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TODO EL MUNDO HA OÍDO HABLAR DE MISISIPI

 

Con el título del post, que pertenece a Nina Simone, se abre una de las secciones de ‘Guardia nativa’, el maravilloso libro que publicó Bartleby editores hace ya ocho años, después de que ganara el Premio Pulitzer hace una década.
De esa sección dejo aquí unos poemas.

 

 

PEREGRINACIÓN
Vicksburg, Misisipi

Aquí vino el Misisipi a esculpir su senda
xxxxxxxoscura y embarrada, este cementerio

para los esqueletos de barcazas hundidas.
xxxxxxxAquí fue donde su curso el río cambió,

de la ciudad se distanció del mismo modo
xxxxxxxen que del pasado, al olvidar, desertamos

—riscos abandonados, laderas que se alzan
xxxxxxxen los recodos— donde hoy el Yazoo ocupa

el lecho antes vano del río Misisipi.
xxxxxxxPétreos aquí se yerguen los muertos, mármol

blanco, en la avenida Confederada. Piso
xxxxxxxtierra antaño horadada por red de cueas;

en mil ochocientos sesenta y tres, sentada
xxxxxxxbajo tierra en su sala a la luz de las velas,

a la mujer catacumbas parecerían.
xxxxxxxLa veo atenta a la explosión de obuses, se hace

un sitio en la historia, escribe ¿qué será
xxxxxxxde todo lo vivo que hay en este lugar?

La ciudad toda es una tumba. En primavera
xxxxxxxPeregrinación— los vivos quieren mezclarse

con los muertos, se rozan con sus fríos hombros
xxxxxxxpor los largos pasillos, escuchan la noche

entera su silencio y su desdén, reviven
xxxxxxxsus muertes en el verde campo de batalla.

En el museo admiramos sus vestimentas
xxxxxxx—entre cristal conservadas— mucho más chicas

que las nuestras, como si hubieran sido niños
xxxxxxxquienes las llevaron. Dormimos en sus camas,

las viejas mansiones ovilladas en riscos,
xxxxxxxenvueltas en flores —fúnebres—, son sus pétalos

visión difuminada contra el gris del río.
xxxxxxxEl folleto en mi habitación historia viva

lo llama. La placa de latón de la puerta
xxxxxxxreza Cuarto de Prissy. Enmarca una ventana

el río que hacia el Golfo se arrastra. En mi sueño
xxxxxxxa mi vera el espectro de la historia duerme,

se gira, un brazo entumecido me sujeta.

 

 

 

 

ESCENAS DE LA HISTORIA
DOCUMENTAL DE MISISIPI

1. El algodón rey, 1907

En cada esquina de la foto penden banderas:
Vicksburg, su calle mayor. En un arco apilads
las grandes balas de algodón del suelo se elevan

cual marola de historia que la ciudad anega.
Llega Roosevelt —un desfile—: la banda marcha
y en cada esquina de la calle penden banderas.

Una pancarta, Algodón, de América el rey, suena
a progreso. Dos años más y el Sur contramarcha
—grandes balas de algodón que del suelo se elevan

de gorgojo infectas—, bíblico azote les cerca.
Negritos hoy en las balas, ropa almidonada.
Desde lo alto, en esta foto, agitan las banderas

al presidente —vemos su espalda— que atraviesa
el arco con rumbo al futuro. En su atalaya
—grandes balas de algodón que del suelo se elevan—

nos miran los niños. Mar de algodón les rodea,
pila en que se encumbran, vista dorsal. En la arcada,
en cada esquina de la foto penden banderas
y grandes balas de algodón del suelo se elevan.

 

 

2. Glifo, Aberdeen, 1913

La cabeza del niño inclina, como en sueños.
Desnudo el pecho, de perfil, se sujeta
en el regazo del hombre que, con peto,
flaco, mece el brazo delgado del niño
—codo en punta, de hueso y piel marcas blancas—
tira de él para exhibir al contrahecho
y acentuar —joroba, columna curva—
el diario infortunio de su vida, el niño
que le sigue a los campos, horas junto a un
saco pasa, desplomado inquiere su
cuerpo ¿cuánto algodón?, o ¿cuánta comida?
buscando en la nevera de la cocina,
o de rodillas en la iglesia a su lado,
¿por qué, Señor, por qué? Posan y nos dicen
Miradnos, del dolor somos la silueta:
con él carga el niño, un túmulo como
tierra sobre una tumba amontonada.

 

 

3. Riada

Sobre el lomo del río crecido
han llegado, la barcaza que
lo divide, sus escasos bienes
apiñados a los pies. La Guardia
Nacional se embosca en el dique
por encima de ellos, rifles listos,
el acceso a tierra alta bloquea.
Que cantase a un grupo de negros

refugiados para acceder a tierra
se le ordenó, reza el pie de foto,
de oración un coro parecen, oscuros
badajos sus lenguas. La cámara aquí
inertes los capta. Posan como para un
retrato escolar, niños que entrelazan
los dedos en el regazo. Un chico
de lealtad hace el gesto, sobre el pulso
eléctrico del corazón la diestra.

Los circunda el gran río, bajo sus pies
la barcaza invisible, la vista fijan
en lo que ante ellos tienen: de un rifle el hueco
del ánima, la lente de aquella cámara,
turbia grieta entre barcaza y tierra firme,
aberturas son todas, del tiempo el pozo
en un instante capturado. A la luz
del ’27 son refugiados de
la historia: la barcaza los ha traído
hasta aquí, para desembarcar esperan.

 

 

4. Tarde llegas

La sombra del niño está con este sol tan alto
bajo ella casi al completo, le roza la planta
del pie descalzo sobre el pavimento. Y da el paso
aunque sin duda hace mucho calor. Son sus ganas

de leer el tema de esta foto: un libro tiene
en la mano, la biblioteca cerrada, fuera
aún de su alcance la puerta. Se acerca, quiere
ver las señales, con calma de nuevo leerlas.

Contra un fondo blanco, en la primera con esfuerzo
se intuyen las tenues letras. En ella descifra
Biblioteca Pública de Greenwood para negros,
mas la otra, en negrita sobre pizarra, le indica

fuera del marco la salida, un dedo que apunta
a la izquierda. Quiero llamarla, decirle espera.
Mas demorarse no puede, la historia le apura.
Leerá esta señal que yo leo: Tarde llegas.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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