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SOBRE LAS PALABRAS, LA LLUVIA Y LAS MAQUINACIONES

 

Frente a la Ley casposa y decadente de la Gravedad, la Ley ascendente de la Poesía.

 

 

 

 

El invento de la palabra pez supuso grandes dificultades. La palabra escama (surgió de inmediato) hizo aún más difícil la captura de aquélla. Alguien, tiempo después, dijo: Mereció la pena tanto esfuerzo. Sin embargo, una muchacha se sonrojó ante las imágenes sugeridas por aquella palabra.

 

 

 

 

Presume Giuliano Ferroni que cuando el primer hombre concibe la palabra, lo hace desde la incomunicación. Sin embargo, llega a pronunciarla, y este hombre es ahora diferente, y es apartado por diferente. Su situación es aún peor que la del sordomudo en una primitiva sociedad de palabras.

 

 

 

 

Al llegar a la casa vi un tigre caminar despacio y luminoso por el salón entre los cristales de Bohemia y las cajas de porcelana Ming: No es un tigre —se apresuró a decirme el mayordomo— ¡No lo mire, es sólo una metáfora, y los ojos de las metáforas contagian falsas emociones poéticas!

 

 

 

 

Nunca escribas estas palabras en una misma línea: tigre y paloma, pues es fácil que la primera devore a la segunda.

 

 

 

 

Él era muy guapo, y ella era muy rica. Él se comió el capital de ella; y ella, la belleza de él, y con este ejemplo, el profesor Evans dio por terminada la conferencia sobre Justicia distributiva.

 

 

 

 

Todas las mañanas le regalaba un ramo de palabras frescas.

 

 

 

 

Era de noche y me encontré al poeta: Estaba tiritando de inédito.

 

 

 

 

Justificativo, me explicaba el moralista perverso: Los terremotos aman a los pobres.

 

 

 

 

Corría un muchacho perseguido por la lluvia.

 

 

 

 

Soy un caballero porque no tengo caballo; si lo tuviera, evidentemente sería el caballo.

 

 

 

 

Comprobé, con gran sorpresa mía, cómo cada vez que pulsaba el interruptor de la luz, el cielo se encendía y apagaba a mi antojo.

 

 

 

 

No puedo ofrecerle carne más fresca que ésta, me dijo el camarero abriéndose la camisa.

 

 

 

 

Supe que era el asesino del mar, porque tenía las manos teñidas de azul.

 

 

 

 

Vivía entre espejos y se sentía acorralada por la luna.

 

 

 

 

En la gran cena sirvieron un solo plato: Chivo expiatorio.

 

 

 

 

El niño prodigio sembraba voces y recogía palabras.

 

 

 

 

Era un bosque de infinitos árboles, y cada árbol tenía un columpio, y en cada columpio un niño muerto esperaba la resurrección de la carne.

 

 

 

 

Me preguntó el muchacho con los ojos llenos de atardecer: ¿Cuando yo muera se parará el mar?

Y preferí no desilusionarlo.

 

 

 

 

Aún consciente de lo odioso de aquel suceso, reunió el hombre a sus hijos: Es necesario —les explicaba— para que todo suceda debidamente, inventar la palabra amor. Y como no le entendieran, avergonzado, Adán les indujo al incesto. De esta locura, las consecuencias fueron: las guerras fraticidas, la veleidad de las esposas, hermanas coronadas como reinas de Egipto; el aburrimiento y la señal de ellos por haber dado, celoso, muerte a su hermano y rival. En los años finales, Adán, ya moribundo, consolaba a Eva: La cosa —murmuraba— no pudo ser de otro modo. Y se estremecía recordando el cuerpo núbil de una hija muy querida.

 

 

 

 

La bella señora surgió repentina, caminando junto a mí con paso intranquilo. Había en sus ojos una mirada nerviosa y desconfiada, como si temiera el poder de una sombra maligna y asesina. Inesperadamente, abriendo su hermoso abrigo de astracán y su blusa de encajes y abalorios, me dijo: ¡Tome, tome!, y, mientras descorría una extraña cremallera de carne rosácea que en su pecho de pétalos ocultaba un corazón diminuto, sacudiéndolo, me lo entregó: Es para usted —decía—, así, si me apuñalan, no moriré del todo y de alguna manera seré suya.
Un tráfago húmedo, una masa apresurada de individuos nos separó de un golpe, y desde entonces ando con un hermoso corazón ajeno en mi bolsillo, que no sé ni cómo ni cuándo habré de devolver.

 

 

 

 

Ven, ven, oí una voz pastosa y sensual llamándome desde el cuarto de baño. Ya allí, entre la caprichosa decoración de la higiene, mirando un espejo oblicuo al inodoro, vi cómo la boca de aquel aparato innoble derramaba gran cantidad de espuma (¡la fontanería!, pensé preocupado), y al poco, ante mí, desnuda y provocadora estaba una Venus perfecta: No es obligatorio nacer de una ola, dijo como quien inicia el tiempo de las complicidades; y añadió de inmediato: Cierra la puerta, el viaje ha sido muy incómodo.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

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