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‘HUMEDAL’ DE DAIANA HENDERSON

 

MÁS DE LO MISMO

En una foto adolescente,
un corte de pelo fugaz
que duró menos de una temporada.
No lo recordamos,
pero qué bien nos quedaba ese casco.
Es imposible volver,
es otro color, otra forma,
es otra cabeza.
Prendemos el televisor
como esperando enterarnos
que, de repente, ha pasado algo con nosotros
(las cosas que nos pasan
les pasan a otros).
Nos fuimos dejando,
dejando un hilo de baba
en nuestro arrastre.
Ya ningún atardecer puede atraparnos
aunque uno finja.
Se va, se va el sol,
se va,
y va a volver todos los días
¿qué es lo que tiene de “guau”?
Las cosas se van y muchas veces
no se despiden.
Yo, mientras, sigo intentando encontrar
lo que ya tengo.

 

 

 

 

17

En casa nunca se pudo fumar.
Es raro porque siempre hubo tíos
y primos, que lo hacían en las reuniones
y los demás lugares.
Creo que es culpa de mi hermano mayor,
debió haber roto con la no costumbre
de arranque.
Igual es evidente, el olor del pelo es indisimulable,
y en las carteras habitan algunos encendedores.
Yo me he acostumbrado a vivir sola y cuando quiero
salir al balcón, para que no quede
olor a tapita de cerveza
convertida en cenicero
un sábado lleno de gente.
Es la noche anterior a nochebuena en casa,
todos duermen,
voy a fumarme un cigarrillo al fondo,
pero, en vez de fumarlo,
es como si lo estuviera respirando.
Supongo que nos volvemos a encontrar, chica de los 17,
estoy más rubia que entonces, y tengo otros amigos,
por suerte mejores que los de antes.
Me da frío. Voy a la churrasquera,
a tirar el humo adentro de la chimenea,
para que se reúna con el resto.
Me encuentro con lo que quedó
de lo que prendí fuego la semana pasada, el contenido
de toda una caja de recuerdos de papel.
Ahora todo es gris y negro,
algunos metalizados. Deben ser las fotos.
Lo único que sobrevivió es la tarjeta de un boliche
de San Bernardo, me acuerdo bien de ese verano.
Supongo que nos volvemos a encontrar,
chica de los 17, y que tenés algo para decirme.
Lo lógico sería que yo esté acá parada,
haciendo bailar una mano,
dándote un consejo por la experiencia,
pero aparentemente tenés algo que decir vos
y yo necesito escucharlo.
¿En qué momento perdí lo que no sabía tener?,
¿y cuándo las cosas que vivimos pasaron a ser
parte de una lista, lista para ser carbonizada?,
¿cuántas y cuán pocas cosas habrán muerto
en ese último incendio?
Aparentemente has perdido la voz
o nunca aprendiste a hablar,
no sabés mantener tus principios,
ni sostener tus opiniones,
supongo que todavía tenemos algo en común.
¿Es que vos me abandonaste o yo te dejé
con una risa malévola, como si estuviera
clavándote un alambre entre las vértebras?
Hemos crecido en familias diferentes,
hemos creído en gente diferente,
hemos escuchado distintas cosas
y entendido otras cantidades.
No se sabe qué es mejor:
si fundirse en una cola de gente que se empuja
para ser normal, esquivando con los pies
los tacos agujas de las niñas incautas
y poniendo la cara de mayor de 18,
o fundirse en la cola de gente que se empuja
para dejarse ser rara.
Supongo que eso también pasa en los 17 de hoy,
donde pueden expresar su autenticidad
a través de un estado de facebook.
Uno nunca está preparado para dejar de tener esa edad
y a nosotras dos, por lo visto,
ni la ingenuidad ni la reflexión
nos han llevado a ninguna calma,
por lo visto, ninguna de las dos hemos sabido
dejarnos querer.
Supongo que nos volvemos a encontrar,
chica de los 17,
ojalá pudieras abrazarme,
ojalá pudiera prepararte un café con leche,
o vos a mí,
ojalá pudiéramos compartir un cigarrillo
aunque en el paquete queden 19, mientras miramos
los capítulos viejos de los Simpsons y esas cosas
que nunca cambian,
como los colores de las botas de goma
y casi dejarnos reír con el capítulo de Halloween
en que Bart tiene un gemelo malvado en el altillo,
simular que no nos da miedo,
simular que nos da gracia,
que está todo bien.
Ojalá volvamos a vernos, ahora seguro debés irte,
hasta las 3 las mujeres entran gratis
en las vidas de otros.
Quisiera preguntarte si es que olfateabas
ciertas tragedias, o simplemente
las esperabas.
Supongo que la poesía ya estaba golpeando
la piel del abdomen. Claro, no se puede escribir
desde un galpón lleno de ruido. Al salir sí,
pero siempre estabas entrando ¿no?
Mañana es noche buena, a tu edad yo esperaba
que no lloviera
y los fuegos artificiales eran una guerra entre mi tío
y el vecino. Aún no sabemos su nombre.
Me aturdían.
Siempre me aturdieron, pero, antes,
los oídos, ahora me aturden los recuerdos
y me quedo mirando las explosiones de chispas
de colores que Kerouac supo describir
como arañas entre las estrellas.
Ay,
no conociste a Jack, qué lástima,
te hubieras enamorado de todo su precipicio,
pero te hubieras asustado, también,
así que mejor,
somos tan distintas.
Perdón.
No quisiera adelantarte nada,
hay que dejar que las cosas sean
y no estoy pensando en El efecto mariposa,
vi esa peli a tu edad, me pareció una buena película
de ciencia ficción, pero después me hicieron verla
en psicología, como ejemplo de un caso de esquizofrenia,
entonces era otro género, no era ciencia ficción.
Creo que la interpretación hubiera cambiado
al leer la sinopsis, nunca lo hice,
bueno, vos debés acordarte, debe haberte sucedido
hace poco.
En serio,
no quisiera adelantarte nada, no quiero arruinarlo,
ni responsabilizarme de los habría,
son un pésimo tiempo verbal, ¿sabés?
realmente pésimo, deberían prohibirlos,
sancionar su uso con años de encierro
adentro de un galpón, con techo de chapa
y paredes de hormigón, sin música.
No quisieras meterte ahí adentro,
sos muy chica todavía, pensás que la tenés muy clara.
No.
No pensás que la tenés muy clara, sólo te haces,
para eludir la idea de que la vida pueda ser
un poco más cableada de lo que puede verse
en el diseño urbano.
Las cosas irán siendo más inalámbricas,
eso puedo decirte, aunque te podés imaginar,
pero eso no quita el cablerío que hay de fondo.
Muchas veces he preguntado si alguna vez
se han dicho a sí mismos que nunca
hubiesen imaginado que la vida era esto.
No recuerdo ninguna respuesta, lo que significa
que nadie me dijo nada, a lo sumo habrán hablado.
Quisiera preguntártelo, pero para hacerlo
debería mostrarte lo que es la vida hoy
y no sería justo,
merecés seguir liberándote adentro de un galpón,
en navidad salir a bailar a lugares abiertos,
aprovechar que vivís en una ciudad de río,
ver cómo el mundo se espeja en el agua marrón,
no sabés lo que vas a extrañar ese agua,
no sabés lo que va a gustarte,
vas a querer estar más de aquél lado que de este,
la tierra es aburrida
o demasiado divertida, un exceso de cable.
Quisiera decirte una cosa,
y espero no arrepentirme:
dejáte envolver pero no atrapar,
andá al galpón, hacé tu baile, no el del videoclip
de chicos jugando voleyball en la playa,
esos chicos no existen.
Queré mucho, dá sin cuestionar,
no te preguntes demasiado todavía,
ya habrá tiempo para eso en otra edad,
y espero que en alguna haya tiempo para respuestas,
quizás sea en los 17,
quizás eso has venido a decirme,
quizás si prendieras un cigarrillo esta nochebuena
frente a toda la familia
yo hoy no tendría la necesidad de fumar
y de escribir luego por encontrarme
con el resto de un deseo pirómano de prender fuego,
cada tanto, lo que queda de vos.
Y a la vez, es como si te estuviera invocando.
Hacé deportes, leé por placer,
preguntá cosas que parezcan obvias,
después no vas a animarte.
No escribas mucho, no te quemes,
no pierdas tiempo con eso.
No apuestes,
no te saques demasiadas fotos, después terminarán
la mayoría con hongos
y pegadas entre sí o prendidas fuego.
Sacá fotos de lo que hay a tu alrededor,
acostate a la hora que quieras
y escuchá música.
Mirá los Simpsons, algún día vas a necesitar un capítulo
para ejemplificar lo que querés decir.
No confíes en todos, pero sin confiás, confiá.
Y no fumes,
hace mal a la piel y te deja olor,
es un hábito horrible.

 

 

 

 

COMPOTERAS

Si me vieras
toda encogida
en el
pulmón
canceroso
del edificio
de tanto aspirar
las porquerías
de los otros.
Las discusiones
en las cocinas
se caen por las ventanas
y aterrizan acá,
en el patio del primer
piso.
Nadie las viene a buscar,
después,
como a las compoteras.

 

 

 

 

RESACA

Salgo al patio.
Ya han pasado casi
24 horas de la primera cerveza
y todavía me dura la resaca.
El pasto crece entre los dedos.
Me enfrento —como un condenado rogando
por un vaso de agua después
de haber sido arrastrado por el desierto—
toda despojada,
a la luna,
que está postrada
con una redondez tan firme
que intimidaría a cualquier miembro de la realeza.
Alrededor se forman tres círculos
de luz, de diferentes colores,
pero si la mirás fijo, empiezan a desaparecer
y queda sola, ella.
Y vos.
Y ella sobre tu cara.
Será que me duran todavía los efectos
de la borrachera
pero me parece verle
la caraluna de Méliès.
En un ojo, enterrado un barril de cerveza,
en el otro un clavo,
y la boca a punto de moverse
como un muerto en el cajón.
Puedo sentir cómo me desprecia,
ya ha visto a muchos,
a través de las eras,
mirarla del mismo modo:
rendidos de rodilla al pasto,
pidiendo una tregua,
bajo los efectos de una borrachera sin fin.

 

 

 

 

LLEGAMOS Y ESTÁ AMANECIENDO

Llegamos y está amaneciendo
en la esquina del mar y la punta de rocas
del morro sobre el que están las cabañas.
El sol, que es un tubérculo debajo del horizonte,
se prepara para saltar como un jugador de la NBA
en la cámara lenta del replay
y empieza a incendiar con un naranja furioso
todo el mar como si fuera
una superficie de querosén.
Nosotros, que estamos en la arena
desde el lado opuesto,
ponemos el pecho y esperamos que el fuego
nos llegue como un disparo, de todas maneras
iríamos a morir de sueño dentro de poco.

 

 

 

 

PIXELES

La única foto que queda
de los dos es una, abrazados,
sacada con el celular.
Voy a ampliarla,
a imprimirla en una
gigantografía.
Vernos hechos de pixeles:
partículas de colores
que alguna vez conformaron
una imagen que se parece
a nosotros dos abrazados.
Ahora juntás tus pedazos
—después de la última discusión—
y te vas a armarte a otro lado,
junto a otra, en otro soporte
y en buena definición.

 

 

 

 

ORQUESTA

Tengo una orquesta en el patio,
al lado de la cocina sin puerta de acceso.
¿Quién diseñó este departamento
con tuberías en contrapicada? ¿Quién
fue? Yo ahora pago el resentimiento
de un arquitecto o albañil.
Y los ingenieros calcularon:
masa, peso, tamaño, distancia,
largo, ancho, altura, ángulos, todo,
pero se olvidaron de la acústica.
A veces escucho llorar a la vecina
y me digo que a lo mejor se está riendo.
Cuando la cruzo y no me saluda
pienso que está bien, yo igual
he estado con ella en los peores momentos.
No se lo voy a reclamar, ella también
habrá sentido la pared temblar,
cerrado los ojos para ignorarla
y seguir durmiendo.
No pasa nada, amiga, no nos pasa nada,
estamos a salvo adentro de este edificio
que es tan viejo que no tiene memoria.
Ha olvidado a los anteriores inquilinos.
¿O no? ¿O están ellos,
de alguna manera, durmiendo
sus cuerpos del pasado junto a los míos,
que me voy sacando y que voy a dejar
en la mudanza junto con la escoba
y la palita?
La orquesta tuerce los acordes
y, al llegar la noche, se eleva
hasta el quinto o sexto piso y tira
una pista para que vaya a la terraza
a encontrarme con algo que quiero
pero me asusta encontrar.
¿Es la noche la semilla y el hacha?
¿Es la noche la madre divina
y la madre de la crianza de todos nosotros?
Yo siempre me quedo, de ella,
esperando una respuesta. Siempre.
De vez en cuando me hace el gesto de silencio
y me dice que hay que dejar de luchar,
que el acto más hermoso
que podemos hacer por nosotros
es rendirnos.

 

 

 

 

LOS ÁTOMOS DE LA LUZ

Queda algo por decir sobre la infancia
además de lo que venimos
y seguimos diciendo.
La casa donde crecimos es ahora de otros.
Flota extraña la ventana
en lo que era la pieza de mis padres.
Es cierto. Desconozco
las malas noticias, los buenos ratos,
los proyectos que habrán nacido en esos
metros cuadrados desde que nos fuimos.
Pero sé con seguridad cómo
a la mañana se infiltra por la ventana
un halo de energía a partir de la vivienda,
como plantas que crecen
en las hendijas de los edificios:
una prolija franja de luz
aterriza sobre la alfombra.
De chica, sentada en el lado fresco,
la observaba revelar partículas
de polvo u otra cosa, suspendidas
en el aire, que bajaban lento
en diagonales diversas.
Desde la vereda de enfrente veo
que le pusieron rejas a la entrada,
usaron una paleta de colores
que yo no hubiese aprobado,
no puedo ir a decirles tampoco
que esos helechos secos colgando
a los costados de la puerta
le dan un aspecto descuidado.
Pero es imposible que ellos
conozcan mejor que yo el momento
en que el sol entra y la fecunda.
Igual que personas que conservan
fotos de sus ex parejas desnudas,
en esa imagen íntima, la casa,
todavía algo me pertenece.

 

 

 

 

VI NEVAR, EN ROSARIO, Y CON SOL

A ver si alguien entiende lo que digo.
Estábamos en el primer piso de un
estacionamiento. Nos bajamos, encastrando
las manos en los huecos de la ropa.
Un señor pasó muy cerca con su auto,
dijo algo que sonó como que
estaba nevando en Fisherton,
dijimos “¿qué dijo?”, “este tipo está loco”,
miramos afuera y los copos perfectos
descendían sobre los parabrisas, fue como una
redención y me acordé de tantos libros
y de tantas películas. Quise llamar
a todos por teléfono, decirles que los amo.
Necesito algo que me haga concha el corazón.
Como cuando se te pega una canción espantosa
y necesitás otra pegadiza para reemplazar
esa pieza en tu cerebro automático.
Necesito algo que me destruya.

 

 

 

Henderson, Diana. Humedal. Cáceres; Ed. Liliputienses, 2014.

 

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