incrementó. Luego, su lenguaje perdió toda gramática, toda sintaxis, la conjugación íntegra del verbo; por último lo construía todo mal, las más de las veces con un infinitivo creado a partir de formas débiles del participio y el pretérito, sin artículo. En un desarrollo ulterior, también le faltaron casi por completo las palabras, las rebuscaba trabajosamente entre cuatro o cinco lenguas y entonces apenas sí se la entendía. En sus intentos de escribir (al principio, hasta que la contractura se lo impidió por completo), lo hacía en ese mismo dialecto.


xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJoseph Breuer, El caso de Anna O.

 

(I) Los gatos de Nápoles devoran el cadáver de mi padre.

Los gatos de Nápoles devoran el cadáver del padre. El animal desgarra, la piel queda roída y debajo de la piel asoma el músculo. Principio de movimiento que en el cuerpo de Anna se vuelve espasmo. Se vuelve parálisis

Anna O. abre una puerta. La puerta se abre en ella. Cae la armadura: está a disposición. Enferma y dispuesta. Pandora lleva en sí una diáspora, es diáspora, partículas que huyen del exilio.

Anna O. lo pierde todo, deja que todo en ella se pierda. Sin visión. Sin oído. Sin lengua. El útero, dicen los hombres, el útero sostiene y embrolla. Superpone una capa a la suya, el triple desván que se decanta en su cuerpo para llevársela.

 

 

(II)Las serpientes negras avanzan sobre mí.

Sueña, Tiresias. Dijiste que mi cuerpo sería un raíl. No adivinas siquiera el hambre salvaje, el salvaje atropello. Cuerda contra cuerda, redoble y piel demudada. Creí oírte decir: las mujeres son lamias, se sientan en las esquinas, esperan la visita de un extraño para alargar su cuerpo y hacer de él un bosque pulsional y un crematorio.

Se llama deseo, Tiresias. Abocada en la merma y el exceso, el deseo se pierde. Estática inconclusa. Sin deseo es más honda mi ceguera, más grave aún mi resonancia. ¿Cárcel dónde? Aquí, donde el cuerpo se revuelve, donde todo es tensión y moradura y estremecimiento. Temblor de los párpados. Placer nunca hubo, pero una vez dejé que el viento sacudiera levemente mi falda y entonces la caricia de la tela en el muslo y el aluvión de sangre en la mejilla y el ruego intenso sí intenso de que el viento regresara.

 

 

 

 

LA MUERTE DE MARINA TSVETÁIEVA

He muerto x voz nervada x dispongo de alas muy estrechas x sé ver la diferencia entre los distintos grados de penumbra x el amor me alimentó cuando quise comerlo x abracé el accidente y la mentira xxx estuve como un centinela en las junturas inmóviles x miré sin mirar xxx atendía al olfato xxx sigilosa xxx rumiante clavé mis manos en el hollín x bebí del vino agolpado en mi boca x mezclado con la sangre x al fin habrá un consuelo x alguien me necesitará x la casa ahora me busca

 

 

 

 

LUCIA JOYCE Y VIOLET GIBSON

Lucia dice: Hace frío en la sala de curas.

Violet dice: Con estas manos ajadas disparé a Benito Mussolini.

Lucia dice: Pasearé sola por los jardines del hospital. Recordaré cómo era moverse entre las plantas libres. Cómo era arrastrar la vida hacia mi fémur. Rotación y armonía. Desmembrada ahora.

Violet dice: Yo pude haber salvado a toda Europa. Mujer de nariz ganchuda y ojos exiguos. Exiguo también el gesto de las manos: comprensión y ráfaga. ¿Has tratado alguna vez de matar a un hombre?

Lucia dice: En una ocasión maté a una mujer ante un cristal. No lo atravesó con sus piernas porque yo la detuve. Mi madre mató a un amante enfermo. Mi padre nos mató a todos en sus libros.

Violet dice: ¿A cuántos hombres mató Mussolini? ¿A cuántas mujeres?

Lucia dice: Desunir recovecos. Cómo era contorsionarse y cómo era mirar al fondo de una roca con los pies antes que con los ojos. Lanzar mirada estrábica, perder la visión. Mirar con los pies la arista de un diamante al multiplicarse, ¿hacia dónde lleva el hueco? ¿Hacia dónde camino en el diamante? ¿Son pirámides las que avanzan?

Violet dice: Si volviera a tener un arma entre las manos… ¿No fue mi padre quien me enseñó a manejarla?

Lucia dice: Papá es un agujero. Papá agujero furioso. Ciego. Parcheado. Padre parcheado. papá me coge en brazos de niña, dice mi nombre. Parcheado. Agujerea mi nombre. papá me mira con su único ojo fiero y me transcribe. Aguja sobre la piel, papá perfora transcribiéndome. Mamá no me transcribe. Me pinza por el muslo como un cangrejo, me extrae de sí. Vidamuerte equivalen. Rubor de perdida.

Violet dice: Aquel hombre de músculos rollizos paseando sobre Roma. Aquel hombre que eran todos y cualquier hombre. Podría ser cualquier hombre y podría haber sido cualquier otra mano la que apretase el gatillo pero fue su mandíbula y fue mi mano la que disparó.

Lucia dice: Papá es una avispa. Papá vuela a lomos de mi avispa. Panel de cota, panel de sudario. Papá, Samuel. Quiénes fuimos una vez y hablamos alrededor de una mesa.Había caldo, carne hervida y vino casi transparente. Ajuar para la más bella rociada de avispas. Lucia, acércate a mí con tu cintura, con tus pies y ojos reversibles. Yo me agitaba.

Violet dice: Todo queda siempre en un intento. Todo queda y se recubre. Ellos pasan un trapo por la superficie mancillada y nosotras aquí, en esta clausura. Hacer un recuerdo de lo que acontecerá. dame la mano, Lucia.

Lucia dice: Aprieta el gatillo.

 

 

 

 

CANCIÓN DE LA MUJER DESCONFIADA

Ella dice: «Mientras yo dormía,
alguien se acordó de mí para matarme.»
Dice: «No hay más auxilio,
ni más cerro, ni más navaja
que la memoria.»
Dice: «Estoy convencida de que se puede
ahorcar a alguien sin usar los dedos.»
Dice: «Pensar es peligroso.»
Dice: «Cuando reposamos
el mundo termina, no hay estrépito
que suene tan atronador
como un cuerpo dormido.»
Dice: «Podrían exportar mi sangre
con un solo guiño de la mente.»
Dice: «Que mis pies estén anclados
en el suelo
no significa presencia.»
Dice: «Tú ahora podrías estar hablando
con un cerebro insidioso,
con un trozo de lumbre
que te arrastra.»
Dice: «No hay garantía alguna
de que siga viva,
el pulso puede ser la desinencia
inacabable
de mi muerte.»
Dice: «Serré mis dientes
para que no se los llevaran.»
Dice: «Podrías ser tú
quien me ha matado.»
Dice: «Podrías ser tú
el lenguaje que me expolia.»
Dice: «Podrías ser tú
la sombra estéril.»
Dice: «Podrías ser tú la fiebre,
la ceniza,
la reunión de palabras que recorren
el arco de mi boca
cuando hablo.»
Dice: «Podrías ser tú.
Yo podría ser tú.
En mí. Fuera.»

 

 

 

López Manrique, Laia. La mujer cíclica. Barcelona; Ed. La Garúa, 2014.

 

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