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2/2

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POR PRIMERA VEZ ESTÁS TRISTE
(BELISARIO ENVÍA TROPAS A LOS ÁRBOLES)

Shhhhhhhhhh,

el pájaro que canta entre dos luces:
el vuelo de dos cuerpos.

La luz entra hasta la corriente.
Sopla el viento, rueda la rueda.
El ruiseñor acaricia la noche con sus axilas añosas,
el interior del pájaro.

Estás triste. No estoy triste:
simplemente se te ha enredado el pelo en los abejorros.
El viento es un soplón. ¡Rostro soplón y gris
con tirabuzones de rey y bigotes de gato, pon roja la nariz de Martin Peeble!

Tú eres la niña rubia que a lo largo de la mañana gira su pupitre
como un girasol.
Tú eres la niña rubia que entrena un pájaro con el brazo izquierdo.
Pero en invierno no existes, te rapta la vieja fea
—raptar a Proserpina para que exista el invierno—.

Escucha: el corzo de un solo cuerno en la Toscana,
el que —dicen— dio origen al mito
del unicornio, vuelve a esconderse en el boscaje camino de otra edad oscura,
pero antes de entrar gira su cuello.
Entonces, tu mirada de velas sopladas se iluminan un poco más.
Mira, ya comienzan las migraciones de las golondrinas
a países menos democráticos.
Proserpina, la niña que se lleva los jardines
como una tarta de cumpleaños.

Deja en paz los jardines;
no hagas eso, gata.

 

 

 

 

PAPIROFLEXIA O PAZ

Te pasas toda la tarde hablándome de un insecto:
sus élitros, sus membranas, sus ocelos;
intento advertir la relación entre eso y lo que vivimos,
aunque quizás tu poema sólo trata de volar.

 

 

 

 

¡COGE EL TELÉFONO, POR FAVOR!
(LA LARGA NOCHE DEL TENIS SOBRE MOSAICO)

Duermo siempre del lado de la oreja de madera.
Cada noche lo busco: en la almohada
se aloja mi pulso, como en las caracolas el mar.
Hundo mi cabeza en la almohada y escucho un arroyo:
es un arroyo blanco que atraviesa los interiores de las palabras.
Oh canoso río que rompes esta horrible paz del sentido.
Duermo entonces.
¿Duermo? Escucho dar las doce.
Con los años, los relojes de pared se van hundiendo poco a poco en la pared,
naufragan en ella como barcos. Me levanto.
Dicen que mirar los peces tranquiliza.
Pienso en un acuario, los peces construyendo palabras con el hilo de caca,
igual que los aviones que escriben en el cielo.
Los sueños son nuestra vida contada al oído de los peces.

Pero no puedo dormir. Las horas pasan.
¿Y si tuviera uno de tus ansiolíticos?
Ahora recuerdo: se te cayó uno al suelo.
Pero mira: ¡está ahí!, sólo que un gusano lo está ingiriendo.
Entero: como una pitón que se traga a un cabrito.
Y la ingesta deforma a su paso el cuerpo del animal, ahora redondo.

Entonces me dirijo a tus cajones. ¡Ahí está!: hay otro.
Veo cómo la ranura de la pastilla me sonríe. Y yo le sonrío.

Mas la paz dura un solo diazepán.
Luego, sueño que el laberinto comienza a seguirme,
decido levantarme y doy limosna al mendigo que pide en el pasillo
xxxxde la casa. O no es un mendigo.
¿O es una de las muchachas del tenis?
Ya sabes que en los sueños
Eros aguarda casi en cada esquina.

Al fin me incorporé y me puse a leer:
en las novelas de Jane Austen,
aquellas personajes secundarias que no aman se dedican a criar y acariciar lirones.
Fue cuando sonó el teléfono: )))))))))))))) / )))))).
¿Sí? ¿Dígame? Tengo que…

Mi hermana, mi hermana…
—No he podido evitarlo, lo ha hecho… —me dijiste.
Y hablabas
como alguien que grita muy
despacio.

 

 

 

 

HAS SOÑADO EL POEMA

El fruto del ciprés es la naranja.
¿Había niños en lucha de naranjas amargas
o se han subido solas por la escalera de pintor?
En el cuenco, una honda de cuero enredada entre naranjas.

¿Es que nunca sabes poner los pies sobre la tierra?
Tú tampoco lo haces: pedaleas,
mientras la claridad de lo no dicho mueve tu pelo.

Yo hago un puzzle con piezas sobrantes y perdidas. No sé cuál es su fin.
Tan sólo sobrevivo,
riego la hierba blanca que crece bajo mi cama. Eso es todo.
Tú no irás al concierto: llorarías, has dicho.
Estoy enfadado con el arte. Y contigo.
Porque si vas al concierto no escuchas los platillos de loza del instante.

Pero, ¿sabes?, a veces mirar el mundo es como comer un lenguado:
primero una cara y después la otra: el mapa de las ocasiones.
Está bien. Ven conmigo. Corsé de tu sonrisa.
Lo aceptaré. Está bien.

Mi histórica tristeza: cambiar un ay por un símbolo
es optar por la solución de la cúpula para cubrir una intersección.
O esto tal vez; la ceja: el arco iris de la lágrima, es decir,
la lágrima y, luego, el arco iris del pensamiento.
Mirada extrema, fraternidad extrema. Mi poética
hace que lleve a cuestas el paisaje como el bosque dinámico de Macbeth.
Pero “tampoco ya ceno sólo con la mirada”.
Por eso ven conmigo hasta el final de lo que tú también quieres decir.

El viento agita las raíces,
zumban los anillos de los árboles.

—¿Es éste un poema de después que cayeran las montañas? —me preguntas.
Sí, ya no hay montañas, ya no hay literatura, ven conmigo.

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

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