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EL CORAZÓN AZUL DEL ALUMBRADO

 

FINAL DE UN VERANO

Las luces en el puerto y aquella minuciosa
realidad de la noche bajo los parasoles,
son la primera imagen de esos días.
Un momento de luna entre dos torres
olvidaba huracanes de mercurio
sobre las azoteas. La ciudad
llegaba al muelle con tejados sucios,
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

Hemos hablado de ello tantas veces:
lentos atardeceres de junio en la oficina
y aquel brillo de lámparas eléctricas,
la vida que pasaba
bajo el frío metálico de los ventiladores.
Después llegó el invierno de repente.
La nieve
desfiguraba las estatuas públicas
—igual que en el poema de Auden—. Lo recuerdas:
fueron tiempos difíciles.

Pero volvía siempre aquel verano,
aquella claridad sobre los toldos blancos,
las calles ofrecidas,
sus hoteles con pérgola y fuente en el jardín.
Y envolviéndolo todo,
la sensación, extraña,
de andar viviendo horas decisivas,
irreemplazables en nuestra amistad
—igual que si estuviésemos allí
para poder, al menos, con el tiempo,
recordarlo, sentir melancolía.

Han pasado los años. Y como dice un verso
conocido, nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
Sin embargo,
aún es grato imaginar
la trama de las calles,
el sol desordenándose en la carrocería
azul del automóvil,
los jardines del capitán John Moore.

Porque a veces me gusta recordar
la lentitud de un barco en las vidrieras
o el color de las luces en el puerto
con pequeñas cantinas
donde iniciar una conversación.

 

 

 

 

LAS CALLES DE COPENHAGUE

Las ciudades no existen pero hablamos de ellas.
Verano en Copenhague. Un monopolio
de luz verde, parada en las estatuas
públicas, los tejados
unánimes, el bosque en las afueras
que contiene un castillo. Entre los árboles,
la mañana se enfría
como una bala en el corazón de un animal muerto.

Vemos la duración de la rosa: un jardín
del cementerio antiguo con las tumbas
de Andersen y Søren
Kierkegaard, bajo un cielo
que invita a comprender seriamente la vida.
Aunque tal vez, la vida es mejor comprenderla
como la poesía según Coleridge:
de un modo imperfecto y general.

Hay trenes encendidos
que llenan de metal los corazones tristes
cuando pasan y un puerto que recuerda
los últimos poemas
de Baudelaire —como el ladrón que borra
sus pasos en la nieve, así los escritores
de otro tiempo, nos plagian nuestros libros de ahora.

No existen las ciudades
pero existe una forma de mirarlas.
Así hay barcos que llegan al verano
de las islas; hay días que establecen
su desorden perfecto
parecido al desorden en los árboles
de un bosque. Y observamos
la realidad como el lector viajero
que cruza los países
contemplando el paisaje artificial de un libro.

Yo tenía tres modos de pensar
igual que un árbol en el que hay tres mirlos.

 

 

 

 

LAS SILLAS VACÍAS

Cuando todos nosotros empezábamos
a escribir, conocimos
personalmente a algunos escritores
de su generación.
Aquellos hombres todavía jóvenes,
no eran, desde luego, eso que Shelley llama
los anónimos legisladores del mundo
y ni siquiera gentes que según Pound debían
construir la ciudad de Dios, cuyas terrazas
son del color de las estrellas.

Buscaban los hoteles
dudosos; la humedad del jardín en los cuerpos
abrazados, ocultos entre sí mismos;
aquella soledad disciplinada.
La vida llegaría
a poner nieve en sus tardes de sol.

Pienso en las sillas frías
de las plazas, al amanecer, en los primeros
viajantes que abandonan
algún cuarto con luces encendidas,
con ceniceros sucios y esperanzas
que tienen el perfume de las flores cortadas,
también su duración y su tristeza.

Porque así estaba de repente el mundo,
la sala donde algunos de ellos
recordaban, con una voz que no era
la suya, con palabras de otro tiempo,
junto a las sillas vacías de los que se fueron.

Será hermoso si alguien atraviesa
las calles una tarde,
muy despacio, con la mirada extraña,
y entra en la sala fría, sin demasiado público,
donde cualquiera de nosotros dice
cuánto amamos la vida, sus palacios
más oscuros, los parque solitarios
o los cuerpos perdidos en el suave incendio de las horas.

Os espera un incierta ciudad de abandonadas
terrazas, esta hiedra
que atraviesa los puentes
desprendidos y oculta las estatuas.
Esta ciudad en ruinas
que fue tan bella entonces
y es hoy muy bella en su destrucción.

 

 

 

Prado, Benjamín. El corazón azul del alumbrado. Madrid; Ed. Libertarias, 1991.

 

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