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‘LA BESTIA ROSA’, DE FRANCISCO UMBRAL -extractos-

 

(Aún no enero, aún no jueves, aún no día uno.) (Pero ya no treinta y uno, ya no miércoles, ya no etcétera.)

xxLo de mi picha viene de cuando la década de las nieves, que viajaba yo todas las noches al Purgatorio (cuadro religioso sobre mi cama infantil), excepto los miércoles, que era cuando la Virgen del Carmen descendía en un gran escapulario hasta aquella playa de llamas para sacar un alma y llevársela al cielo, como cuando la Virgen local, por Semana Santa, viajaba hasta la Cárcel Vieja para sacar a un preso, siempre un robagallinas, nunca un preso político.
xxEn aquella playa de llamas había hombres y mujeres desnudos, sobre todo una señorita que se parecía mucho a una amiga de mi madre, María Eugenia, dulce, treintañona, bellísima, llorosa, soltera y suave. A veces, mirando y rezando al cuadro, para no ser el día de mañana un ánima del Purgatorio, venía el apagón de la luz (por la década de las nieves hubo muchos apagones) y era cuando yo, sin saberlo, pasaba al otro lado del cuadro, a su interior, o la señorita ánima, María Eugenia (que naturalmente no debía llamarse así), descendía a mi cuarto, desnuda, se sentaba a mi lado, y a veces me gustaba mucho y a veces me daba miedo, porque me parecía que ella era el ángel de las masturbaciones.
xxO quizá el ángel de las masturbaciones era yo, y ella había venido, medio purificada ya por el fuego entornado del Purgatorio, a redimirse. Me enseñó los mejores orgasmos, masturbaciones, fornicaciones, sesenta y nueves y otras artes, hasta que al siguiente apagón desaparecía y me encontraba yo solo, ensalivado de culpa, en la humedad de mi cuarto infantil. Un día, sentada a mi lado en la cama, desnudos los dos, como siempre, me lo dijo:
xx—Pero si tienes una picha tardobarroca.
xx(Estaba jugueteando con mi pilila, ya retraída, y no me limpiaba el esmegma, como Teresita, porque había aprendido a limpiármelo yo.)
xx—¿Eso es una enfermedad?
xx—Es un estilo artístico, una cosa antigua.
xx—Ninguna mujer va a quererme nunca.
xx—Yo te quiero.
xx—Tú no eres una mujer. Tú eres un ánima.
xx—No creo que las ánimas que encuentres de mayor sean más mujeres que yo. Pero si es una picha preciosa.
xx—Has dicho que es tardonosequé.
xx—Artística, ya lo sabes. Una picha artística, como de ángel de retablo.
xx—¿Como el San Miguel de la parroquia de San Miguel?
xx—Nunca he estado allí. Yo soy un ánima del Purgatorio y no me dejan entrar en las iglesias. Pero cuando eso te crezca, va a valer mucho dinero.
xxExtendió el falo y los testículos sobre la palma de su mano cremosa y vimos que, efectivamente, aquello no tenía el aspecto pálido que era habitual en otros niños, sino una riqueza de forma y color, de oro, incienso y mirra que se iba acreciendo con la involuntaria, o no tan involuntaria, caricia del ánima.
xxVino el apagón, quedé a solas y me dormí, pero todos los días siguientes anduve mirándome desnudo por los espejos y armarios de la casa, y efectivamente aquello se parecía mucho al trabajo barroco o lo que fuese de un artista de iglesia, al Adán de Berruguete, de la sillería del coro de San Benito o del Museo Nacional de Escultura. Empecé a sentirme orgulloso de mi miembro y lo miraba crecer. El ánima venía de vez en cuando a violarme, aprovechando los apagones o las treguas de luz, y, con este pervertir a un menor, su temporada en el Purgatorio se iba prolongando para mi placer y su requema.
xxLa señorita ánima ha reaparecido luego en mi vida, alternativamente, como el ángel de las masturbaciones, el ángel custodio o la niña/eterno retorno: Teresita/María José/Rimbaud. A veces me parecía que el ánima del Purgatorio no era sino el ángel de las masturbaciones, pero luego examiné despacio este sentimiento y comprendí que, más bien, la presencia del ánima del Purgatorio despertaba en mí al ángel de las masturbaciones: yo tenía miedo de ser él, de que él no fuese alguien ajeno a mí.
xxAsí como el ánima del Purgatorio, con cara y pechos treintañeros de María Eugenia, suscitaba en mí al ángel de las masturbaciones, el canadiense ángel de las pestañas postizas, por el contrario, exorcizaba al ángel de las masturbaciones, pero la presencia de ambas, el ángel canadiense y el ánima, nunca se ha producido simultáneamente en mi vida, lo que me hace sospechar que son entes contradictorios entre sí, incompatibles en mí, o quizá una sea el ángel de mi infancia y la otra el ángel de mi madurez: el ángel de las premoniciones y el ángel de las postrimerías.
xxPero me pregunto dónde está, entre ellas dos, mi ángel de la guarda, del que no dudo que sea femenino y joven, quizá doncella. (Porque nuestro ideal erótico es beneficiarnos a nuestro ángel de la guarda.) Quizá buscando por la línea de la niña/eterno retorno: Teresita limpiaba el esmegma de mi pene barroco, cuando aún ni siquiera parecía un pene ni conocíamos la palabra, en la década de las nieves. María José lo llevaba en su cartera de universitaria, entre el tabaco negro y los dados de póquer. Para mí han sido siempre la misma niña burguesita, rebelde y caprichosa, enviciada con mi objeto sexual, con mis atributos tardobarrocos, pre/Churriguera, mis hermosos órganos sexuales de oro, incienso y mirra, valiosos como antiquité del Rastro y como mecanismo de cama.
xxLuego está Rimbaud. Rimbaud es como el eterno retorno de Teresita, mediante el trámite María José, lo que quiere decir que, cuando me beneficiaba a la primera, en la década de las nieves, estaba ensartando ya a las tres, en un trinchamiento de lo existente y lo inexistente, como la lanza del guerrero ensarta al mismo tiempo el cuerpo, el alma y el espíritu de la víctima: tres víctimas en una, y cada una de ellas de distinto estado, sólido, líquido y gaseoso. El cuerpo es sólido, el alma es líquida, el espíritu es gaseoso. También valdría decir que el cuerpo es animal, el alma es vegetal y el espíritu es mineral, pues lo cierto es que participamos de los tres reinos, de los tres estados, de las tres gracias; lo cierto, sí, es que somos triples: nos desdoblamos en dos para joder, más un tercero o tercera que mira desde el cristal del aparador.
xxDel mismo modo, casi toda persona ha aparecido tres veces en mi vida, o se ha repetido innecesariamente —y misteriosamente— en otras dos. Cuando penetro a Rimbaud, estoy penetrando a María José y a la remota Teresita, y siempre soy consciente de esta triple penetración, quizá porque sigue actuando en mí el niño que penetraba a Teresita, el adolescente que penetraba a María José. Teresita es la memoria (recuerdo remoto de la década de las nieves); María José es el entendimiento (conciencia plena de estar fornicando con un enigma triple, con una tripleta automitológica); Rimbaud es la voluntad (persistencia y recurrencia de una imagen femenina en mi vida o insistencia de mi imaginación en ir sacando a una niña de otra, juego de muñecas chinas que se superponen, no en el espacio, sino en el tiempo). Todo esto que escribo, absolutamente confuso y elementalmente sofístico, no es sino un hacer tiempo hasta que aparezca el ángel de la guarda, el mío, cuya presencia quiero forzar en este libro mezclando a mujeres, aunque él ya se me apareció hace unos años, y luego contaré su historia (pero no quisiera hacerlo hasta que él/ella, amarillo/a, volviese a encarnar en el amarillo de estos folios: si eso no llega a suceder, tendré que contar en alguna página aquel encuentro, que por otra parte fue mediocre y me ha dejado para siempre pensando si no se trataba de un error, o sea, con la esperanza de que un día encarne en una mujer maravillosa, en una muchacha como Rimbaud, que bien pudo haber sido, cuando la conocí en La Bobia, en una mañana del Rastro, mi ángel de la guarda con gafas punk: yo había visto muchos ángeles de madera y mármol, aquella mañana, en las Galerías Piquer, pero imposible que fuese ella, afortunadamente, porque el ángel no habría llevado al demonio, o sea el tiranosaurio, posado en un hombro. Por aquella señal supe que no era Rimbaud mi femenino ángel de la guarda, y debo reconocer que en el fondo experimenté alivio y ya estoy hecho a la idea de que mi ángel era aquella hortera de una tarde, como más adelante relataré, y que, liberado de comercio carnal con los ángeles —incluso con el ángel custodio canadiense, que ha debido morir—, lo único que hay ya en mi biografía son mujeres, y mujeres cada vez más jóvenes, lo que puede significar, bien freudoanalizado, una nueva inclinación al ángel.
xxTodo este rollo patatero para explicarles a ustedes cuán fácilmente se constituye una angeología. No creo que los teólogos de Nicea se tomasen mucho más en serio sus ángeles asexuados y de derchas fornicando multitudinariamente en la punta de un alfiler de velo de beata. Y para llegar, asimismo, a la conclusión de que quizá mi ángel de la guarda sea yo mismo, como soy mi ángel de las masturbaciones (o lo fui, no sé), pues ya he explicado que somos triples y, sobre todo, estoy dotado efectivamente de unos angélicos órganos reproductores de voluta barroca, estofado de oro y proporción de retablo.
xxLa mujer, tesorera natural de semejantes tesoros, se ha ido posesionando, como he dicho, de los míos, a lo largo de las diversas décadas bioespaciales en que la publicidad, el marketing y los cantautores nos dividen la autobiografía. Yo, tan singularmente dotado por la naturaleza que imita al arte, he sido siempre el hombre sin atributos, pero sin la lucidez de Robert Musil para contarlo, pues mis atributos los he tenido siempre hipotecados por alguna de las mujeres, ángeles, ninfas, meretrices, ánimas, hembras que salen en este libro y otras que no salen porque no ha llegado a dar en sus cuerpos de ausencia la luz amarilla del recuerdo.
xxGuillermina José, que era pianista y solía tocar el piano desnuda, llegó incluso a utilizar mis atributos como metrónomo, y ponía el mueble sexual encima del piano, explicando a las visitas, cuando la cogían entre misa solemne y misa solemne, que se trataba del metrónomo de Juan Sebastián Bach, un objeto histórico, antiguo, valioso, singular y, naturalmente, ya inútil.
xxComo la gente ha visto de cerca pocas pichas y ningún metrónomo, solían creérselo. Guillarmina José era alta, grande, rubia, extranjera, musical, estival, invernal y enfermiza, y tenía tanta sensibilidad para el piano que muchas veces mi miembro, vibrado por vibración de Mahler, se corría él solo, experimentaba poluciones, descargas, eyaculaciones meloeróticas que la muchacha y yo resolvíamos en la cama, generalmente gracias a la boca de ella, una boca larga y bella, triste, amarga y fresca.
xxLa marquesita, que tenía esa cosa aguileña de la gente bien, esa cosa, rapaz y heráldica al mismo tiempo, de la mejor gente de Serrano, utilizaba mis atributos para los consabidos usos, por la mañana, antes de ir a misa, en ayunas, porque tenía que comulgar, y una vez me dijo:
xx—Ya le he contado a cura que estoy en pecado de fornicación, pero las otras cosas que me has enseñado a hacer con tus partes, no se las puedo contar, porque no sé cómo se llaman, de modo que estoy en pecado mortal.
xx—Te vas a condenar por falta de vocabulario —le dije.
xxCamino Zanuzzi, de veinte años, también estaba sobrada de imaginación para decorar su buhardilla elegante con el mueblecito tardobarroco, de modo que, cuando iba a verla, unas veces me lo encontraba encima de la chimenea, junto a un reloj del Palatinado, y otras en un rincón de esculturas abstractas, sobre una hojalata rizada y armónica de Amadeo Gabino.
xxPero a veces, Camino Zanuzzi me llamaba por teléfono:
xx—¿Sabes dónde he puesto hoy tu cacharro?
xx—En el vasar de la cocina, con el apio.
xx—Hortera, lo tengo dentro de mí.
xxY vivía un orgasmo telefónico.
xxBenamor, la judía Benamor, de edad legendaria, milenaria, de juventud antiquísima y suave madurez de lámina, tenía un gran apartamento lleno de armas judías, perros de exposición, cuadros abstractos, criados desnudos con un machete en la boca (quizás eran de escayola) y copas del oro y la plata y todos los metales que se citan en los libros sagrados. Benamor, a cambio de un almuerzo de sinagoga y una conversación un poco enlaberintada sobre la muerte y los metales, a cambio de un polvo en su alta cama sembrada de margaritas y anís, se quedaba con mis atributos para masturbarse secretamente en los conciertos, en las exposiciones, en las conferencias, en las sesiones de la Academia. Era mujer siempre en trance estético, una hiperestética con fama en Madrid de sensible y sensitiva, porque lo que sólo yo sabía (más algunos homosexuales de su intimidad) es que debajo de la falda y las pieles llevaba mi picha tardobarroca, hundida en la vagina, y que en su desmayo en el lago/Brahms —«¿Le gusta a usted Brahms?», preguntaba, sin haber leído a la Sagan—, había una lujuria de agua, una lujuria de música y una lujuria de semen. Benamor, la judía, era la conciencia estética de Madrid, y todo el público, en la Ópera o en el estreno de Paco Nieva, en el concierto de Odón Alonso, en la pieza inédita de Carmelo Bernaola, miraba para ella en el patio de butacas, o desde el palco, con los anteojos, para saber cuándo había que entrar o no entrar en trance, que Lucía de Lamermoore, los adolescentes de Nieva, la violinista de Odón Alonso (con su traje de noche tazado, suntuoso de brillos y desgastes), la pianista de Carmelo (no otra que Guillermina José), tenían un orgasmo eyaculacional, una eyaculación orgásmica cuando mi falo de oro había hecho su trabajo en las entrañas estremecidas, hebreas y apasionadas de Benamor. Así era.
xxUna embajadora oriental quiso quedarse con el fetiche/chisme sólo por una noche, y a la mañana siguiente me lo devolvió por un criado negro, atado con una cinta azul mediante difíciles nudos del desierto, nudos de camellero (según me explicaba en tarjeta diplomática adjunta), pero, al poco rato de ponérmelo con aquella experiencia de herniado falso que tenía ya para sacar y meter la hernia testicular, advertí que mi hermoso miembro estofado y antiguo tenía blenorragia, tricomonas, espiroquetas, cándida albianis y otras invasiones. Con lo que me deshice rápidamente de él y se lo envié galantemente a una duquesa que no lo esperaba, pero lo agradeció doblemente, por eso, para que el chisme siguiese la rueda. En efecto, después de algunas semanas vino a mí curado, restaurado, revocado, como una picha de retablo.
xxMi cosa, sí, se había puesto de moda entre la gente bien un poco libertina, e iba de casa en casa, de boudoir en boudoir, y mi advertencia a la usuaria era siempre la misma:
xx—Se maneja muy fácil y sé que usted lo va a cuidar. Pero, por favor, no permita nunca que lo tome su marido. Los hay que se aficionan.
xxLa respuesta solía ser siempre igual:
xx—Por desgracia, está ya aficionado.
xxComo un peluquero, un retratista, una joya en venta, de alto precio, un galgo afgano, también en venta, o un jarrón de subasta, mi picha iba haciendo la rueda de las casas bien, a ver quién se lo quedaba, porque estuvo de moda tenerlo unos días en el living y mostrarlo en las cenas:
xx—Umbral no ha podido venir, pero aquí nos ha dejado por esta noche sus atributos tardobarrocos, junto a su plato vacío.
xxHabía la nueva rica hortera, amiga de la señora de Banús, que lo usaba como servilletero.
xxLa rueda elegante se interrumpió (década de la luna, década pre/Rimbaud), cuando, en una fiesta roja de vino y has, Rimbaud, en su buhardilla, después de haber discutido una vez más la desterritorialización del partido con traficantes de coches y activistas de extrema izquierda, Rimbaud, digo, me pidió que me quedase a pasar la vida con ella, en su jergón desempeñado, estrecho y perfumado de su cuerpo oscuro y marítimo. Como no podía quedarme, aunque me apetecía mucho pasar una vida al abrigo de su puerta amarilla (con su amarillo/folio), le dejé a cambio mis aperos sexuales o utillería erótica, hasta el día siguiente. Y allí se quedó, al alba, en una soledad de mataderos y lombardas, entre lo morado del frío y lo morado de la clandestinidad, masturbándose con el fetiche/cachivache de las marquesas.
xxRimbaud retuvo la cosa durante bastante tiempo, por su gusto y por el mío, y con sus fornicaciones profundas, trágicas y andaluzas, más sus dialectizaciones euromarxistas, lo redimió un poco de tanto esnobismo y tanta nobiliaria insatisfecha. Hoy mis atributos son como un reloj que se ve que es y ha sido de buena calidad, pero que lo han gitaneado muchas manos de todas clases y razas (menos gitanas, quizá).

 

 

 

 

Domingo, 4.

xxLa casa, Rimbaud, es un barco que navega en los espacios de tu ausencia, en la oceanografía de tu no estar. Siempre he sido muy sensible a esa condición de barco que tienen las casas, así como a esa mala y desazonante imitación de la casa que es un barco, con los tenedores atados con cadenas para que no se los lleve el galernazo.
xxPor la mañana, salgo del camarote del sueño, que los sueños siempre tienen algo de angosto y vaiveante, como los camarotes. Tiro de la cinta de las persianas y las cortinas como levando velas al velero del día, tiro de la cadena de los retretes como levando anclas, y partimos del puerto de la noche (la noche es oscura y plegadiza como un acordeón portuario), parte de la casa, crucero blanco y azul, a navegar la indecisión del día.
xxLa casa tiene momentos de altamar, como los barcos, momentos de tormenta o peligro inminente, en que todos nos encontramos de pronto en cubierta, o sea en el salón, mirando a los Atlánticos del cielo, conocidos y desconocidos, y momentos de navegación lineal y silenciosa, con todos los tiburones de los días asomando detrás, en la estela de la memoria. Las casas, para que no se nos caigan encima de aburrimiento, hay que vivirlas como barcos. En los días de sol, balandro o buque blanco que tarda, como el que viera Proust, infinitamente, en el horizonte, en pasar de una rosa a otra del rosal. En los días sin sol, barco bacaladero por los mares del Norte del invierno. De ahí le viene a la casa ese fondo de bacalao y sal gorda.
xxPero si la casa es el barco, Rimbaud, el cuerpo, tu cuerpo es el día, la forma femenina que el día indeciso va buscando y encuentra en ti. Indeterminada por las mañanas, como el día mismo, vago esbozo de ti, divagación de las formas que no acaban de acertar con la forma central de lo que eres. Por la tarde ya eres tú, delimitada entre el griego y la coca, dibujada por los espejos, vigilada de cerca por los libros que lees. Y por la noche eres la lámpara de lo diurno. Así como de día me pareces la gestión secreta de la noche a pleno sol, de noche te ilumina el día ya ido, que se ha quedado en ti, y a tu día nocturno acuden pinchotas, lesbianas, poetas malos, amantes, músicos de barrio, orgasmos, gatos indefinidos, violadores, navajeros, ácratas y funcionarios.
xxInmensos bosques de coníferas y helechos arborescentes cubren tu vulva, Rimbaud, amor, y yo, acampando en ella, he encontrado a viajeros por los grandes labios de tu vagina, como viajeros por el Orinoco, y leves bultos fugaces que tú me has mostrado con miedo de niña aprensiva, y el despliegue infinito de ese material cálido, sexual, húmedo, con la llama del clítoris, bajo la cual caminan, como bajo la antorcha/guía del camino de Santiago, amantes de provincias, acuñados homosexuales, cuñados acuñados, árabes de París, parisinos de Madrid, yonquis de un amarillo que no es el de este folio (un amarillo que fuera la negación del amarillo), profetas y peregrinos. Tu clítoris, Rimbaud, es como la lengua de fuego que tuvieron los pescadores de Galilea sobre la cabeza, y cuando tengo esa lengua de fuego sobre mí, asomado a la caverna de Platón, puedo hablar todas las palabras del castellano, las hablo todas a la vez, me siento la boca enjambrada de diccionarios, pero guardo silencio por oír tu gemido genital. Has pasado, Rimbaud, por cinco edades, como la Humanidad: la edad de oro y lepra de tu infancia; la de plata, que te hizo nocturna para siempre; la de bronce, que te hizo violenta como eres; la cuarta edad troyana, en que todos los mitos griegos, jonios, macedonios, fornicaron contigo hasta dejarte pura, y, finalmente, nuestra edad de hierro, edad de esfuerzos y pobrezas en que, herencia de otras cosas, eres Rimbaud con vagina de muchacha y un tiranosuario en el hombro derecho, como negación nictálope de todo el clasicismo que te engendró.

 

 

 

 

Sábado, 7.

xxLa bestia rosa. «Bestia rosa» llamó a la mujer aquel novelista aficionado, pensador sin pensamientos, señorito asturiano de la cultura, señorito cultural de Asturias, asturiano de la cultura señorita: don Ramón Pérez de Ayala.
xxEl griego y el latín, en él, no eran dos penetrales del saber, Rimbaud, amor (ya sé que no escondes semejante fetiche erótico/literario en tus aparadores masturbatorios). El latín y el griego eran, en este señor, como en casi todo el mundo, dos piedras antiguas que le pesaban por dentro, dos piedras de un Sísifo doble y coñazo.
xxDos piedras que le pesaban al escribir, al pensar, al vivir, y así se lo hizo de mal, de torpe y de paliza, el chorvo. Como cogió una venérea nada más llegar a Madrid, según le cuenta a un genio ovetense por carta, desde entonces debía repeler secretamente a las mujeres, y de ahí el insulto cultista de «la bestia rosa».
xxÉl era una doble bestia en latín y griego.
xxPerdona la clase, Rimbaud, amor, hoy que no tienes, pero lo que quiero decir es que la bestia rosa no es la mujer ni es el hombre, sino que somos los dos reunidos en la cópula, el monstruo de dos espaldas, como dijo alguien con mejor estilo y poca preceptiva sexual, pues tú bien sabes (mejor que yo) que el amor no hay por qué hacerlo necesariamente de frente. Hemos ensayado toda clase de gimnasias sexuales (y en este libro van algunas, que no falta más que añadir gráficos), pero creo que siempre seguimos siendo la bestia rosa, como Baudelaire/Juana Duval, como Santa Teresa y su ángel, como Nabokov y su niña. De la pareja nace siempre una tercera sensibilidad, que ya no es la de él ni la de ella, ni la suma de ambas sensibilidades, sino una tercera cosa. Y de la pareja nace asimismo una tercera criatura, en la copulación, que es la bestia rosa, un cuerpo partido en dos, el centauro que, como tengo escrito, pasta plata en tus espejos.
xxCriatura de dos cuerpos, tercero entre ambos, que nos incluye, mamífero de cuatro pezones, dos cabezas y ocho extremidades. No somos, ya, ni tú ni yo. Somos la bestia rosa.
xx(Y lúcida, ay, a pesar de todo.)

 

 

 

Umbral, Francisco. La bestia rosa. Barcelona; Libros y Publicaciones Periódicas 1984, S. A., 1984.

 

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