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VIERNES, 17

 

xxA veces, de tarde en tarde, Rimbaud y yo probamos la aventura del gran hotel, pedimos habitación o suite en un gran hotel de la ciudad, como matriculándonos en la asignatura del vivir bien.
xxSon unos días de laberinto interior, de subir y bajar en los montacargas de los platos, por asombrar criadas y gobernantas, de hacer el amor en los ascensores, mientras todos los japoneses del Japón, en su isla rectangular de espejos, ríen con su risa de palillos y nos hacen reverencias aprobatorias que no sé muy bien si se refieren a la bella anatomía de Rimbaud, a la eficacia de mi gestión sexual o al rito en sí mismo, ya que los japoneses son tan rituales y quizá consideren very typical esto de fornifollar en los grandes ascensores, a la vista de la clientela y con gran incremento (momentáneo) del turismo y sus ministerios.

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xxEs un viaje remoto al centro de la ciudad, a esa cosa manhattánica que tiene todo hotel moderno (los antiguos no son aptos para el caso, por pequeños y quisicosos como pensiones de viuda).
xxNos pasamos los días en la habitación, primero haciendo el amor en una cama y luego en la otra (siempre hay dos camas), y luego en la moqueta, en la terraza, en el baño, lleno o vacío, en la ducha, cerrada o abierta, en el armario, tirando toda la ropa al suelo.
xxFinalmente, Rimbaud saca cosas frías de la nevera, se las echa por el cuerpo y por un momento tiene las formas de una gran botella de coca-cola, de una fuente de coca-cola, o su sexo me sabe a Shweppes.
xxLas camareras y los camareros, el primer día, no reparan en nosotros, pero al segundo ya nos miran con prevención, al tercero con mudo reproche, y al cuarto con terror, convencidos de que somos dos maníacos sexuales y criminales, convencidos de que yo la voy a asesinar a ella o ella a mí, con una fanta rota y mellada, de modo que prefieren no entrar en la habitación a hacer las camas ni a nada, por no ser nadie el primero que se encuentre el cadáver o los cadáveres ensangrentados, embalsamados de hilo musical y con un libro en la mano.
xxAsí nos dejan en paz.

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xxEstamos lejísimos de la ciudad sin habernos movido del sitio. Nunca, en nuestros viajes verdaderos, habíamos ido tan lejos.
xxRimbaud acaba gimiendo con la cabeza debajo del televisor, mientras le penetro la vagina por detrás, y a veces las convulsiones son tan fuertes que el aparato se enciende solo y Clara Isabel Francia, o como ryos se llame esa locutora, da las noticias imparcialmente, profesionalmente, pálidamente, como si no tuviera un coño palpitando paroxístico debajo de su coño de plantilla. Así nos lo hacemos.
xxEl gran hotel tiene siempre un clima de alfombra pesada que nos momifica a todos, y hay que dfenderse contra eso leyendo muchos libros de Deleuze, de Lacan, de gente que no se entiende nada, para acumular desesperación y saltar de una cama a otra, cruzándonos en el salto, hasta que acertamos con el abrazo y caemos trenzados y desnudos sobre la moqueta intermedia, haciendo un amor duro y difícil, hasta recuperar, sin despenetrarnos, la dulzura del amor burgués de las frescas holandas del hotel, los muchos metros cuadrados de cama y hasta una punta de sol, como una punta de alfombra vuelta, o de colcha rosa, rozándonos un pie.
xxDigamos que lo nuestro es la contraluna de miel. Lo contrario de lo que hacen todos los recién casados en un hotel, que es creerse súbditos del mobiliario y la sociedad anónima, comportarse razonablemente, joder sin manchar las sábanas (y mucho menos el entelado de las paredes) y bañarse continuamente para que parezca que no han estado allí.
xxSolemos irnos de noche, muy tarde, cuando un empleado nocturno, lleno de sueño, que no sabe nada de nuestro amor diurno, nos cobra la cuenta que le da la computadora. Es hermoso para mí saber que dentro del gran edificio racionalizado en forma de caja de puros, queda, allá atrás, allá arriba, una hoguera de whisky y has, un tornado de sexo y coca-cola, una viña loca de amor y espejos estrellados de agua tónica. Es en lo que pienso en el taxi de madrugada, mientras todavía Rimbaud me besa en el cuello y esconde entre mi melena la nariz griega que no tiene, porque en las refriegas ha perdido la nariz.

 

 

 

Umbral, Francisco. La bestia rosa. Barcelona; Libros y Publicaciones Periódicas 1984, S. A., 1984.

 

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