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LOS OFICIOS DEL SUEÑO

Escribe Luis Antonio de Villena en el prólogo de ‘Los oficios del sueño’, libro dedicado a Juan Carlos Mestre: Rafael Pérez Estrada es un clasicista que abarroca; y un barroco que por amor a la rareza, a la magia, a la filigrana, al juego de espejos y lagrimatorios, se vuelve columna y autosemeja transparente. Los libros de Rafael (especialmente los fragmentados, los aforísticos) son cataratas de ingenio, marionetas sicilianas, cosas para el placer del extravagante Príncipe de Palagonia. ¿Cómo clasificarlo? Los expertos le deben un tratado, que sepa —como él— saltarse o amalgamar los géneros literarios.

 

 

Y aquí tienen algunos textos del libro.

 

Nunca pudo peinarse. Su cabellera, pelirroja, ardía como la ilusión recién creada de un pozo de petróleo. Su pelo era una zarza de rojísimo fuego, y ella estaba feliz porque algunos muchachos la trataban respetuosamente, tal si fuera la luz que arde a la memoria de los héroes. Sin embargo, los más osados, que eran también los más hermosos, no dudaban en encender sus rubios cigarrillos en aquella incosolable llama.

 

 

 

 

Tigre del vértigo, llama Tadeo Orsini a un felino que vive en las torres más altas, en las más arrogantes y peligrosas. Su piel transparente sólo puede compararse a la fragilidad de algunos cristales venecianos. Animal de vocación angélica, se le atribuye la facultad del vuelo, que practica tímido cuando nadie lo observa. Solitario, su sueño de compañía tan sólo al ángel le pertenece.

 

 

 

 

En el parque, frente a la despeinada cadencia de un ciprés otoñal, en el rincón donde los gatos tienen sueños de tigres, he visto al ciego mágico: Un inconformista que, con su máquina de fotos, intenta retener las imágenes que nunca conocerá. Lo observo, y lo descubro disparando incesantemente una Kodak. Dispara al norte, al sur, a la rosa de los vientos dispara. Luego, sabiéndose observado, comenta: ¡No veo, no veo, pero todo está aquí!, y al decirlo golpea la cámara con el mismo afecto con que el triunfador olímpico palmea su caballo.

 

 

 

 

Juegan el mago Bai Wangy el Emperador Niño con un espejo de extraño esplendor. Mirándose en él, el monarca descubre su pasado como un inagotable proceso de metamorfosis, como un vivo y emocionante poema. Así, con este entreteimiento, el Emperador nuevamente puede sentirse pájaro, mariposa, libélula, dragón del aire, lluvia, llama, viento, y al fin palabra inexplicable.
xxAl mago Bai Wang se le debe no sólo la deificación del poder, sino la desmemoria de los poderosos.

 

 

 

 

El físico, amante del sentido metafísico de la existencia, y además un iluminado, me explicó confidente: Hay dos clases de gravedad: Una, la de la piedra al caer víctima de su destino corpóreo; otra, la del ave, que al advertir la pesadez del cuerpo renueva el vuelo. Y concluye: Sólo muere la piedra.

 

 

 

 

Morir —me dijo el niño— es permanecer ante un mismo paisaje indiferente.
Fue entonces cuando descubrí a los ángeles ciegos, moledores de luces y brillos, amasando nostalgias y tristezas.

(Inesperado pasó un viejo tranvía. Personas que no había vuelto a ver desde mi infancia lo ocupaban).

Después entró la niña, diminuta y preciosa, con su unicornio de cartón. En la mano llevaba un cazamariposas manchado de sangre. Y lo supe: El barco iba a zarpar.

 

 

 

 

Una exquisita metáfora, cargada de advertencias, trata de explicar cómo la luz del prisma ha de resplandecer para otros y nunca descomponer su fuerza cromática en lo dentro.
El ángel es un prisma, parece decirnos con espíritu plagiario el altivo Cardenal Ernesto Manuel da Silva y Álvares Contreras. Mas en el silencio de esta casa, cuya decoración recuerda la de los abandonados palacetes de amor de Nueva Orleans, se practica la ceremonia de los abrazos prohibidos. Es el lugar de encuentro de cuantos ángeles han olvidado la guarda que tienen confiada y sienten inclinación por otro ángel.
Éstos que ahora descubro se unen en una alcoba de tibias claridades. Sus adjetivos están hechos de oro y apenas tienen dificultad en memorizar cuantas palabras la imaginación compone en infinitas lenguas para llamar las cosas. Sin embargo, nada hallan en su compañero que no estuviera ya en el prisma contenido: inexplicablemente se repiten, se cansan.
En los espejos venecianos, en sus claras orillas, las alas son nubes de incienso y algodón. Decae la tarde, lo original se agota, el desengaño inactiva lo erótico. Es la imperfección del hombre lo que realmente aman,

 

 

 

 

La mañana del 12 de noviembre de 1975 recibí un sobre con el aspecto sospechoso de contener un anónimo. Lo abrí con esa resignación que la curiosidad mezcla a lo desagradable: me había equivocado. En su interior, brillante, como una piedra tallada por el mismísimo Spinoza, una metáfora me aguardaba inocente. Tienen las metáforas la belleza —cuando son auténticas— de ciertas plantas carnívoras, y pueden, de inmediato, cautivar a quienes las reciben. Aquella era de una ley muy pura, y resplandecía como un amanecer en el Mediterráneo. Desde entonces la llevo prendida en el llavero, y la gente la confunde con un amuleto de la suerte.

 

 

 

 

Se alzó tanto el lenguaje entre nosotros que tuve que besarla.

 

 

 

 

Era el asocial, y tras grandes esfuerzos había inventado el lenguaje de la incomunicación. Y tuvo éxito.

 

 

 

 

Hizo de la poesía una mística y una pasión. Se sentía tan uno en la palabra que, como un mártir secreto de la sangre, estaba dispuesto a defender con la vida la pulcritud de sus endecasílabos. A él se debe la idea de una Cruzada Poética, una lucha santa contra la prosa. Un despropósito similar a la cruzada de los niños.

 

 

 

 

A qué escribir para la inmortalidad —me dijo el poeta contable, que era sumamente práctico— si la mortalidad está más cerca.

 

 

 

 

En una tarde socialmente intensa, entre pétalos de rouge y vahos de martinis, el poeta, que es también un prestidigitador, sorprende al auditorio sacando del sombrero de copa tres letras: A. V. E. ¡Vuela! —dice el mago—, y al instante a las letras —ya aves— les nacen alas.

 

 

 

 

Dijo el forense ante la desnudez desamparada del narrador muerto: Se asfixió con una palabra sin sentido.

 

 

 

 

Nunca verás un amanecer tan hermoso como ella.

 

 

 

 

El escritor que deja en el éter sus pensamientos, quizá cometa el pecado de Onán.

 

 

 

 

Conocí en el Círculo de Bellas Artes a una mujer: Era la mensajera del soneto, y nada más verme, como si estuviera a punto de asaltar la Bastilla, me gritó terrible: ¡Abajo la libertad poética!

 

 

 

 

Pienso, luego existo;
y me respondió el objetual:
Los objetos existen,
luego piensan.
Y para redundar en lo dicho
empujé al suelo el jarrón utilizado
de pretexto hasta entonces:
Y sufren —añadí—
en silencio.

 

 

 

 

Haiku:
Ginebra Larios
y una luna de agosto
en el martini.

 

 

 

 

Quiero una rosa ácida —me dijo—. No importa el color. Sólo necesito que sea ácida. Una rosa con sabor a pomelo y olor a ropa limpia. Entonces supe que los inviernos con ella serían interesantes, y que la vejez llegaría llena de vértigos. Y me sentí feliz.

 

 

 

 

Lo bueno, si breve, catastrófico o telegráfico.

 

 

 

 

Dice el moralista acérrimo: Pensar es vicio solitario.

 

 

 

 

Y dijo el tatuador: la letra con sangre entra.

 

 

 

Pérez Estrada, Rafael. Los oficios del sueño. Madrid; Ed. Libertarias, 1992.

 

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