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LAS NOCHES SON LARGAS Y NO TRAEN SUEÑO

Esta es la última entrada que dedico a Brane Mozetič. Su libro ‘Banalidades’ ha sido uno de los que más me ha impactado en estos últimos meses.
En el prólogo del libro, escrito por Luis Antonio de Villena, se puede leer que “el protagonista (…) se ve como tantos buscadores desordenados de la sexualidad, la que sea, precipitado al “horror vacui” que es asimismo, e inevitablemente, “tedium vitae”. Continúa diciendo: “La vida sexual (…) es aquí la medida del desasosiego existencial de un hombre y de una cultura -la nuestra- que ha perdido los valores humanistas, que vuelven limpo, por ejemplo, el descarado erotismo del Satiricón. Hay (…) un testimonio de las vidas jóvenes que tratan de hallar un paraíso en la transgresión y del menos joven que busca hallarlo en la sucesión aventurera de muchos cuerpos distintos. (…) Libro existencialista y desesperado, Banalidades es, al tiempo, el espejo de una noche libérrima que tampoco trae (…) la felicidad anhelada. Testimonio, erotismo y desesperanza. (…) Nos hallamos ante un libro culto y directo, lleno de intensidad, lirismo bárbaro y desolación. El libro de un verdadero poeta.

 

 

Y aquí dejo la última selección de poemas de ‘Banalidades’. Ah, y ya saben, si les gustan, intenten comprarse el libro.

 

 

DIJO QUE TENÍA DIECISÉIS AÑOS Y QUE LLEVABA
años follando por allí. En realidad no sabía
qué hacer consigo mismo. Se me pegó,
trepaba por mi cuerpo, me lamía, se me abría.
No le gustaban las crudezas, aunque presumía
de pendenciero. Hurtaba, robaba, estafaba,
usaba todas las drogas posibles y se corría
con mucha dificultad. Mientras ocurrían
sucesos históricos en la sociedad, él ni siquiera
sabía leer. ¿Qué haría él con todos los libros
que he escrito? Sólo podría servir de soldado
en el frente de batalla, dispararía como loco.
Él nunca podría amar a nadie. Es
una cosa del pasado, de todas formas. Creo que
mis conocidos están juntos porque sí. Porque
no se les ocurre otra cosa. De alguna manera
hay que llenar los años de vida. A veces,
se dejaba caer sin motivo aparente al suelo
del rincón, se encogía como un feto y no quería
hablarme. O me susurraba que me quería
tanto. Lo mejor sería que se muriese.
Me estremecí al pensarlo. Y me estremecí más
al pensar que podía ayudarle con ello.

 

 

 

 

NO SÉ POR QUÉ SE ME OCURRIÓ PENSAR EN TI.
Fuiste el primero al que besé aunque estabas demasiado
borracho para darte cuenta. Y yo sentía
dolores insoportables y felicidad. Sólo deseaba
tocarte, codiciaba tus miradas y te acariciaba
la espalda. No sé si alguna vez pensé en el sexo
contigo. En el fondo, aún no me lo imaginaba del todo.
Todo empezó cuando quisiste llevarme en bici.
Quisiera ser tu novia, pensé, pues no sabía pensar
de otra forma. Cuidarías de mí, me mimarías, al anochecer
nos encontraríamos a solas y nos tomaríamos de la mano
con sonrojo. Pero todo se volvió del revés. Rechazaste
esos sentimientos, y ahora eres un tipo gordo y aburrido.
Si alguna vez te acuerdas de mí, será con náuseas. Y gracias,
porque si no, ahora no estaría esperando en la lavandería a que
se lave la ropa, mientras fuera llueve y, dentro, unos chinos
trabajan, las máquinas hacen ruido y yo leo los poemas de
Killian sin darme cuenta de que los años pasan volando.
Cada tanto trato de volver a nuestro tiempo, como si eso
fuera posible, busco a algún adolescente que quiera
llevarme en bici, cuidar de mí y tomarme de la mano.

 

 

 

 

SÍ, PARECE QUE ME SUMARÉ A LOS QUE ESCRIBEN
en los aeropuertos, en los aviones, en el tren, a los que
persiguen las palabras, no las ideas. El caótico mundo
se cuela adentro, pero tal vez aquí arriba estas páginas queden
lejos de él durante un rato. Hay una joven a mi lado, y
me molesta la sensación de que quiera hablarme. ¿Cómo y
por qué siento este acoso? Observo el mundo. Primero lee
los Salmos, en inglés por encima, en hebreo más en serio.
Y hojea la Cosmopolitan, quizá quiere ser famosa, en la tele
elige una cursilada americana, ni siquiera cena, se ha traído
agua y pan seco. Si nos caemos, se marchará hambrienta
Dios sabe adónde. Leo, me escondo en un libro sobre
chicos colombianos que se matan y se aman. En la pantalla
prefiero ver animalillos peludos, zorros, osos. Quisiera ser
un caballito de mar, aquel amarillo, en mi vientre llevaría
miles de crías, después los arrojaría fuera, a la suerte
del destino. Es tan desesperante cuando te gustan
cada vez menos cosas, personas y palabras. Callas.
Este vuelo no se parece al de un pájaro, ni de lejos.
O tal vez quisiera ser un ave migratoria, siempre de viaje,
nunca atado a una tierra, a un nido, a un ave; ni pajarito
ni nada, si pudiera volar, lo erótico perdería importancia.
Mira, parece que ha sacado un libro de Agatha Christie,
como si no fuera ya todo lo suficientemente horroroso.
Los chillidos de los niños, el llanto hiriente de los bebés.
No sé por qué no puedo subirme al avión con mi perro que
pasaría más desapercibido que esos cachorros humanos.
Tal vez se haya roto un ala y estemos volando de lado,
volando de lado.

 

 

 

 

QUERIDA ANA, LJUBLJANA ES COMO
una pesadilla espantosa. Lo primero que se te ocurre
en esta ciudad es cortarte las venas o atarte una soga al cuello
o tirarte del edificio Nebotičnik. Para soportarla, tendrías
que estar siempre borracho o colocado. Los amigos no son
amigos, los conocidos no son conocidos, los amantes
no son amantes, la madre no es madre, el padre
no es padre, la esposa no es esposa, el suelo no es suelo,
todo flota en un vacío infinito, fantasmas, espectros,
engendros, el agua no es agua ni el aire aire ni el fuego fuego.
Querida Ana, Ljubljana, tu ciudad, es el fin del mundo, es
vivir sin esperanzas, como un vegetal, es un infernal suplicio,
una pesadez en el estómago, es una acumulación
de energías negativas que sólo pretenden convertirte
en un ser estúpido y lisiado. Ljubljana, una serpiente
sonora, que te abraza con suavidad, con ternura, despacio,
y te falta el aire y no puedes librarte de ella, siempre
va contigo, te persigue a rastras, tan colorida,
inocua. ¡Venga, desaparece, húndete en el pantano,
regresa al lodo para siempre,
sálvanos!

 

 

 

 

MI ABUELO FUE EL PRIMERO EN VER QUE
no me merezco vivir. Mis chillidos le desquiciaban
tanto que me encerró en la pocilga. Tal vez los cerdos
me hubieran aplastado, tan menudo como era, si no
me hubiese rescatado alguien. Me salvaron una segunda vez
cuando me caí en un arroyo, mi cabeza se hundió en
el lodo y me quedé sin aire. Me sacaron tirando de mí
por las piernas. La tercera vez, mi abuelo dejó caer desde
lo alto de la casa, donde reparaba la parra, una estaca
sobre mi cabeza, por lo visto sin querer, cuando
me asomaba curioso por la ventana. Sólo pude retroceder
y ver, de pie, la sangre que brotaba de mi cabeza. No
sentía nada. El charco en el parqué se hacía cada vez
más grande hasta que alguien entró por casualidad.
Después mi recuerdo se nubla, sólo retengo la imagen
del médico al que le explicaba que me había dado
contra la pared. Tendría que haberme muerto. Al menos
tres veces, si no más. Después me fueron matando despacio,
año tras año, y me acostumbré, me puse a esperar a
ver cuándo lo lograban. El que más se esforzaba eres tú.
Me estrangulabas, me asfixiabas, me rompías
los huesos, devastabas mi cerebro. Más de mil veces
tuvimos sexo, y cada vez me observabas atento
a ver si cruzaba el límite para no volver más.
Nadie me salvaba ya. Y todo me agotaba
tanto. Me matabas aún más cuando, a mi lado,
follabas con otros, jadeabas y gritabas y nunca te era
suficiente. Era como si me hubieses arrojado a la pocilga.
Me mataste del todo cuando me trajiste en brazos
a mi perro atropellado por un coche, despacio, como en
la secuencia final de una película y, después, la oscuridad.

 

 

 

 

LAS NOCHES SON LARGAS Y NO TRAEN SUEÑO.
Acostado en la oscuridad, atento a cada ruido, cuando
oigo pasos me altero esperando el chirrido de la cerradura.
Después, la oscuridad se serena, se suceden imágenes y
otra vez nuevos ruidos. Así toda la noche, escenas cortas
de sueños apasionados, siento mi piel, mi cuerpo esperándote.
A veces, en medio de la noche, los pasos se acercan sin
remedio, mi corazón se dispara, el picaporte se mueve. Veo
que te tambaleas, borracho, como si no supieras adónde
has llegado. Te desnudas y te acuestas junto a mí. Ahora
los nervios se relajan; de pronto, cuando pongo mi cabeza
en tu pecho, todo termina. Y tú murmuras: «¿Por qué
sigues conmigo? Si no sacas nada de mí». Me callo.
Quieres una respuesta y suplicas, borracho. Me aprieto
contra ti y tampoco puedo dormirme. La noche es
larga. Empieza el viaje. Estás en el borde, mientras duermes
te apartas de mí y yo me muevo para acercarme, detrás
mi perro se acurruca contra mí, de modo que la mitad de la cama
queda vacía. Así viajamos y nadie entiende nada.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

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