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BRANE MOZETIČ

 

EL PERRO RECORRE EL PRADO Y YO LO MIRO.
Cada tanto se para, olfatea, sigue
corriendo. En círculos. Le encanta husmear
en las toperas. Indaga. El sonido
del móvil en mi bolsillo me interrumpe.
«Ahora voy. ¿Qué haces?», me pregunta
una consagrada poetisa. «¿Lees? ¿Escribes?
Debe de estar bonito, el parque». «No, no», respondo
confuso. «Estoy observando las toperas y
al perro que las machaca». «Ah, ¿sííí? Pensaba
que estabas trabajando. Bueno, te llamo cuando
termine». Acaba de lanzarse hacia la más grande.
Indaga furioso, olfatea. Soy demasiado tonto
como para escribir poemas inteligentes. Corro
hacia el perro porque se ha pasado. Grito, no me hace
caso. Tiro de él para apartarlo, me arrodillo
intentando proteger el túnel que lleva al país
de los topos. Veo que ya ha aniquilado a uno de ellos.
Detrás hay otro tratando de salvar las hojas.
Un topo-poeta que compone su libro.
Lo arrastrará al interior, bajo tierra, lo mandará
a encuadernar, y el libro atravesará mil túneles
para llegar a la biblioteca central de los topos
y sus millones de libros que registran la historia.
Sonrío, mi bolsillo vuelve a vibrar. Que suene.
Me pongo de pie, me aparto, el perro me mira y
sabe que con darme la vuelta, le permito destrozar
lo que queda.

 

 

 

 

¿POR QUÉ ME DISGUSTAN LOS SOLDADOS? PORQUE
siembran niños por todas partes, porque los matan.
recuerdo a mi padre sobre todo por su foto
con uniforme militar. Todas las demás fotos
han palidecido. No tengo ni idea de adónde
se largó, dónde estará. No recuerdo ninguna caricia.
Tal vez siento terror ante una. En el cuartel
marchábamos todo el día, limpiábamos las botas
cien veces sin saber para qué. Los soldados
siempre defienden la paz. Igual que los policías
nos garantizan la seguridad. En uniforme
todos parecen iguales. Lo cual me aburre.
Siempre me imagino a las cabezas vacías
obedeciendo un guión que siempre es
el mismo. Me preocupo porque la mayoría
de la gente lleva uniformes. O porque es
como si los llevara. Y cuando un día
me propusiste ponérmelo, no me di cuenta
de que querías lavarme el cerebro.
Y cuando me dijiste, más tarde, que
estabas liado con un policía, te entendí.
Ya de niño no me salía bien el juego de
indios y vaqueros. No entendía nada.

 

 

 

 

TEMO PASAR POR TU CASA. SIEMPRE
te tenía miedo, temía tus esperanzas, tu
comprensión. Eras la más fuerte. Rebotes,
platos rotos, esa vez que saltaste del coche
para echarte delante al suelo y gritar:
¡Atropéllame, venga! Fue horrible la escena
a la luz de los faros. Temblaba cuando empezaste
a volver a casa tarde o de madrugada. Mis
nervios se doblaban bajo tus miradas.
Hablamos durante meses para aceptarnos.
Hasta que te hartaste y me destrozaste
con cuatro palabras. Pronunciadas, tal vez,
con toda la intención. Me rondan la cabeza siempre,
destruyen mis amores. Temo pasar
por tu casa. Por la noche clavas clavos
a martillazos. Como si lo hicieras en mi cabeza.
¡Cómo duele! Daría kilómetros
a cambio de que dejases de hacerlo.
De que desmintieses aquellas palabras.

 

 

 

 

¿QUÉ PASÓ EN REALIDAD? DE NOCHE
salí a la calle, a una especie de reserva
de fuerzas alternativas de esta mísera nación
a la que pertenezco, y, mira, fui arrastrado
de un lado a otro. En la oscuridad, la gente
sorbía cerveza, charlaba, algunos chillaban,
otros saltaban salvajes por la pista de baile.
Apestaba a maría, dos camellos
trataban de obligarme a comprarla.
Al fin me dije, bueno, vale, por si acaso,
a lo mejor pasaba un tío bueno. ¡Ya que
me he esforzado tanto durante media vida
para seguir vivo y descubrir, acaso, el secreto
de la vida! Así que me perdí entre los bailarines
más jóvenes para olvidarme de ese esfuerzo
inútil, y en seguida apareció un muchacho
que sólo ansiaba quedarse colgado hasta perder
la conciencia. Dejé caer una pastilla
en su mano, sonriendo con complicidad.
Sabía que, ante esa situación, no podía quedarme
sobrio, pues él estaba cada vez más loco,
volvía los ojos, rechinaba los dientes
y apenas podía pronunciar palabra.
Se quedó pegado a mi lado y ese silencio
nuestro en medio de los golpes estridentes
de música me hizo actuar. No sé cómo llegamos
a casa, de pronto estuve echado a su lado.
Él dormía, aún era de noche, y yo
no podía dormirme. Me vestí y salí, fuera
había casas y calles. Sólo entonces
me di cuenta de que nevaba, de que el suelo
estaba cubierto de nieve. Miré hacia arriba, y
a contraluz de las farolas no pude ver más que
los copos de nieve volando hacia mí. Todo
daba vueltas, todo era tan bello que
todas las preguntas parecían totalmente
sin sentido.

 

 

 

 

EN ESTOS DÍAS LOS PUEBLOS ESTÁN DECIDIENDO
entre la guerra y la paz. Los agresivos se inclinan
más a lo primero. Forman largas colas y entregan
sus votos. Otros, encorvados dentro de sus
barracas, no entienden y nunca han entendido
siquiera para qué viven. Y yo estoy
sentado frente a mi vida, constatando
lo banal que es. Apenas se merece palabras.
Callo. Todos esos libros, toda esa escritura,
esas palabras pronunciadas que se perdieron
dentro de mi cabeza. Ya no sé nada. Sólo
que querría desaparecer. Dentro de este sinsentido
me estremezco de pronto, dejo de enfrentarme
a mi propia vida, me doy media vuelta y salgo
corriendo. Ando por la ciudad, por las tiendas,
hablando sin parar. De las cosas más
banales, que de esta manera llegan a ser
divertidas y me ponen de buen humor,
juego con las palabras, con los sentidos,
ya nada es fatal, nada trágico, nada
decisivo. Incluso la decisión sobre la guerra,
o la fe, el amor, todo salió rodando
desde mi pecho, siento un hormigueo
bajo los pies y sonrío
liberado, ya sin preocuparme de qué pasará
con mi vida banal, que se enclaustra sola
en mi habitación, sin dejar de cavilar.

 

 

 

 

VIERNES ES EL DÍA EN QUE PIENSAS EN
la muerte. Por eso tienes que salir, harto de los dolores,
tormentos, ese masoquismo, los choques
incesantes contra la pared. Colocado y
pedo vas de club en club. Apenas
sabes a quién besas. Las caras se
difuminan. Sientes ganas de llevarte
a alguien a casa, pero lo olvidas en seguida.
Te para la policía y te dice que
estás borracho y que tienes que seguir a pie.
Tus hermanos en esta locura te arrastran al antro
siguiente donde sigues drogándote y bebiendo.
Todo está oscuro. Han bajado las persianas,
y esperas que mañana no llegue nunca.

 

 

 

 

COMO SI LOS COHETES ILUMINASEN EL CIELO.
No oigo palabras a mi lado. Fuera debe de haber un ruido
tremendo, pero yo no lo sé, no lo oigo. Llamo al especialista,
pues ya no puedo más con tantos libros y cuerpos, y
tal vez él aún logre encontrar el punto en el que todo
vuelve a empezar. No tarda en llegar. Despliega
un mantón negro y me ordena a entregarme desnudo
a sus dedos. Se pone guantes negros para palparme.
Cada tanto me pregunta si siento algo o
si duele. Me examina centímetro por centímetro,
se echa encima de mí, me presiona con su peso
y mordisquea mis orejas. A ver si encuentra el
punto en el que se me abre el universo y
me falta el aire, en el que siento como cuando
me tiendo a tu lado, pongo mi mano sobre
tu pecho y tiemblo. «También puedo aplicar
la aguja», me propone. «Puedo horadar tu piel
del pecho, de la mano, horadar tu miembro,
hay gente a la que le gusta mucho». ¿Qué le digo?
Que aplique todo su conocimiento, todas sus
habilidades para devolverme de alguna forma
la sensación perdida, al menos por un segundo.
No entiende. Había ayudado a todos, y yo
ahora quiero que algo que no existe, algo
que me he inventado, algo que puedo borrar yo
solo. Al cabo de horas de esfuerzo se da por vencido,
recoge sus instrumentos y se va. Las heridas escuecen,
es todo lo que puedo sentir.

 

 

 

 

LOS POETAS CORTESANOS FUERON SUCEDIDOS POR
los poetas sabios, los poetas letrados, los poetas videntes, y
los poetas locos. De todo aquello han salido los poetas
colocados. No de los que se tambalean con una botella por
las calles oscuras, espantando a los gatos y partiéndose
las cabezas. Sino los especialistas en drogas. Se arrojan
al más allá, registran sus visiones, o se pinchan
la piel. Una mano tatuada toca las teclas
electrónicas, parando de tanto en tanto para
agarrar un tubo y aspirar una rayita.
Cuando estoy harto, me junto a ti en la cama.
Aprietas los dientes, agarras mi cabeza tirándome
del pelo, empujándola hacia abajo. Me hago el remolón
para ponerte furioso. Seguramente no sientes afecto
por mí, pero ahora no querrías soltarme para nada.
Esparzo un poco de polvo blanco por tu polla,
te encoges, y estallas. ¡Hay que ver el ruido
que haces! No es así la poesía, no.
Después te das la vuelta; ahora toca levantarse, pues
los poetas colocados no llevan una vida cómoda.

 

 

 

 

ME ENCUENTRO MIRANDO SIN CESAR.
Veo que no dejo de mirar el móvil.
Me gustaría, en realidad, pulsar Leer,
y que allí saliese Te echo de menos.
Veo que me hundo cada vez más
en el pasado que tira de mí.
Para volver a yacer en el heno que había en
el desván del establo. Cuando el chico vecino
me tocó la entrepierna por primera vez. En
realidad, fingía que no lo hacía, lo fingíamos
los dos. Se me echó encima, así, vestido, y sentía
su peso, sus jadeos. Tantas veces nos llamaba
aquel lugar, justo encima de los puercos
chillando. O a lo mejor no lo hacían, y el establo
estaba ya vacío por entonces. En mis recuerdos
ha perdido importancia. Nuestros leves
movimientos se han superpuesto a todo
lo demás. Era verano y hacía calor, y sudábamos.
Nos quitamos la camiseta y nos desabrochamos,
uno al otro, el pantalón. Cuán ávidas
buscaban las manos y cuán punzante era el heno.
No me atrevo a evocar las escenas, pero se
enhebran solas, humedad, el olor de los sexos.
Cuando entro en bares de gays, todo me
resulta ajeno, no hay muchachos vecinos,
ni heno, ni nadie me echa de menos. Me veo
buscando siempre, en realidad, la tecla de
Apagar.

 

 

 

 

NO SÉ CÓMO HE APARECIDO EN ESTE
coche. Volví a salir a la calle, lo recuerdo,
pasé la noche metiéndome de todo y, después,
vino este tipo y no se ha ido. Sentía sus manos
cuando me empujaban para meterme en el coche.
Conducía como en sueños, despacio, inseguro,
me parecía toda una eternidad. Tal vez
ya amanecía. Las calles estaban vacías,
como un desierto, y eran incontables. Después,
como un apagón. Recobro la consciencia
en una cama. Me desnuda trepando por
mi cuerpo. Siento náuseas, pero mis manos
lo agarran. Evito su boca. Duele nuestro
abrazo férreo. Me da de beber y, pronto,
me recupero. Se echa por abajo y me siento
encima de sus muslos. De debajo
de la almohada saca un gran dildo, me lo pasa.
Se muerde los labios, está impaciente. Levanta
sus piernas y me guía, y se lo hago. Sus músculos
se estremecen, grita, trato de cerrar su boca, pero
es evidente que le gusta. Tarda un siglo.
Mientras él cambia de postura, miro
la pared y todo gira. La moña disminuye,
nuestro movimiento se hace más lento.
Al final nos rendimos, callados, me parece que
ni nos atrevemos a mirarnos. Una escena
que me hace bajar la escalera, perderme en
el laberinto de las calles vacías sin saber cómo
saldré de esta historia.

 

 

 

 

ME SONRÍE EN UNA LIBRERÍA, DESDE DETRÁS
de un estante, sus dientes resplandecen. Claro,
pienso, otro más que liga con los intelectuales.
Sigo buscando, estoy donde la letra B,
y él aparece detrás, donde la M, supongo,
quién sabe. Como en una película, me digo,
pero él insiste, sigue dando vueltas hasta
llegar a mi lado: «Perdóname», me roza con
su cuerpo delicioso, dice algo más, pero
no lo entiendo. Mi corazón galopa como
la primera vez, y él atrapa mi mano con arte y
disimulo «¡mira!, nos interesa el mismo libro».
Me ha ganado, trato de hacerle entender que
no tengo dinero para pagar por sexo, pero no quiere
oír nada y me invita a su casa. Me resisto
con torpeza, ya que podría hacerme
cualquier cosa. Pero no, su piel me invita
con más fuerza y cuando, más tarde, se mueve
encima, no puedo creérmelo. Me paro…
después escribo despacio, con titubeos,
que mordisquea mis pezones, luego baja hasta…
mi polla y se la mete en la boca. Desliza
por ella su lengua rosada, se la mete
en el culo y, así, se mece encima de mí.
Siento vergüenza al continuar… diciendo que
ahora se desengancha de mi polla y vuelve
a comérsela, y baja para meterme la lengua
en el hueco, y sabe, al sentir su palpitación,
que tiene que follarme. Al principio empuja
despacio, luego más rápido, hasta el clímax, y
yo agarro sus músculos oscuros, sudados, como
si se me fuera la vida en ello. No me da pavor
reconocer que, después, cuando se durmió,
me acerqué a la cocina donde colgaban
los cuchillos de la pared, y pensé que lo mejor
sería acuchillarlo. Que dolería demasiado
quedarme con él. Así, me habría resultado
más fácil vestirme y salir.

 

 

 

 

CUANTO MÁS SE AGOTABA EL DÍA, MÁS
solo me sentía. Como si la luz fuese destinada al
ancho mundo, a aires grandiosos y firmes. Así
que siempre he ligado por la noche, en la oscuridad.
Como si temiera dormirme solo. Aunque sólo
se trata de dormir, cuando no necesito a nadie.
Pueden incluso irritarme, empujarme, destaparme,
despertarme. Tantas veces me los traje a casa,
con urgencia y un deseo incomprensible de
tenerlos a mi lado, incluso contra mi gusto y,
después, no sabía qué hacer con ellos, cómo
despedirlos, o deseaba que se durmieran ya y
me dejaran en paz. Claro, me esperaba el horror
al amanecer, sobre todo si estaba borracho
por la noche y sobrio por la mañana. Tal vez
deba reconocer que también mis amores
de años, si puedo llamarlos así, tienen que ver
con esto, con noches de este estilo. ¿Les impulsaba
el mismo motivo? El de dejar el mundo para
volver a casa. Es extraño pensarlo de este modo.
Y yo imaginándome que me tenían tanto apego,
que sus sentimientos eran tan profundos, únicos,
amor irrepetible, atracción erótica, entrega.
Después, todo eso resultó fácilmente transferible a
otras personas. Y se sucedían las noches en las que
sentía un impulso inconcebible de volver a buscar.
Y hubo otras en las que me daba cuenta de
que todo era un engaño y que era imposible huir.

 

 

 

Mozetič, Brane. Banalidades (Trad. Marjeta Drobnič)Madrid; Ed. Visor, 2013.

 

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