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BOCA ABAJO

 

El relato con el que se abre el nuevo libro de Javier Moreno, ‘Un paseo por la desgracia ajena’, publicado por la editorial Salto de página, es esta maravilla:

 

BOCA ABAJO

—Una vez di una vuelta de campana —pronunció sin desviar la mirada de la carretera.
xxApreció en el tono de sus palabras el desprendimiento de quien ha visto pasar muchos años y siente los acontecimientos de su juventud como si perteneciesen a alguien distante pero que alguna vez estuvo próximo, un familiar al que le perdimos la pista, un viejo amigo.
xxAl otro lado del parabrisas las nubes blancas contrastaban con el fondo azul, artísticamente dispuestas por alguien que hubiese estudiado en profundidad la obra de los maestros flamencos. La naturaleza se complacía en imitar a veces el arte y eso causaba en quien la contemplaba una plácida sensación de reconocimiento y de conformidad con la creación.
xxRetrepándose un poco en su asiento se preguntó por qué su padre se había animado a hacer aquella confesión precisamente en aquel momento, después de tantos años. Hizo un repaso mental del hilo de la reciente conversación por si algo en ella pudiese motivar el desvío, el recuerdo de aquel accidente. Pero no encontró nada, ninguna asociación. Sólo las típicas observaciones acerca del tiempo y del paisaje. Tal vez su padre había materializado una metáfora a partir de algún suceso intrascendente, una ligera pérdida de atención, un giro desmesurado del volante… Pero así era la poesía, indistinguible en ocasiones del puro azar.
xx—¿Y eso cuándo fue?
xx—Cuando era joven. Mucho.
xx—¿Como yo?
xx—No tanto.
xx—¿Ibas con alguien?
xx—Sí. Con un amigo.
xx—Pero no eras tú quien conducía.
xxSu madre había decidido abandonar su mutismo, salir de uno de esos intervalos durante los cuales se remitía a ser testigo de un espectáculo que sucedía en su interior y al que nadie más lograba tener acceso. A veces imaginaba que ese espectáculo tenía algo de terrible a pesar de su presumible banalidad, o precisamente debido a ello.
xx—No, no era yo quien conducía.
xxEl paisaje al otro lado de la ventanilla era un conglomerado de árboles, no lo suficientemente espeso como para catalogarlo como bosque. Tal vez cuando alcanzasen mayor altura, pensó, la vegetación se adensase, o quizás ocurriese todo lo contrario, de acuerdo a una de esas inexplicables leyes de la naturaleza.
xx—No deberías hablar de eso ahora. No cuando vas conduciendo.
xxNo estaba dispuesta a dejar que su madre atajase aquel momento de confidencia paterna, por otro lado tan infrecuente. Fuese cual fuese el motivo, su padre había decidido hablar de aquel accidente. Un pez maravilloso había asomado sus brillantes escamas y no deseaba dejar que se perdiese de nuevo en la profundidad de las aguas.
xx—Qué sucedió.
xx—Habíamos bebido. Llovía y mi amigo conducía demasiado rápido. El coche derrapó.
xx—Deberías centrarte en la conducción.
xx—Olvidarme del paisaje y pegarme a la raya del centro. Quieres decir eso. Ser como una pelota de golf cuyo único objetivo es caer en un oscuro agujero.
xx—Mamá, me gustaría que papá terminase su historia, si no te importa.
xxLo que ocurrió fue que el silencio se impuso en el interior del coche, como una tregua o un alto el fuego que los contendientes respetasen a regañadientes. Regresó la mirada al exterior buscando algo, un pájaro remontando el vuelo, el tronco resquebrajado de un árbol, cualquier cosa que restase monotonía al paisaje.
xx—Puede decirse que durante un par de minutos contemplé el mundo boca abajo. Fueron dos minutos solamente. Los dos minutos más intensos de mi vida.
xxTodavía quedaban un par de horas para llegar al destino previsto, una cabaña en la montaña, la misma desde hacía años. Recordaba el tacto de los nudos de madera de las paredes, el olor  humedad del baño y la vista desde la ventana de su habitación, un manto de fresca hierba que conducía hasta un lago donde se reflejaba invertida una cordillera de montañas nevadas; una imagen que a veces acudía a su cabeza en la facultad, en el metro, aburrida delante de un libro, como una suerte de defensa que su imaginación esgrimía contra la rutina y el estrés cotidiano.
xxLa calefacción evitaba que el frío exterior se colara dentro del coche. Pensó en la última frase que había pronunciado su padre. De algún modo se sentía ofendida. Le habría gustado que su padre reservara esos dos minutos de intensidad para el instante de su nacimiento, o el de su boda, o para algún instante todavía futuro, algo más romántico que estar boca abajo buscando un cinturón de seguridad.
xx—Y conseguisteis salir por vuestro propio pie.
xx—Nunca lo habríamos hecho. Resulta difícil orientarse cuando uno está boca abajo, y más aún después de un golpe.
xx—Te estás acercando mucho al arcén.
xxEra de nuevo su madre la que había interrumpido la charla, empeñada en que el recuerdo no estropease la acuciante realidad. Una familia viajando a cien por hora en una carretera poblada de curvas. la ley de inercia. la gravedad. Se visualizó a sí misma como ese elefante que podía aplastar a su familia en caso de un frenazo repentino. El alquimista Newton y sus zafios divulgadores.
xx—El arcén.
xx—Estábamos a punto de pisar el arcén.
xx—Estar a punto…
xxSu madre había girado la cabeza y lo miraba con una mezcla de interés e irritación. Él, sin embargo, seguía con la mirada concentrada en la carretera. Se le cruzó por la cabeza, fugaz, la imagen de un saltador a punto de lanzarse desde un trampolín.
xx—¿Crees que estábamos a punto de pisar el arcén, Elena?
xxGuardó silencio, sin ánimo para terciar en una discusión que la alejaba del hilo original, para tomar partido por ninguno de los dos contendientes.
xx—Elena no puede ver la línea desde atrás.
xx—Tal vez la rama de un árbol estuvo a punto de rozarla. ¿Confías en tu padre? —preguntó, y vio sus ojos reflejados en el retrovisor. Unos ojos que la requerían, colmados de un irrepetible deseo de constatación de bondad.
xx—Confío en la probabilidad.
xx—¿La probabilidad?
xx—En que la probabilidad de que un hombre acabe dando dos vueltas de campana a lo largo de su vida es prácticamente nula.
xx—Ésa es buena.
xx—Os habéis puesto de acuerdo para amargarme el viaje. ¿Echaste la bufanda roja a la maleta?
xxNo estaba segura de haberlo hecho. Era una ley que uno no recordase lo que había metido en la maleta. Todo viaje implicaba cierta imprevisión. Como si todo desplazamiento entrañase una parte, siquiera infinitesimal, de aventura. Como si el ser humano estuviese abocado a un tanto de intemperie para, a partir de ella, tratar de hallar algo nuevo, otros modos —tal vez mejores— de supervivencia.
xx—No lo recuerdo.
xx—Lo hice yo. La dejabas sobre la cama. Pareces olvidar que el pueblo más cercano está a quince kilómetros de la cabaña.
xx—Déjala tranquila. Es probable que yo también haya olvidado algo. Incluso tú misma.
xxEra su padre quien intervenía a su favor. Su padre, tan estricto en otras ocasiones, estaba dispuesto a disculparla. Intuía un halo de irresponsabilidad alrededor de su figura, la de un niño al que estorban las reglas de los adultos, la de un hombre temporalmente fuera de la ley.
xx—¿Cómo sigue la historia? Si no pudiste desprenderte por ti mismo del cinturón, ¿quién te ayudó?
xx—Basta ya.
xxEra su madre de nuevo la que intervenía.
xx—Una mujer. Una desconocida. Apenas unos minutos después de salir del coche otro vehículo colisionó con el nuestro. Salvamos la vida de milagro.
xxPudo escuchar una leve risa. Una especie de gorgoteo humorístico, como si en lugar de narrar una escena terrible acabase de contar un chiste. Un mal chiste que no hace reír a nadie sino que más bien produce un efecto trágico de soledad e incomprensión.
xx—No estoy dispuesta a seguir escuchándolo.
xx—Ya vale, mamá. La historia se ha acabado.
xx—Te equivocas, no ha hecho más que comenzar.
xxSu padre seguía riendo, con más fuerza. Parecía estar divirtiéndose de verdad. Tal vez fue la risa lo que hizo que perdiese la atención en la carretera. El volantazo hizo que el coche derrapase. Salió despedida hacia el lado contrario. Sintió el impacto de su hombro contra la puerta, la inercia del frenazo arrastrando su cuerpo como un muñeco en manos de un niño furibundo. Entonces vino el dolor, la inquietud por sus padres.
xxVio la cabeza de su madre asomando junto al reposacabezas, una expresión de horror tan perfecta en su rostro que sólo podía corresponder a alguien que no estuviese herido. Supo de inmediato que su madre estaba bien. Al incorporarse pudo ver a su padre fuera del coche, de pie en el arcén, doblado sobre sí mismo. A través de la puerta abierta escuchaba el sonido de las carcajadas. El coche había girado ciento ochenta grados. Los automóviles los rebasaban, circulando en dirección contraria. Pensó en la extraña estampa que ofrecerían a los viajeros. Dos mujeres en el interior y un hombre en el arcén, partiéndose de risa. Abrió la puerta. Una ráfaga de aire limpio y frío golpeó su rostro. Debían de ser pinos aquellos árboles. Se acercó a su padre y depositó una mano en su espalda. Poco a poco sintió cómo la agitación de su pecho decrecía al contacto con la palma de su mano abierta.
xx—Papá.
xxGiró su cabeza y le costó reconocer el rostro de su padre. Sus ojos estaban enrojecidos y sus labios parecían soldados en un rictus de amargura.
xx—Papá.
xxInsistía en llamarlo así, como si aquella elemental palabra pudiera hacerlo regresar a su condición, al hombre que llea conocía, con la vaga esperanza de quien pronuncia un sortilegio.
xx—Era tu madre —dijo.
xx—Quién.
xx—La mujer que me salvó la vida.
xxGiró la cabeza para mirar el asiento donde seguía sentada su madre. Ocultaba su rostro con sus manos. No quería ver lo que ocurría o tal vez lloraba.
xx—A veces ocurre, Elena.
xx—A qué te refieres.
xx—Que todo se pone boca abajo.
xx—¿Boca abajo?
xxUn pájaro salió volando de la rama de un árbol cercano. Les sobresaltó el batir de sus alas, aquella intrusión animal e inesperada. En silencio lo vieron planear por encima de los árboles y desaparecer de nuevo en la espesura.

 

 

 

Moreno, Javier. Un paseo por la desgracia ajena. Madrid; Ed. Salto de página, 2017.

 

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