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‘GUARDIA NATIVA’, DE NATASHA TRETHEWEY

 

GUARDIA NATIVA

xxxxxxxxxxxSi esta guerra fuera a olvidarse, en el nombre de lo más sagrado
xxxxxxxxxxxme pregunto, ¿qué habrán de recordar los hombres?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrederick Douglas

Noviembre de 1862

La verdad sea dicha, no quiero olvidar nada
de mi vida anterior: del paisaje el canto esclavo,
endecha en la garganta del río, allí se agita
al desembocar en el Golfo, el viento en los árboles
ahogados por parras. Pensé en llevar conmigo
el deseo de libertad aun siendo ya libre,
no es un recuerdo permanente la memoria.
Sí: esclavo nací, en temporada de cosecha,
en la Parroquia de la Ascensión, los treinta y tres
he cumplido con la historia de alguien que más joven
fue y llevo grabado en la espalda. Uso ahora tinta
para apuntar, un libro cerrado, no el señuelo
del recuerdo —falaz, mudable— que hace ver suave
el látigo al amo y para el esclavo agudiza.

 

 

Diciembre de 1862

Tener un amo al esclavo agudiza el doblarse
para el trabajo, tal como para la instrucción
—de tropas revista— el sargento instruye y dirige
al batallón. Mas unidad de apoyo nos llaman
—no infantería— y por eso cavamos trincheras,
para el ejército cargamos bultos, pesados
como los de antaño. Oí al coronel llamarlo
trabajo de negros. Las medias raciones lo hacen
todo familiar. De las casas abandonadas
de los confederados lo urgente nos llevamos:
sal, azúcar, aun este diario, con las palabras
de otro casi repleto, solapadas ahora,
bajo las que yo he sombreado. En cada página
se entrecruza su relato con el mío propio.

 

 

Enero de 1863

Ah, y cómo se entrecruza la historia, mi propia
litera en un barco conocido como Estrella
del Norte, y me abro entonces a una vida nueva,
el Fuerte Massachusetts, una gran ironía:
tanto senda como destino de libertad
que no había osado recorrer. Ahora, aquí,
hasta los tobillos metido en la arena, por
insectos picado, asfixiado de calor, puedo
aun ver el Golfo y contemplar las olas que rompen,
sacuden los barcos, mecidos los cañoneros
por las aguas. ¿Y no somos acaso lo mismo,
esclavos en manos de ese gran amo, el destino?
Cielo nocturno, rojo, el augurio de fortunas,
alba, rosa igual que carne joven: sana suelta.

 

 

Enero de 1863

Hoy, un rojo alba de peligro. Pertrechos sueltos
que apilamos al desembarcar, hasta la playa
barridos por una tormenta que en un instante
—desprevenidos— se levantó. Al trabajar, luego,
me uní al grave canto que alguien había empezado
para marcar el ritmo y en la faena un lazo
oculto sentí. Entonces un hombre la camisa
se quitó, expuestas sus cicatrices, sombras como
los renglones cruzados de este diario en su espalda.
Fue él quien apuntó que al romperse en la arena como
látigo suenan las cuerdas, nos hizo estudiar
la furiosa danza al viento de una tienda floja.
Observamos y aprendimos. Cual sagaces amos
sabemos hoy atar lo que retener queremos.

 

 

Febrero de 1863

Sabemos que es nuestro deber tener retenidos
a hombres blancos, soldados rebeldes, aspirantes
a amos. Estamos todos aquí encadenados,
unos a otros. La libertad ha sido para ellos
su cautiverio. Nosotros, por voluntad propia
alistados, carceleros de quienes esclavos
aún nos tendrían. Son cautos, nuestra presencia
les aterra. Algunos ni leer ni escribir saben,
muy bajo han caído y otras palabras no tienen
para enviar sino las que les doy. Mas de un negro
que escribe recelan, del que sus cartas transcribe.
Una X les liga al papel, un símbolo mudo
cual sobre una tumba la cruz. Sospecho que temen
que les escucho pero en tinta otra cosa escribo.

 

 

Marzo de 1863

Escucho, con tinta escribo lo que bien sé que
se afanan por decir con sus silencios, mayores
que las palabras: aprensión por seres queridos
Amada mía: cómo te las vas apañando
qué fue de sus pequeños terrenos de cultivo
¿habéis cosechado suficiente para ahorrar?—.
Anhelan la comodidad de su anterior vida
hoy te veo allí, diciéndome adiós con la mano—.
Algunos envían fotos, un retrato en caso
de que el cuerpo no regrese. Otros dictan las
verdades de la guerra: Un aire caliente arrastra
el hedor de miembros podridos hasta los huesos.
Vuelan negras nubes de moscas. Hambre y flaqueza.
Al morir un hombre nos comemos su ración.

 

 

Abril de 1863

Al morir un hombre nos comemos su ración
tratando de no recordar sus cuencas vacías,
mejillas cosidas de gusanos. Enterramos
hoy al último de los muertos de Pascagoula,
y a los que murieron en retirada hacia el barco:
los marineros blancos de azul nos dispararon
como si fuéramos el enemigo. Creí
la batalla concluida, mas a un hombre caer
vi a mi lado, de hinojos como rezando, luego
otro, brazos extendidos tal que si estuviera
en la cruz. El humo que ascendía de los rifles,
como almas dejando este mundo. El coronel
dijo: un desafortunado incidente; sus nombres,
dijo, adornarán esta página de la historia.

 

 

Junio de 1863

Esta página de la historia adornarán como
grabados en piedra algunos nombres. Otros no.
Llegó ayer el rumor de tropas de color muertas
tras la batalla en Port Hudson; que decir se oyó
al general Banks Entre esos muertos no hay ninguno
mío y allí, sin reclamar, los dejó. Anoche
soñé con sus ojos aún abiertos, nublados
como los de peces arrastrados a la orilla,
mas su mirada fija en mí. Siguen viniendo otros
deseosos de alistarse. Macilentos, llegan
demacrados, traen noticias de tierra firme.
Famélicos, sufren como nuestros prisioneros.
Moribundos, suplican lo que dar no podemos.
La muerte a todos nos iguala: es un justo amo.

 

 

Agosto de 1864

Dumas un justo amo fue para todos nosotros.
A leer y escribir me enseñó: criado de mi amo
era, mas digno. Mi trabajo me permitía
estudiar lo silvestre: toda clase de plantas,
aves que hoy en mi cuaderno dibujo, chochín,
zarapito, garceta, colimbo. Al atender
los jardines sólo quise estudiar seres vivos,
nunca pensé que de los muertos sabría tanto.
Hoy cuido en Ship Island de tumbas, cual dunas túmulos
que mudan y desaparecen. Registro nombres,
envío a las familias breves notas, el cómo
y cuándo tan sólo: mi deber cumplo. Me han dicho
que es mejor prescindir de los detalles, mas sé
que cosas hay de las que cuenta se debe dar.

 

 

1865

Son éstas cosas de las que se debe dar cuenta:
matanza aun con bandera blanca de rendición
—masacre negra en el Fuerte Pillow—; nuestro nuevo
nombre, Cuerpo d’Afrique —palabras que el estatuto
de nativos nos roba—; viejales y libertos
—exiliados en su patria—; enfermos, lisiados,
miembros perdidos, lo que queda —dolor fantasma,
recuerdos que persiguen una manga vacía—;
aquellos que en Gettysburg devoraron los cerdos,
en tumbas sin nombre; cartas muertas, sin respuesta;
historias sin contar de hombres que enmudecerá
el tiempo. Bajo los campos de batalla, hoy verdes,
se agusanan los muertos, andamiaje de hueso
pisado y olvidado. La verdad sea dicha.

 

 

 

 

ELEGÍA POR LOS GUARDIAS NATIVOS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAhora que la sal de su sangre
xxxxxxxxespesa el leteo aun más salado del mar…
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAllen Tate

Mediodía y dejamos Gulfport; gaviotas siguen
la estela del barco —serpentinas y charanga—
hasta arriba a Ship Island. Allí se distingue
primero el fuerte, un refugio, de hierba el tejado
—mínimo recuerdo de soldados que sirvieron—,
de muertos selectos cenotafio erosionado.

Aun con tantas prisas que por bajar a la playa
tenemos, al guarda forestal dentro seguimos.
Menciona tumbas bajo el Golfo, que azotada
por el huracán Camille en dos se partió la isla,
nos muestra casamatas, cañones, tienda de
recuerdos, señas de una historia largo sepelida.

Han colgado aquí una placa, a la entrada del fuerte,
las Hijas de la Confederación con los nombres
de cada soldado confederado en relieve
de bronce. No hay nombres para los Guardias Nativos:
Segundo Regimiento, la Unión, falange negra.
¿Qué monumento su legado mantiene vivo?

Cartelas de tumbas, lápidas toscas, ya todas
anegadas. Los peces entre los huesos nadan
mientras oímos el recitado de las olas.
Queda sólo el fuerte, más de cuarenta pies de alto,
circular, truncado, expuesto al cielo: viento y lluvia
—los elementos— de Dios el ojo empecinado.

 

 

 

Trethewey, Natasha. Guardia nativa (Trad. Luis Ingelmo). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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