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EL COJO DE LOS CUADERNOS

Empiezo poemas, dijo,
pero nunca los termino.

Empiezo poemas por la calle
casi todos los días.

Doy pasos en caminos que podrían
conducirme a Samarcanda

me bajo de los trenes todo el rato.

No soy un río pero estoy
hecho de agua
dulce. Empiezo poemas
y el tiempo actúa
borrándolo todo. Empiezo poemas
y el tiempo actúa
a mi favor.

 

 

 

 

DÍA DE DIFUNTOS

El Día de Difuntos
la gente compra flores
y sube al cementerio
y pronto falta espacio
para aparcar.

Otros escuchan
un claxon a lo lejos.
Este dolor, se dicen,
es mío. Y aquí vive.
Y aquí se va a quedar.

Y cierran la ventana,
por si acaso.

 

 

 

 

04:39

Me encuentro rodeado de cosas medio rotas
que sin embargo funcionan
el viejo azucarero con un
agujero en la tapa
el coche que me dieron
la tele sin mando a distancia
mi forma de encajar. Todo está roto
y sin embargo funciona, no merece
la pena llevarlo a arreglar
o volver a pintarlo, no se sabe
si sería o no mejor cambiarlo
por cosas nuevas
resplandecientes
sacarlas a brillar de ser posible
comprarlas a crédito. Estoy
rodeado de cosas medio rotas
que sin embargo funcionan, invisibles
objetos abollados que sueñan
con formas exóticas de perfección
si acaso es que duermen: con rodar
sin hacer ningún ruido, con cumplir
las tareas con una fluidez
y una eficacia que desaparecieron
hace ya mucho tiempo
o nunca tuvieron. Cosas rotas
que dan vergüenza ajena
y sin embargo funcionan
y sin embargo funcionan
al cincuenta por ciento con suerte
de su capacidad. Un día
las tiraré a la basura o tal vez puede
que me decida a engrasarlas. Tengo
treinta y nueve años y me rodean
cientos de objetos astrosos
que sin embargo funcionan. Con ellos
sueño ese sueño de la eficacia
y de las cosas recién sacadas
de su flamante envoltorio y al instante
siguiente estamos despiertos
y funcionando como un viejo
tren de cercanías. Cruje,
pero se arrastra.

 

 

 

 

DOGTOWN

Que haya una ciudad dentro de ti
con muchos monumentos y un casco peatonal
y parques y portales para besos del pasado
y un río. Que haya una ciudad
pegada a tus ojos que puedas recorrer
tan solo con cerrarlos. Que a la sombra
del árbol de tu plaza consigas descansar
y verte con amigos. Y ten muchos,
que todos te conozcan, en esa ciudad
repleta de cafés donde comprenden tu jerga
y encuentras a quien buscas, en el momento exacto.

Que haya una ciudad dentro de ti
que haya una ciudad dentro de ti
de la que partan los trenes.

 

 

 

 

UN DESAHUCIO

Hacía algo de frío e iba a haber un desahucio,
un grupo de personas se reunió frente a la casa
con ingenuas pancartas y sonrisas de ánimo.
También estaba el dueño. Su mujer y sus hijos.
Hablaban lo justo y se pusieron muy serios
pero sirvieron un té que sabía a último té
preparado en la cocina, con el resto del azúcar.
Luego aparecieron los agentes, secretarios,
documentos legales, periodistas, y en el banco
alguien miraba el teléfono y esperaba noticias
del tipo «ya está hecho», «ejecutemos», «un almuerzo»,
poder cerrar la carpeta con un poco de cara de pena,
y colgar el cartel de «se vende» y cambiar el balance,
y cumplir por una vez los objetivos del trimestre.
Pero eso no ocurrió. Había mucha gente
impidiendo el acceso a la comitiva judicial
y ni un soplo de viento pasó por esa puerta,
esa mañana, en ese lugar. Y luego aplausos,
abrazos, lo común. No era el primero,
ni el último desahucio para todos. Entonces el padre
salió de su mutismo, obviamente emocionado,
se abrazó con uno de ellos, y dijo esto
en un español deficiente, entreverado de árabe:
Amigo mío, no soy nadie. Tal vez antes
sí lo era, jornalero, poca cosa
pero algo, una etiqueta, un atributo
que ahora no poseo. «Parado» e «inmigrante»
no sirven pues solo me describen
lo que ya no soy, de donde no provengo.
No tengo una tarjeta con mi nombre. No puedo
emitir certificados donde conste mi agradecimiento,
la deuda que a partir de este instante nos vincula
y que no podré pagar. Mas si en algún momento
alguien duda de ti, si menosprecia
tu labor para los otros, o te llama irrelevante,
soñador, poeta o diletante, improductivo,
a ése dile que venga a verme. Que pruebe mi té,
que juegue con mis hijos en la alfombra de mi casa,
que era de mis padres. Como si fuésemos
personas libres nos iremos a la cama,
esta noche. Nos abrazaremos. Dormiremos aquí.
No en la calle ni en algún dormitorio de la beneficencia,
sino aquí tras esta puerta que has defendido sin conocerme.
Diles que vengan a verme y yo, que soy nadie,
pronunciaré tu nombre y me llevaré
la mano al corazón. Si eso sirve de algo,
acéptalo, hermano. Y nada más
pudo decir. Ni tampoco el piquetista
logró emitir palabra, por el nudo en la garganta
y los fotógrafos de alrededor. Y tal vez
(pero esto no es seguro) alguna lágrima
de alguno de los dos rodó hasta el suelo
y allí se quedó, inadvertida y olvidada
hasta que comenzaron a dispersarse. Y entonces alguien,
un tipo joven, estudiante de ciencias,
a quien no solo su conciencia había atraído al piquete
sino una atracción morbosa por las chicas marxistas,
sacó un frasco de muestras y se agachó en el sitio
en que habían caído las lágrimas, y las recogió.
Para analizarlas, para descomponerlas, sintetizarlas,
producirlas en serie, como algún principio activo,
derramarlas en el agua, replicar el fenómeno,
la alegría y la victoria. De los que nunca ganan.
Contra los que siempre. Y se marchó calle abajo,
camino de su laboratorio. Contento pero sin un
número de teléfono. Y se puso a trabajar.
Si consiguió o no algún resultado eso ya no podemos saberlo.
Lo que pasó después, o antes, o en otros lugares
distintos de esa calle no puede ser conocido
o no en este poema, por lo menos. Pero esto sí.
Esto sí lo sabemos.

 

 

 

 

MÚSICA PARA AEROPUERTOS

Estuve pensando sin pensar en nada,
aunque no es del todo cierto: no pensaba en ti,
pero escuchaba tu música. Tomaba tu sol,
cruzaba los pasos de las cebras africanas,
tranquilas mantarrayas esperaban al verde.

Detuve las palabras con que te analizaba
dejé pasar los rayos, los olores,
la línea de bajo. Qué avenidas
marcianas recorrí, toda la tarde,
y qué ciudad de amor tuve a mis pies,
qué pena aterrizar, mi vida, tocar pista,
morder el aeropuerto del lenguaje,
rodar y rodar.

 

 

 

 

CETUS

Si tuviese que escribirte un poema de agua
tú serías mi tabla de surf
y te hablaría del mar, y tal vez de navegar
de pie sobre tu espalda,
del resto de metáforas. También
clavaría una vela entre tus lindos omoplatos
olas sol bla bla blá. Todo Tarifa
se volvería para mirarnos. Llegaría
mi voz amortiguada junto a la de las gaviotas
a tus oídos sumergidos, en forma de rumor
y tendrías los ojos abiertos.Vendrían
cetáceos nunca vistos grandes sombras
pasando lentamente por debajo de ti
cantando dulces músicas de fosa.
Tal vez nos hundiríamos
me ahogaría enseguida entre tanta palabra,
pero tú no.
Tú bucearías,
pelirroja.

 

 

 

Espejo, José Daniel. id. Logroño; Ed. Planeta clandestino, 2016.

 

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