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‘EL AZOR EN EL PÁRAMO’ DE TED HUGHES

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CÓMO PINTAR UN NENÚFAR

Una capa verde de hojas de nenúfar
Techa la cámara del estanque y pavimenta

La furiosa arena de las moscas: estudia
Esto, las dos mentes de esta dama.

Observa primero el caballito del diablo aéreo
Que come carne, pasa como una bala

O se detiene en el espacio para afinar la puntería.
Otros, igual de peligrosos, peinan el zumbido

Bajo los árboles. En este lugar por todas partes
Hay gritos de guerra y gemidos de muerte

Pero inaudibles, de modo que los ojos se admiran
Al ver los colores de estos insectos que forman arcos

Iris mientras vuelan, chispean o se posan
Refrescándose como gotas de metal fundido

En el espectro. Piensa cuán peor ha de ser
Lo normal en el lecho del estanque:

Épocas prehistóricas endragonadas
Se arrastran por esa oscuridad con nombres latinos;

Allí no evolucionaron nada, tienen
Mandíbulas en lugar de cabezas, la mirada fija,

Ignoran tanto la edad como la hora.
Y ahora pinta el nenúfar de esbelto cuello

Que, hundido en ambos mundos, puede estar
Quieto como un cuadro, sin apenas temblar,

Aunque el caballito del diablo se pose en él
Y sea cual sea el horror que impulsa su raíz.

 

 

 

 

LUCIOS

Lucios, ocho centímetros de largo, perfectos
Lucios en todo, color dorado entigrecido con rayas verdes.
Asesinos desde el huevo, con su eterno y malévolo rictus
Danzan en la superficie, por entre las moscas,

O bien se deslizan, asombrados de su propia grandeza,
Sobre un lecho de esmeralda: siluetas
De submarina delicadeza y horror.
En su mundo miden un centenar de metros.

En las lagunas, bajo los nenúfares abatidos por el calor —
El lóbrego pesar de su quietud:
Apiñados sobre las hojas negras del año pasado, mirando hacia arriba.
O suspendidos en una caverna ambarina de algas

Ya que no pueden mudar en esta época del año
La abrazadera en forma de gancho ni los colmillos de su mandíbula;
Toda su vida depende de ese artilugio; las agallas,
Los pectorales amalgaman tranquilamente sus sustancias.

Un día encerramos tres tras un cristal,
En una jungla de juncos: uno de ocho centímetros, otro de diez
Y otro de doce: los cebamos con alevines —
Y de pronto había dos: Al final, sólo uno,

Con el vientre abombado y el mismo rictus con el que nació.
Pues los lucios, ciertamente, no perdonan a nadie. Recuerdo
Otros dos, de tres kilos cada uno, unos sesenta centímetros de largo,
Secos y muertos bajo una adelfilla —

Uno, embutido hasta las agallas en el garguero del otro:
El único ojo que sobresalía, observaba: como te engancha un vicio —
La misma mirada férrea de siempre
Aunque la muerte hubiese contraído su membrana.

Otro día estuve pescando en una laguna de cincuenta metros
Cuyos nenúfares y cuyas tencas musculosas
Habían sobrevivido a todas las piedras aún visibles
Del monasterio donde los habían plantado:

Su profundidad inmóvil es legendaria,
Tan profunda como la propia Inglaterra. La laguna
Albergaba un lucio demasiado grande para moverse,
tan inmenso y viejo
Que no me atrevía a pescar después del anochecer.

Pero lancé la caña y pesqué
Con el cabello erizado de miedo
Imaginando lo que podía surgir, la mirada que podía surgir.
El chapoteo amortiguado en la laguna oscura,

Los búhos, acallando a los maderos flotantes con un ulular
Que resonaba en mis oídos, me prevenían acerca del sueño
Que lo oscuro bajo lo oscuro de la noche había liberado
Y que venía emergiendo, escrutando, lentamente hacia mí.

 

 

 

 

LA LUNA LLENA Y LA PEQUEÑA FRIEDA

Una tarde fresca, arredrada ante el ladrido de un perro y el ruido de un cubo —

Y tú escuchando.
La tela de una araña, tensa por el roce del rocío.
Un balde izado, calmo y rebosante — espejo
Tentando a la primera estrella para que tiemble.

Las vacas vuelven a casa por el sendero, enlazando los setos con las orlas calientes
de su aliento —
Oscuro río de sangre, mar de guijarros,
Leche balanceándose sin llegarse a verter.
“¡Luna!”, gritas de repente, “¡Luna! ¡Luna!”.

La luna da un paso atrás igual que una artista contemplando asombrada una obra

Que a su vez la señala asombrada.

 

 

 

 

WODWO

¿Qué soy yo? Husmeando aquí revolviendo las hojas
Siguiendo un débil rastro en el aire hasta la orilla del río
Me meto en el agua. Qué soy yo para hender
El cristalino grano de agua alzando la vista veo el lecho
Del río sobre mí invertido tan claro
¿Qué hago aquí en mitad del aire? ¿Por qué encuentro
esta rana tan interesante mientras inspecciono su secreto
más recóndito y lo convierto en el mío propio? ¿Estos juncos
me conocen se refieren a mí con qué nombre
me han visto alguna vez encajo yo en su mundo? Parezco estar
separado de la tierra desenraizado caído
de la nada por casualidad no tengo lazos
que me aten a nada puedo ir donde me plazca
como si alguien me hubiese otorgado la libertad
de este lugar pero entonces ¿qué soy yo? Recogiendo
pedazos de corteza de este tocón podrido no experimento
ningún placer de nada me sirven así que por qué lo hago
yo y por qué ambas cosas casan de manera tan extraña
Y qué clase de ser soy el primero de los míos
pertenezco a alguien qué forma tengo soy qué
forma tengo soy inmenso si llego
al final por este camino paso estos árboles paso estos otros
hasta cansarme voy a dar con uno de los muros que me limitan
por el momento si me siento tranquilamente cómo todo
se detiene para observarme supongo que soy el centro exacto
pero ahí está todo eso qué es eso raíces
raíces raíces raíces y aquí está el agua
de nuevo tan extraña pero yo voy a seguir mirando

 

 

 

 

INTERROGATORIO ANTE LA PUERTA DEL ÚTERO

¿A quién pertenecen esas patitas esmirriadas? A la Muerte.
¿A quién pertenece esa cara hirsuta y como chamuscada? A la Muerte.
¿A quién pertenecen esos pulmones que trabajan sin descanso? A la Muerte.
¿A quién pertenece ese servicial abrigo de músculos? A la Muerte.
¿A quién pertenecen esas tripas indescriptibles? A la Muerte.
¿A quién pertenecen esos supuestos sesos? A la Muerte.
¿Toda esa sangre revuelta? A la Muerte.
¿Esos ojos tan poco eficientes? A la Muerte.
¿Esa pequeña lengua viperina? A la Muerte.
¿Este desvelo ocasional? A la Muerte.

¿Dado, robado o pendiente de juicio?
Pendiente.

¿A quién pertenece toda la tierra lluviosa y pedregosa? A la Muerte.
¿A quién todo el espacio? A la Muerte.
¿Quién es más fuerte que la esperanza? La Muerte.
¿Quién es más fuerte que la voluntad? La Muerte.
¿Más fuerte que el amor? La Muerte.
¿Más fuerte que la vida? La Muerte.

Pero, ¿quién es más fuerte que la Muerte?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxYo, obviamente.

Pasa, Cuervo.

 

 

 

 

CÓMO EMPEZÓ A JUGAR EL AGUA

El agua quería vivir
Llegó al sol volvió llorando
El agua quería vivir
Llegó a los árboles ardieron volvió llorando
Se pudrieron volvió llorando
El agua quería vivir
Llegó a las flores se marchitaron volvió llorando
Quería vivir
Llegó al útero halló la sangre
Volvió llorando
Llegó al útero halló el cuchillo
Volvió llorando
Llegó al útero halló el gusano y la podredumbre
Volvió llorando quería morir

Llegó al tiempo cruzó la puerta de piedra
Volvió llorando
Llegó al espacio lo recorrió todo buscando la nada
Volvió llorando quería morir

Hasta cesar el reguero de su llanto

Ahora yace en el fondo de todas las cosas

Absolutamente agotada absolutamente clara

 

 

 

 

ABEL CROSS, CRIMSWORTH DENE

Donde las madres cabalgan
A galope en sus almas

Donde los aullidos del cielo
Llueven a mares, se precipitan
Sobre la tierra buscando cuerpos
De pájaros, animales, gente

Una dicha surge de pronto, secreta y salvaje,
Como el canto de una alondra apenas audible
Oculto en el viento

Un gozo callado y maligno
Como la piedra de un astro quebrado
Que sabe que nada más puede sucederle
En su cuna-sepulcro.

 

 

 

 

EL DÍA EN QUE ÉL MURIÓ

Fue el día más sedoso del año naciente,
El primer acto de reconocimiento de la primavera real,
El primer acto de confianza del sol.

Fue ayer. Anoche heló.
Tanto como en cualquiera otra noche de cualquier invierno.
Marte, Saturno y la luna pendían arracimados
Del cielo plagado y duro.
Hoy es el Día de San Valentín.

La tierra, tostada, crujiente. Los copos de nieve, chafados.
Los tordos escupiendo sus gorjeos. Las palomas lustrando
Cuidadosamente sus voces en medio de un frío punzante.
Los cuervos chirriando, torpemente
Desaforados.

Los campos resplandecientes parecen alucinados.
Su expresión ha cambiado
Como si hubiesen estado en algún lugar espantoso
Y hubiesen vuelto sin él.
Las vacas confiadas, con el lomo cubierto de escarcha,
Aguardando el heno, aguardando algo
De calor en este nuevo vacío.

A partir de ahora, la tierra
Tendrá que apañárselas sin él.
Pero aún duda, bajo esta lenta realización de la luz,
Como una niña, demasiado al descubierto, bajo un sol frágil,
Con las raíces cortadas
Y una inmensa laguna en su memoria.

 

 

 

 

AQUELLA MAÑANA

Fuimos allí donde había tantísimos salmones
Tan constantes, tan espaciados, tan orientados desde tan lejos
Por su mapa interior, que Inglaterra podía añadir

Tan sólo el crepúsculo tiznado del sur de Yorkshire
Orlado con la zozobra zumbadora de los Lancaster
Para que el mundo pareciera irse a pique despacio.

Qué solemne, estar allí de pie, bajo la luz polen,
Hundidos hasta la cintura en el poderoso, salvaje vaivén de los salmones
Amontonados como por la mano de Dios. Allí el cuerpo

Escindido, dorado e imperecedero,
De su dudoso pensamiento — un espíritu-faro
Iluminado por el poder de los salmones

Que seguían y seguían llegando sin cesar
Elevándonos, como si volásemos despacio, con sus formaciones
Hacia alguna suerte de pasmosa, deslumbrante bendición,

Y que un mal pensamiento podría oscurecer. Como si el mundo
Caído en desgracia y el salmón se hubiesen acabado para siempre. Como si éste
Fuese el pez imperecedero

Que hubiese dejado morir al mundo…

Allí, bajo una luz malva de lupinos, los salmones
Colgaban del aire, rebosaban de las manos ahuecadas de las montañas

Hechas de hormigueantes átomos. Finalmente, había ocurrido.
Luego, como una señal de que estábamos allí donde estábamos,
Dos osos dorados bajaron a nadar como hombres

A nuestro lado. Se sumergieron como niños.
Se irguieron en el agua profunda como en un trono
Despedazando y comiendo salmones con sus garras.

Así llegamos al final de nuestro viaje.
De pie, sabiéndonos vivos en el río de la luz,
Criaturas de la luz entre las criaturas de la luz.

 

 

 

 

CANCIÓN DEL BALLENATO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPara Charles Causley

¿Qué pensarán de sí mismas las ballenas
Con sus cerebros globales —
La iluminación voltaica con la fuerza de la marea
De esos cerebros? ¿Su rayo X multidimensional

Capta las estructuras de este mundo, sus cerebros eclosionados
Clonan réplicas del mundo iluminado
Por los electrones, re-imaginando el mundo,
Perceptores y receptores perfectamente sintonizados,

Cada uno de ellos un trémulo mundo en sí
Sintiendo a través del mundo? ¿Qué es
Lo que las hace parte de las demás?

“Somos hermosas. Removemos

Y preparamos nuestro color característico
En este bote de colores que es el mundo.
Con cada coletazo ahondamos
Nuestro ser en la sustancia iluminada del mundo,

Y nuestra dicha en la bendición
Rotatoria del mundo, y nuestra paz
En la paz flotante, aerodinámica del mundo”.
Sus toneladas de cuerpo, cámaras de eco,

Amplifican el susurro
De las corrientes y los aires, de los seres marítimos
Y las maniobras planetarias,
De las estaciones, de las costas, y de su propio

Encantamiento dirigido a la Luna, mientras danzan
El drama originario de la Tierra
En el que ellas interpretan, como desde el principio,
La Casa Real.
xxxxxxxxxxxxxxxxLas pasiones más grandiosas,

Más espermáticas, los placeres más exquisitos,
Los personajes más nobles, la presencia, la gallardía
Y la ecuanimidad más divinas y oceánicas —

La caída más terrible.

 

 

 

 

EL LUGAR SENSIBLE

Tus sienes, allí donde más se te adensaba el cabello,
Eran tu lugar sensible. Una vez, haciendo una prueba,
Dejé caer una lima entre los electrodos
De una batería de doce voltios: explotó
Como una granada. Como tú, cuando alguien te cableó,
Alguien bajó la palanca, provocando
Aquellos truenos en la caja de tu cerebro. Ellos,
Con sus batas blanqueadas, sus caras empalidecidas,
Se cernieron de nuevo
Para ver cómo estabas, presa en tus correas.
Para comprobar si tu dentadura seguía intacta.
La mano en la palanca calibrada
De nuevo sin sentir nada
Salvo el hecho de no sentir nada volvió a bajarla para sentir
Alguna sensación de estremecimiento. El terror
Era la nube de ti
Que aguardaba esos rayos. Un día
Vi rajarse de golpe la rama de un roble.
Como tú la pierna de tu padre. ¿Cuántas convulsiones
Tuviste que sufrir para que ese dios te prendiese
Por las raíces del cabello? Cuando los informes
Se esfumaron en nubes, ¿qué se evaporó
Con ellos? Allí donde los pararrayos lloraron cobre
Y el nervio se deshizo de su piel
Como un niño quemado, corriendo para alejarse
Del fogonazo de una bomba. Ellos
Te dejaron caer: un pedazo de alambre rígido y retorcido
Entre el tendido eléctrico de la ciudad de Boston. Las luces
Del edifico del Senado fueron descendiendo
A medida que tu voz se hundía en tu interior
Huyendo por la hurera del sótano de tu casa.
Años después emergió
Sobreexpuesta, como una radiografía:
El mapa de tu cerebro cubierto aún de manchas
Oscuras, las cicatrices color tierra calcinada
De tu retiro. Y tus palabras,
Con sus rostros vueltos de espaldas a la luz,
Conteniéndose las entrañas.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

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