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JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN

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LA PRIMAVERA DE LA ZARZA

Por eso te perdí y quise extinguirme junto a los animales grandes,
los animales grandes que eran tu alma cuando se la miraba con una
linterna. Pues contigo era así: algo podía ser torpe o inane, pero en
torno a las cosas que veías crecía una hiedra buena y cuando alguien se
acercaba a enjuiciarlas, ya estaba aquella hiedra, como una dignidad,
permutando su forma por tu amor.

Pero no es que imaginaras los objetos, no es que tu alma, como se ha
dicho, se metamorfosea en formas geométricas al pensar y diera luz
al mundo, no un pulpo que entra lentamente por el ojo de la aguja, no,
ninguna operación, tú eras tu cuerpo y amabas a partir de él, dando
mundo para ser, agua para germinar. Porque un jardín no está si no
lo miras o si es abstracto, pero si los geranios daban melocotones por
el puro terciopelo del tacto o la rosa levitaba en la rama hasta afrutar
un corazón, eso no era para ti imaginación, era tu amor; y las cosas
florecían, cómo decirlo, las cosas florecían al sumergirse en los colores
que a ti te emocionaban. O porque hervías su creación al calor de
la zarza de Moisés, y entonces bullían en sus contornos: inocentes,
incesantes, la fórmula concreta de todas las infancias.

Así tu bondad hacía correr al Ganges por las escaleras de los rascacielos.
Y qué más da que el ciempiés tuviera noventa y nueve pies o que el
escarabajo fuera un hipopótamo de dos milímetros; tú te subirías a
curumbillo a tu alma y lo llamarías por su nombre, porque tú llamabas
así a las cosas, exactamente iguales al latido que en ti encontraba
mundo, un cabrilleo en el pecho, el hueco exacto para no ser algo solo.

Y eso es lo que he sabido ahora que no estás; eso es lo que he sabido
y eso repito mucho para que todos los seres pobres y torpes de este
mundo y miserables se amasen en un brillo y vuelvan a ser tú.

 

 

 

 

PRÓLOGO

Mi sueño enterrado profundo en la mañana,
en los días que son grandes dinosaurios de luz,
me acuerdo:

una niña, la niña y otra vez una niña.
Recorro esa frase como quien recorre un jardín
para que tú estés, para que algo ocurra en medio o corra
el viento del revés, el que se pone el
sombrero y se ha tragado un bosque
donde la, una, la niña
salta de tronco en tronco.

Por eso me he resuelto,
para quien no la sabe, para que todos puedan olvidarla;
voy a volver mis pasos,
os contaré

la historia.

 

 

 

 

CAPÍTULO 1
EN LA ALDEA DE LAS MONTAÑAS
(LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL ASTRÓLOGO)

Dicen que desperté un diez de noviembre, cuando los días se acortan
y acortan y acortan tanto que los hombres no caben en ellos y sacan
primero una pierna, luego la otra, los dos brazos más tarde y la cabeza,
hasta que llevan los días igual que un vehículo de cartón en una ginka-
na. Miran entonces como confundidos y al fin se deciden y avanzan a
sus fines monstruosos y libres.

Un día de esos llamé a la puerta del astrólogo.

Me abrió un niño de un metro de alto. Se encendió una lámpara y,
al hacerse la luz, vi que había una cama en donde se encontraban un
hombre y una mujer. La mujer estaba enferma y el marido la abanica-
ba con una paloma muerta. Llama éste al muchacho y le dice:

—Ocúpate de tu madre.

Cuando da un salto de la cama, compruebo que el rostro del hombre
se estrecha hasta tener barba.

—Tu mano derecha —ordena.

Y yo obedezco abriendo con tanto ahínco la palma de la mano que
logro que se agriete y se dibujen en ellas las líneas.

—¡Expósito, verdaderamente te has propuesto algo terrible!

—Sí, Sternli, quiero morir de belleza —dije; y me detuve, porque al
entrar al cuarto y comenzar a hablar se me habían empañado del ru-
bor las gafas. Por primera vez me supe en mi conciencia, lejos de ti;
las palabras se separaban y se unían pero por sus huecos se colaba el
frío—. Ella no está y yo sí estoy, ¿lo comprendes? Pero no hace mucho
de eso, creo que aún podría, sí, aún podría alcanzar la escultura de
uno de nuestros últimos grandes abrazos y trepar por ella, escalarla
y, en la séptima cabeza del canon, cerrarnos los párpados como a un
cadáver mítico, ¿no crees? —Y aunque Sternli no parecía escucharme
y se entretenía guardando la paloma en un cofre, mi inseguridad iba
disipándose—: El sol se pone en los márgenes y no es justo; al con-
trario, extingámonos en el esplendor mientras ocupa el centro de la
bóveda, pues allí es donde señala la mariposa con sus alas plegadas y
su cuchilla roja exactamente perpendicular al cielo.

—Necesitarías un sherpa para llegar tan alto. Sólo los sherpas convier-
ten paisajes verticales en paisajes horizontales. Mi hijastro…

Se eleva entonces un ruido como de interferencia radiofónica y resulta
ser la ronquera de la mujer:

—¡Nathanael, por Dios, que es sólo un crío!

—¿Tu hijo? ¿Quieres venderme a tu hijo? —me indigné.

—Es mi hijastro, pero ha visto el cielo desde el primer día.

—Cose bolsillos hasta en las sábanas de tu cama, pero no seré yo quien
los llene. ¡No hay en el mundo oro para comprar un niño y tampoco
necesito ningún sherpa! Lo que quiero es morir de belleza.

Se hizo una pausa. No me decidía a marcharme. ¿Y si el astrólogo
tenía razón? Pero como no quería ceder a sus pretensiones, continua-
mos sin movernos siete días y siete noches; y siete días siete quedó
paralizada la escena. Hasta que barrí con la mano una esmeralda bajo
su kipá.

Entonces llama el padre al muchacho:

—Acompaña a este hombre.

 

 

 

 

CAPÍTULO 4
“DESDE QUE SOMOS UN DIÁLOGO”
(F. HÖLDERLIN)

Mi sueño enterrado profundo en la mañana.

Hasta que se entreabre una puerta y entra un escarabajo empujando
una bola de nieve. ¿Es posible? Y me asomé a la ventana: ningún
árbol se llama yo, todos se llaman tú, ils s’appellent elles, o lo que es lo
mismo, ¡ha nevado!

Me apresuro a salir y el sherpa también se cuela dentro de la pelliza y
jugamos hasta que se nos van cansando, uno a uno, los cuatro brazos.
Y la nieve se pone triste. Porque tú eras también la infancia, la estancia
ínfima.

Sí, la infancia, ¿pero por qué? ¿Qué tenías tú que ver? No ser tiempo,
me dije. También la infancia crece iluminándose, en un ser propio
y cada vez más encandecido, un proceso que, si bien lo pensamos,
no se detiene, sólo se aparta. O nos apartamos. Vive, está claro. Y
se diría que entre unas ramas siempre distintas, se atisba el palacio
encendido donde celebra las bodas alguien que no le perdió el paso.
La infancia. También la infancia fue vivida y no tuvo un final. Igual
que tú, prometió algo que no coincidía con la vida. ¿Y se fue? ¿Y te
fuiste?

Aburrido, el sherpa corrió detrás de una ardilla mientras yo recorría
campos semánticos emocionados:

Si esta voz que te dice no te trae,
para qué he de tenerla,
¿para escribirte ven y que acudas si estás
y no acudas si no?
Canción, no has de cansarte
en el donaire de la mujer de espaldas,
sino trepar el rayo como hija de los dioses
y así, siendo y diciendo a
la vez, estando y fuendo,
tornarte en lo que está
fuera de mí y definitivamente
amo.

Y más tarde, hundiéndome en moarés con el puño cerrado:

¡Oh, libertad mía que pondrás fin a la obstinada eternidad de lo
hermoso!

Sobre la huesa invernal del bosque, la neblina acunaba en sus telas
un sol velado y travestido, como una luna pero más rotunda. Y
así continuó la escena, quieta y borracha, hasta que dos hombres
emergieron desde cualquiera de las puertas del bosque.

—¡Ayudadme a cambiar este curso devastador! —me apresté a gri-
tarles—, no persigáis la luna ni el candil, el rumbo siempre os lleve a
vuestro fondo, como navíos que parten hacia su alma, su fuego de San
Telmo.

—¡Yo estoy de su lado! —dice uno de ellos, que resulta ser antropólogo
marxista.

—Yo estoy desolado —añade el otro, que resulta ser profeta.

Se acerca el primero ambiciosamente y dice:

—Mi nombre es Kimberly Clark y lo nombro canciller de nuestra
intelligentsia.

Se acerca el segundo codiciosamente y secunda:

—Me llamo Armitage Shanks. Necesitamos tu mediación, Expósito,
necesitamos tus símbolos.

No sabía qué responder a aquello, así que recurrí a una frase hecha y
los tomé a ambos del hombro diciendo:

—Noble Kimberly y amado Armitage…

Pero como no sabía continuar, Kimberly Clark tomó la palabra:

—De todas formas, su amor es una convención, un convento, amigo
mío. Ni siquiera el género está dado, recuerde que el sexo de los
cocodrilos lo determina la temperatura de los huevos enterrados a
según qué profundidad y que…

Armitage Shanks lo interrumpió:

—Ésa no es la cuestión, Kimberly, los cocodrilos son horizontales
igual que los muertos, plana naturaleza. Lo que nos importa es el
hombre, que, trágicamente erguido, coge fruta de los árboles, se
ahorca o pone en hora el carillón. Y por so aguardamos, en nuestras
obras, al Espíritu: ¡el rodillo de amasar y la línea del horizonte!…

Pero aquel día fui yo quien interrumpió a los dos:

—No, amigos, no nada el pez porque hay agua, sino porque es pez. No
hay tiempo que perder, no somos circunstancias, ni de la tierra ni de
los cielos, somos libres, radicalmente libres.

En ese instante, tanto Armitage Shanks como Kimberly Clark queda-
ron muy pensativos. Y aunque aquel día de invierno la trufa del sol se
escondió tras la cima arrastrada por los renos…

 

 

 

 

CAPÍTULO 9
THE GAP
(ÉL ME LO CONTÓ — EL MELOCOTÓN)

Bajé de mi litera, la decimonovena, y fui a preguntar dónde estaban
los hornos del kibbutz y si habían visto al sherpa. Pero sólo encontré
al cascanueces, el soldado pequeño de Muñequissime, y tampoco me
respondió a eso:

—Atiéndeme, te contaré algo que puede interesarte. Te ayudaré si nos
ayudas.

Respondí que sí, que los ayudaría. Y me lo contó. Me habló de un
filósofo, un autista que vivía en lo alto del campanario con forma
de flauta: el filósofo escribe a máquina, está sentado a la mesa, una
larguísima mesa de banquete cuyo extremo se pierde en la niebla.

Quiere escribir algo, sí, algo, pero qué exactamente.

—No podrás aferrar el instante, no hay mano para todas las hojas
de una puerta giratoria. Aunque yo la sueño, yo sueño esa mano,
una mano quimérica, toda rodeada de dedos como un cangrejo, una
estrella o una rosa de los vientos, con varios índices y corazones.
Sueño esa mano porque la mía se ortiga con lo real, por ejemplo, un
melocotón, un pomo, el pomo de una puerta.

Dice que su pasado no existe ni tampoco su presente, que lo ha
intentado todo. Y nada. Que ha probado “métodos”. Pero ni así.
La-Cadena-en-Flor-Non-Stop-Show. Allí lo ha intentado. Que ha
entrado incluso allí. Recuerda el sonido del hielo en la copa, pero no
que pudiera repetirse. Luego el triángulo del pubis como la punta rota
de una estrella o una flecha que señala el infierno. Recuerda haberse
bajado del tren. Mind the gap, please, mind the gap.

La grieta entre el lenguaje y su adoración.

Please, please, keep clear, do not obstruct the doors.

Dice que las formas salen de él, habla de cómo se las saca de la boca
igual que el tragador de fuego, de cómo usa sus dedos para darle a los
labios la forma de lo que quiere nombrar. Que eso son sus palabras.
Pero en vano. Porque quedan en fantasmas.

Y la vida no puede recordarla, se convierte en pasado, en nana, en
ronquido; y eso no vuelve a entrar, igual que no entra la costurera por
el ojo de la aguja ni manzana podrida en manzana cerrada. Entonces,
la cuestión fundamental: si yo muero, esto puede no haber sucedido.

Dice que asigna formas a las nubes que pasan o a las manchas de una
vaca. Pero que no sirve de nada. A lo sumo enuncia una frase que se
disgrega sin retorno. Que la revisa y no encuentra fallo gramatical
alguno. Pero la frase se derrumba. Presté atención a lo que el
cascanueces escribía_

I didn’t change my mind the gap was deep whereas…

También cuenta historias sin fin, como la que el cascanueces anotó:

los puentes pequeños
los cruzan hombres pequeños
con las manos en los bolsillos
sobre ríos pequeños
con las manos en los bolsillos

Él me lo contó, sí, el cascanueces. Dijo que hasta se sienta mal a la
mesa. Que llega tarde a cubrir la copa para que le sirvan y que el licor
le resbala sobre el dorso de su mano pintándole las uñas. Que las chi-
cas se ríen. Todas excepto una con una mancha roja alrededor de la
boca y a la que llaman mística.

Le obligué a detener la pluma:

—¿Ancila? ¿Hablas de Ancila, la costurera del país natal? ¡Ella me
ayudó, es muy sabia!

El cascanueces se encogió de hombros con un crujido de madera y
terminó su relato. El filósofo autista ya no sale, ya no va a La-Cadena-
en-Flor-Non-Stop-Show. Cuando necesita algo, deja caer de lo alto del
campanario una bolsa con un cordel, una cometa enferma, la bolsa de
infusión de toda una ciudad. Pero escribir sí escribe sin parar:

Yo he estudiado el lenguaje
y he sabido que era la historia de una adoración.

 

 

 

 

CAPÍTULO 24
UN LIBRO EN EL QUE SÓLO TE SALVAS TÚ

—¡Contempla, Expósito, toda la belleza que te rodea!

—En efecto, nunca el kibbutz había tenido aquel aspecto. Había
comenzado el hambre. Gente desnutrida vagaba entre otra gente
desnutrida y apenas si podías distinguir a los primeros de los
segundos. Algunas calles habían adelgazado dentro de otras calles y
eran denominadas guetos.

Pero incluso así, conmocionado y víctima de Shanks, yo también
persistía en ciertas de mis locuras, creo que ya en realidad sin
convencimiento, como quien cuenta corderos sin ir a dormir. Es otra
glotis más —decía para mis adentros—, hay en el mundo mucho dolor
y mucha belleza, pero, además, hay en el mundo mucha belleza y
mucho dolor. Es decir, existe la muerte, existe el horror, pero también
existe el deslumbramiento. La cuestión general es que si se dan los
primeros no puede darse el segundo, pero yo estoy seguro de que
lo contrario ocurre igualmente, que en algún estado de conciencia
individual lo bello eclipsa todo lo demás, y el tiempo y la pérdida.

No obstante, Shanks, experto en deshacer escaleras, parecía olfatear
como un sabueso mis asociaciones, porque me interrumpió con otra
voz:

—¡Pues hazlo ya, estúpido, trepa por la columna y súbete a tu arte
antes de que te tiren de las piernas! —se reía—, Clark se acerca,
Sternli viene por mar hecho una furia y ha logrado una alianza con
el extraterrestre color dólar. Traen cohetes y tracas. Tienes miedo,
¿verdad?, ¿por eso te has quedado al lado de papá grizzly?

—Armitage, si lo que dices es verdad, Clark estará aquí antes que
cante el gallo.

—¡Pues mandaré matar todos los gallos! No, ni siquiera se hará de
noche: ¡mandaré matar todos los grillos!

—Ríndete ya. ¿No tuviste bastante con el sherpa?, ¿a quién se le ocurre
emplear a un niño en unos hornos?

—¿Unos hornos? Mira que eres ingenuo, Expósito. Aquel niño no tra-
bajó en ningunos hornos, murió en el transcurso de un… experimen-
to. Y así debió haber pasado con toda esa estirpe de garrapatas.

No podía creerlo. Cerré mi puño. Nunca miré a nadie con tanto odio.
Pero en eso también me superaba:

—¡Ohlalá! ¿Vas a ponerme la mano encima? Está bien, hagamos
un trato, respóndeme una pregunta y luego seré tu saco de boxeo.
Dime una cosa: ¿de verdad sientes compasión? —Aquello me pilló
desprevenido—. Vas a decir que sí, pero aguarda, te lo pondré un poco
más difícil; fuera de lo que te obsesiona, fuera de la infancia y de esa
muchacha que yerra por tu herrumbre, ¿sientes algo? Dime, ¿de verdad
lo sientes? Porque si así fuera, te tirarías a las calles. Pero, no, poeta, no
sientes nada, nada de nada por esos individuos. Ni siquiera para mí
son tan poco, yo al menos les doy un uso. Clark te robó a tu adsum de
las manos y dejaste pasar una noche hasta pedir cuentas. Para colmo
no estabas en el kibbutz, ¿dónde estabas? Tú no amas, Expósito, ni
siquiera la amaste a ella del todo, sólo querías menos vértigo, lo sabes.
¡Y aun así escribirás un libro en el que sólo te salvas tú! Qué gusano
eres, qué gusano. Dime ahora, ¿todavía tienes ganas de pegarme?

Allí estaba, era como si hubiera saltado dentro de sí mismo y aterrizara
en una arrogancia nueva, con sus ojos clavados en los míos, feliz como
uña en gato. Entonces terminó:

—Por cierto, que tampoco te acuerdas de tu padre. Eres el único huér-
fano que no lo hace. Y ahora déjame comer en paz.

Sonó el chirrido de una polea con una bandeja, era su plato favorito:
conserva de guindas en saliva de muchachas. Shanks comenzó a cu-
charear y yo obedecí, sin fuerzas o razón para objetarle nada. Bajé la
escalerilla, toda la escalerilla. Calles vacías. Arena. Mujeres. Hombres.
Oscuros inviernos preñados de días minúsculos, absurdos, la yogur-
tera de un sol tenue, de calor poco. El cielo volvió a cubrirse de nubes
del prójimo.

 

 

 

 

CAPÍTULO 33
LA QUITANIEVES DEL UNIVERSO

Toda la noche oyeron pájaros.
Por la mañana el cielo sorprendido
compuso a toda prisa alguna nube
para tener cabeza y girarla: un dragón chino
de tela lo surcaba y surcaba el calendario
hacia atrás; primavera,
invierno, diecinueve de diciembre,
un año y otro año.
Se volvieron también las golondrinas,
lejos de los balcones
enamorados y ahora acostumbradas
al ruido de tacones en el suelo de los boeings,
las serpientes se irguieron encantadas
y miraron al cielo
y hasta el pez abisal dio un salto fuera
del mar. Para verlo.

No porque la subida del nivel del océano
ni la disminución del hielo de los polos
hubieran acuciado
el eterno retorno. Nada de eso.
Simplemente fue así. Aconteció.
El dragón chino de La-Cadena-en-Flor
aterrizó en el día en que se amaron,
abrió la boca, sacó la lengua
como una alfombra para que él y un perro
salieran con más lujo que Jonás del cetáceo.
Y, aunque sin dientes no podía hablar,
parecía que dijese: “Aquí los tienes”.

Porque allí estaba ella y, ordenando en su pelo
—¡colores a sus puestos!—, un lazo en que tropiezan
las ardillas dormidas.

No era ninguna copia, era el día mismo
de la amapola en el muslo,
cuando se conocieron
y él tenía un agujero en la suela del zapato
que silbaba al andar. Hasta eso sonó. Igual.
Sólo que ahora un perro movió el rabo,
como asintiendo.

Corrieron, se abrazaron y se ungieron,
se dijeron palabras
—dos íes griegas y dos íes latinas—
de ésas tontas que dicen los que se aman
y que tiemblan cuando se quedan solas
porque no serán dichas
nunca más y lo saben.
Ahora nadie va,
ni el invisible viento, nadie, nada,
un desierto de arena de reloj,
de tiempo, sí, de tiempo de los otros,
porque lo suyo había acontecido.

Pero ningún laurel, nada emparrado,
ni un mosaico que diga:
cave Cangunem, quieto, aquí se amaron
la hoz y la cruz, el tenedor y la cuchara.
Nada quedó de aquello, porque quien lo sabía
ya está dentro de él,
escaló su querencia y se arrojó.

—¿Qué hago con estas gafas? —dijo un guardia—
Juraría haberlas visto caer del cielo.

—¿No son del figurín,
del gafotas? ¿No fue llevado a un pozo?

—Eso nadie lo sabe.

—Pues tíralas al río y ahórranos problemas.

Y las gafas se vieron a sí mismas cayendo
cataratas abajo, en Iguazú,
rodeadas de tucanes y del polvo del agua,
hasta el fin de los tiempos
o hasta otra glaciación
que las deje en la escoba de la quita-
nieves del universo.

Ésa es toda la historia.
La mano de oro viejo de la aldaba
sujetó por la esquina un pañuelo de tela,
lo agitó y dijo Adiós.

Las cosas habían vuelto a habitar los colores,
pero ya estaban libres:
y ahí veías a la nieve quitándose su blanco
como un niño un pijama,
y el cielo su celeste
y el trigo su amarillo.
Hasta que todos juntos se bañaron.

Sólo el camaleón viudo estaba pálido,
quieto sobre ninguna rama,
ingrávido, infeliz,
como un hombre que escribe escribe escribe

 

 

 

García Román, Juan Andrés. 2/2. Cartagena; Ed. Balduque, 2015.

 

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