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ANÁMNESIS

 

ANÁMNESIS

…solo de vez en cuando soñaría con su conmovedora sonrisa.
Anton P. Chéjov

xxTiene el sonido del frigorífico a sus espaldas. Le hace compañía y bebe un zumo. Habitualmente considera que el rumor del frigorífico es una metáfora de la desolación o la soledad. Muy contemporáneo, se dice. El hombre vive solo. Unos 120 metros cuadrados para él que habita de forma errática e, incluso, sonámbula. Acaba de despertar de la siesta después de una pesadilla en la que sentía que se asfixiaba. Aún tiene sueño y bosteza. Una y otra vez. Duerme por las tardes porque recientemente el insomnio no le deja pegar ojo por la noche. No sabe si es el calor o si son nervios, cierta inquietud o la soledad. Desde la cama, todos los días, comprueba como el cielo se aclara por las mañanas sin haber conseguido cerrar los párpados. Ahora se asoma a la galería. Mira hacia fuera, a la calle. Busca alguna persona a la que observar pero no hay nadie. Una calle desértica sobre la que caen los rayos del sol y donde puede escucharse el sonido atontado de un trombón. Las notas solitarias y desacompasadas vienen del edificio de enfrente.
xxEs domingo por la tarde y parece que la gente no haya vuelto aún de la playa. Mientras, acaricia con la punta del pie la puerta circular de la lavadora que está abierta y el sudor deja húmeda su frente. Su cabeza parece un manantial que transpira todo el día. Piensa en una montaña tropical. En monos en los árboles. La montaña es, en realidad, un volcán. Por qué no. Recién despierto de la siesta, sudaba aún más. Tenía el recuerdo de la asfixia y una sensación de sueño profundo dentro del propio sueño que se mezclaba con esa impresión de ahogo, un ahogo muy parecido a como debe sentirse alguien cuando es estrangulado. Le resulta difícil pensar y sigue bostezando. Ahora mismo solo puede formar una idea en su cabeza y se dice: Solo estoy vivo en verano. Solo recuerdo veranos. Personas en verano. Cosas así. Cuando no es invierno le da la impresión de que las cosas siempre han sido de igual manera. Con calor e invitaciones para ir a la playa que él desecha. Con paseos interminables cuando se pone el sol, paseos en los que busca ojos, bocas, cuerpos que avanzan por la ciudad. Siempre prefiere observar a las personas que van solas.
xxPasa los días de vacaciones en casa y no se va a ningún sitio. Le gusta quedarse aquí y no pensar en comprar billetes de avión a lugares que no conoce y donde tendría que pasar unos días para aclimatarse tanto física como mentalmente. Por eso prefiere también decir no a las invitaciones de baño en la playa. Mejor este calor que roza los cuarenta grados y hacer las mismas cosas todos los días, meterse por las mismas calles, girar en esquinas que se parecen entre sí, observar las tiendas de siempre y los cafés cerrados, personas que pasan junto a esos cafés cerrados y que buscan en los cristales sus propios reflejos. Prefiere hacer todo eso aunque, a veces, pueda resultar claustrofóbico, igual que el sueño de antes y del que solo recuerda la asfixia y tener mucho sueño dentro del sueño, incluso el tacto de algo como seda en su cuello y que visualiza con un color negro transparente.

xxEstá en la calle. Camina buscando sombra y desabrocha el segundo botón de su camisa cuando se detiene en un semáforo en rojo. Siente el sudor que desciende desde el cuello hacia el pecho. Cerca de él solo hay una muchacha que saca a pasear su caniche y que se para junto a él pero mira hacia otro lado, le da la espalda. La espalda de la muchacha es lo que le hace pensar que es más joven. Mira el culo de la chica, su falda vaquera y una camisa roja entallada, de manga larga pero subida hasta los codos. La chica se agacha a recoger la caca de su perro. Acaba de hacerlo allí mismo, delante de él. Él enciende un cigarro mientras la chica, en cuclillas, recoge con una bolsa la mierda. Observa sus pies que se arquean en el puente, las uñas pintadas de rojo, a juego con la camisa. El semáforo se pone en verde para los peatones y los dos escuchan el sonido que indica a los ciegos que pueden cruzar. El perro quiere jugar con la bolsa de plástico y la caca que está dentro. La muchacha dice no y estate quieto al perro. En voz alta, como si no hubiera nadie. Él todavía no le ha podido ver la cara. Ella se levanta y parece buscar una papelera. Después sus ojos coinciden cuando mete la bolsa de plástico con deposición canina en el interior de una papelera. Ella parece que se ruboriza y desvía la mirada y cruza la calle. Él piensa en tréboles, en ojos como tréboles. Ella debe tener su edad o algo más. Así que no es tan joven como pensaba. En cambio, el pelo está cortado como si fuera un adolescente. Él chupa del cigarro y, de forma inconsciente, deja que ella se marche y solo piensa en cruzar cuando el semáforo está ya en rojo. De todos modos, decide atravesar la calle y no mira a los lados. Un coche pasa pitándole y escucha que le insultan. La mujer sigue caminando por delante y él se detiene en la acera. Observa el final de la calle, más allá de donde camina la mujer. La calle refulge dorada por el sol que ahora empieza a esconderse. Empieza a caminar y la mujer se gira hacia atrás. Sus ojos coinciden y ella dobla la esquina. Él acelera el paso y dobla la esquina también. El hombre puede escuchar los pasos cada vez más rápidos de la muchacha, las sandalias negras que vuelan sobre las baldosas de la acera hasta que llega a un portal donde se detiene y entra. Ya está, ya no la puede ver más.

xxSigue caminando. Busca avenidas amplias donde haya algo de brisa. Las calles del centro, más estrechas, siguen calientes. El hombre vuelve a pensar en el sueño y no sabe diferenciar del todo el placer que sentía de la sensación de asfixia. Parece que la una seguía a la otra. O que se daban a la vez. Recuerda olor a perfume. Algo muy delicado, como a fruta y alcohol de quemar mezclados. Llega a Ronda de Levante y la cruza en dirección al hospital. Atraviesa el recinto para acortar y se mete en un pequeño parque donde hay unos jóvenes con monopatín y adolescentes que fuman porros y beben litros de cerveza. No le apetece quedarse allí y sigue caminando. Han pasado menos de diez minutos desde que perdió de vista a la mujer. Siente una vibración extraña en la barriga. Mezcla de dolor y placer o falta de aire. Piensa que el placer y la falta de aire son cosas que se parecen. Apenas puede fijarse en las personas con las que se cruza porque los pensamientos le tienen completamente cautivado, secuestrado de la realidad. Finalmente llega hasta una terraza en la que apenas hay gente. Una pareja que se besa se levanta cuando él se sienta y una mujer gorda y con aspecto de repensar el vacío fuma un cigarrillo y bebe agua mineral de una botella de vidrio. Cuando deja de beber, y mientras fuma, se dedica a arrancar metódicamente el papel con la marca que cubre el envase de vidrio. Ahora el hombre decide sacar un cigarrillo del paquete que lleva en el bolsillo y le pide fuego a la gorda. La gorda contesta que no tiene y pide disculpas. Pasan un par de minutos y del interior de la cafetería sale una camarera. La camarera también está gorda y lleva una camisa negra con una corbata dibujada. La corbata es blanca. La camarera pregunta al hombre qué desea. El hombre responde una cerveza, por favor. Pregunta si tiene fuego y ella le pasa un encendedor. Vuelve al interior del bar y el hombre sigue sus movimientos, el culo grande que se desplaza como un paquidermo en miniatura. Los minutos pasan con la repetición cíclica de una serie de acciones: la mujer gorda que pide agua, bebe y fuma y arranca el papel de las botellas, parejas de jóvenes adolescentes que llegan a la terraza y piden refrescos y se besan y se van para ser sustituidos por otros adolescentes clónicos que ejecutan las mismas acciones de besos y manos que tocan el cuerpo del otro y el hombre que vuelve a pedir una cerveza a la camarera y que observa el culo de mamífero gigante que se dirige nuevamente hacia el interior en busca de su bebida. El hombre calcula que ya ha habido cuatro ciclos exactos. Es decir: 4 botellines de agua para la gorda, 4 parejas de adolescentes enrollándose, 4 culos de paquidermo entrando y saliendo y 4 cervezas pasando a su estómago desde la boca. En el último ciclo el hombre ha querido introducir una variación en la serie y ha preguntado a la camarera si es la corbata la que es de mentira o si, por el contrario, lo es la camiseta. La camarera ha sonreído y el hombre no sabe si ella no entiende apenas el idioma o si, simplemente, piensa que es imbécil. Probablemente sea lo segundo. En todo este tiempo el hombre se ha dedicado a observar a las personas que, según se ha hecho de noche, son cada vez más y pasean en diferentes direcciones. En todo este tiempo busca rostros que le parezcan atractivos, ya sean hombres o mujeres. Observa también zapatos y sandalias y zapatillas de deporte y mentalmente les da puntuaciones, elabora una lista en su cabeza a partir de los diferentes modelos que ha memorizado desde que está en la terraza dejando pasar el tiempo. Hay momentos en que solamente se fija en los pies y en el calzado y no mira las caras. Enumera zapatos cerrados y sandalias abiertas, chanclas de playa, algún zapato de tacón, también náuticos. Ninguna mujer lleva medias debido al calor y es algo que, a decir verdad, echa en falta. Parece que al mirar las caras pierda el hilo de sus pensamientos y que, por el contrario, al observar hacia abajo pudiera estar más concentrado en sí mismo. Eso es lo que le pasa ahora y decide quedarse con la vista fija en el suelo. Está quieto desde hace varios minutos mirando hacia allá. Hacia abajo. Incluso los pies pasan rápido y apenas se fija en el calzado de la gente. Solamente existen las baldosas que son de un color fucsia apagado y que parecen haberle hipnotizado. Hay chicles cadáveres adheridos a la superficie de las baldosas, ennegrecidos por el paso del tiempo o el polvo y la suciedad que cae sobre ellos. La gente los tira y motean las aceras. Eso piensa. A veces mueve la cabeza hacia algún lado y no mira el pavimento por donde camina la gente, sino que se queda observando el entramado de metal que componen las patas de las mesas y sillas que hay en la terraza de la cafetería. En uno de esos momentos de suspensión absoluta de la realidad, el hombre se queda observando un perro que se mueve de forma nerviosa entre las sillas. Es un caniche. Otro. Mira los pies que están cerca y descubre unas zapatillas de hombre hechas en tela y con toda la superficie agujereada para asegurar la ventilación del pie. Adivina pelos que salen del pantalón largo de color blanco. Al lado están unos zapatos de tacón. Son de color crema y llevan hebilla metálica. Se corresponden con los pies de una mujer que estará cerca de los sesenta años. Observa su rostro. El hombre imagina lo de la edad por las arrugas en la cara, las durezas en los dedos y talón y por el aspecto general de las uñas que, pintadas, presentan desconchones y hacen de la coloración de estas algo irregular. Al lado de estos pies hay otros con uñas rojas y sandalias negras. Son pies más jóvenes. Imagina que esta última persona es la hija de un matrimonio mayor. Es decir: la pareja que comparte mesa con ella. Plantea esta posibilidad sin detenerse en sus rostros, solo mirando su calzado. Se dice que la mujer joven está sola o divorciada y que no tiene nada mejor que hacer esta tarde de domingo. Por eso está con sus padres. Él no mira su cara, no levanta la vista del suelo. Se queda observando las uñas rojas y comprueba que hay un poco de color rojo en la punta de los dedos. También hay un tatuaje en uno de los pies. Es un rectángulo negro que disimula el tobillo y se adapta al relieve del hueso. Sigue el curso de las piernas de esta mujer y observa como los músculos se marcan delicadamente en los muslos. Luego hay una falda vaquera y una camisa roja entallada. Levanta los ojos hacia la cara de ese cuerpo y descubre a la mujer de antes. La del caniche y la mierda junto al semáforo. Ella le está mirando. Él se pone a mirar hacia otro sitio y busca a la camarera, los movimientos de paquidermo de su culo.

xxPasa un rato. La mujer sigue ahí. Es decir, sus ojos siguen ahí. En la misma posición. Observándolo. Ojos que parece que lo miran pero que, en realidad, parece que están perdidos mirando el infinito. Ojos verdes como tréboles. Antes pensó que le miraban a él. Ahora no sabe qué pensar. Los ojos siguen inmóviles. Como si estuvieran muertos o como si observaran a un muerto. A él. Ahora parecen encontrarse con los suyos y da la impresión de que salen de un letargo, algo pesado e inconsciente. Ella parece sonreírle. De repente su perro se acerca hasta los pies de él. El perro se queda pegado a sus zapatos. Se tumba. Solamente mueve la cola y abre la boca jadeante. Después de un rato y tras despedirse de la pareja con quien comparte la mesa, ella se acerca y le dice:
xx—Parece que te conoce.
xx—No lo creo —responde él.
xx—Pues el perro parece bastante convencido.
xx—Lo dudo.
xxLa mujer se sienta junto a él y pide algo de beber. Él no presta atención a sus palabras. Mira alrededor y siente la ciudad como si fuera la escenografía de una película en la que no ha decidido participar pero en la que está metido. Después observa a una mujer mulata vestida de color rosa. Un vestido de color rosa que dibuja las formas redondeadas de su cuerpo. Los dos la observan. Ella. Él. La mujer mulata vestida de rosa pasea con su perro. Les observa mientras camina y parece reírse. El perro de la mulata es diminuto, como el de la mujer de pelo corto y flequillo adolescente que, a veces, termina por caer sobre sus ojos. De vez en cuando, esos ojos se quedan petrificados como si estuvieran muertos. Él no sabe por qué pero es así.
xxElla pide la cuenta y los dos se levantan y se marchan de la terraza como si hubiesen llegado juntos, como si se conociesen de antes. Van caminando y él siente que deshace un camino que ya ha hecho anteriormente. Alguna vez. Muchas veces. No está seguro. Es una tontería y el caniche se mueve de un lado a otro. Ella lo coge de la mano y siente algo así como calor húmedo en la palma de la mano de la mujer. Sudor. Siguen caminando y cruzan calles con semáforos en verde para los peatones mientras escuchan la señal que dice pasar para los ciegos. El perro levanta la cabeza y les mira desde abajo. Observa con detenimiento al hombre.
xx—Parece que te conoce —dice ella, de veras que lo parece.
xxDejan atrás parques donde jóvenes beben litros de cerveza y fuman porros y cantan bajo la noche de verano, en domingo, cuando la gente debe estar volviendo ya de la playa. Ahora el perro no hace sus necesidades como por la tarde. No. Simplemente va por delante de ellos, correteando y girándose hacia los dos, como si les sonriera. A veces parece que ella también le sonríe. Entonces le aprieta la mano hasta hacerle daño. Él no se queja y se deja hacer. Somos seres extraños que caminan por las calles y a veces nos cogemos de la mano sin decir nada. Piensa eso.

xxPasa el rato y pasan coches, parejas en bicicleta que sonríen y personas que salen de sus automóviles después de haberlos aparcado lo más cerca posible de sus casas. Ahora abren los maleteros de sus coches y sacan sombrillas de playa y bolsas de deporte por donde cuelgan las toallas. Se puede oler a cuerpos impregnados de sal marina y crema solar que se ha secado después de dos o tres horas, crema bronceadora mezclada con el perfume ácido del sudor en la piel, esa combinación de olores que parece inflar las fosas nasales de la mujer que le sigue mirando de vez en cuando como si lo conociera de antes y que le aprieta la mano hasta provocarle algo parecido al dolor.

xxCuando llegan a la casa de la mujer, ella enciende la televisión y deja el caniche en el balcón. Cierra la puerta y el perro se le queda mirando.
xx—Ya está bien —dice.
xxAquí también se escucha el rumor del frigorífico que vuelve a ser una metáfora de la soledad o la desolación. Después la mujer conecta el aire acondicionado y, a los pocos minutos, mientras él espera a que ella regrese de algún lugar del interior de la casa por donde ha desaparecido, la sala de estar ya está más fresca que cuando llegaron.
xxÉl está sentado en el sofá. El sofá es amarillo. No sabe por qué razón ese color le mantiene en un estado de excitación que no sabe controlar. No obstante, esa sensación le parece familiar. Al menos siente que ha sucedido antes. Al menos ha tenido que suceder en un sueño, se dice. Quizás en el que tuvo en la siesta. La mujer entra en la sala de estar, deja una botella de absenta y un par de vasos sobre la mesa y se sienta junto a él. La botella y los dos vasos están al alcance de sus manos. Ella pregunta si quiere. Él responde que sí. Ella se levanta y le da la espalda. En ese momento él puede observar sus piernas, la parte de atrás. Comprueba nuevamente los músculos de sus muslos. No muy grandes pero fibrosos. Adivina los tendones que se estiran al intentar acercar un cenicero que está al otro extremo de la mesa. Intenta observar qué hay debajo de la pequeña falda vaquera. Consigue ver un segmento de piel en curva y tejido de color rojo en su ropa interior. Después vuelve a observar sus piernas. Entonces recuerda el sueño que tenía antes de despertar. Siente nuevamente esa sensación mezcla de asfixia y placer. Recuerda el tacto de seda en el cuello. Algo que le hace pensar en medias de seda. Lo recuerda al mirar las piernas de la mujer. Recuerda un vago olor a perfume e intenta inspirar ese olor en su memoria. Ella sirve la absenta en los dos vasos. Le pasa uno y toma otro para ella.. Dan un trago. Beben de golpe el líquido que está en el vaso. Después ella sirve otro vaso y dice:
xx—Me gusta la absenta, puedes dejar de ser tú mismo, aunque sea por un rato… Ausentarte.
xxLo dice y se ríe. Después beben de nuevo. De golpe. Hacen gestos raros con la cara y se dejan caer sobre el sofá amarillo. Él observa los cojines y ella enciende la tele con el mando a distancia y apaga el aire acondicionado y se levanta. Vuelve con un blister que contiene unas cápsulas. Él la sigue en todos y cada uno de sus movimientos. Ella saca una pastilla y se la mete en la boca. Se sirve más absenta y traga la pastilla.
xx—A veces —dice ella— me cuesta recordar. Creo que son estas pastillas. Mi pensamiento se hace lento con estas pastillas.
xxEntonces se ríe otra vez. Después le sirve más absenta a él y saca otra pastilla del blister y se la pone en la boca. No cierra la boca. La pastilla parece flotar sobre su lengua y ella se acerca a la boca de él. Él la abre. Ella le mete la píldora en la boca y mueve su lengua dentro. Él apenas mueve la lengua y siente una vibración en todo el cuerpo. Después la mujer se aparta y se levanta. Sale por la puerta de la sala de estar y él escucha el clic de un interruptor. Luego observa el reflejo de alguna luz que se proyecta sobre la pared del pasillo. La luz le recuerda su infancia. O un sueño. A continuación se queda mirando la tele y siente que le entran ganas de dormir. Es algo profundo y pesado.
xxAusentarse. Desaparecer. No recordar. Pensar lento.
xxEso es lo que se dice mentalmente el hombre.
xxDesaparecer.
xxPasan los minutos y ella no regresa a la sala de estar. Entonces él decide levantarse del sofá y nota que el cuerpo le responde con debilidad Al acercarse a la puerta de la salita tiene que apoyarse en el marco y dirige su mirada hacia el pasillo. Eructa. Se tapa la boca. Consigue ver una habitación con la luz encendida. El cuarto parece que está lejos y cerca al mismo tiempo. Piensa otra vez en un sueño o en la infancia y camina por elpasillo rozando las paredes, llega hasta la puerta del cuarto que hace un momento le ha llamado la atención. La luz parpadea y hay algunos segundos en los que se siente a oscuras. O tal vez son sus ojos los que parpadean y es su cabeza la que se queda a oscuras. Piensa eso. Debe ser la absenta. La pastilla de antes. Llega hasta la puerta de la habitación y pasa a su interior. El escenario parece que tiembla y observa una cama con sábanas amarillas igual que el sofá de la sala de estar. Siente que el temblor de la habitación le pasa al ojo izquierdo. Las sábanas están deshechas. Las paredes son blancas y la combinación de colores hace del cuarto un espacio extraño pero que le invita a quedarse. Como se siente un tanto agotado se acomoda en la cama y observa un cuadro de un conejo en la pared. El conejo parece sonreír y es de color blanco. De fondo, un prado, balas de heno también, el cielo azul. Junto a las patas del animal se pueden ver tréboles de cuatro hojas que el viento mueve. Él quiere llamar a la mujer por su nombre pero se da cuenta de que no lo sabe, no se lo ha dicho. Ahora imagina el cuerpo caliente de ella y siente que se duerme, los músculos absolutamente relajados, siente que se deja deslizar hacia el suelo de moqueta blanca y que, ahora mismo, al entrar en contacto con su cuerpo y su ropa le da calor. La moqueta es blanda, casi esponjosa, y piensa en la textura de una nube sobre la que se deja caer. No obstante, disfruta con esa sensación de desmoronarse y, a continuación, tiene la impresión de disolverse en un fluido, un fluido de color amarillo y blanco, como un sorbete de limón o un batido de nata y vainilla. Acaba en el suelo y a los pocos segundos consigue ver junto a su rostro los pies de la mujer que se mueven de un lado a otro, unos movimientos que juzga totalmente diferentes a los suyos que son lentos y apenas visibles porque, en realidad, casi no se mueve y todo se reduce al ritmo de la respiración que infla y desinfla su pecho. Los pies de la mujer siguen moviéndose y en algún momento parecen saltar y quedarse suspendidos en el aire. En esa imagen falsamente estática el hombre consigue ver el rectángulo negro que cubre uno de sus tobillos. La figura geométrica parece contener diminutas larvas que vibran. El rectángulo negro le hipnotiza y los pies parece que flotan como una medusa en medio del aire. También se da cuenta de que la piel de sus piernas está cubierta por un tejido transparente y oscuro. Son unas medias. Tal vez de seda, se dice. Ahora huele algo así como fruta y alcohol de quemar mezclados y mueve la boca pero no consigue producir ningún sonido. O, simplemente, no es capaz de escucharlo. No se oye nada. Eso es. Se ha detenido el sonido. Piensa eso. Ahora el hombre parpadea y siente saliva que se agolpa en el interior de su boca. El sabor es dulce. Vuelve a parpadear y al abrir los ojos comprueba que los dedos de la mujer están a escasos centímetros de su cara. Después aparece la cara de la mujer en su ángulo de visión. Se ha agachado. Él quiere sonreír y no sabe si lo hace. Ella sí lo hace y le pregunta:
xx—¿Cómo estás?
xxDespués la cara desaparece y escucha una risa. A continuación ve como las medias se deslizan y asoman los pies desnudos, el rectángulo negro en uno de los tobillos es perfectamente visible aunque, por momentos, se vuelve borroso e incluso parece desaparecer. Escucha la voz de la mujer pero no llega a comprender sus palabras. Él sigue observando los pies que están a escasos centímetros de su cara. Al ver la punta redondeada de los dedos piensa en cerezas o en alguna otra fruta de tamaño pequeño y esférica. Ahora cierra los ojos y nota algo parecido al tacto de la seda en su cuello, algo dulce, siente la saliva primero caliente y después fría y que se derrama a través de sus labios, una sensación de asfixia que se confunde con el placer. Desea despertarse. Piensa eso.

 

 

 

García-Villalba, Alfonso. Esquizorrealismo. Málaga; Ed. e.d.a. libros, 2014.

 

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