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DÉCADA

 

(CÓMO AGUARDAR LA NOCHE)

Soltar esa guitarra, por inútil.
Calentar agua en la tetera
observando el vapor con gesto absorto.
Renunciar a los libros
o posponer su bálsamo.

No pensar nada trascendente.
No insistir demasiado en la masturbación,
o insistir
con calma, sin urgencias
que enciendan la nostalgia.
Descartar
las ventanas, por tristes y promiscuas.

Padecer cada esquina de la tarde,
su obesa indiferencia.

Esperar.

Sólo después, a su debido tiempo,
acometer con rabia las venganzas o las deudas
y cabalgar la bestia de la noche.

 

 

 

 

(LA NOCHE ENTRE PARÉNTESIS)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Bur

La noche entre paréntesis
y su adictivo roce
bastaron para hacerme conocer
el ansia elemental,
latidos de unas ropas,
la rápida tristeza de una vela,
música cómplice, un rincón,
el peso y la medida del olvido.

 

 

 

 

(CONTINUIDAD DE LOS PATIOS)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Félix Romeo

Allá, entonces, todos nos pegábamos.
Llovían puños rojos
y el uniforme ondeaba hecho jirones,
la vida o la pelota. O ser cobarde.
Señalar con el dedo a los más débiles.
Burlarse de los tontos, perseguir a los listos.
Rencorosa amistad para quienes tuvieran
buenas notas, juguetes, una amiga.
Indiferencia, claro,
para el que no supiese matemáticas
ni luciese las zapatillas nuevas
de su padre más rico que otros padres.
Silencio o puñetazo. Puñetazo y callar.
Allá todos nosotros combatíamos
cada blanca mañana,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxhasta que el obvio
mordisco de los años me condujo
a abandonar el patio y esa gente.

Aquí, ahora, todos nos pegamos.

 

 

 

 

(CLAUDIA EN LA BIBLIOTECA)

xxxxxxxxxxxxxxxxPara Rafael Espejo

Rebuscas en los libros
con un extraño afán de jardinera.
Delicada y ansiosa, de perfil me pareces
distinta cuando curvas las rodillas
y se tensan tus muslos
debajo del vaquero. Muerte lenta
contemplar, sin tocarlo,
el pequeño tatuaje en tu cintura.
Será mejor sufrir que describir los pechos:
¿quién se atreve a cruzar los toboganes
que unen la palabra con su tema?

Así que huyo
y finjo distracción.
Si volvieras la vista a quien te escribe
desaparecerías, y es demasiado pronto.
Sigue leyendo, Claudia.
Haces bien en amarte.

 

 

 

 

(A UNA BAILARINA DE TANGO)

Con dos copas
ella siempre bailaba,
yo por norma
no solía moverme de la barra.
Era raro que fuéramos puntuales.
Nos gustaba pelear bajo la luna.
Era pálida, odiaba el maquillaje.
Color tacón de aguja
sus ojos perforaban los ajenos.
Tenía una virtud insuperable:
sonreía sin miedo.
De mí le interesaba, me parece,
la manera que tengo de ser lento
y a la vez imprudente.
Nos quisimos un tiempo
o dos, quizá. No sé.
Fue el amor de mi vida para siempre
y luego no lo fue.

 

 

 

 

(BANQUETE)

Si atravieso la última espiral,
complétame la fuga con un beso
por debajo del lóbulo: con eso
vendería mis bienes por el mal.
Qué sencillo este juego, la moral
se muere entre tus piernas por exceso,
entrego la conciencia y luego ingreso
en tu nerviosa boca de panal.
Inventar un idioma que se calle.
Malhablarnos. Hacer de ti a mordiscos
mi mejor apetito hasta que estalle
la tacaña razón de los ariscos,
la obsesión por cuidar cada detalle,
el miedo a que el placer nos deje bizcos.

 

 

 

 

(EL TOBOGÁN)

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara mi hermano Diego

Ya comienzo a notar
una aceleración ajena de los años.
No digo que presienta la vejez
(aunque la veo)
ni inventaré precoces experiencias.
Es algo diferente:
un vislumbre borroso, una antesala
del tobogán, siempre más corto
de lo que el niño desearía
y más veloz de lo que el hombre espera.

Si ya he dejado atrás al niño
(quizá lo cargo a hombros)
hoy tengo frente a mí al hombre que seré.
Soy, como dicen, joven, y no obstante
ya comienzo a notar esta aceleración
extraña, que no es mía, que es del tiempo
y planea arrastrarme, sin consultar conmigo,
hasta un parque de arena y hierba seca
donde, obligado a ser el niño que dejé,
subo la escalerilla y caigo
al encuentro del hombre que me espera,
familiar, con los brazos abiertos.

 

 

 

 

(PALABRAS A UNA HIJA QUE NO TENGO)

Entornaré tus ojos si prometes soñarme.
Compréndeme, no es fácil velar por alguien siempre:
a veces necesito saber que tienes miedo.
Cuando sepas hablar, dame mi nombre;
diciéndome papá habrás hecho bastante.
En invierno no abrigues demasiado
tu cuerpo de princesa, más útil y más noble
es irse acostumbrando a resistir.
Acepta golosinas de los desconocidos
(no está el mundo como para negarse)
pero apréndete esto en cuanto puedas:
más frecuente es lo amargo, que te ignoren,
y no los caramelos.
Te enseñaré a leer fuera del aula
y llegada la hora quiero que escribas «mar»
sobre los azulejos del pasillo.
Cuando cruces por fin la calle sola
sabrás que el riesgo y la velocidad
perseguirán tus días para siempre.
No creas que en el fondo no soy un optimista:
de lo contrario tú no estarías ahí
cuidando que te cuide como debo.
Como ves, desconfío
de quienes no veneran el asombro
de estar aquí, ahora.
Existe la alegría, pero duele;
tendrás que conseguirla.
Y cuando la consigas tendrás miedo.

 

 

 

Neuman, Andrés. Década (Poesía 1997-2007). Barcelona; Ed. El acantilado, 2008.

 

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