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MANO INVISIBLE (y II)

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xxxxxxxxxII
JARDÍN BOTÁNICO

En el Jardín Botánico de Cracovia
me topé con un árbol asiático
de nombre metasecuoya china, un árbol bello,
de hojas digitadas, deshilachadas, agujadas.
Pero ¿por qué metasecuoya? ¿Por qué no simplemente secuoya?

¿Crece por encima de sí misma?
¿Descuella sobre otros árboles?
¿Será que las plantas ya han empezado a usar
la jerga pretenciosa
de los sabios de algunas universidades?

 

 

 

 

PERDIDOS

Perdidos, perdidos en grises pasillos. Por la noche
las bombillas silban como los pitidos de barcas hundiéndose.
Leemos libros olvidados por sus autores.
No existe la verdad, repiten los sabios.
Las tardes de verano: un festival de vencejos,
en los suburbios estallan las peonías.
Parece que las calles se acortan
por el calor, por la facilidad de la visión.
Lentamente, avanza el otoño sin hacer ruido.
Pero a veces emergemos por un momento
y sucede que brilla la puesta de sol
y aparece una seguridad pasajera,
casi una fe.

 

 

 

 

UN GRAN POETA NOS DEJA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Pensando en C. M.]

Realmente nada cambia
en la habitual luz del día
cuando un gran poeta nos deja.
En las coronas de viejos olmos
siguen discutiendo con pasión
los grises gorriones y los delicados estorninos.

Cuando un gran poeta nos deja
la ciudad no se detiene, el metro y los tranvías
siguen buscando el moderno Grial.
En la biblioteca una chica guapa
busca en vano un poema que
le diga la verdad de todo.

Al mediodía se extiende el mismo bullicio de siempre,
por la noche domina un recogimiento silencioso;
entre las estrellas, una eterna inquietud.
Pronto abrirán las discotecas,
se abrirá la indiferencia
a pesar de que acaba de morir un gran poeta.

Pero cuando nos despedimos de alguien que amamos
por un largo tiempo o para siempre,
sentimos de repente que nos faltan las palabras
y que ahora tenemos que hablar nosotros solos,
ya nadie va a hacerlo por nosotros
porque nos ha dejado un gran poeta.

 

 

 

 

COMO EL REY DE ASINÉ

“Como el rey de Asiné en Seferis”, pensé,
recordando aquel increíble poema:
calor, un mar tranquilo, la nada bajo la máscara dorada,
dos personas en canoa, las rocas silenciosas,
un mundo sólido, y por otra parte sólo
“Asiné” y su soberano, una palabra en toda la Ilíada,
la mención más breve en el catálogo de embarcaciones.

Yo también busqué más de una vez a los ausentes,
en tantas ciudades, en el avión, en las ruinas
de alzamientos frustrados, de confederaciones,
durante una excursión malograda a Siracusa,
en los largos paseos por París,
a la orilla del mar en el que había
de hundirse todo el continente.

“Como el rey de Asiné en Seferis”, pensé,
nada bajo la máscara dorada, una viva ausencia,
pero este vacío puede rellenarse en cualquier
momento, puede suceder perfectamente
que el rey de repente vuelva y el oro brille triunfal.
En el jardín se mece un húmedo grosellero,
sopla el viento. Has de saber que esperamos. Seguimos esperando.

 

 

 

 

LLEGÓ LA PRIMAVERA

Las naciones estaban cansadas de tantas guerras
y yacían tranquilas en lechos matrimoniales,
extensos como la cuenca del Danubio.
Empezaba la primavera, los primeros éxtasis.
En las ramas todavía desnudas de los árboles
arrullaban unas tórtolas turcas.
Nadie sabía qué hacer, qué pensar.
Éramos huérfanos porque el invierno
no nos dejó testamento;
una mariposa joven aprendía a volar
de manera caótica, desde el principio.
Las mariposas no tienen tradición.
Y nosotros tenemos que morir.
“Ésta es una manera poco elegante
de terminar el poema
—protesta R., y añade—:
el poema debería terminar
mejor que la vida. Para eso es”.

 

 

 

 

METÁFORA

“Toda metáfora es un fracaso”, dijo aquel
poeta muy viejo en el bar del hotel,
dirigiéndose a unos estudiantes fascinados.
El poeta muy viejo estaba de buen humor
y con una copa de vino en la mano dijo:
“Éste es el problema fundamental de la encarnación,
las cosas que amamos, las cosas invisibles
toman cuerpo, evidentemente, en lo que podemos
ver y decir, pero nunca de manera
absoluta, uno a uno, lo que significa
que siempre es o demasiado poco
o demasiado, los puntos quedan en la superficie,
sobresalen dedos, botones, paraguas, uñas,
cartas sin recoger en un sobre azul de correo aéreo,
queda una sensación de insatisfacción o de exceso,
alguien calla ominosamente, otro pide
ayuda, se rompe el hielo, viene una ambulancia,
por desgracia demasiado tarde, pero atención,
gracias a esto, gracias a esta desproporción,
gracias a esta inexplicable fisura,
nosotros podemos seguir persiguiendo la quimera de la metáfora,
durante toda la vida avanzamos en la oscuridad,
en un bosque oscuro, siguiendo la pista de la traslación,
imperfecta, como mi discurso, que ahora
está llegando a su fin, aunque seguramente
podría añadir muchas más cosas,
pero tengo miedo, estoy ya
un poco cansado, y me parece
oír cómo me llama el sueño”.

 

 

 

 

MURO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxIn memoriam Henryk Bereska

Parecía un joven,
siempre tenía nuevos proyectos, propuestas;
trabajaba sin descanso.
Le gustaba hablar de la ventana
de su anterior casa en Berlín,
la ventana del este desde la que durante años
pudo observar el Muro y Occidente,
un país misterioso, inaccesible.
El Muro cubierto de nieve, de escarcha,
liso en mayo, mojado por la lluvia,
oscureciéndose entrado el otoño;
el Muro, la cosa en sí misma,
un adorno de la filosofía del idealismo alemán.
Cuando llegó die Wende, o sea, ‘el cambio’,
Henryk rejuveneció todavía más,
decidió empezar una nueva vida,
la vida de un hombre libre,
de un habitante de un país libre.
Nunca pudo comprender a los que
lamentaban el final de una dictadura.
Estaba lleno de un entusiasmo moderado,
aunque el vecino del pueblo donde tenía
su casa de verano, un ex oficial de la Stasi,
no despertaba su afecto. Evidentemente.
Viajaba por Europa, en Polonia
le correspondieron honores y distinciones.
Parecía que iba a vivir muchos años más,
que como recompensa a aquella ventana del este
recibiría muchos años adicionales.
Pero otras fueron las decisiones. Otro el veredicto.
No hubo premios, ni castigo,
sólo nieve, escarcha y niebla.

 

 

 

 

NO PENSABA EN LA ESTÉTICA

Cuando en los años ochenta mi padre copiaba
para sus amigos mi poema “Ir a Lvov”
(me lo explicó pasado mucho, mucho tiempo,
un poco cohibido), no pensaba quizá en la estética,
en las metáforas, sílabas, en un sentido más profundo,
sólo en la ciudad que amó y perdió, en la ciudad
donde quedaron detenidas, como un rehén,
su juventud, su revelación, el encuentro con el mundo,
y seguramente golpeaba las teclas de su antigua y fiel
máquina de escribir con tanta fuerza que, si hubiéramos
conocido mejor las leyes de la conservación de la energía,
sobre esta base podríamos
reconstruir al menos una calle
de su primer entusiasmo.

 

 

 

 

POETAS FOTOGRAFIADOS

Poetas fotografiados,
pero nunca
cuando ven realmente,
poetas fotografiados,
estantes con libros como fondo,
pero nunca en la oscuridad,
nunca en silencio,
en la noche, en la incertidumbre,
cuando vacilan,
cuando la felicidad, como el fósforo,
cubre la cerilla.
Poetas sonrientes,
tranquilos, cultos.
Poetas fotografiados
cuando no son poetas.
Si supiéramos
qué es la música.
Si lo entendiéramos.

 

 

 

 

MI PADRE YA NO ME RECONOCE

Mi padre ya no me reconoce. Ni tan sólo
quedan aquellos destellos de la conciencia
con los que hasta no hace mucho podíamos consolarnos.
Está sumido en la oscuridad, acostado, duerme, dormita
como si ya nos hubiera dejado.
Y, con todo, aún hay breves momentos
en los que aparece su auténtica cara.

 

 

 

Zagajewski, Adam. Mano invisible (Trad. Xavier Farré). Barcelona; Ed. El acantilado, 2012.

 

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