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BLUES DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

Hace una semana subía los poemas centrales de ‘Guardia nativa’, o quizá debería decir el poema central del libro —la serie de diez sonetos en corona, llamados así porque los sonetos se encadenan por medio de anadiplosis, esto es, el último verso del primer soneto se reproduce en el primer verso del segundo soneto, y así sucesivamente; y que Trethewey extiende a diez sonetos, aunque esta secuencia se componga de siete, para así igualar su número al de las elegías que integran la primera parte de la colección—, el que muestra más a las claras la preocupación de Trethewey por la amnesia histórica, el borrado intencionado o por omisión. Son esos huecos, esas grietas por las que escapan los combates, las pasiones y los anhelos por donde se precisa un ejercicio de rastreo. Habrá, pues, que escarbar en los mitos locales, en las leyendas, en las historias que han pasado a formar parte de la colectividad, así como en el propio legado personal para, de ese modo, abordar los temas del hogar y del exilio, del recuerdo y el olvido, de lo escrito y lo borrado. Es ésa, y no otra, la tarea que Guardia Nativa se ha impuesto.
Así lo leemos en el prólogo, en el que Luis Ingelmo continúa escribiendo: Entiende Michel Focault que la genealogía es «redescubrimiento meticuloso de las luchas y memoria bruta de los enfrentamientos», una amalgama del saber erudito y del saber popular. El momento en que la tiranía de los discursos monolíticos deja paso a los textos marginales, a las investigaciones parciales, es la oportunidad que se abre para la búsqueda de lo presente a través de los hechos extraviados en los relatos acallados. Trethewey (…) lo que persigue es revolverse contra el discurso histórico hegemónico, contra los efectos que éste conlleva sobre las poblaciones y las generaciones venideras, contra el poder que queda centralizado en manos de instituciones pedagógicas, universitarias o científicas, y contra el uso que se le da para silenciar a los que claman por recuperar su ubicación en el complejo entramado de la red histórica. (…) Así pues, liberación del saber histórico parcial, fragmentario, para enfrentarse al discurso dominante, unitario, teórico y sancionado como válido.

 

Y aquí tienen algunos poemas de la primera sección del libro:

 

 

TEORÍAS DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

Puedes llegar allí desde aquí, aunque
no sea como ir a casa.

Cualquier sitio al que vayas será un lugar
que no hayas visitado. Haz esto:

coge la Misisipi 49 hacia el sur, kilómetro
a kilómetro las señales irán marcando

un minuto más de tu vida. Síguela
hasta su conclusión natural: callejón sin salida

en la costa, el muelle de Gulfport donde
jarcias de pesqueros son puntos de sutura sueltos

contra un cielo que amenaza lluvia. Cruza
la playa artificial, 40 kilómetros de arena

volcada en el manglar, el terreno
sepultado del pasado. Lleva contigo

lo imprescindible: un tomo de recuerdos
con páginas en blanco al azar. En el muelle

en que embarques hacia Ship Island
alguien te sacará una foto:

la fotografía —quien eras—
te estará esperando a tu vuelta.

 

 

 

 

GENUS NARCISSUS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxBellos narcisos, amargura sentimos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxal veros con tanta premura partir.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxRobert Herrick

El camino que de escuela a casa conducía
poblado de árboles y sombras, vera de arroyo,
brillaba con gualdos narcisos, tempranas las

flores en los últimos días del gris invierno.
Supongo que sabía de su crecer silvestre,
no viendo daño alguno en cogerlos. Eso hice,

corté tantos como de sí me dieron las manos
para, en un tarro, ofrecérselos luego a mi madre.
Los puso en el alféizar de la ventana, y cerca

me senté, absorta en la luz curvada en el cristal,
ya el día dando paso a la noche, orgullosa
por haberle regalado a mi madre un detalle.

Vanidad infantil. Debo haberme visto en ellas
de algún modo reflejada: en los finos tallos,
cada corola una cabeza erguida a la espera

de elogios, o gacha para ver su propia imagen.
De camino a casa hace años nada sabía
de Narciso ni del crecer fugaz de esas flores,

cómo, marchitas cual las de las tumbas, susurran
sopladas por el viento, un traicionero silbar
desde el alféizar. Enamórate de ti misma,

me decían a mí; muere joven, a mi madre.

 

 

 

 

BLUES DEL CAMPOSANTO

El día entero llovió cuando allí la enterramos;
de la iglesia a la tumba donde al fin la dejamos.
Los pies absorbidos por barro hueco escuchamos.

Nos llamó el pastor a todos y alcé yo la mano;
quiso presente a un testigo y levanté la mano:
La muerte atasca el cuerpo, el alma es un artesano.

Salió el sol cuando me volvía para alejarme,
con su luz me cubrió dispuesta para alejarme:
di la espalda a mi madre, no podía quedarme.

Llenito de baches estaba el camino a casa,
era todo baches aquel camino a mi casa;
aunque bajemos el ritmo, el tiempo sí pasa.

xxxxxxxEntre muertos y sus nombres deambulo ahora;
xxxxxxxel de mi madre para mí almohada marmórea.

 

 

 

 

LO QUE ES UNA PRUEBA

No los cardenales fugaces que cubría
con maquillaje, oscura mancha cual huella
de telescopio al que con fuerza se pegara
queriendo ver una salida, ni su voz
estremecida que calmaba inclinándose
sobre una olla con huesos al fuego. Ni
aquellos dientes que por los suyos llevaba,
ni aquel documento oficial —emborronados
el sello y su firma— ya amarillo, ajados
los bordes. Ni el rotulador menudo, marca
de fechas y nombre, abstracto como la historia.
Tan sólo el territorio del cuerpo —clavícula
astillada, temporal perforado— huesos
que cada día, como todo, se sedimentan.

 

 

 

 

TRAS TU MUERTE

Saqué primero tu ropa de los armarios,
a la basura tiré la fruta, macada
por el tacto de tu mano, dejé vacíos

tus tarros de conservas. Al día siguiente
oí unos pájaros en los frutales, luego,
al ir a coger un higo maduro y suelto,

lo encontré medio comido, la otra mitad
pudriéndose, o —como otro que arranqué y abrí
al medio— comido desde dentro hacia fuera:

mil insectos lo vaciaban. Llego tarde
de nuevo, otro espacio por la pérdida hueco.
El mañana, el frutero que habré de llenar.

 

 

 

 

AL ANOCHECER

Primero me parece que llama a un niño,
mi vecina, contra el marco de su puerta
al anochecer, el zumbar de farolas
por telón de fondo nocturno. Escucho
luego el retín del arrumaco que hacemos
a los animales que entienden sonidos,
no el sentido de las palabras —misina
misina— ni que a veces se queden cortos.
En otro jardín, donde no alcanza a ver
mi vecina, la gata aguza el oído,
se vuelve hacia la voz, para retornar
hacia la constelación de luciérnagas
que titilan junto a ella. Aún no sabe
si saltar por encima del seto bajo,
la cuidada hilera de flores, y brincar
sobre el porche, en el círculo permanente
de luz, o quedarse donde está: el hechizo
de lo posible —lo que la retendría
lejos de casa— que ante ella revuela.
Oigo a mi vecina, su voz que se apaga.

Desiste por ahora de sus llamadas,
la imagino dentro de casa, esperando,
acaso sentada enfrente de la tele,
o de una habitación a otra, atareada;
quedo pensando que yo también podría
subir la voz, segura de que alguien la oye,
lanzarla por las líneas que suturan
aquí y allá, sabiendo que mis sonidos
bastan para hacer que alguien venga a casa.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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