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EL LADRÓN DE ATARDECERES

 

DE LAS PROVOCACIONES POÉTICAS

xxLos espejismos del reflejo.
xxLa lección nunca aprendida y siempre esperada de la lluvia.
xxEl amoroso desorden de algunas habitaciones al amanecer.
xxEl eco del silencio.
xxLa inesperada ternura del asesino.
xxLa inocencia de algunas metáforas.
xxLa fugacidad no alcanzada de una idea.
xxLa levedad de la palabra vuelo.
xxLa simplicidad de una estrella vista desde la emoción.
xxEl inalcanzable horizonte.
xxEl tigre de Rudyard Kipling.
xxEl sueño y el oro de los tigres de Borges.
xxEl viaje que busca la añoranza.
xxEl delirio de las culturas que nunca fueron realidades culturales.
xxLa avidez erudita del pececillo de plata.
xxEl triste destino del solitario.
xxEl rencor del solitario.
xxLa sensibilidad del hacedor de lágrimas.
xxEl alma de los animales, condenada para siempre al limbo por el poder de las religiones que sueñan con dioses  que conciben hombres a su propia medida y semejanza.
xxLa locura que edifica ángeles y sirenas.
xxLa envidia del ave migratoria por el pez volador.
xxEl río que asciende y vuelve a sus orígenes y se niega a ir al mar porque sabe que el mar es el morir.
xxLa fragilidad de los objetos más queridos.
xxLa pasión del botánico por la orquídea canora.
xxLa sorpresa de un arco iris en la noche.
xxLa indefensión del grito en la distancia.
xxLa torpe indiferencia de la piedra.
xxLa rebeldía ante el vuelo.
xxEl laberinto de la caracola, geografía de los mares sin nombres.
xxEl amor brutal que engendró al centauro.
xxLa transparencia de la palabra agua.
xxEl fósil de la palabra nunca dicha
xxy el desánimo de una hoja en otoño.

 

 

 

 

CREACIÓN Y MUERTE DE LA NUBE

xxDicen las escrituras Tantras: «En el principio fue la nube. De su transparencia nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro, siendo aquél padre de las cosas espirituales y éste de las terrenales.» La leyenda tántrica establece, partiendo de esta génesis, dos sistemas evolutivos que llegan a crear no sólo especies y subespecies, sino fenómenos de difícil explicación en lo existente. Advierte esta misma leyenda que en el último día, ángeles y pájaros volverán a ser parte de la infinita humedad de la nube.

xxPara Píndaro, las nubes eran solamente alimento de los dioses, y a su piedad están confiadas.

xxEn los mandamientos vedas hay una norma que llama la atención por su rareza, que radica en la posibilidad de transgredirla: «No matarás a las nubes.» Parece que este mandamiento nace de la creencia del profeta Kervac en la evolución de las armas, y en la seguridad de que algún día una ballesta llegaría a alcanzar el cielo. Confirma esta creencia la redacción de la norma 26, que establece: «Las leyes y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible.»

xxLos discípulos de Kervac desarrollaron toda una teoría barroca y exagerada sobre la vulnerabilidad de la nube. La comparaban con una ballena celeste hecha de algodón milagroso, en la que se esconden y refugian las aves del Paraíso. «Si una flecha la hiriese, la nube, antes de morir, lloraría sangre durante 15 días, los suficientes para teñir de rojo la ciudad sagrada de Bengala.»

xxEl cementerio de nubes en el cielo. El lugar oculto, más allá de la luz de las estrellas, donde mueren los ángeles.

xxLa tierra es enemiga de la nube y mama de ella ferozmente, y quisiera agotarla, mas, mientras el viento sea joven y poderoso, él la defenderá con todas sus fuerzas, con el poder de un celoso amante.

xxEscribe el poeta indio Shad Sayyid: «La nube no muere. Se cree única en su altura, se sueña pájaro y desdeña a las estrellas, hasta que un amanecer descubre su sombra. Entonces la nube se disuelve en la tristeza y desaparece. La nube es nube hasta el desengaño.»

 

 

 

 

En las esquinas, los amantes pobres piden besos.

 

 

 

 

El ilusionista siempre tiene un beso de más.

 

 

 

 

Lo contrario a un beso es pegar un sello.

 

 

 

 

Hay besos postales para la lejanía.

 

 

 

 

La mancha de rouge es un beso muerto.

 

 

 

 

El amante previsor guarda besos para el invierno.

 

 

 

 

El cuerpo adolescente es una cosa, el pensamiento joven un equilibrio inestable. Amar lo inmaduro, es suplicar la inmortalidad.

 

 

 

 

Con el ángel caído empieza la gravedad.

 

 

 

 

El ángel del ciego es tacto.

 

 

 

 

El ángel del suicida tiene alas de grito.

 

 

 

 

El ángel del verdugo llora sangre.

 

 

 

 

El ángel del ladrón roba sombras.

 

 

 

 

La sombra más libre es la del pájaro, que no llega a tocar el cuerpo del que es sombra.

 

 

 

 

Los amantes exactos tienen una sola sombra.

 

 

 

 

La sombra de la palabra es el eco.

 

 

 

 

Y esgrimiendo el arma me dijo: ¡La sombra o la vida! Mas yo, que generalmente presto poca atención a los protocolos y a los usos antiguos, me oí responderle: La sombra es mía, llévese la vida. Y desde entonces ando pegado a las paredes.

 

 

 

 

Uno de sus pezones era rojo, tibio, casi carnal; el otro, azul, parecía hecho para la caricia de la muerte. También recordaban la lujosa grifería de una bañera de porcelana.

 

 

 

 

La visionaria inglesa Katherine Huston, una agnóstica exaltada, capaz de aplicar a sus descreencias el aparato imaginal de los místicos españoles del Siglo de Oro, no sin cierto fervor proclama: La palabra nace para el amor, y se hace necesaria cuando el tacto es insuficiente.

 

 

 

 

La Poesía trasciende la condición del poeta.
La Poesía debe ser eléctrica e inesperada, inmediata y en vena.

 

 

 

 

Un poema sólo debe oler a poema, nunca a limón.
Ni tampoco deben oler los poemas a pan recién salido del horno.
Ni a tierra mojada por la lluvia.
Si olieran así, olerían a tópico, y el tópico es como un caracol haciendo eses con su baba de plata.

 

 

 

 

El poeta: cómplice del silencio.

 

 

 

 

Sólo sé que, si abro el poema, deberá sangrar.

 

 

 

 

A veces, la arquitectura ciega al poema.

 

 

 

 

Me hablaron de un poema milagroso que, en su soledad, llovía abundantemente.
Al final hubimos de convenir que no era un poema, sino una nube.

 

 

 

 

EL ELEGIDO

xxEs la muerte, dijeron, y acudimos todos a la playa. Sobre la arena se vio, seguro y letal, un escorpión de oro. Al principio sugería el aderezo, la joya de una mujer terrible; sin embargo, a su paso, un grito se extendía por la playa. De pronto, el mar se encrespó, las gaviotas ladraron en un cielo de grises, en tanto el arácnido seguía su camino obsesivo. Al fin llegó a la meta, la belleza tranquila de un bañista muy joven. Después, vino la noche, el silencio y las lágrimas.

 

 

 

 

EL JOVEN FILÓSOFO

xxTambién conocí al joven filósofo. Su proceder era raro, mas no falto de lógica: iba dando gritos a la vez que corría. Qué hace, le pregunté a uno que pasaba por allí, y que se ufanaba de ser amigo de su padre, de haberle prestado algunas cantidades y librado un pagaré sin fondos. Muy sencillo —me irespondió iel ihombre—, icorre iy ia ila ivez ipersigue ial igrito. iSi ilo ipiensas bien —añadió—, verás que sólo pretende recuperar lo suyo.

 

 

 

 

LA MUJER DE SANGRE

xxMe fue dado conocer un secreto histórico. En el camerino de un circo de provincias vi a una mujer. Su cuerpo era como las ruinas de una edificación perfecta, y en los labios, la crueldad parecía una pronunciación de sangre. Es Salomé —me advirtieron—, la auténtica Salomé, la inspiradora de la danza, el sueño de Wilde, la luminosidad de Gustave Moreau. Pero, vea, vea. Entonces descubrí en un rincón de aquella covacha un objeto cubierto. Notando la mujer mi presencia, dijo: Si me da una moneda, le muestro la pesadilla de los escritores, la cabeza parlante, la que insulta en hebreo, la boca atronadora de un loco encantador.

 

 

 

 

EL RESUCITADOR

xxSeñalándome a un hombre de gran dignidad, me dijeron: Ése es el resucitador; y como yo preguntara detalles, me explicaron que sólo podía resucitar a aquellos cuya muerte representara para la patria y la cosa pública una pérdida irreparable.
xxTodos confiaban en este hombre, y al punto creían en su capacidad prodigiosa para devolver a los muertos de su eterno reposo. Mas cuando inquirí sobre el número de sus milagros, ésta fue la respuesta: Nunca ha resucitado a nadie, porque nadie nos ha parecido imprescindible. Sin embargo, el hombre actuaba como si hubiera devuelto de las sombras a toda una nación.

 

 

 

 

EL INMÓVIL

xxAmó con pasión desmedida a una estatua. Fue un juego de caricias y deseos. Para hacerse igual a ella, permanecía silencioso y quieto, esperando de este modo entenderse mejor con aquella figura apasionante. Si al menos —pensaba— las palomas retuvieran el vuelo sobre mi cabeza, o la yedra se enredara a mis pies, o un loco estudiante dibujara grafitos demagógicos en mi espalda, o un niño brutal me destrozase de un pelotazo la nariz, sabría que estoy en el buen camino de ser estatua, de ser correspondido.

 

 

 

 

DE LOS MODOS COMPARATIVOS

xxComo la luz andando de puntillas sobre el prisma,
como la lluvia que busca refugiarse en lo oscuro
y elige la boca del cañón,
las chimeneas,
el negro ombligo de las fábricas.
xxComo la lágrima que no quiere ser lluvia,
sólo lágrima.
xxComo si mayo gustara en repetirse
y ser dos veces mayo.
xxComo la luna perpleja ante un espejo,
como una nube rezagada de otras nubes,
como el gesto de un sordomudo enamorado,
como un gorrión temblando en el alero,
como el frío que busca abrigarse en la lana,
como una hoja muerta de infarto en junio,
como un ciprés diagonal y rebelde,
como cuando faltan las comparaciones,
y no hay comparaciones,
y no hay comparaciones.

 

 

 

 

EL LEVITADOR

(Juan Carlos Mestre representa en este poema
xxxal Levitador, hasta confundirse con él)

xxOh, tú que has dormido frente a la luna y ilas iestre-
llas hasta palidecer tu palidez. Tú que sabes el nombre
mágico de los tigres florales que devoran el corazón de
Rousseau el Aduanero.

xxTú, cuya alegría es guardada por un arcángel de alas
de colibrí y ojos de topacio.

xxTú, ique lañaste con plata la herida parietal de Apo-
llinaire, mientras las metáforas, ríos como rabos de la-
gartijas, se hacían pavesas en el Caribe.

xxTú, ique icambiaste ilos cromos más difíciles de los
Santos Inocentes con Henri Michaux.

xxTú, que luchas contra el bostezo para rescatar el en-
canto perdido de las Once Mil Vírgenes.

xxTú, que has caminado sobre un mar de mercurio en
busca de la nidada secreta de los peces mariposa.

xxTú, que te has batido contra el narval.

xxTú, ique ieres ilevitador iy sabes cuántas bombillas
componen una estrella.

xxTú, que donaste el brillo de la mirada a un celacan-
to ciego para hacer posible el corazón del mar.

xxTú, ique conoces la salida del laberinto en el que el
arco iris esconde su poder en los días serenos.

xxTú, que intuyes que ningún meteorito es tan rápido
y urgente como la Harley Davidson conducida por un
muchacho insomne.

xxTú, que salvaste al ángel de ahogarse en el espejo.

xxTú, ique has galopado azules ien iel sueño de un ca-
ballo.

xxTú, ique iconoces iel orden en que mueren las hojas
de arce en otoño.

xxTú, icuyo icanto enloquece a las sirenas hasta hacer-
las olvidarse de Ulises.

xxDime, ilevitador ide itodas ilas imañanas, levantador
de inubes, i¿dónde iel secreto del alba y de la rosa; por
qué la geometría del vuelo, y el peso del silencio?

xxDime, i¿en iqué ilugar se esconde la fiebre en el mer-
curio?

xx¿En iqué ipunto ilos labios se desprenden del beso, y
la mano olvida la caricia?

xx¿Es esto que vivimos el día, o ha empezado la noche?

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. El ladrón de atardeceres. Barcelona; Ed. Plaza & Janés, 1998.

 

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