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TIERRA DEL MAR

 

TIERRA DEL MAR

Habitaba conmigo allí en la colina espaciosa.
Vivíamos sobre el mar.
Y muchas veces me había dicho:
«Oh, vivir allí los dos solos,
con riscos, verdad desnuda, lumbre del sol.»
Y pude llevármela. Una casita colgaba
como despeñada, suspensa
en algunos poderosos brazos que nos amasen.

Allí habitábamos. Veíamos en la distancia
trepar a las cabras salvajes contra los cielos.
El rumor de la trompa lejana
parecía un trueno que se adurmiese.
Todo era vida pelada y completa.
Allí sobre el granito dorado por el sol bondadoso
su forma se me aquietaba, permanecía.
Siempre temía verla desvanecerse.
Cuando la estrechaba en mis brazos
parecía que era sobre todo por retenerla.
Ah, cómo la comprobaba, suavidad a suavidad,
en aquel su tersísimo cuerpo que la ofrecía.

Lo que más me sorprendía era su dulce calor.
Y el sonido de su voz
cuando yo no la veía
me parecía siempre que podía ser el viento contra las rocas.

No había árboles. Apenas algún pino, algún olivo.
A veces se templaba una loma con un morado sofoco.
Pero el cielo poderoso vertía luz dorada, color fuerte, templado hálito.

Lejos estaba el mar: añil puro.
Los cantiles violentos parecían cuajados, petrificados de resplandor.
En la amarilla luz todo semejaba despedazado,
rodado, quedado
desde un inmenso cielo de júpiter.

Pero en la cumbre todo poseía templanza. Y ella
hablaba con dulzura, y había suavidad,
y toda la exaltación terrestre
se aquietaba en aquel diminuto nudo de dicha.

Había días que yo estaba solo.
Se levantaba antes que yo, y cuando yo me despertaba
sólo un viento puro y templado penetraba mudo por la ventana.
Todo el día era así silencioso,
eterno día con la luz quedada.
Vagaba quizá por la altura y cuando regresaba había como una larga fatiga en sus ojos.
Como un ocaso caído,
como una noche que yo no conociese.
Como si sus ojos ahora no viesen toda aquella luz que nos rodeaba.

Por la noche dormía largamente, mientras yo vigilaba,
mientras yo me detenía sobre su velo intacto,
mientras su pecho no se movía.

Pero amanecer era dulce. ¡Con qué impaciencia lo deseaba!
Ojos claros abiertos sonrientes vivían.
Y besos dulces parecían nacer, y un sofocado sol de lirio puro
penetraba por la ventana.

Siempre ida, venida, llegada, retenida,
siempre infinitamente espiada,
vivíamos sobre la colina sola.
Y yo sólo descansaba cuando la veía dormir dichosa en mis brazos,
en algunas largas noches de seda.

Isla del mar que bogaba sin peso,
llevando un infinito miedo del amor
y una apurada dicha hasta sus bordes.

 

 

 

Aleixandre, Vicente. Historia del corazón. Madrid; Diario El País S.L., 2005.

 

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