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LA GUERRA DE INVIERNO

 

LA GUERRA DE INVIERNO

xxxxxx(1939-1940)

xxxxxI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente de Kollaa.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia

Simo Häyha no es un francotirador corriente. Los rusos lo
apodan “La muerte blanca”. Su nombre está en la lista de
soldados a los que buscar para su ejecución. Su certeza en el
tiro merma al Ejército Rojo. Elimina a los hombres y des-
uella la moral de la tropa. Ha sobrevivido a varios intentos
de asesinato, a la caza salvaje de otros depredadores. Pero
aún no existe la bala que se cobre su pieza. Ahora está tum-
bado sobre la nieve. Su mano derecha acaricia el gatillo de
un fusil H-28, el arma con que cada verano salía al monte
con su padre, antes de que Stalin invadiese su mundo. Tam-
bién pescaban en los lagos de Karelia. Y a la noche, encen-
dían un fuego que convocaba a su alrededor a toda la familia,
e incluso a los amigos. Allí cenaban, al calor de las llamas y
de la compañía, como si nadie en la Tierra estuviera de paso.
Donde había canciones, hoy ruge el tableteo constante de las
ametralladoras. Por eso “La muerte blanca” clava la vista en
el lago congelado, por donde espera que aparezcan las orugas
soviéticas que huyen de las carreteras llenas de minas. No
trata de defender una frontera, sino su propia infancia.

 

 

xxxxxIV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente del lago Ladoga.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxixxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia

El palacio de hielo es un clamor cuando se anuncia mi nom-
bre por la megafonía: Birger Wasenius. Yo no miro a las gra-
das, xdonde xxque xmis xcompatriotas xagitan xbanderas,
recuerdan mis medallas en los Juegos Olímpicos de Invierno
del año 36 (en Alemania), y sienten un vínculo especial con-
migo, con mis gestos y músculos, con cada una de las letras
que contienen mi nombre; un afecto que ignoro si sabré co-
rresponder. Yo ime icentro ien ila ipista. iMe iaíslo. No existe
nada fuera de mi cabeza. Ni siquiera mis rivales: el resto de
patinadores. Cierro los ojos. Veo mi carrera. Los abro. Me
mido con el hielo. Lo Desafío. El hielo y yo. El frío contra
mi potencia. Un disparo. Explotan las voces de la gente, y el
cuerpo sale en busca del destino. Por delante, 1500 metros,
un futuro de gloria hacia el que avanzo. Las aspas de mis
brazos me propulsan a gran velocidad. Tomo distancia. Soy
un poderoso molino de tendones y sangre. Me persiguen.
Escucho los jadeos a mi espalda, la cuchilladas que los pa-
tines infligen al suelo, las órdenes en ruso, los ladridos. Pero
no me detengo. El sol arde en mis piernas. Me deslizo más
rápido. Una vuelta. Faltan 500 metros. Dejo atrás una granja
de renos, un río helado y una pieza de artillería; rota e inútil
como un cadáver. Otro tiro. Sobre la superficie, el reflejo de
mi figura. Dos patinadores. La misma fuerza. También el
mismo miedo. Ya no escucho las voces de las gradas. Sólo el
sonido de mi respiración. Todavía me buscan. No distingo
la meta en este bosque. Un árbol sigue a otro. Me he perdido.
Con los disparos se desprende la nieve de los árboles. Gano
segundos que no sé de qué me servirán en esta huida. Co-
rrespondí al afecto de mis compatriotas. Seguro que se sien-
ten orgullosos de mí, que sueñan con mi vida, con este
cuerpo ágil y veloz que está siendo abatido en este instante.

 

 

xxxxxV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxMar Báltico

Varios minadores finlandeses salen del archipiélago de
Turku. Se dirigen a mar abierto, donde se libran dos com-
bates. Hay dos guerras en una. En el nivel superior: destruc-
tores, icargueros iy icorbetas iemulan ial isol ia icañonazos,
incendian el aire, toda forma de vida humana o animal. Bajo
la superficie líquida: la guerra es silenciosa, parece que trans-
curre como a cámara lenta, en un mundo dotado de otras
leyes marciales. Cientos de submarinos se evitan en el agua.
Su misión no consiste en lanzar torpedos. El juego es más
sutil debajo de las olas, más elegante, incluso: consiste en
poner trampas. A la suciedad, el ruido, el olor nauseabundo
de la pólvora mezclada con la sangre y el fuel, en el piso de
arriba, se contrapone abajo la limpieza de las operaciones, el
mutismo de los tubos lanzamisiles, acallado en ocasiones por
los coros solemnes de las tripulaciones de ambas flotas. Un
par de sumergibles avanzan en dirección opuesta. Son cetá-
ceos de acero. Uno pertenece a la Flota Roja del Báltico. Un
S-2 comandado por Gavriil Nikolajeritj. El otro es un im-
ponente minador finlandés de la clase Vatahinen. Ochenta
soldados hunden sus vidas bajo toneladas de agua. La oscu-
ridad y el frío los envuelven. A varias millas de Tallín, Esto-
nia, icomienzan ia iascender, icomo imedusas, ilas iboyas
explosivas finlandesas. El hielo las detiene. Allí se quedarán,
pequeños globos, hasta que un leve peso las detone. En el
mar de Aland, el submarino ruso realiza tareas de reconoci-
miento. Busca bases secretas frente a la costa sueca. Su mi-
sión es sencilla. A bordo de la nave, varios jóvenes aprenden
el oficio de la guerra, el manejo de la maquinaria y de sus
emociones. Controlan la presión del casco con la misma efi-
cacia que dominan sus nervios. Por eso, cuando la hélice roce
la mina que parta el sumergible en dos, no maldecirán ni llo-
rarán su suerte. Pensarán, con orgullo patrio, que se les ha
otorgado un gran honor: el descanso perpetuo en una tumba
helada.

 

 

xxxxxVI

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFrente de Tolvajärvi.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIstmo de Karelia.

El deshielo del lago, en primavera, humillará a las aguas, que,
con pudicia, como si traicionasen el secreto de un niño o la
confesión de un sicario, desvelarán los horrores de la guerra.
Esto que flota inerte entre cascotes de hielo es un cadáver.
Cantarán de plano al mundo. Y estos bultos de aquí, que la
corriente mece bajo la niebla helada, son los restos de miles
de ilusiones que duermen boca abajo.

 

 

 

G. García, Ariadna. La Guerra de Invierno. Madrid; Ed. Hiperión, 2013.

 

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