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SEGUIREMOS SEMBRANDO

 

El año pasado publicaba Bartleby editores una antología de poemas de Carlos Álvarez (de quien ya he publicado algunos poemas en el blog: de su ‘Tiempo de siega y otras yerbas‘, y de su ‘Aullido de licántropo‘ -publicado también por Bartleby editores-).

A Carlos Álvarez lo catalogaría José María Balcells como el “paradigma del poeta prisionero desde 1960” (se puede leer en el prólogo), y hasta el final de sus días de cárcel, varios libros jalonan su itinerario poético y la evolución de su propio modo de hacer poesía.
Es Carlos Álvarez un poeta que hizo de la fraternidad un objetivo esencial, y en esa misión se afanó siempre. Pero hay que notar un cambio en el modo de expresar poéticamente su experiencia. Un cambio a partir del libro Aullido de licántropo, que inicia un enfoque más depurado del lenguaje, y que acude con más frecuencia que anteriormente a referentes de la cultura histórica y mitológica, y a expresiones en prosa que sabe adaptar al objetivo poético.
En sus últimos libros fue haciendo aflorar más su experiencia interior y un lenguaje más sereno, más reflexivo, incluso más narrativo (se sigue leyendo en el prólogo), aunque no dejara de mostrar su preocupación por la realidad global del ser humano en su convivencia del pasado, del presente y del futuro.
Y en 1993 llegaría al último de sus libros: Memoria del malentendido, un título que su autor fija como punto final de su obra, treinta años después de su primera publicación.

 

 

Aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

EN EL INTERIOR DE LA BOTELLA

Mira este mapa, amor. Gira la esfera
con tus manos tranquilas donde duermen los besos
penúltimos. Contempla
lo que cuelga en los muros invisibles
de mi cuarto sombrío. No desnudes
tu carne a la caricia sin mirar
más allá de mis ojos donde un sueño naufraga.

No descanses
a mi lado sin antes compartir
un poco de este mar en que me ahogo,
se inunda, zozobramos,
desaparecen sin tocar un mísero
madero tantas vidas. Mira al fondo
la carta marinera, el manuscrito
que encierra el interior de la botella
con su grito de espanto. No me rindas
tu belleza dormida. No te entregues
a mí sin que en tus ojos el reposo
se nuble.

No te entregues, amor, si no es al llanto.
No llores, amor mío, coge un arma.

 

 

 

 

ESTE QUE AQUÍ NO VEIS tras una puerta
de metal convincente y de cerrojo
no menos expresivo y disuasorio,
y que visto a través de los barrotes
de una ventana vuelta hacia sí misma
podría confundirse con la imagen
patética de un preso
que contempla la noche, es, en efecto,
—cual suponéis— un preso… (lamentable
conjunción de factores que permiten
que coincidan el ser y la apariencia
con tanta gravedad a costa mía).

Pero miradme, (o  vedlo, si en un tono
que algún distanciamiento haga posible
preferís la palabra); ya se aparta
de su nocturno observatorio; pone
la luz sobre el papel como si a herirlo
se dispusiera, pues algo en su mano
—y algo muy agresivo— en ella brilla;
finge el gesto que indaga en el recuerdo;
se sacude su entorno; rompe el círculo
del tiempo y el espacio; lentamente
comienza a caminar, y, paso a paso,
se va por esos mundos noche a noche.

 

 

 

 

DE SUR A NORTE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Gabriel Celaya

¿Y si ahora, Gabriel, yo te contesto?
Yo, poeta del Sur y decadente
según generalizas. ¿Seriamente
podrías mantener tu antiguo gesto

de nórdico desprecio? Porque en esto
—quizá hermoso y, sin duda, consecuente
donde me encuentro inmerso, no es la riente
pandereta local lo que he dispuesto.

Mis años de prisión son mis jardines.
Y esta huelga de hambre, viejo amigo,
no es un juego, lo juro, tan bucólico.

Mejor la fiesta en paz. No desafines,
que tu verso es más noble. Te lo digo
yo, poeta del Sur y melancólico.

 

 

 

 

MOMENTO DE LUCIDEZ

Me dan miedo las cosas que me acechan.
¿Lo ves? Ya estoy mirando a mis espaldas.
Quise decir: las cosas que aquí tengo.
Y, sin notarlo, un verbo inamistoso
se ha colado a traición para asustarme.
Temor siento a romper con tacto hiriente
—si no sangrar yo mismo a su conjuro—
la caricia que busco. Escurridiza
me parece la sombra de mi estancia,
de mi mundo interior y el que me oprime.
Me da miedo pensarte desde lejos,
desde mi corazón enrarecido.
Preferible
soñar con otra cosa: grandes plazas
abiertas
para la alegre compra mañanera
como si fuera un día de mercado
y en Guernica… No sé lo que me pasa,
porque si evoco el mar sólo un naufragio
me alcanza, y de ese cielo
nada mejor me alumbra: el gesto duro
de una madre escarbando en los escombros,
o una gran soledad que nadie rompe.

Me aterra comprobar que estoy despierto.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Seguiremos sembrando (Antología 1964-2010). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

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