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MARTES, 6 -extracto-

 

xxVenida a través de tanta maleza cultural, venida a campo través del cielo de los mitos, Rimbaud recuerda/redescubre mi falo tardobarroco y se santigua con él los ojos, la boca, las orejas, los senos, el sexo, llegando a grandes orgasmos y delicado tratamiento de mi polla de subasta/Durán que la niña recorre con manos finísimas y entintadas en sangre menstrual o cocinera, «me he cortado pelando patatas en la cocina».
xxSea como fuere, obtengo un tampax de su vagina, tirando deslizadamente de un hilo blanco que blanquea entre los hilos negros de su sexo, mientras Nijinsky, Virginia Woolf, Gabriel Miró y demás personal de los armarios ha desaparecido/enmudecido para que suenen las cantatas/cantigas de Alfonso X el Sabio, que ponen un vihuelismo delicado, cómplice y celestial a nuestra fornicación devota.
xxVuelve una y otra vez a mi pene tardobarroco, se masturba con él postreramente, y, viéndola en la nocturnidad de los espejos, abolido tanto clasicismo y tanta leche por un viento de vihuela que ya ni suena, pienso que el modelo de nuestra relación no está en los mitos ni en los dioses ni en los padres de la Iglesia ni en nuestros propios padres, sino que somos Rimbaud/Verlaine domiciliados en Londres o Bruselas, amándose a tiros, y que en la puerta de la calle, entre el quiosco y la gasolinera (ha vuelto a subir la gasolina) deberán un día poner una placa cronológica, aquí vivieron y convivieron, etcétera. Quizá toda pareja ilegible a los ojos del mundo está realizando su intensidad en la ilegibilidad, y su duración en la apertura, desde que la pareja Rimbaud/Verlaine fijó su amor en la historia de la poesía.
xxRimbaud/Verlaine. Baudelaire/Juana Duval. Wilde/Douglas. Lo de menos es la combinatoria sexual. Más allá y más acá de los sexos, la pareja de nuestro tiempo, penúltima farmacia de guardia frente a la soledad que huele a veramón, es una pareja ilegible (incoherente) para el mundo neoconsumista, neoburgués, neocapitalista, neoalgo, que nos rodea. Su intensidad, ya digo, es su incoherencia.
xx—No somos más que Rimbaud y Verlaine jodiendo en un tejado madrileño —le digo a la niña.
xxRimbaud prescinde de la picha en su boca, aunque la conserva entre las manos, y me dice con cara de Rimbaud vaginal:
xx—No alucines, tío.
xxPero me sé un Verlaine constelado de hospitales, me sé el hospital verleniano de trescientos bronquíticos que en mí tosen por orden o todos al mismo tiempo, me sé un viejo violín del otoño sin inspiración primaveral, que suena a organillo pedante todos los atardeceres.
xxRimbaud, luego, envuelve el apero tardobarroco en finas sargas, para que no se enfríe, y se pone desnuda, de espaldas a mí y a la multitud muda de los vihuelistas, a calentar un café para que se nos vaya el sueño de la medianoche. Todos los cadáveres culturales duermen de pie en el armario de la niña y todos mis cadáveres pseudofilosóficos duermen su tos en mi pecho de hierro y decadencia. Al cazo del café se le quema el culo, huele a café quemado y aroma de vihuela. Algo bebemos, de todos modos, mientras en el Consejo de Ministros cambian de cargo a los señores con cargo.
xxCuando la niña vuelve a la cama, tiritante y desnuda, mi tardobarroquismo se torna goticoflamígero para penetrarla con devoción, resignación y violencia. Lo que los alemanes llaman «tormenta y empuje». Ha sido, por goticoflamígero, nuestro primer polvo en alemán.
xxMas la pareja Rimbaud/Verlaine, que yo diría la pareja de la modernidad, sólo preanunciada en Baudelaire/Juana Duval, y continuada en Wilde/Douglas, es la pareja transgresiva que se ha dado siempre, barrocamente, al margen de los emparejamientos zoológicos, porque Rimbaud, dios adolescente del amor (que a mí me ha tocado con vagina, gracias a Dios), tiene clavada sobre la chimenea una lámina de la Santa Teresa de Bernini, y ya en ese conjunto barroquizante veo la plasmación anticipada del dúo rimbaudverleniano. El ángel del punzón (que en bernini no es punzón, sino flecha fálica) es un preadolescente de sonrisa a lo Rimbaud y medio pecho desnudo, que aflige/inflige (infligir es uno de tantos verbos transitivos que quedan mejor como intransitivos) a Santa Teresa, la cual entre ropas de un abultamiento despegado del cuerpo que equivale a la desnudez, deja colgar por abajo un pie desnudo, vertical y bello, erotismo que rima con el pecho del niño. Es San Paul Verlaine preadivinado por Bernini en su sueño barroco. Y pienso que Rimbaud, clavada en mí, sobre mí, cuando no se sabe quién de los dos penetra a quién, por lo absoluto del vínculo, me está transverberando con mi propia picha, como el ángel/Rimbaud a la mística madura.
xxNo hay pareja más erótica e ilegible (su ilegibilidad es su erotismo, o a la inversa) en toda la mística universal, incluida la de Oriente. Bernini acertó con esta manera singular y maldita del apareamiento, noviazgo sacrílego con que a veces acierta la especie, al margen de sí misma, y que por ahora tiene su última versión en la flagelada/flagelante Rimbaud cabalgante sobre mí, que soy una Santa Teresa carrocísima, traducida de lo místico a lo barroco/agnóstico. Basta con instituir un amor para que genere su propia genealogía.
xxEl acto sexual es tan rico iconográficamente que en seguida convoca todas las iconografías de la Historia, religiosas o profanas, en torno suyo. Siempre se jode en la alcoba de la cultura, Rimbaud.

 

 

 

Umbral, Francisco. La bestia rosa. Barcelona; Libros y Publicaciones Periódicas 1984, S. A., 1984.

 

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