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MANO INVISIBLE

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NUEVO HOTEL

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Cracovia]

En febrero los álamos, helados, son aún
más delgados que en verano. Mi familia
está dispersada por toda la tierra, bajo tierra,
en varios países, en poemas,en cuadros.

Es mediodía, estoy en la plaza Na Groblach.
A veces venía por aquí para visitar (un poco
por obligación) a mis tíos.
Ellos no se quejaban ni siquiera del destino

o del sistema, sólo que sus caras recordaban
una librería de viejo vacía.
Ahora en esa casa viven otras personas,
desconocidas, el olor de una vida ajena.

Cerca de allí construyeron un nuevo hotel,
habitaciones claras, desayunos sin duda comme il faut,
zumo, café y tostadas, vidrio, cemento,
olvido, y, de repente, sin saber cómo,
un momento de una penetrante alegría.

 

 

 

 

CAFETERÍA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[En Berlín]

En esta cafetería que se llama como un escritor francés,
en una ciudad extranjera, leí Bajo el volcán,
esta vez con menos entusiasmo. “Realmente, uno tiene que curarse”,
pensé. Quizá haya llegado a convertirme en un filisteo.
México estaba muy lejos y sus enormes estrellas
iluminaban, pero no para mí. Era el Día de Muertos.
La fiesta de las metáforas y la luz. La muerte como protagonista.
Algunas personas en las mesas de al lado, varios destinos:
Reflexión, Tristeza, Sentido Común. Cónsul, Yvonne.
Llovía. Noté una pequeña felicidad. Alguien entró,
alguien salió, alguien finalmente dio con el perpetuum mobile.
Estaba en un país libre. En un país que se quedó solo.
No pasaba nada, los cañones habían callado.
La música no diferenciaba a nadie; la música pop que fluía
de los altavoces iba repitiendo: “Aún pasarán muchas cosas”.
Nadie sabía qué hacer, adónde ir, por qué.
Pensé en ti, en nuestra intimidad, en cómo
huelen tus cabellos cuando empieza el otoño.
En el aeropuerto se elevó en el aire un avión
como un discípulo aplicado que cree
en lo que dijeron los antiguos maestros.
Los astronautas soviéticos afirmaban no haber encontrado
a Dios en el espacio, pero ¿lo habían buscado?

 

 

 

 

JARDÍN DE LUXEMBURGO

Las casas de París no temen al viento ni a la imaginación
(son sólidos pisapapeles,
el contrapeso de los sueños).

En el río compiten barcos blancos llenos de una multitud
que reclama un saludo de los que están en la orilla;
esa multitud está de un humor excelente y liquida el pasado.

De un taxi sale una pareja de turistas ricos
con ropas brillantes; los esperan camareros
con unas levitas que la moda no ha transformado.

Mientras, el Jardín de Luxemburgo empieza a vaciarse
y se transforma en un gigantesco herbario silencioso;

no recuerda a todos los que pasaron
por sus caminos sin percibir que ya no vivían.

Aquí vivió Mickiewicz, y allí August Strindberg
trabajó en la piedra filosofal
que no llegó a encontrar.

Está anocheciendo, viene una noche seria por el este,
recelosa y taciturna.
La noche viene de Asia y no hace preguntas.
Qué bello es lo extraño, qué fría la felicidad.

Se encienden luces amarillas en las ventanas sobre el Sena
(he aquí algo realmente misterioso: la vida de otras personas).

Lo sé, en esta ciudad ya no existe el secreto.
Pero existen los plátanos, las plazas y los cafés, las calles afectuosas
y la mirada clara de las nubes que se va apagando lentamente.

 

 

 

 

EL BELLO GARONA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Para Agnès y Patrice Moyon]

Porque no fluías a través de mi infancia.
Porque no nadé en tus corrientes.
Porque incluso aquí, bajo la mano de un arqueólogo,
crece el mismo casco y la antigua esvástica
de la peor Roma. Porque podrías haber sido
mi hermana, mi prisión, mi
salvación, la felicidad de un día de verano.
Porque eres memoria, y tus
vocales entonan una canción
que no queremos entender.

 

 

 

 

SOÑÉ CON MI CIUDAD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Escribí este poema en las sesiones
xxxxxxxxxxxxxxxxxxdel Congreso sobre Herbert en Siena]

Soñé con mi antigua ciudad,
hablaba la lengua de los niños y de los humillados,
argumentaba con diferentes voces, apresurándose
y gritando como las personas llanas que de repente
están ante la presencia de un alto funcionario:
“No hay justicia—gritaba—. Nos lo han quitado
todo—se quejaba en voz alta—.
Nadie se acuerda de nosotros, nadie”;
vi a feministas de ojos negros,
se agolpaban nobles de olvidados abolengos,
jueces con togas que habían sido cosidas con ortigas
y judíos piadosos, cansados;
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpero lento, inexorable,
se acerca el gris amanecer y los oradores empalidecieron,
se apagaron, obedientemente volvieron a los cuarteles
como coroneles de soldaditos de plomo.
Y entonces oí unas palabras del todo diferentes:
“Pero los milagros existen, no todos creen en ellos,
pero los milagros ocurren…”. Y al despertarme,
cuando salí lenta y penosamente del búnker de aquel sueño
entendí que allí todavía duraban las disputas,
que todavía  no se había solucionado nada…

 

 

 

 

CLASES DE PIANO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[Tengo ocho años]

Clases de música con los vecinos, los señores J.
Estoy por primera vez en su casa,
huele diferente a la nuestra (la nuestra no huele,
así me lo parece).Aquí alfombras por todas partes,
gruesas alfombras persas. Sé que son armenios,
pero no sé qué significa eso. Los armenios tienen alfombras,

en el aire todavía se pasea polvo que ha llegado
de Lvov, polvo medieval.
Nosotros nos tenemos alfombras, ni Edades Medias.
No sé quiénes somos, quizá errantes.
A veces pienso que no existimos. Sólo los otros existen.
En la casa de nuestros vecinos hay una acústica excelente.

Hay silencio en esa casa. En la habitación está el piano
como una fiera perezosa, domada,y en él,
en el mismo centro, descansa la negra bola de la música.
La señora J. me dijo justo al acabar la primera
o la segunda clase que sería mejor que estudiara lenguas,
porque no mostraba dotes para la música.
No muestro dotes para la música.
Mejor que estudie lenguas.
La música siempre estará en algún otro lugar,
inalcanzable, siempre en una casa ajena.
La bola negra estará escondida en algún otro lugar,
pero quizá habrá nuevos encuentros, nuevos descubrimientos.

Volví a casa con la cabeza baja,
algo triste, algo contento, a la casa
que no olía a Persia, con cuadros de aficionados,
acuarelas, y pensé, con amargura, con satisfacción,
que sólo me quedaba la lengua, sólo las palabras, los cuadros,
sólo el mundo.

 

 

 

 

CASA FAMILIAR

Vienes aquí como un extraño,
pero ésta es tu casa familiar.
Los groselleros, los manzanos y los cerezos no te reconocen.
Un árbol magnánimo prepara con tranquilidad
un nuevo lanzamiento de nueces,
y el sol, como un estudiante de primero nervioso,
está ocupado en colorear atentamente las sombras.
El comedor imita la cripta de un sepulcro,
aquí ya no hay ningún eco conocido,
las antiguas conversaciones no han perdurado.
Allí, donde seguramente se concibió
tu vida, tartamudea un televisor ajeno.
Y en el sótano se encuentra el almacén de la oscuridad,
desde que te fuiste todas las noches
se han apiñado como el estambre de un viejo jersey
en el que anidan gatos salvajes.
Vienes aquí como un extraño,
pero ésta es tu casa familiar.

 

 

 

 

IMPOSIBLE

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[5414 S. Blackstone, Chicago]

Cuán difícil es intentar escribir, da igual
si en casa, en el avión, sobre el océano,
sobre una selva negra, en un atardecer silencioso.
Empezar siempre de nuevo, despertarse
para una gran carrera y al cabo de un cuarto
renunciar afligido, rendirse.
Espero que al menos tú me escuches,
porque, como bien sabes, los teóricos nos aseguran
sin parar, casi cada día, que todo lo entendimos
mal, que como siempre no captamos
el sentido más profundo, no leímos
los libros adecuados, que, por desgracia,
no sacamos las conclusiones debidas.
Afirman: la poesía es en principio imposible,
un poemas es como una sala donde las caras se difuminan
en la niebla dorada de los focos, donde el salvaje
murmullo de la multitud airada apaga
las voces individuales, indefensas.
Así pues, ¿qué? Las palabras elegantes se apagan pronto,
y las normales seguro que no convencen a muchos.
Todo parece mostrar que el silentium
sólo puede contar con un puñado de fieles.
A veces tengo envidia de los poetas muertos:
ellos ya no tienen “días malos”, no conocen
“la melancolía”, se despidieron del “vacío”,
de la “retórica”, de la lluvia, de la tensión baja,
dejaron de seguir las “reseñas penetrantes”
y no obstante siguen hablándonos.
Sus dudas se fueron con ellos,
su entusiasmo vive.

 

 

 

 

27 DE ENERO

Un día helado. Un sol frío. Un blanco aliento.
Pero aquel viernes no estábamos seguros
de qué teníamos que celebrar y qué lamentar,
porque se conmemoraba a la vez
el Día en Memoria de las Víctimas del Holocausto
y el solemne aniversario de Mozart.
Nuestra memoria no sabía qué hacer.
Nuestra imaginación estaba perdida.
La vela en el alféizar lloraba
(nos pidieron que encendiéramos velas),
pero de los altavoces llegaba la música tranquila
del joven Mozart, rococó,
la época de las pelucas argentadas, y no de los cabellos grises
que conocimos en Auschwitz,
época de grandes vestidos, y no de la desnudez,
de la esperanza, y no de la desesperación.
Nuestra memoria no sabía qué hacer,
la imaginación se perdía en conjeturas.

 

 

 

 

TERMINÓ LA REVOLUCIÓN

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx[En recuerdo de los tristes revolucionarios
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde Julian Kornhauser]

Terminó la revolución. En los parques se podía pasear
libremente, los perros daban regulares vueltas
como dirigidos por una mano invisible.
Hacía buen tiempo, caía una lluvia como diamantes,
las mujeres con sus vestidos estivales, los niños como siempre
un poco enfurruñados,melocotones en la mesa.
En el café estaba sentado un hombre viejo y lloraba.
Tronaban los motores de los coches deportivos,
gritaban los periódicos y, en general, hay que decir
que la vida mostraba una tendencia ascendente,
por utilizar un término neutro
y no ofender ni a los vencidos ni a los vencedores,
ni a aquellos que todavía no sabían
en qué bando se encontraban,
es decir, prácticamente todos nosotros
que escribimos y leemos estas palabras.

 

 

 

Zagajewski, Adam. Mano invisible (Trad. Xavier Farré). Barcelona; Ed. El acantilado, 2012.

 

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