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‘BAJO LA MONTAÑA’ DE JACQUES ANCET

 

Tenía este libro en casa y, no pregunten por qué, aún no lo había leído. Y qué descubrimiento. Sé, desde ya, que éste será uno de los libros de este año (aunque Bartleby editores lo publicara en 2004).

Traducido por Rafael-José Díaz, el libro se abre con una introducción de Andrés Sánchez Robayna en la que, entre otras cosas, se puede leer:
“Un hombre (…) ha empezado a escribir sin saber con exactitud hacia dónde conduce sus palabras. Son éstas, en realidad, las que lo llevan a él, las que le dan presencia en el mundo. (…)
Se diría que Bajo la montaña, de Jacques Ancet, es ante todo una descondicionada indagación sobre el habitar. Y no sólo con relación a un espacio concreto, sino también en el más abstracto sentido del estar y su enigmático contacto con lo visible. (…) En la humana ocupación del espacio (interior, exterior), ¿no reside acaso una clave esencial de nuestra existencia? ¿No es tan poderoso el misterio de esa ocupación que exige de nosotros un gesto radical de acercamiento al espacio, un diálogo constante con su voz (sus voces), una escucha de sus latidos?
La palabra estancia designa en español, entre otras cosas, tanto habitación o aposento como permanencia temporal o estadía. Espacio y tiempo, pues. Y, en la raíz, estar. No es extraño que Bajo la montaña sea, al mismo tiempo que una indagación en el estar,  en el habitar de un hombre, una larga interrogación acerca de las horas, de los días, del transcurrir; de una temporalidad, en suma en la que el estar/habitar se inscribe. (…)
Ese estar/habitar del hombre (…) ¿cómo llega hasta el lenguaje, cómo toma cuerpo y presencia en él?”

 

Y aquí tienen algunos extractos de los dos primeros poemas del libro.

 

BAJO LA MONTAÑA

¿Cómo responder a esta impaciencia? Los libros, los árbo-
les y su carga de pájaros ya no bastan. Ni el humo del cielo
antes de la tormenta o la montaña que, de pronto, hincha
un rostro de piedra. iInmóvil, iél ipermanece en medio de
un xdesorden xde xsignos, icentro iperdido. iCentelleando
como una gota que se evapora.

 

 

lo que no ha visto no podría conmoverlo. No más que lo
que ve. iPero ilo ientrevisto lanza sobre él la llama de un
enigma. Alza los ojos, mira a su alrededor el aire ausente,
mientras el sol toca su nuca con intermitente calor

 

 

lejano pero presente, el dolor. Quisiera olvidarlo por la luz
de la mañana que comienza. Voces, una carretilla cargada
de tierra y el olor de la hierba, esto tal vez le bastaría, o el
silencio de las dos al sol, iuna icalle, ijuegos isencillos icon
manos de niños. Pero en el fondo de cada gesto se hunde,
raíz interminable, el dolor, y la noche cae incluso en pleno
día

 

 

de las voces a las voces. Con todo este vacío en que él se
pierde cada vez. La lluvia ha vuelto a caer y el ruido de las
botellas en el patio es la presencia de un olvido. Se queda
escuchando, ifijando isignos ique iya ino idescifra. x¿Qué
busca? i¿La transparencia de una imagen o la sombra de
este cuerpo que recomienza bajo sus dedos?

 

 

él mira. El tiempo carece de color y el sol no produce som-
bras. iA iveces, iel iviento iagita los follajes. Quisiera com-
prender, ipero sin duda se lo impide lo mismo que busca.
La imagen se difumina. Quedan un árbol, la huella curva
de iun ivuelo, icasi inada: justo lo suficiente para no com-
prender.

 

 

 

 

LAS COLINAS SON NEGRAS

Cada día, la dificultad de vivir en la claridad del día. Pan-
tallas mates o brillantes. Silencio. La voz vuelve, sacando
raíces y volcanes. También la angustia de lo inmóvil. La
fijeza negra con perros. Quisiera saber, ipero ise ihunde.
¿Cuándo podrá? El tiempo. Busca la luz

 

 

ya no ve ni los rostros ni los cuerpos. Sin embargo, los rui-
dos persisten, incluso los olores, como el de las patatas sal-
teadas en la cocina. iBuscando isus imanos, ino iencuentra
sino iuna iespera ide iobjetos. Buscando sus ojos, una clari-
dad iinmóvil, isu ilengua, algunas sílabas, menos aún, una
burbuja: un silencio de boca

 

 

¿se aventurará a lo que no es? ¿Abrir las manos, soltar los
signos? ¿Sentir al otro en su soplo? Pero en el borde, la luz
lo retiene, su transparente misterio. i¿Podría iver isin iver,
comprender ilo ique tiembla, decir lo que se calla sin callar
en él tantas palabras?

 

 

(desparramando las palabras, hurgando en esa carga de
cultura, páginas, páginas, el olor viejo, polvo o qué: bus-
cando el agujero de agua clara —una página más, xpero
vacía, deslumbrante)

 

 

se ilevanta, isacude isu itorpor, abre la mano, mira la forma
de sus dedos, el cielo y su luz. Silencioso, tal vez va a hablar
de inuevo. iMuestra iun ipunto, imuy ilejos, un breve cente-
lleo. La vida, dice al fin. Las colinas son negras.

 

 

 

Ancet, Jaques. Bajo la montaña (Trad. Rafael-José Díaz). Madrid; Batleby editores, 2004.

 

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