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LA CÉLULA DE ORO

 

SOLSTICIO DE VERANO, CIUDAD DE NUEVA YORK

Casi al final del día más largo del año no pudo soportarlo,
subió las escaleras de hierro a través de la azotea del edificio
y sobre la mullida superficie alquitranada
del borde colocó una pierna en la cornisa de estaño verde
y dijo que un paso más y se habría acabado.
Luego la gran maquinaria terrestre se encendió para salvarle la vida,
los policías llegaron con trajes azul grisáceo como el cielo de una tarde nublada,
y uno se puso un chaleco antibalas, un
caparazón negro alrededor de su propia vida,
vida del padre de sus hijos, por
si el hombre estuviera armado, y uno, colgado
de una cuerda como signo de obligación necesaria,
surgió de un agujero en la parte superior del edificio de enfrente,
como el agujero dorado que, según dicen, se encuentra en la parte superior de la cabeza,
y comenzó a espiar al hombre que deseaba morir.
El policía más alto se acercó hasta él directamente,
con suavidad, muy poco a poco, hablándole, hablándole, hablándole…
mientras la pierna del hombre colgaba sobre el borde del otro mundo
y la multitud se reunía en la calle, silenciosa, y la
red peluda con su implacable cuadrícula se
desplegaba junto a la acera y se estiraba
y extendía como sábanas preparadas para un parto.
Entonces todos ellos se acercaron un poco más
hacia donde él permanecía en cuclillas junto a la muerte, su camisa
refulgía un fulgor lechoso como algo
que ha crecido en un plato por la noche en la oscuridad de un laboratorio y después
todo se detuvo
mientras su cuerpo se sacudió
y descendió del parapeto y se dirigió hacia ellos
y lo rodearon. Pensé que iban a
golpearlo como la madre al hijo
perdido, la que grita al hijo cuando lo encuentran, lo
tomaron de los brazos y lo levantaron y
lo apoyaron en el muro de la chimenea y el
policía alto se encendió
un cigarrillo, y le ofreció, y
luego todos encendieron cigarrillos, y el
rojo refulgente de los extremos ardía como las
hogueras pequeñas que encendimos en la noche,
al principio, en el origen del mundo.

 

 

 

 

LA NIÑA

La persiguieron a ella y a su amiga por el bosque
y las atraparon en un pequeño claro, helechos
rotos al azar, un par de viejos colchones,
el ocre seco de la goma espuma,
como si el lugar hubiera estado preparado.
El flaco de pelo negro
comenzó a violar a su mejor amiga,
y el rubio se puso encima de ella,
le metió los pulgares hasta el fondo de las mandíbulas, ella tenía 12 años,
le clavó el pene en la boca y en la garganta
más rápido y más rápido y más rápido.
Después el de pelo negro se levantó;
yacían por el suelo como raíces arrancadas,
dos niñas de 12 años desnudas, él dijo
Ahora te vas a enterar de lo que significa
que te disparen 5 veces y te maten como a un cerdo,
y cambiaron los colchones,
el rubio estaba violando y apuñalando a su mejor amiga,
y el del pelo negro se la metía dentro
en un sitio y luego en otro,
la punta de la pistola presionaba en profundidad su cintura,
ella sintió un pequeño clic en la columna y una
punzada como de 7-Up en la cabeza y entonces él
arrastró la rama del árbol cubriendo su garganta
y todo se volvió oscuro,
el gimnasio se oscureció, y la cocina de su madre,
incluso los globos de luz en los redondeados
pliegues de los cuencos de anidación de su madre se apagaron.

Cuando se despertó estaba tumbada sobre el frío
de la tierra con olor a hierro, estaba bajo el colchón,
arrastrado sobre ella como una
manta en la noche,
vio el cuerpo de su mejor amiga
y empezó a correr,
llegó al límite del bosque y salió
de la arboleda, como el desbridamiento de una herida,
atravesó el campo hasta las vías
y dijo al guardafrenos del tren Por favor, señor. Por favor, señor.

En el juicio tuvo que contarlo todo;
su hermana mayor le enseñó las palabras;
se tuvo que sentar en la sala con ellos y
señalarlos. Ahora va a fiestas
pero no fuma, es animadora,
lanza su cuerpo al aire
y da patadas y al volver a casa limpia los platos
y hace los deberes, se tiene que esforzar mucho en mates,
la noche sobre el techo de su habitación
está repleta de planetas blancos. Todas las noches
reza por el alma de su mejor amiga y
a continuación, da gracias a Dios por su vida. Sabe
lo que todos nosotros no queremos saber
y hace la voltereta, la apertura de piernas, agita
los pompones trizados en los puños.

 

 

 

 

VUELVO A MAYO DE 1937

Los veo en pie, en la puerta principal de sus universidades,
veo a mi padre saliendo
bajo el arco de arenisca ocre, los
baldosines rojos brillando como
placas de sangre dobladas detrás de su cabeza, veo
a mi madre con unos cuantos libros ligeros junto a la cadera
en pie ante una columna hecha de ladrillos diminutos,
la puerta de hierro forjado está todavía abierta detrás de ella, las
puntas de flecha brillan en el aire de mayo,
están a punto de graduarse, están a punto de casarse,
son unos críos, son tontos, todo lo que saben es que son
inocentes, jamás harían daño a nadie.
Quiero alcanzarlos y decirles Parad,
no lo hagáis; ella no es la mujer adecuada,
él no es el hombre adecuado, vais a hacer cosas
que no podéis imaginar que haríais,
vais a hacer cosas terribles a los niños,
vais a sufrir de maneras completamente desconocidas,
vais a querer morir. Quiero llegar
hasta allí con esta luz de finales de mayo y decírselo,
la cara bonita y hambrienta de mi madre volviéndose hacia mí,
su lastimoso cuerpo precioso y puro,
la cara arrogante y bella de mi padre volviéndose hacia mí,
su lastimosos cuerpo precioso y puro,
pero no lo hago. Quiero vivir. Los
alzo como muñecos de papel
macho y hembra y los junto
por las caderas, como pedacitos de sílex, como si
fueran a salir chispas de ellos, y digo
Adelante, hacedlo, que yo lo contaré.

 

 

 

 

SATURNO

Se tumbaba en el sofá por las noches,
con la boca abierta, la oscuridad de la habitación
llenando su boca, y nadie advertía
que mi padre se estaba comiendo a sus hijos. Parecía
descansar tan tranquilo, cuerpo enorme
inerte en el sofá, mano grande
caída lejos de la copa.
Qué puede resultar más pasivo que un hombre
inconsciente todas las noches. Y sin embargo, mientras yacía
sobre su espalda, roncando, nuestras vidas
se perdían por el agujero de su vida.
El brazo de mi hermano entró hasta el hombro
y él se lo arrancó de cuajo, mordió y chupó en la herida
igual que se chupan las articulaciones de una langosta. Tomó
la cabeza de mi hermano en los labios
y la arrancó como una cereza de su tallo. Tú solo hubieras visto
un hombre alto, guapo
profundamente dormido, inconsciente. Y todavía
en algún lugar de su cabeza sus ojos color barro
estaban abiertos, los círculos en blanco resplandeciendo
mientras masticaba el torso de su hijo con las mandíbulas,
trituraba los huesos como blandos caparazones de cangrejo
y las exquisiteces de los genitales
enrollados a lo largo de la lengua. En los nervios de las encías e
intestinos sabía lo que estaba pasando y no fue
capaz de detenerse, como en el orgasmo, los
pies del hijo crepitando como dos pescados crudos
entre sus dientes. Eso era lo que quería,
llevarse esa vida a la boca
y mostrar lo que un hombre es capaz de hacer: enseñarle a su hijo
lo que era la vida de un hombre.

 

 

 

 

¿Y SI DIOS?

¿Y si Dios se dedicaba a mirar cuando mi madre
entraba en mi cuarto por la noche, para tumbarse junto a mí
y rezar y llorar? ¿Qué hacía Él cuando su
largo cuerpo de adulta caía sobre mí
como lava desde la cima de la montaña
y el magma surgía de sus conductos, y mi cama
se sacudía con temblores agrietando
mi naturaleza?
¿Qué era Él? ¿Era Él un bisonte que agachaba
la poca cabeza que le quedaba
y se chupaba Su puritano falo mientras llorábamos
y le rezábamos a Él, o era Él una ardilla
que se colaba a través de su agujero en mi caparazón, Su brazo
hasta el codo en la yema de mi alma
removiendo, removiendo el oro? ¿O era Él
un chaval en clase de biología, que me diseccionaba
mientras ella me sujetaba con el caparazón
para que Él me robara los huevos, o era Él un hombre
que entraba en mí mientras ella fisgaba en mi espíritu
abierto a una noche llena de estrellas;
ella dijo que todo lo que hacíamos lo hacíamos bajo Su mirada
así que Él probablemente la vería llorar, en mi
pelo, y dejaba que mi alma se resbalara por las
costillas como un diminuto jabón de hotel, Él
se lavó las manos conmigo como yo
hice con él. ¿Anda Dios por la casa?
¿Anda Dios por la casa? Entonces que baje
y separe el cuerpo de esa niña de la madre,
que la tome por el cuello como a un gatito,
que la levante, y me la entregue a mí.

 

 

 

Olds, Sharon. La célula de oro (Trad. Óscar Curieses). Madrid; Bartleby editores, 2017.

 

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