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DESAPRENDIZAJES

diciembre 16, 2016 Deja un comentario

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SU OSCURIDAD, SU LUZ

Vengo de una tierra que nunca ha sido capaz de atajar los escarnios perpetrados por sus propios moradores. Vilezas e imposturas que se han transmitido como lacras endémicas hasta hoy mismo, en una gradual propagación contaminante. Gente soez que de la religión hace una treta y de la vanagloria un catecismo; gente que enarbola la egolatría a modo de trofeo y gusta de mostrar su condición como sostén de la banalidad. Ninguno de sus lerdos narcisismos concuerda con sus más inequívocos modales, mientras todas sus faramallas remiten al mismo barrizal de fingimientos. El majadero es allí un cofrade eminente, y el badulaque el jefe de la tribu. Los más divulgados atributos de su naturaleza son también los más falibles. Pues ¿qué son sino innobles perifollos los gracejos, los regocijos, las alharacas? La verdadera contrapartida coincide con la índole de los ensimismados, los introvertidos, los melancólicos, únicos pobladores legítimos de esa tierra tan de continuo maltratada. Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.

 

 

 

 

OPERA OMNIA

Ese libro que por desgana o convicción no se escribió nunca pertenece a la historia universal de la literatura. Sus innominados nutrientes se hacinan en la fosa común de la inmortalidad. Nunca visibles pero sí latentes, lo tácito concierne a los recóndito, articula un sentido nunca exteriorizado en virtud de su preservación. La síntesis sólo ocasionalmente se opone a lo múltiple, de modo que ese texto no existente propone una lectura que ronda el absoluto. Acaso sea creíble por lo insólita semejante contribución a los trabajos de la inteligencia; acaso sea viable prever cómo el silencio se constriñe hasta hacer fascinante la desmesura de la nada. Pero hay algo empero más poderoso que esa desmesura: la carencia de todo sustentáculo usual, la incorregible privación de aquello que podría haber suplido taxativamente al ornamento del vacío, algo parecido a una contradicción en términos, la luz oscura de los gnósticos. En el puro recinto de la literatura, los temas siempre son superfluos, amén de innecesarios; no atañen para nada a la sustancia generadora de una explicación del mundo que repudia el sostén ilustrativo de la palabra. En ese libro no escrito está implícita la definitoria capacidad iluminadora de quien no lo escribió.

 

 

 

 

TOCA LA MANO EL MUNDO

Las manos contribuyen a mantener la condición universal de los saberes. En la experiencia táctil se articula el dominio absoluto de ese otro conocimiento que engloba las incontables trazas de la realidad. Cada objeto existente ingresa en la multitud de los reconocibles con sólo ser tocado y esa sabiduría viene a constituir una facultad congénita no manifestada sino a través de minuciosos arbitrios intuitivos. El tacto se convierte así en un resorte idóneo para discernir los acopios o las pérdidas, las desventuras o los regocijos. Sólo los ciegos son capaces de captar semejantes retribuciones. Toca la mano el mundo y quien lo hace redescubre el mundo. El cuerpo predilecto o malquerido, el árbol en su edad consecutiva, la oveja o la garduña, la obsidiana o la rascadera, traspasan sus informaciones a la piel omnisciente y allí subsisten con la misma intensidad que esos recuerdos cuya preservación estriba en regresar a sus orígenes. Toda emoción tangible se parece a una herida: convierte en cicatriz su propensión a hurgar en las texturas mistéricas del fondo. Huelga decir que quienes logren la potestad de tocar lo invisible serán un día como dioses.

 

 

 

 

MALDITA FLOR EFÍMERA INCOLORA COMO UNA LÁGRIMA

Como quien vuelve del riguroso mar de Ulises después de haber cruzado el desvío circular de la memoria, así arribó un día a la casa de la playa la portadora del talismán. Venía envuelta en un halo marchito que le otorgaba el don de la ingravidez y la convertía juntamente en ella y su enemiga, en su propia salvadora y en la usuaria de su perdición. Era la pugnaz impartidora del verbo y la amordazada, la que nunca sería llamada por su nombre y la que ya no volvería a surgir del mar en calidad de diosa investida de poderes. Maldita flor acuática embutida en la noche, maldita desposesión de los deseos. Pero ella continuaba transitando a solas por los parajes litorales, acaso regresando desde el tramo final del extravío, mientras todas las puertas se desencajaban de sus goznes y dejaban como una excedencia de vacío en la imperfecta oscuridad. Maldita flor efímera incolora como una lágrima.

 

 

 

 

LLEGAN DESDE EL FUTURO

Llegan desde el futuro edictos deplorables. Todo lo que era puro se ha de volver obsceno. Aquello que alguna vez fue consagrado por el dictamen de la libertad acabará descomponiéndose entre espantosos cautiverios. La lozanía devendrá de repente en un imprecatorio almacén de desperdicios y la decencia que surgió de los estudios nobles será pasto de la villanía de estólidos e iletrados. Nada más repulsivo que negar la llegada de esa tortuosa horda de coetáneos que irán desvalijando los últimos baluartes de la probidad. Vuelve a oírse el tropel irremediable de clérigos, prebostes, patriotas convenientemente adiestrados en la eliminación de discordantes. A nadie se le oculta que los detrimentos de la felicidad avanzan cada noche un poco más por la demarcación de la falacia. La benevolencia de los pocos terminará abatida por las consecutivas restricciones de los muchos. Pero hay algo que en modo alguno podrá ser desalojado de sus indómitas despensas. Devolverá la vida a cada uno, según su obstinación, la facultad de discernir entre uno y otro veredicto. Y esa será como una contraofensiva que habrá de conducir expresamente a la justicia universal.

 

 

 

 

 

HE LEÍDO TODOS LOS LIBROS

En noches de tormenta clamorosa, justo a la hora en que cohabitan los demonios familiares con las criaturas de los bosques, las bibliotecas suelen experimentar una sacudida sísmica no del todo inmoderada. El fenómeno apenas es percibido por quienes gozan de un innato repudio por los fárragos intempestivos. Se instala entonces en las estanterías una subrepticia agitación contaminante y hay un desgaste general aferrado a los anaqueles incluso con cierta propensión demoledora. Chirrían las hojas de los libros como élitros descompensados por el moho; entrechocan unas con otras las tipografías como cuerpos desvencijados; compiten los papeles como náufragos en busca de su tabla. Pero hay algo que supone una eventualidad aún más perturbadora: la ubicación de las palabras en la interioridad de cada libro. ¿Cómo se altera, cómo se verifica la distorsión de los sintagmas, en qué momento se interfieren las significaciones textuales? Nada se opone ya a que esas grafías intercambiables acaben confluyendo en un difuso elenco argumental. Los libros descoyuntan así sus contenidos en los momentos más ineludibles y de esa sola actividad arranca el orden que precede a una nueva instauración del caos. Aquel que lea alguno de esos libros, habrá leído todos los libros.

 

 

 

 

PERNOCTACIONES

He llegado solo o con quien yo más quería a sitios cuyos nombres ardieron, ay, con la decrépita hojarasca de la memoria. Todo ocurría como en el voluble ritual de una arcaica creencia itinerante. No sin recelo entraba en la efímera habitación, veía desde la ventana un cúmulo de calles ateridas por los despojamientos de la interinidad, olía nuevas fragancias transitivas en alféizares, cortinas, almohadas. Y ya se oía de inmediato el llamamiento de la puta noche, sus vacilantes correntías, sus despojos, sus repulsivos légamos, las polícromas luces engañosas, la seducción de los mostradores, los arduos vericuetos urbanos indistintamente anexos al edén y a sus introvertidos albañales. ¿En qué acabaron tantas fortunas, infortunios, flores del mal, buenaventuras? El locuaz mapa de España es rico en pertenencias nominales, esos topónimos sonoros, agrestes, mayestáticos, entre cuyas grafías se han ido acumulando tantas pernoctaciones que han desbordado y mucho sus propios envoltorios. Si lo que permanece lo fundan los poetas, yo he fundado la noche tantas veces como sobreviví a sus hospedajes.

 

 

 

 

DEJEMOS HABLAR AL VIENTO

La ausencia de pronósticos facilita que el viento se desvíe de su ruta por no usados atajos. Es una compulsión intempestiva que persiste hasta alcanzar esa afanosa concurrencia donde la privación de parapetos propicia el vendaval, tristes liturgias que resuenan de pronto a intermitencias despiadadas mientras se aferran vanamente a los muros ingrávidos del aire. Pero ¿en qué incautas premuras de la sensibilidad ocurre verdaderamente la conversación del viento con el viento? Nunca será azaroso que las desapacibles urdimbres invernales circunden sin aviso la casa en que se hospeda el inocente. No hay desacuerdos entre ese lugar y quien lo habita, pues la intemperie o sus irrevocables inclemencias se acomodan sucesivamente a la vida interior del hospedado. Hay que esperar empero a que vuelva a arraigar en la memoria la borrasca veraz de lo vivido. Dejemos hablar al viento.

 

 

 

 

POBLACIÓN DE RECLUSOS

Los cautivos dilapidan sus días sin advertir que el tiempo arrastra sus despojos por unas calles que ya han sido devueltas al desierto del que procedían. Todo está desguazándose entre los sumideros de la libertad, mientras la vida es ya como una extenuante privación que conculca la arcaica ley de los relojes. Se juntan mientras tanto las más torvas texturas de lo negro tratando de acentuar la ejecutoria del hastío. Nombres perdidos, entumecidos rostros, manos furtivas que van oscureciéndose en una incorregible moratoria por todos los espacios habitables. Circula la penuria por las galerías y un estruendo ruin de cerraduras contamina las celdas donde se hacina el infortunio. Que se olviden de ti, olvidarte de ellos, horrible noria vespertina que interminablemente obstruye el circular trayecto de las comunicantes soledades. ¿Eso que repta como un gusano atroz por la solería es acaso la muerte? ¿Esa traza que queda entre las mugrientas llagas de los baldosines es acaso la muerte que así se anuncia para aterrorizar a quienes abominan de la sombra? He aquí las ubres marchitas de la noche, chorreantes venenos que embadurnan los muros de esa tétrica historia carcelaria que protagonizamos entre todos.

 

 

 

 

TODO LO QUE NO PESA SE REÚNE PARA CAER

Ando forcejeando entre miedos indistinguibles y lisérgicas nocturnidades y variantes pobres de la conformidad. Ando bajo la incertidumbre del intruso emplazado en la balanza funeral del tiempo, siento la compulsión de unas discordias que se han ido hacinando debajo de la espera. No tardes en venir, amigo mío, ven a la luz del día. Acuérdate, si es que aún puedes acordarte, de aquel maldito híbrido de espantajo y buitre, aquel zafio enemigo de la felicidad recién llegado del más torvo confín de la estulticia, a cuyo alrededor reptaban esas confusas tretas que envenenan la historia. No te dejes tentar por el olvido, amigo el que yo más quería, ayúdame a abolir lo que la atroz azada de la edad ha ido desencajando de sus goznes o convirtiendo en estorbos de no se sabe qué fragosidades. ¿Podré un día dotar de ingravidez esas palabras que fueron desplomándose como hojas caedizas de la desmemoria? El peso de la vida concierne a esa acumulativa indensidad de todo lo que ha ido amortiguando el poder del vacío. Avisa a los compañeros que aquí estoy esperándolos, o acaso subsistiendo entre un sinnúmero de evocaciones que remiten a una vaga invasión de hojas caducas. Todo lo que no pesa se reúne para caer.

 

 

 

 

AFUERAS DEL EDÉN

Las armas se conservan en una inmensurable espelunca que circunvala el mundo. Desmantelan las frágiles resistencias del mundo, suplantan sus historias, las falsean y expanden, las uncen a una larga concatenación de furias, éxodos, mortandades, estragos. Las armas se atesoran en subsuelos, hoteles de lujo, factorías, salas de juntas, y son en su momento transferidas a las previamente designadas zonas aprovechables, aptas para reactivar las benéficas lacras de la devastación. Brilla en lo lóbrego el horror de las despedazadas inminencias y allí mismo, entre los artefactos que los inicuos dioses evalúan según sus rendimientos, cunde inflexible la atroz premonición de la barbarie, palpitan los escombros que han sido previamente computados en las noches terribles de los asesinos. No importa que el artificiero coincida con el mandatario, no importa que el piadoso sea a la vez el exterminador. Porque ¿pervive algún vestigio, algún despojo primordial de la justicia exonerado de tan desoladoras estrategias, ya cuando el espanto consiste en la conjugación de todos los azotes de la vida? Llueve a torrentes sobre las torturas, la casa del hombre, el hambre de los niños. Y así hasta que las industrias aniquilantes regidas por los grandes depredadores se alían en la sistemática y pavorosa destrucción de las afueras del Edén.

 

 

 

 

RAYA DE LA VIDA

En el trayecto que recorre Max Estrella entre la taberna y el portal de su casa están implícitos todos los caminos alegóricos de la vida. Los fracasos, las pérdidas subsecuentes, las frustraciones, las demasías etílicas, no son más que piedras refractarias contra las que rebota la ofuscación de la pobreza hasta hacerse magnánima. Max Estrella portaba en la mirada el caballeresco estandarte de la razón de la sinrazón y padecía con perseverante impiedad dolencias majestuosas. El alcohol flotaba entre él y don Latino como una bandada de pájaros necrófagos y la vida era una interminable sucesión de hermosuras menoscabadas por la desdicha. Murió porque no tuvo otra opción más dramática para proclamar quién era.

 

 

 

Caballero Bonald, J. M. Desaprendizajes. Barcelona; Ed. Planeta, 2015.

 

LA ESCENA DE AMOR DE ESTA ÓPERA

diciembre 15, 2016 Deja un comentario

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LA ESCENA DE AMOR DE ESTA ÓPERA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxQue las palabras broten
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcomo brotaba el vello de las niñas,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel deseo del vello oculto de las niñas.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAlberto Tesán.

xxxxxPRIMER NIVEL

Colocaban un pañuelo debajo de los rostros mientras se besaban,
como cuando se acerca a un rostro enfermo una cuchara llena de jarabe.
Él sostenía el pañuelo. (Que no se caiga y desperdicie nada. Que no manche).

Al quitártelas con prisa, tus bragas se habían enrollado
y, retorcidas sobre el suelo, dibujaban un símbolo de infinito: ∞.

No entiendo lo que dices ni para qué lo dices.
Además, prometiste haber soñado un poema.

Somos tan jóvenes…,
nos amamos: nos decimos uno al otro animal.
—Amémonos. Anémonas.
Tu sexo, un párpado entre tu cuerpo y mi cuerpo.

¡Eres un viejo verde, no un joven! Y además, no conozco varón.
El guión sólo hablaba de “amor entre las almas”, de afinidad, de
xxx“verdadero” amor.

Perdiste la virginidad.
Ahora sólo quedan tres gotitas de sangre oscureciéndose en un
xxxcolchón: oxidadas lágrimas en días de lluvia.

Tres gotas, tres apóstoles:
María, el discípulo amado y Magdalena.

 

xxxxxSEGUNDO NIVEL

El primer amor.
Como si hubieras nevado sobre todas las cosas: tal era mi obsesión.
xxxComo si hubiera nevado pero de piel tuya: automóviles, árboles,
xxxaceras, pájaros cubiertos de piel tuya como nieve. Un mundo
xxxhecho de ti, de tu alma, de tu piel humana, igual que las lámparas
xxxde los nazis.

El primer amor fue morderte el lóbulo de la oreja
con mis dientes de leche,
abrazarte con mis brazos de leche,
decirte al oído “siempre” con mi moral católica de leche.

 

CUARTO NIVEL

Tus ovarios son dos huevos que acaba de poner y enterrar una
xxxtortuga.

Tu sexo es un librito enclavado entre tus muslos: paso sus páginas,
xxxte amo.

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

Se besaban a través de un corno inglés. Él soplaba por la boquilla y ella ponía su
rostro en el extremo ancho del instrumento. Entonces, el corno inglés se trans-
formaba en un improvisado anticonceptivo metálico, en la armadura de un beso.

CUADERNO DEL APUNTADOR

Borrar con el cursor de la pantalla el signo de infinito en tamaño New Roman 18
no distó mucho de aplastar una cucaracha.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

EL DIOS

diciembre 14, 2016 Deja un comentario

orientalita

 

EL DIOS

Eras como una fanática religiosa
Pero sin dios — incapaz de rezar.
Querías ser escritora.
¿Querías escribir? ¿Qué había en tu interior
Que necesitase contar su historia?
La historia que precisa ser contada
Es el Dios del escritor, el que emergiendo del sueño
Te pide de un modo inaudible: “Escribe”.
Escribir ¿qué?

Tu corazón, en medio del Sahara, rabiaba
En su vacío.
Tus sueños estaban vacíos.
Te reclinabas sobre tu escritorio y llorabas
Sobre el relato que se negaba a existir,
Como sobre una plegaria
Que no pudieses elevar
A un Dios inexistente. Un Dios muerto,
Con una voz terrible. Sí,
Eras como uno de esos ascetas del desierto
Que te fascinaban,
Agostándose en su torturadora
Vacuidad sin Dios
Que les absorbía los geniecillos de las yemas de los dedos,
De las suaves motas de los rayos del sol,
Del rostro en blanco de la roca.
La oración amordazada acerca de su esterilidad
Era un Dios.
Igual que tu pánico al vacío — un Dios.

Tú le ofreciste tus versos. Primero
Pequeños viales del vacío
En el que tu pánico vertió sus lágrimas
Hasta que éstas se secaron, dejando un rastro de espectros cristalinos.
Costras salinas de tus sueños.
Como el sudor rocío
En algunas piedras del desierto, después del alba.
Oblaciones a una ausencia.
Pequeños sacrificios. Muy pronto

Tu aullido silencioso horadando la noche
Devino él mismo una luna, un ídolo ardiente
De tu Dios.
Tu lamento acarreaba su propia luna
Como una mujer un niño muerto. Como una mujer
Asistiendo a un niño muerto, inclinándose para refrescarle
Los labios con las yemas de los dedos humedecidos en lágrimas,
Así te asistía yo, que asistías a una luna
Humana pero muerta, marchita, y
Que te quemaba como un montón de fósforo.
Hasta que el niño se agitó. Su boca se agitó.
Tu pezón rezumó sangre,
Un gotero de sangre. ¡Nuestro momento de dicha!

El pequeño dios subió volando al Olmo.
En sueños, con los ojos vidriosos,
Escuchaste sus instrucciones. Al despertar,
Tus manos se movieron, y tú las observaste consternada
Como si estuvieses realizando un nuevo sacrificio.
Dos puñados de sangre, de tu propia sangre,
Y en ella algunas gotas de mí,
Envuelto en el tejido de una historia que en cierto modo
Había nacido de ti. El embrión de una historia.
Tú no podías explicártelo ni saber quién
Comía de tu mano.
El pequeño dios profería de noche en nuestro huerto
Algo que era mitad rugido, mitad risa.

Tú lo alimentabas por el día, bajo la tienda de campaña de tu pelo,
En tu escritorio, en tu secreta
Casa de los espíritus, susurrabas,
Tamborileabas en tu pulgar con los dedos,
Sacudías las conchas de Winthrop convocando sus voces marinas,
E incluso me diste una efigie — una hoja de salvia
Prensada en una biblia luterana.

No podías explicártelo. Tu mundo onírico se había abierto
De golpe, derramando su oscuridad sobre ti, como un perfume.
Tus sueños habían hecho estallar el ataúd que los confinaba.
Cegado, encendí una luz.

Y desperté cabeza abajo en tu casa de los espíritus
Moviendo unos miembros que no eran los míos
Y contando, con una voz que no era la mía,
Una historia que ignoraba por completo,
Mareado por el humo
De aquel fuego que tú avivabas, preservabas,
Aquellas llamas que yo mismo había prendido sin querer
Y que el chorro de oxígeno del conjuro
Que tú susurrabas tornaba blancas.

Alimentaste aquellas llamas con la mirra de tu madre
El incienso de tu padre
Tu propio ámbar y las lenguas
De fuego contaron su historia. Y de pronto
Todo el mundo sabía todo.
Tu Dios olisqueó el hedor a grasa.
Su rugido resonó como el horno de un sótano
En tus oídos, un trueno en los cimientos.

Entonces, en un arrebato de furia, llorando, escribiste —
Tu dicha, un danzarín en trance,
Entre el humo de las llamas.
“Dios habla a través de mí”, me aseguraste.
“¡No digas eso!”, grité. “¡No digas eso,
Que trae muy mala suerte!”.
Pero me quedé allí sentado, con los ojos abrasados,
Mirando cómo todo se consumía
En las llamas de tu sacrificio,
Las mismas que finalmente también a ti, también a ti
Te atraparon, desvanecieron, hicieron explotar,
Las llamas
De la historia de ese Dios
Que te abrasó y abrazó
A tu Mami y a tu Papi —
Tu Dios azteca de la Selva Negra,
El Dios del eufemismo Dolor.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

¿SOÑARÁS UN POEMA?

diciembre 13, 2016 Deja un comentario

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¿SOÑARÁS UN POEMA?

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEra de noche y sin embargo llovía.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSchulz
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Snoopy está intentando escribir una novela”

(Llovió sólo más tarde. Al principio las nubes no trajeron la lluvia, sólo
las formas curvas)

xxxxxI

La economía especializada hizo crecer en los poetas
un corazón hipertrofiado como los hígados de las ocas.
En tu poema melancólico llueve
“sobre hombres y mujeres”. Y luego puntos suspensivos.
Craso error. Poesía social, mineros que se pintan los labios.

En los poemas del siglo XVI nunca llovía.
Nubes del XIX.

(Acabado el recitativo, el tenor se acerca a la ventana como en disposición
de cantar un aria)

 

 

xxxxxII

Llueve, continúa desvistiéndose el muñeco.
La lluvia es crecimiento interior de lo que se mira por la ventana,
llena las fontanelas de los niños,
crea charcos del tamaño de una moneda.

(Con una mueca trágica y levantándose de la mesa, donde tenía hundido
su rostro entre las manos, soprano se acerca a tenor y lo interrumpe)

Aunque eso fuera así, no responde a mi pregunta.
Lo tuyo es la pura bocambre de decir algo, pero nada.
Otroverismo, pura naufragancia, ¿cómo lo llamaría?

Me gustaría, pero no soy capaz.
Los ciegos sueñan acariciando el braille
y está bien si consideras ciegos mis últimos poemas.
El braille es como una erupción. Tanto exceso de lenguaje.
El higo que Cicerón lanzó al senado ha sido sustituido
por una bola de nieve.
El desierto lingüístico avanza, el desierto simbólico.

Mas, aun sin quererlo, voy entrando en tu juego.
Solo por ti y por mí,
¿soñarás un poema?

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

Y a la inversa: obsesionado por el braille, un ciego no puede acariciar una
erupción sin pensar en palabras.

CUADERNO DEL APUNTADOR

Los huevos son huecos convexos, florecidos. huecos que han saltado como
palomitas.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

UNA EXTRAÑA ALEGRÍA DE VIVIR

diciembre 12, 2016 Deja un comentario

sandro-penna-carlos-vitale-una-extrana-alegria-de-vivir-la-garua

 

Hace ya unos años apareció en la catalana editorial La Garúa, esta traducción hecha por Carlos Vitale de una selección de poemas de Sandro Penna.

Este poeta nacido en Perugia en 1906, heterodoxo, homosexual, ajeno a capillas y escuelas, fue estimado por Pier Paolo Pasolini como el grande poeta italiano del siglo XX (y hay que recordar que entonces vivía nada menos que Eugenio Montale).

Dos características sobresalen —como podemos continuar leyendo en el texto de apertura del libro— en la obra de Sandro Penna. A la primera podríamos denominarla “estructural” o “formal”: es absolutamente imposible encontrar una “historia interna”; los libros de Penna están totalmente privados de concatenaciones o desarrollos, sus poemas son una serie de episodios o de pensamientos que convergen en un único punto: la celebración de la vida en su estado físico o en sus relaciones más elementales. La segunda peculiaridad de los poemas de Penna es que toda su obra está recorrida de modo casi obsesivo por un solo argumento: el erótico, convirtiéndolo quizá en el más notable poeta de amor de la poesía italiana del siglo XX, sólo que el de Penna es —como dijeron eufemísticamente sus primeros críticos— un “indisciplinado eros”.

 

Pues aquí tienen algunos poemas del libro en la magnífica traducción de Carlos Vitale.

 

LA vida… es acordarse de un triste
despertar en un tren al alba: haber visto
fuera la luz incierta: haber sentido
en el cuerpo roto la melancolía
virgen y áspera del aire punzante.

Pero recordar la liberación
imprevista es más dulce: cerca de mí
un marinero joven: el azul
y el blanco de su uniforme, y fuera
un mar todo fresco de color.

 

 

 

 

SOL sin sombras sobre viriles cuerpos
abandonados. Calla toda virtud.

Lenta el alma se hunde —con el mar—
dentro de un brillante sueño. De pronto
saltan —jóvenes islotes— los sentidos.

Pero el pecado ya no existe.

 

 

 

 

MI Amor estaba desnudo
a la orilla de un mar sonoro.
Estábamos a su lado
—favorables y calmos—
el tiempo y yo.

Luego lo robó una casa.
Me lo manchó una tinta. Yo permanezco
a la orilla de un mar sonoro.

 

 

 

 

LLUEVE sobre la ciudad. Llueve sobre el campo
donde encontré, en el sol, al dichoso amigo.

Él, en la edad gentil, tiene el corazón vago.
Y en mí ciertamente no piensa. Pero inocentes
pecados en mí la lluvia reaviva.

 

 

 

 

LA luna de septiembre sobre el oscuro
valle adormece el canto de los campesinos.

Una cadencia insiste: casi lenta
respiración de animal, en el silencio,
zarpa el valle si la luna sube.

Otro respira aquí, dulce animal
también él silencioso. Pero un tumulto
de vida en mí repite antigua vida.

Más vivo que así no estaré jamás.

 

 

 

 

YO en la rada seguía a un chico encantado
sólo de sí, entre escasas luces. Sólo yo
mantenía al chico suspendido en el mundo.

 

 

 

 

DESPUÉS vuelto el rostro hacia la almohada
sonreía a sí mismo, con beato
rubor.

 

 

 

 

Y luego estoy solo. Queda
la dulce compañía
de luminosas e ingenuas mentiras.

 

 

 

 

QUIZÁ la juventud sea sólo este
perenne amar los sentidos y no arrepentirse.

 

 

 

 

MORALISTAS

El mundo que os parece de cadenas
está todo tejido de armonías profundas.

 

 

 

 

¡SIEMPRE chicos en mis poesías!
Pero yo no sé hablar de otras cosas.
Las otras cosas son todas tediosas.
Yo no puedo cantaros Obras Pías.

 

 

 

Penna, Sandro. Una extraña alegría de vivir (Trad. Carlos Vitale). Barcelona; Ed. La Garúa, 2004.

 

LA PRIMERA CENA

diciembre 11, 2016 Deja un comentario

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LA PRIMERA CENA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxFinjamos que este café es champagne.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxJim Jarmusch
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Coffee and cigarettes”

xxxxxI

Primero la pata y detrás los patitos:
en ese orden los sacaste de la cacerola.
El tenedor sobre las hebras
y el cuchillo: a ese acorde no llegaría Aragall.

A la luz de las velas, tu copa sucia de huellas dactilares,
mas ninguna es la mía. El pez nada en el vino.
El vino astral. Contemplas el racimo en el pecho del águila:
¿el emblema vinícola de Baden?
—Qué más da lo que sea —me dices,
me dices que no debo asir
la realidad por el nombre,
que no le asigne un monstruo déjà vu.
Palpémosla mejor como los niños,
mira el césped crecido en el plato
—¡así el orégano está más fresco!—,
no te pierdas la hermosa freso roja cubierta de papilas gustativas
o que al lado de platos apilados el hueso de la jibia y el del mango
se dispensen amor como la avispa y la orquídea del filósofo.

Está bien, lo confieso: amo esa naturaleza en tu mirada última,
no he interrogado todas las sendas del país,
tal hegemonía no existe: la realidad, te digo, la realidad
es la salpicadura del invierno.
¿De la pared emergen animales? El jabalí y el ciervo
no quieren ser tan sólo una cabeza. Vienen de la pared con el ameno
trotecillo de lo irracional.
Se dirigen a nuestra primavera
de sentidos.

Luego, tu nerviosismo ha hecho que rompieras
la vela en la botella; y mientras aún pensabas qué hacer,
sostuviste en la mano la vela encendida:
Lady Macbeth de Füssli, la libertad guiando a los fantasmas.

 

 

CUADERNO DEL APUNTADOR

Es una noche de inviernoi en un club rojo de carretera.i Siemprei que todas las
alcobas del club están ocupadas, las dos cabezas de ciervo en la pared del salón
se vuelven una hacia la otra y se besan. Suenan las cuernas al chocar de amor.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

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diciembre 10, 2016 Deja un comentario

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EL COJO DE LOS CUADERNOS

Empiezo poemas, dijo,
pero nunca los termino.

Empiezo poemas por la calle
casi todos los días.

Doy pasos en caminos que podrían
conducirme a Samarcanda

me bajo de los trenes todo el rato.

No soy un río pero estoy
hecho de agua
dulce. Empiezo poemas
y el tiempo actúa
borrándolo todo. Empiezo poemas
y el tiempo actúa
a mi favor.

 

 

 

 

DÍA DE DIFUNTOS

El Día de Difuntos
la gente compra flores
y sube al cementerio
y pronto falta espacio
para aparcar.

Otros escuchan
un claxon a lo lejos.
Este dolor, se dicen,
es mío. Y aquí vive.
Y aquí se va a quedar.

Y cierran la ventana,
por si acaso.

 

 

 

 

04:39

Me encuentro rodeado de cosas medio rotas
que sin embargo funcionan
el viejo azucarero con un
agujero en la tapa
el coche que me dieron
la tele sin mando a distancia
mi forma de encajar. Todo está roto
y sin embargo funciona, no merece
la pena llevarlo a arreglar
o volver a pintarlo, no se sabe
si sería o no mejor cambiarlo
por cosas nuevas
resplandecientes
sacarlas a brillar de ser posible
comprarlas a crédito. Estoy
rodeado de cosas medio rotas
que sin embargo funcionan, invisibles
objetos abollados que sueñan
con formas exóticas de perfección
si acaso es que duermen: con rodar
sin hacer ningún ruido, con cumplir
las tareas con una fluidez
y una eficacia que desaparecieron
hace ya mucho tiempo
o nunca tuvieron. Cosas rotas
que dan vergüenza ajena
y sin embargo funcionan
y sin embargo funcionan
al cincuenta por ciento con suerte
de su capacidad. Un día
las tiraré a la basura o tal vez puede
que me decida a engrasarlas. Tengo
treinta y nueve años y me rodean
cientos de objetos astrosos
que sin embargo funcionan. Con ellos
sueño ese sueño de la eficacia
y de las cosas recién sacadas
de su flamante envoltorio y al instante
siguiente estamos despiertos
y funcionando como un viejo
tren de cercanías. Cruje,
pero se arrastra.

 

 

 

 

DOGTOWN

Que haya una ciudad dentro de ti
con muchos monumentos y un casco peatonal
y parques y portales para besos del pasado
y un río. Que haya una ciudad
pegada a tus ojos que puedas recorrer
tan solo con cerrarlos. Que a la sombra
del árbol de tu plaza consigas descansar
y verte con amigos. Y ten muchos,
que todos te conozcan, en esa ciudad
repleta de cafés donde comprenden tu jerga
y encuentras a quien buscas, en el momento exacto.

Que haya una ciudad dentro de ti
que haya una ciudad dentro de ti
de la que partan los trenes.

 

 

 

 

UN DESAHUCIO

Hacía algo de frío e iba a haber un desahucio,
un grupo de personas se reunió frente a la casa
con ingenuas pancartas y sonrisas de ánimo.
También estaba el dueño. Su mujer y sus hijos.
Hablaban lo justo y se pusieron muy serios
pero sirvieron un té que sabía a último té
preparado en la cocina, con el resto del azúcar.
Luego aparecieron los agentes, secretarios,
documentos legales, periodistas, y en el banco
alguien miraba el teléfono y esperaba noticias
del tipo “ya está hecho”, “ejecutemos”, “un almuerzo”,
poder cerrar la carpeta con un poco de cara de pena,
y colgar el cartel de “se vende” y cambiar el balance,
y cumplir por una vez los objetivos del trimestre.
Pero eso no ocurrió. Había mucha gente
impidiendo el acceso a la comitiva judicial
y ni un soplo de viento pasó por esa puerta,
esa mañana, en ese lugar. Y luego aplausos,
abrazos, lo común. No era el primero,
ni el último desahucio para todos. Entonces el padre
salió de su mutismo, obviamente emocionado,
se abrazó con uno de ellos, y dijo esto
en un español deficiente, entreverado de árabe:
Amigo mío, no soy nadie. Tal vez antes
sí lo era, jornalero, poca cosa
pero algo, una etiqueta, un atributo
que ahora no poseo. “Parado” e “inmigrante”
no sirven pues solo me describen
lo que ya no soy, de donde no provengo.
No tengo una tarjeta con mi nombre. No puedo
emitir certificados donde conste mi agradecimiento,
la deuda que a partir de este instante nos vincula
y que no podré pagar. Mas si en algún momento
alguien duda de ti, si menosprecia
tu labor para los otros, o te llama irrelevante,
soñador, poeta o diletante, improductivo,
a ése dile que venga a verme. Que pruebe mi té,
que juegue con mis hijos en la alfombra de mi casa,
que era de mis padres. Como si fuésemos
personas libres nos iremos a la cama,
esta noche. Nos abrazaremos. Dormiremos aquí.
No en la calle ni en algún dormitorio de la beneficencia,
sino aquí tras esta puerta que has defendido sin conocerme.
Diles que vengan a verme y yo, que soy nadie,
pronunciaré tu nombre y me llevaré
la mano al corazón. Si eso sirve de algo,
acéptalo, hermano. Y nada más
pudo decir. Ni tampoco el piquetista
logró emitir palabra, por el nudo en la garganta
y los fotógrafos de alrededor. Y tal vez
(pero esto no es seguro) alguna lágrima
de alguno de los dos rodó hasta el suelo
y allí se quedó, inadvertida y olvidada
hasta que comenzaron a dispersarse. Y entonces alguien,
un tipo joven, estudiante de ciencias,
a quien no solo su conciencia había atraído al piquete
sino una atracción morbosa por las chicas marxistas,
sacó un frasco de muestras y se agachó en el sitio
en que habían caído las lágrimas, y las recogió.
Para analizarlas, para descomponerlas, sintetizarlas,
producirlas en serie, como algún principio activo,
derramarlas en el agua, replicar el fenómeno,
la alegría y la victoria. De los que nunca ganan.
Contra los que siempre. Y se marchó calle abajo,
camino de su laboratorio. Contento pero sin un
número de teléfono. Y se puso a trabajar.
Si consiguió o no algún resultado eso ya no podemos saberlo.
Lo que pasó después, o antes, o en otros lugares
distintos de esa calle no puede ser conocido
o no en este poema, por lo menos. Pero esto sí.
Esto sí lo sabemos.

 

 

 

 

MÚSICA PARA AEROPUERTOS

Estuve pensando sin pensar en nada,
aunque no es del todo cierto: no pensaba en ti,
pero escuchaba tu música. Tomaba tu sol,
cruzaba los pasos de las cebras africanas,
tranquilas mantarrayas esperaban al verde.

Detuve las palabras con que te analizaba
dejé pasar los rayos, los olores,
la línea de bajo. Qué avenidas
marcianas recorrí, toda la tarde,
y qué ciudad de amor tuve a mis pies,
qué pena aterrizar, mi vida, tocar pista,
morder el aeropuerto del lenguaje,
rodar y rodar.

 

 

 

 

CETUS

Si tuviese que escribirte un poema de agua
tú serías mi tabla de surf
y te hablaría del mar, y tal vez de navegar
de pie sobre tu espalda,
del resto de metáforas. También
clavaría una vela entre tus lindos omoplatos
olas sol bla bla blá. Todo Tarifa
se volvería para mirarnos. Llegaría
mi voz amortiguada junto a la de las gaviotas
a tus oídos sumergidos, en forma de rumor
y tendrías los ojos abiertos.Vendrían
cetáceos nunca vistos grandes sombras
pasando lentamente por debajo de ti
cantando dulces músicas de fosa.
Tal vez nos hundiríamos
me ahogaría enseguida entre tanta palabra,
pero tú no.
Tú bucearías,
pelirroja.

 

 

 

Espejo, José Daniel. id. Logroño; Ed. Planeta clandestino, 2016.

 

2/2

juan-andres-garcia-roman

 

POR PRIMERA VEZ ESTÁS TRISTE
(BELISARIO ENVÍA TROPAS A LOS ÁRBOLES)

Shhhhhhhhhh,

el pájaro que canta entre dos luces:
el vuelo de dos cuerpos.

La luz entra hasta la corriente.
Sopla el viento, rueda la rueda.
El ruiseñor acaricia la noche con sus axilas añosas,
el interior del pájaro.

Estás triste. No estoy triste:
simplemente se te ha enredado el pelo en los abejorros.
El viento es un soplón. ¡Rostro soplón y gris
con tirabuzones de rey y bigotes de gato, pon roja la nariz de Martin Peeble!

Tú eres la niña rubia que a lo largo de la mañana gira su pupitre
como un girasol.
Tú eres la niña rubia que entrena un pájaro con el brazo izquierdo.
Pero en invierno no existes, te rapta la vieja fea
—raptar a Proserpina para que exista el invierno—.

Escucha: el corzo de un solo cuerno en la Toscana,
el que —dicen— dio origen al mito
del unicornio, vuelve a esconderse en el boscaje camino de otra edad oscura,
pero antes de entrar gira su cuello.
Entonces, tu mirada de velas sopladas se iluminan un poco más.
Mira, ya comienzan las migraciones de las golondrinas
a países menos democráticos.
Proserpina, la niña que se lleva los jardines
como una tarta de cumpleaños.

Deja en paz los jardines;
no hagas eso, gata.

 

 

 

 

PAPIROFLEXIA O PAZ

Te pasas toda la tarde hablándome de un insecto:
sus élitros, sus membranas, sus ocelos;
intento advertir la relación entre eso y lo que vivimos,
aunque quizás tu poema sólo trata de volar.

 

 

 

 

¡COGE EL TELÉFONO, POR FAVOR!
(LA LARGA NOCHE DEL TENIS SOBRE MOSAICO)

Duermo siempre del lado de la oreja de madera.
Cada noche lo busco: en la almohada
se aloja mi pulso, como en las caracolas el mar.
Hundo mi cabeza en la almohada y escucho un arroyo:
es un arroyo blanco que atraviesa los interiores de las palabras.
Oh canoso río que rompes esta horrible paz del sentido.
Duermo entonces.
¿Duermo? Escucho dar las doce.
Con los años, los relojes de pared se van hundiendo poco a poco en la pared,
naufragan en ella como barcos. Me levanto.
Dicen que mirar los peces tranquiliza.
Pienso en un acuario, los peces construyendo palabras con el hilo de caca,
igual que los aviones que escriben en el cielo.
Los sueños son nuestra vida contada al oído de los peces.

Pero no puedo dormir. Las horas pasan.
¿Y si tuviera uno de tus ansiolíticos?
Ahora recuerdo: se te cayó uno al suelo.
Pero mira: ¡está ahí!, sólo que un gusano lo está ingiriendo.
Entero: como una pitón que se traga a un cabrito.
Y la ingesta deforma a su paso el cuerpo del animal, ahora redondo.

Entonces me dirijo a tus cajones. ¡Ahí está!: hay otro.
Veo cómo la ranura de la pastilla me sonríe. Y yo le sonrío.

Mas la paz dura un solo diazepán.
Luego, sueño que el laberinto comienza a seguirme,
decido levantarme y doy limosna al mendigo que pide en el pasillo
xxxxde la casa. O no es un mendigo.
¿O es una de las muchachas del tenis?
Ya sabes que en los sueños
Eros aguarda casi en cada esquina.

Al fin me incorporé y me puse a leer:
en las novelas de Jane Austen,
aquellas personajes secundarias que no aman se dedican a criar y acariciar lirones.
Fue cuando sonó el teléfono: )))))))))))))) / )))))).
¿Sí? ¿Dígame? Tengo que…

Mi hermana, mi hermana…
—No he podido evitarlo, lo ha hecho… —me dijiste.
Y hablabas
como alguien que grita muy
despacio.

 

 

 

 

HAS SOÑADO EL POEMA

El fruto del ciprés es la naranja.
¿Había niños en lucha de naranjas amargas
o se han subido solas por la escalera de pintor?
En el cuenco, una honda de cuero enredada entre naranjas.

¿Es que nunca sabes poner los pies sobre la tierra?
Tú tampoco lo haces: pedaleas,
mientras la claridad de lo no dicho mueve tu pelo.

Yo hago un puzzle con piezas sobrantes y perdidas. No sé cuál es su fin.
Tan sólo sobrevivo,
riego la hierba blanca que crece bajo mi cama. Eso es todo.
Tú no irás al concierto: llorarías, has dicho.
Estoy enfadado con el arte. Y contigo.
Porque si vas al concierto no escuchas los platillos de loza del instante.

Pero, ¿sabes?, a veces mirar el mundo es como comer un lenguado:
primero una cara y después la otra: el mapa de las ocasiones.
Está bien. Ven conmigo. Corsé de tu sonrisa.
Lo aceptaré. Está bien.

Mi histórica tristeza: cambiar un ay por un símbolo
es optar por la solución de la cúpula para cubrir una intersección.
O esto tal vez; la ceja: el arco iris de la lágrima, es decir,
la lágrima y, luego, el arco iris del pensamiento.
Mirada extrema, fraternidad extrema. Mi poética
hace que lleve a cuestas el paisaje como el bosque dinámico de Macbeth.
Pero “tampoco ya ceno sólo con la mirada”.
Por eso ven conmigo hasta el final de lo que tú también quieres decir.

El viento agita las raíces,
zumban los anillos de los árboles.

—¿Es éste un poema de después que cayeran las montañas? —me preguntas.
Sí, ya no hay montañas, ya no hay literatura, ven conmigo.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN

juan-andres-garcia-roman

 

LA PRIMAVERA DE LA ZARZA

Por eso te perdí y quise extinguirme junto a los animales grandes,
los animales grandes que eran tu alma cuando se la miraba con una
linterna. Pues contigo era así: algo podía ser torpe o inane, pero en
torno a las cosas que veías crecía una hiedra buena y cuando alguien se
acercaba a enjuiciarlas, ya estaba aquella hiedra, como una dignidad,
permutando su forma por tu amor.

Pero no es que imaginaras los objetos, no es que tu alma, como se ha
dicho, se metamorfosea en formas geométricas al pensar y diera luz
al mundo, no un pulpo que entra lentamente por el ojo de la aguja, no,
ninguna operación, tú eras tu cuerpo y amabas a partir de él, dando
mundo para ser, agua para germinar. Porque un jardín no está si no
lo miras o si es abstracto, pero si los geranios daban melocotones por
el puro terciopelo del tacto o la rosa levitaba en la rama hasta afrutar
un corazón, eso no era para ti imaginación, era tu amor; y las cosas
florecían, cómo decirlo, las cosas florecían al sumergirse en los colores
que a ti te emocionaban. O porque hervías su creación al calor de
la zarza de Moisés, y entonces bullían en sus contornos: inocentes,
incesantes, la fórmula concreta de todas las infancias.

Así tu bondad hacía correr al Ganges por las escaleras de los rascacielos.
Y qué más da que el ciempiés tuviera noventa y nueve pies o que el
escarabajo fuera un hipopótamo de dos milímetros; tú te subirías a
curumbillo a tu alma y lo llamarías por su nombre, porque tú llamabas
así a las cosas, exactamente iguales al latido que en ti encontraba
mundo, un cabrilleo en el pecho, el hueco exacto para no ser algo solo.

Y eso es lo que he sabido ahora que no estás; eso es lo que he sabido
y eso repito mucho para que todos los seres pobres y torpes de este
mundo y miserables se amasen en un brillo y vuelvan a ser tú.

 

 

 

 

PRÓLOGO

Mi sueño enterrado profundo en la mañana,
en los días que son grandes dinosaurios de luz,
me acuerdo:

una niña, la niña y otra vez una niña.
Recorro esa frase como quien recorre un jardín
para que tú estés, para que algo ocurra en medio o corra
el viento del revés, el que se pone el
sombrero y se ha tragado un bosque
donde la, una, la niña
salta de tronco en tronco.

Por eso me he resuelto,
para quien no la sabe, para que todos puedan olvidarla;
voy a volver mis pasos,
os contaré

la historia.

 

 

 

 

CAPÍTULO 1
EN LA ALDEA DE LAS MONTAÑAS
(LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL ASTRÓLOGO)

Dicen que desperté un diez de noviembre, cuando los días se acortan
y acortan y acortan tanto que los hombres no caben en ellos y sacan
primero una pierna, luego la otra, los dos brazos más tarde y la cabeza,
hasta que llevan los días igual que un vehículo de cartón en una ginka-
na. Miran entonces como confundidos y al fin se deciden y avanzan a
sus fines monstruosos y libres.

Un día de esos llamé a la puerta del astrólogo.

Me abrió un niño de un metro de alto. Se encendió una lámpara y,
al hacerse la luz, vi que había una cama en donde se encontraban un
hombre y una mujer. La mujer estaba enferma y el marido la abanica-
ba con una paloma muerta. Llama éste al muchacho y le dice:

—Ocúpate de tu madre.

Cuando da un salto de la cama, compruebo que el rostro del hombre
se estrecha hasta tener barba.

—Tu mano derecha —ordena.

Y yo obedezco abriendo con tanto ahínco la palma de la mano que
logro que se agriete y se dibujen en ellas las líneas.

—¡Expósito, verdaderamente te has propuesto algo terrible!

—Sí, Sternli, quiero morir de belleza —dije; y me detuve, porque al
entrar al cuarto y comenzar a hablar se me habían empañado del ru-
bor las gafas. Por primera vez me supe en mi conciencia, lejos de ti;
las palabras se separaban y se unían pero por sus huecos se colaba el
frío—. Ella no está y yo sí estoy, ¿lo comprendes? Pero no hace mucho
de eso, creo que aún podría, sí, aún podría alcanzar la escultura de
uno de nuestros últimos grandes abrazos y trepar por ella, escalarla
y, en la séptima cabeza del canon, cerrarnos los párpados como a un
cadáver mítico, ¿no crees? —Y aunque Sternli no parecía escucharme
y se entretenía guardando la paloma en un cofre, mi inseguridad iba
disipándose—: El sol se pone en los márgenes y no es justo; al con-
trario, extingámonos en el esplendor mientras ocupa el centro de la
bóveda, pues allí es donde señala la mariposa con sus alas plegadas y
su cuchilla roja exactamente perpendicular al cielo.

—Necesitarías un sherpa para llegar tan alto. Sólo los sherpas convier-
ten paisajes verticales en paisajes horizontales. Mi hijastro…

Se eleva entonces un ruido como de interferencia radiofónica y resulta
ser la ronquera de la mujer:

—¡Nathanael, por Dios, que es sólo un crío!

—¿Tu hijo? ¿Quieres venderme a tu hijo? —me indigné.

—Es mi hijastro, pero ha visto el cielo desde el primer día.

—Cose bolsillos hasta en las sábanas de tu cama, pero no seré yo quien
los llene. ¡No hay en el mundo oro para comprar un niño y tampoco
necesito ningún sherpa! Lo que quiero es morir de belleza.

Se hizo una pausa. No me decidía a marcharme. ¿Y si el astrólogo
tenía razón? Pero como no quería ceder a sus pretensiones, continua-
mos sin movernos siete días y siete noches; y siete días siete quedó
paralizada la escena. Hasta que barrí con la mano una esmeralda bajo
su kipá.

Entonces llama el padre al muchacho:

—Acompaña a este hombre.

 

 

 

 

CAPÍTULO 4
“DESDE QUE SOMOS UN DIÁLOGO”
(F. HÖLDERLIN)

Mi sueño enterrado profundo en la mañana.

Hasta que se entreabre una puerta y entra un escarabajo empujando
una bola de nieve. ¿Es posible? Y me asomé a la ventana: ningún
árbol se llama yo, todos se llaman tú, ils s’appellent elles, o lo que es lo
mismo, ¡ha nevado!

Me apresuro a salir y el sherpa también se cuela dentro de la pelliza y
jugamos hasta que se nos van cansando, uno a uno, los cuatro brazos.
Y la nieve se pone triste. Porque tú eras también la infancia, la estancia
ínfima.

Sí, la infancia, ¿pero por qué? ¿Qué tenías tú que ver? No ser tiempo,
me dije. También la infancia crece iluminándose, en un ser propio
y cada vez más encandecido, un proceso que, si bien lo pensamos,
no se detiene, sólo se aparta. O nos apartamos. Vive, está claro. Y
se diría que entre unas ramas siempre distintas, se atisba el palacio
encendido donde celebra las bodas alguien que no le perdió el paso.
La infancia. También la infancia fue vivida y no tuvo un final. Igual
que tú, prometió algo que no coincidía con la vida. ¿Y se fue? ¿Y te
fuiste?

Aburrido, el sherpa corrió detrás de una ardilla mientras yo recorría
campos semánticos emocionados:

Si esta voz que te dice no te trae,
para qué he de tenerla,
¿para escribirte ven y que acudas si estás
y no acudas si no?
Canción, no has de cansarte
en el donaire de la mujer de espaldas,
sino trepar el rayo como hija de los dioses
y así, siendo y diciendo a
la vez, estando y fuendo,
tornarte en lo que está
fuera de mí y definitivamente
amo.

Y más tarde, hundiéndome en moarés con el puño cerrado:

¡Oh, libertad mía que pondrás fin a la obstinada eternidad de lo
hermoso!

Sobre la huesa invernal del bosque, la neblina acunaba en sus telas
un sol velado y travestido, como una luna pero más rotunda. Y
así continuó la escena, quieta y borracha, hasta que dos hombres
emergieron desde cualquiera de las puertas del bosque.

—¡Ayudadme a cambiar este curso devastador! —me apresté a gri-
tarles—, no persigáis la luna ni el candil, el rumbo siempre os lleve a
vuestro fondo, como navíos que parten hacia su alma, su fuego de San
Telmo.

—¡Yo estoy de su lado! —dice uno de ellos, que resulta ser antropólogo
marxista.

—Yo estoy desolado —añade el otro, que resulta ser profeta.

Se acerca el primero ambiciosamente y dice:

—Mi nombre es Kimberly Clark y lo nombro canciller de nuestra
intelligentsia.

Se acerca el segundo codiciosamente y secunda:

—Me llamo Armitage Shanks. Necesitamos tu mediación, Expósito,
necesitamos tus símbolos.

No sabía qué responder a aquello, así que recurrí a una frase hecha y
los tomé a ambos del hombro diciendo:

—Noble Kimberly y amado Armitage…

Pero como no sabía continuar, Kimberly Clark tomó la palabra:

—De todas formas, su amor es una convención, un convento, amigo
mío. Ni siquiera el género está dado, recuerde que el sexo de los
cocodrilos lo determina la temperatura de los huevos enterrados a
según qué profundidad y que…

Armitage Shanks lo interrumpió:

—Ésa no es la cuestión, Kimberly, los cocodrilos son horizontales
igual que los muertos, plana naturaleza. Lo que nos importa es el
hombre, que, trágicamente erguido, coge fruta de los árboles, se
ahorca o pone en hora el carillón. Y por so aguardamos, en nuestras
obras, al Espíritu: ¡el rodillo de amasar y la línea del horizonte!…

Pero aquel día fui yo quien interrumpió a los dos:

—No, amigos, no nada el pez porque hay agua, sino porque es pez. No
hay tiempo que perder, no somos circunstancias, ni de la tierra ni de
los cielos, somos libres, radicalmente libres.

En ese instante, tanto Armitage Shanks como Kimberly Clark queda-
ron muy pensativos. Y aunque aquel día de invierno la trufa del sol se
escondió tras la cima arrastrada por los renos…

 

 

 

 

CAPÍTULO 9
THE GAP
(ÉL ME LO CONTÓ — EL MELOCOTÓN)

Bajé de mi litera, la decimonovena, y fui a preguntar dónde estaban
los hornos del kibbutz y si habían visto al sherpa. Pero sólo encontré
al cascanueces, el soldado pequeño de Muñequissime, y tampoco me
respondió a eso:

—Atiéndeme, te contaré algo que puede interesarte. Te ayudaré si nos
ayudas.

Respondí que sí, que los ayudaría. Y me lo contó. Me habló de un
filósofo, un autista que vivía en lo alto del campanario con forma
de flauta: el filósofo escribe a máquina, está sentado a la mesa, una
larguísima mesa de banquete cuyo extremo se pierde en la niebla.

Quiere escribir algo, sí, algo, pero qué exactamente.

—No podrás aferrar el instante, no hay mano para todas las hojas
de una puerta giratoria. Aunque yo la sueño, yo sueño esa mano,
una mano quimérica, toda rodeada de dedos como un cangrejo, una
estrella o una rosa de los vientos, con varios índices y corazones.
Sueño esa mano porque la mía se ortiga con lo real, por ejemplo, un
melocotón, un pomo, el pomo de una puerta.

Dice que su pasado no existe ni tampoco su presente, que lo ha
intentado todo. Y nada. Que ha probado “métodos”. Pero ni así.
La-Cadena-en-Flor-Non-Stop-Show. Allí lo ha intentado. Que ha
entrado incluso allí. Recuerda el sonido del hielo en la copa, pero no
que pudiera repetirse. Luego el triángulo del pubis como la punta rota
de una estrella o una flecha que señala el infierno. Recuerda haberse
bajado del tren. Mind the gap, please, mind the gap.

La grieta entre el lenguaje y su adoración.

Please, please, keep clear, do not obstruct the doors.

Dice que las formas salen de él, habla de cómo se las saca de la boca
igual que el tragador de fuego, de cómo usa sus dedos para darle a los
labios la forma de lo que quiere nombrar. Que eso son sus palabras.
Pero en vano. Porque quedan en fantasmas.

Y la vida no puede recordarla, se convierte en pasado, en nana, en
ronquido; y eso no vuelve a entrar, igual que no entra la costurera por
el ojo de la aguja ni manzana podrida en manzana cerrada. Entonces,
la cuestión fundamental: si yo muero, esto puede no haber sucedido.

Dice que asigna formas a las nubes que pasan o a las manchas de una
vaca. Pero que no sirve de nada. A lo sumo enuncia una frase que se
disgrega sin retorno. Que la revisa y no encuentra fallo gramatical
alguno. Pero la frase se derrumba. Presté atención a lo que el
cascanueces escribía_

I didn’t change my mind the gap was deep whereas…

También cuenta historias sin fin, como la que el cascanueces anotó:

los puentes pequeños
los cruzan hombres pequeños
con las manos en los bolsillos
sobre ríos pequeños
con las manos en los bolsillos

Él me lo contó, sí, el cascanueces. Dijo que hasta se sienta mal a la
mesa. Que llega tarde a cubrir la copa para que le sirvan y que el licor
le resbala sobre el dorso de su mano pintándole las uñas. Que las chi-
cas se ríen. Todas excepto una con una mancha roja alrededor de la
boca y a la que llaman mística.

Le obligué a detener la pluma:

—¿Ancila? ¿Hablas de Ancila, la costurera del país natal? ¡Ella me
ayudó, es muy sabia!

El cascanueces se encogió de hombros con un crujido de madera y
terminó su relato. El filósofo autista ya no sale, ya no va a La-Cadena-
en-Flor-Non-Stop-Show. Cuando necesita algo, deja caer de lo alto del
campanario una bolsa con un cordel, una cometa enferma, la bolsa de
infusión de toda una ciudad. Pero escribir sí escribe sin parar:

Yo he estudiado el lenguaje
y he sabido que era la historia de una adoración.

 

 

 

 

CAPÍTULO 24
UN LIBRO EN EL QUE SÓLO TE SALVAS TÚ

—¡Contempla, Expósito, toda la belleza que te rodea!

—En efecto, nunca el kibbutz había tenido aquel aspecto. Había
comenzado el hambre. Gente desnutrida vagaba entre otra gente
desnutrida y apenas si podías distinguir a los primeros de los
segundos. Algunas calles habían adelgazado dentro de otras calles y
eran denominadas guetos.

Pero incluso así, conmocionado y víctima de Shanks, yo también
persistía en ciertas de mis locuras, creo que ya en realidad sin
convencimiento, como quien cuenta corderos sin ir a dormir. Es otra
glotis más —decía para mis adentros—, hay en el mundo mucho dolor
y mucha belleza, pero, además, hay en el mundo mucha belleza y
mucho dolor. Es decir, existe la muerte, existe el horror, pero también
existe el deslumbramiento. La cuestión general es que si se dan los
primeros no puede darse el segundo, pero yo estoy seguro de que
lo contrario ocurre igualmente, que en algún estado de conciencia
individual lo bello eclipsa todo lo demás, y el tiempo y la pérdida.

No obstante, Shanks, experto en deshacer escaleras, parecía olfatear
como un sabueso mis asociaciones, porque me interrumpió con otra
voz:

—¡Pues hazlo ya, estúpido, trepa por la columna y súbete a tu arte
antes de que te tiren de las piernas! —se reía—, Clark se acerca,
Sternli viene por mar hecho una furia y ha logrado una alianza con
el extraterrestre color dólar. Traen cohetes y tracas. Tienes miedo,
¿verdad?, ¿por eso te has quedado al lado de papá grizzly?

—Armitage, si lo que dices es verdad, Clark estará aquí antes que
cante el gallo.

—¡Pues mandaré matar todos los gallos! No, ni siquiera se hará de
noche: ¡mandaré matar todos los grillos!

—Ríndete ya. ¿No tuviste bastante con el sherpa?, ¿a quién se le ocurre
emplear a un niño en unos hornos?

—¿Unos hornos? Mira que eres ingenuo, Expósito. Aquel niño no tra-
bajó en ningunos hornos, murió en el transcurso de un… experimen-
to. Y así debió haber pasado con toda esa estirpe de garrapatas.

No podía creerlo. Cerré mi puño. Nunca miré a nadie con tanto odio.
Pero en eso también me superaba:

—¡Ohlalá! ¿Vas a ponerme la mano encima? Está bien, hagamos
un trato, respóndeme una pregunta y luego seré tu saco de boxeo.
Dime una cosa: ¿de verdad sientes compasión? —Aquello me pilló
desprevenido—. Vas a decir que sí, pero aguarda, te lo pondré un poco
más difícil; fuera de lo que te obsesiona, fuera de la infancia y de esa
muchacha que yerra por tu herrumbre, ¿sientes algo? Dime, ¿de verdad
lo sientes? Porque si así fuera, te tirarías a las calles. Pero, no, poeta, no
sientes nada, nada de nada por esos individuos. Ni siquiera para mí
son tan poco, yo al menos les doy un uso. Clark te robó a tu adsum de
las manos y dejaste pasar una noche hasta pedir cuentas. Para colmo
no estabas en el kibbutz, ¿dónde estabas? Tú no amas, Expósito, ni
siquiera la amaste a ella del todo, sólo querías menos vértigo, lo sabes.
¡Y aun así escribirás un libro en el que sólo te salvas tú! Qué gusano
eres, qué gusano. Dime ahora, ¿todavía tienes ganas de pegarme?

Allí estaba, era como si hubiera saltado dentro de sí mismo y aterrizara
en una arrogancia nueva, con sus ojos clavados en los míos, feliz como
uña en gato. Entonces terminó:

—Por cierto, que tampoco te acuerdas de tu padre. Eres el único huér-
fano que no lo hace. Y ahora déjame comer en paz.

Sonó el chirrido de una polea con una bandeja, era su plato favorito:
conserva de guindas en saliva de muchachas. Shanks comenzó a cu-
charear y yo obedecí, sin fuerzas o razón para objetarle nada. Bajé la
escalerilla, toda la escalerilla. Calles vacías. Arena. Mujeres. Hombres.
Oscuros inviernos preñados de días minúsculos, absurdos, la yogur-
tera de un sol tenue, de calor poco. El cielo volvió a cubrirse de nubes
del prójimo.

 

 

 

 

CAPÍTULO 33
LA QUITANIEVES DEL UNIVERSO

Toda la noche oyeron pájaros.
Por la mañana el cielo sorprendido
compuso a toda prisa alguna nube
para tener cabeza y girarla: un dragón chino
de tela lo surcaba y surcaba el calendario
hacia atrás; primavera,
invierno, diecinueve de diciembre,
un año y otro año.
Se volvieron también las golondrinas,
lejos de los balcones
enamorados y ahora acostumbradas
al ruido de tacones en el suelo de los boeings,
las serpientes se irguieron encantadas
y miraron al cielo
y hasta el pez abisal dio un salto fuera
del mar. Para verlo.

No porque la subida del nivel del océano
ni la disminución del hielo de los polos
hubieran acuciado
el eterno retorno. Nada de eso.
Simplemente fue así. Aconteció.
El dragón chino de La-Cadena-en-Flor
aterrizó en el día en que se amaron,
abrió la boca, sacó la lengua
como una alfombra para que él y un perro
salieran con más lujo que Jonás del cetáceo.
Y, aunque sin dientes no podía hablar,
parecía que dijese: “Aquí los tienes”.

Porque allí estaba ella y, ordenando en su pelo
—¡colores a sus puestos!—, un lazo en que tropiezan
las ardillas dormidas.

No era ninguna copia, era el día mismo
de la amapola en el muslo,
cuando se conocieron
y él tenía un agujero en la suela del zapato
que silbaba al andar. Hasta eso sonó. Igual.
Sólo que ahora un perro movió el rabo,
como asintiendo.

Corrieron, se abrazaron y se ungieron,
se dijeron palabras
—dos íes griegas y dos íes latinas—
de ésas tontas que dicen los que se aman
y que tiemblan cuando se quedan solas
porque no serán dichas
nunca más y lo saben.
Ahora nadie va,
ni el invisible viento, nadie, nada,
un desierto de arena de reloj,
de tiempo, sí, de tiempo de los otros,
porque lo suyo había acontecido.

Pero ningún laurel, nada emparrado,
ni un mosaico que diga:
cave Cangunem, quieto, aquí se amaron
la hoz y la cruz, el tenedor y la cuchara.
Nada quedó de aquello, porque quien lo sabía
ya está dentro de él,
escaló su querencia y se arrojó.

—¿Qué hago con estas gafas? —dijo un guardia—
Juraría haberlas visto caer del cielo.

—¿No son del figurín,
del gafotas? ¿No fue llevado a un pozo?

—Eso nadie lo sabe.

—Pues tíralas al río y ahórranos problemas.

Y las gafas se vieron a sí mismas cayendo
cataratas abajo, en Iguazú,
rodeadas de tucanes y del polvo del agua,
hasta el fin de los tiempos
o hasta otra glaciación
que las deje en la escoba de la quita-
nieves del universo.

Ésa es toda la historia.
La mano de oro viejo de la aldaba
sujetó por la esquina un pañuelo de tela,
lo agitó y dijo Adiós.

Las cosas habían vuelto a habitar los colores,
pero ya estaban libres:
y ahí veías a la nieve quitándose su blanco
como un niño un pijama,
y el cielo su celeste
y el trigo su amarillo.
Hasta que todos juntos se bañaron.

Sólo el camaleón viudo estaba pálido,
quieto sobre ninguna rama,
ingrávido, infeliz,
como un hombre que escribe escribe escribe

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

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