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EL HUNDIMIENTO (y 2)

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FOREVER IN BLUE JEANS

Recuerdo tu pelo rubio bajo el sol del Mediterráneo.

Tú tenías quince años y me dejaste que te besara.

Vendería mi alma al Diablo, al Rey de España,
a la Reina de Inglaterra, al Presidente de los Estados Unidos,
al Papa de Roma,
por regresar indemne a ese momento.

Caminábamos de la mano, aquella noche estrellada,
al lado del mar iluminado.

¿En qué triste matrimonio vives ahora o tal vez ya estés muerta?

O no te casaste, y vives sola, o con un novio nuevo de vez en cuando.

Qué más da.

Anda, llámame, seguro que aún estás por ahí.

Preséntame a tus hijos, igual alguno quiere ser escritor
y le puedo echar una mano con las faltas de ortografía,
porque con otra cosa no.

Si volviera a verte, acabaría odiando la tierra, la vida y la luz.

No vuelvas nunca.

Que qué tal me ha ido.

Eso se te ocurre preguntarme.

No me ves: soy el hundimiento.

 

 

 

 

GATSBY

La vida tenía que ser necesariamente generosa y plena,
ese era el pacto, el pacto sobrenatural, la luz verde.

¿Quién lo incumplió?

¿Los dioses?

Aún no me he ido.

Me gustan tanto los señores que se fueron elegantemente.

Amo tanto a esa gente que dijo adiós desde una novela,
esa gran luz verde en una gran noche de automóviles amarillos.

La vida es estilo, tal vez solo sea estilo.
El estilo es amarillo.

Dios nos libre de la gente sin estilo,
esa gente que envilece la enigmática gracia de estar vivo.

Fuiste un hombre demasiado incorruptible como para ser real.

 

 

 

 

EL HUNDIMIENTO

Sí, cuando lo conocí el tipo ya estaba acabado.
Solo bebía y reía y esas cosas. Te daba besos y abrazos.
Venga, vamos a tomar una copa aquí, otra allá.
“Una aquí, otra allá”, era todo cuanto decía
pero lo decía con gracia,
con conocimiento,
como si supiese algo más, algo especial,
que callaba.

Cuando le llegaban las pruebas de su nuevo libro,
en vez de corregirlas y mejorar la novela o los poemas,
lo celebraba bebiendo, bebiendo hasta que su cabeza
de piedra caía muerta sobre la mesa de mármol.

Celebraba sus libros nuevos antes de haberlos escrito,
pero era feliz así y no le hacía mal a nadie,
solo a sí mismo, era una eucaristía, se daba por nada.

Y era un tipo maravilloso, brindo a su salud,
brindo por don Miguel de Cervantes Saavedra,
genio de España.

¿Pero así se llamaba?

Claro que no se llamaba así, cretino.
Pero cómo puedes tener tan poca imaginación.

Solo le gustaba celebrar cosas.
La pereza y la vejez prematura lo estaban matando.

Todos acabamos igual, así que hizo bien.

Y si hizo mal, a nadie le importa.
Solo a la madre tierra, que recoge nuestra podredumbre,
piel, huesos, carne corrompida,
y examina los despojos con ojos de forense iluminado o martirizado.

Intentaba que la gente sonriera, era muy buen tipo.

Aún me parece oírlo, “siéntate hermano, qué quieres
beber un whisky o un gintonic,
qué alegría verte, qué guapo y qué elegante se te ve”.

Yo pensaba en su padre y en su madre,
jamás habló de ellos y, sin embargo, lo que decía
hacía pensar en ellos, misteriosa o tal vez tristemente.

 

 

 

 

REDENCIÓN

Dime una palabra amable antes de que termine el día.

Me dijiste “cariño, tienes que ser fuerte, no puedes
depender de esa gente, estás muy cansado,
olvídalos, ayúdame a recoger el lavavajillas”,
y yo miraba la noche de octubre con sus estrellas
entrar en nuestra casa, iluminar nuestros cuerpos,
vaciar nuestras almas, y tú dijiste “cena algo,
hay un poco de arroz en el horno, cena algo, cariño,
come algo, y olvídate de todas esas ideas absurdas
sobre el odio y el fracaso, ese arroz está divino”.

Dime una palabra amable antes de que termine el día.

 

 

 

 

EL ÚLTIMO ELVIS

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo fear, no envy, no meanness
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLiam Clancy

Respeta siempre la destrucción de las mujeres
y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar
la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara,
las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón,
respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos
de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo
de la Historia de todos cuantos perdieron tan injustamente,
o tan justamente,
da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol,
con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraba tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quien hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.

Nombremos todo aquellos
que nos convirtió en seres humanos.

Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.

Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos
de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás,
porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar,
absolutamente nadie.

 

 

 

 

ORANGE

Él dijo que te ayudaría a que abandonases a tu marido.
Él dijo que te amaba, te inundaba a guasaps.

Estúpida de ti, no viste que solo quería tu cuerpo.
¿Qué veía ese hombre en tu cuerpo?, te preguntas ahora,
para desearlo más que tu corazón, que se lo diste sin pedir nada.

Quedasteis en una cafetería.
Él dijo que había encontrado un piso magnífico, con mucho sol.

Llevabas en tu coche dos maletas y el portátil.

Una excitación salvaje rompía esa alma tuya, tan tuya.
Él no vino. No sabías qué pedir. Del café con leche
pasaste a tres whiskies seguidos.

La mirada del camarero, no la olvidas, esa mirada.

Llamaste mil veces a su móvil.
Una voz de la compañía telefónica “Orange”
decía que ese número no estaba disponible.

Odiaste y temiste esa palabra: “Orange”.

Todo el rato “Orange le informa que…”

La palabra Orange fue para ti una sentencia de muerte.

Volviste a casa y tu marido te rompió la cara.

Te dio una salvaje bofetada que te dañó el oído
y no oías los insultos,
eso que te ahorraste.

Aquella noche dormiste en un hotel barato del centro.

Pero no podías dormir.

Bebías más.

Te quedaste dormida por efecto del alcohol
y a las tres horas te despertaste con un ataque de pánico.

Tu marido dijo que no volverías a ver a tu hijo.

llamaste a una amiga, que no te ayudó.

Al día siguiente acudiste a tu trabajo,
y a los tres días tu jefe te despidió.

Dijo que no quería mujeres desesperadas en su empresa.

 

 

 

 

EL IV REICH

Ten en cuenta que somos tipos que nunca hemos tenido nada.
Que no somos nadie, y nunca seremos nadie, y eso nos gusta.
Somos soldados del siglo XXI, en una región infértil de la Tierra.

Yo trabajo en una zapatería, el otro es conserje
en un colegio de monjas ahorradoras y maniáticas,
y el tercero está en el paro.
Mitos, como mucho, buscamos mitos legendarios
en el hundimiento de la Historia.
Eso nos calma, nos ilusiona.

Nos juntamos las noches de los sábados
en un local a 33 km de Madrid centro,
un local de 66 metros cuadrados,
nos gusta el estúpido simbolismo de la aritmética.

Es un local asqueroso, un garaje o algo así. Hay taburetes,
un sofá con costurones,
una nevera de los setenta, que enfría más que las actuales
—un milagro de la miseria— y una pantalla.
Y un portátil, un Mac excelente, eso es lo mejor que tenemos,
lo compramos de segunda mano entre los tres.

Bebemos mucha cerveza.

Allí ponemos las pelis de Hitler y de su ascensión al poder.

Nos encanta Leni Riefenstahl, lloramos con La trilogía de Núremberg.

El nazismo parece algo, y nosotros no parecemos nada.

Compramos también un proyector
de saldo en Ebay, por cuarenta euros,
somos gente muy organizada.

Somos tres tipos: los tres tenemos tres coches de quinta mano.

A veces pagamos a alguna prostituta de los polígonos
y la llevamos al IV Reich, así se llama nuestro garito,
que se lo alquilamos al cuñado —cuyo nombre no importa,
como tampoco el mío— de uno de nosotros tres,
por veintiséis euros.

A ella no la tocamos, a la prostituta; prácticamente,
somos célibes por nuestro compromiso político
con el Führer, nuestro Dios; es simplemente nuestro
Dios porque somos pobres, gente hundida.

A veces pensamos que podríamos haber elegido a Stalin.
Stalin no tuvo una Leni Riefenstahl,
de haberla tenido hubiéramos dudado mucho.

Las películas que había sobre Stalin no nos gustaban.

Albergamos nuestras incertidumbres intelectuales.

Le ponemos los discursos de Hitler
y le pedimos que aplauda, eso es todo,
a ella, a la prostituta, que nos cobra veinte euros.

Ella aplaude y su sexo descansa esa noche, qué bien.

Ella aplaude, los discursos son en alemán,
ella es ecuatoriana, no sabe muy bien quién
demonios es el tipo del bigote y bebemos cerveza.

Nos gusta mucho otra película: El hundimiento,
los últimos días de Hitler en su magnífico búnquer,
la hemos visto mil veces, nos gusta su suicidio.
Es un suicidio de lujo, mucho mejor que los nuestros,
que están al caer, sí, porque queremos acabar ya con todo.

No le hacemos mal a nadie.

No somos proselitistas, sencillamente nos gusta el teatro.

Nos gusta ver esas películas, simplemente.

Nos gusta la marcialidad de esos tipos.

Parecen gente importante, hundiéndose.
Nosotros nos hundimos igual, pero no somos importantes,
por eso vemos esos vídeos.

Unas veces yo soy Himmler, otras soy Albert Speer,
y ellos también eligen, unas veces eligen Rudolf Hess,
otras Joseph Goebbels, otras Herman Goering.

Tenemos nuestros uniformes, y así pasamos la vida,
creyendo que la Historia fue nuestra alguna vez.

 

 

 

 

ESPAÑA, DUERME

xxMe acuerdo de que todos, con dieciocho años, teníamos ganas de largarnos, irnos muy lejos, far away; me he pasado más de veinte años viendo ministros de gobiernos de España entrar en los juzgados, así pasó mi vida, viendo telediarios con ministros y secretarios de estado y diputados y alcaldes de pueblo y concejales y miembros de la monarquía entrando en las dependencias judiciales, muy escoltados, con una nube de periodistas. Esto era mi país y esto sigue siendo. Me hubiera gustado ser uno de ellos, así al menos hubiera salido en la televisión.
xxPero los españoles, anestesiados, vivíamos en los bares, y las mujeres españolas son muy hermosas y los hombres españoles son muy guapos. Bebíamos y bebemos. Se bebe mucho aquí.
xxPensaba en ese error histórico de la gente de aquí, ese gran error que consiste en abrir un abismo entre la vida que tenemos y la vida mejor que podríamos haber tenido. Para eso estaba la política y la literatura, para cerrar ese abismo, para alcanzar una vida diferente.
xxEn verano me voy a las playas de España, a broncearme y beber sangría y comer paellas y gambas a la plancha. Casi todas las playas españolas (alguna excepción hay, como el Delta del Ebro) son tan grotescas como nuestros telediarios. Somos una masa caliente, muy caliente de corazones suspendidos.
xxSe va a parar España. Como una de esos fúnebres relojes del siglo XIX.

 

 

 

 

EL POETA DE CINCUENTA AÑOS

No sabes cómo has alcanzado a vivir cincuenta años,
la gente como tú siempre se marcha con veintiocho o treinta,
o treinta y cinco o como mucho cuarenta y uno en el mejor de los casos,
no por nada romántico, ni por destino heroico, ni nada de eso,
dios santo, esas palabras casi me enferman;
nada de eso nunca, por favor, por favor, mil veces por favor,
sino por defecto de fabricación, por falta de inteligencia en todo caso.
Defecto de fábrica, eso es todo: malos órganos,
neuronas atrofiadas, sangre vaga, debilidad mental,
pensamientos errados, equivocaciones, errores vulgares,
un excedente de chapuzas en el cuerpo y en el alma.

Bueno, eras un buen madrugador; tenías un estupendo despertador.

Ir a trabajar y madrugar orienta en la vida.

La gente te habla de libros ahora; justo ahora
cuando ya no te importan los libros,
¿a quién con cincuenta años puede importarle los libros
sino a los grandes beneficiados por los libros?

No, queridos, no me habléis de libros.
Habladme de quienes los escribieron desde la miseria.

Me importa, sí, la miseria,la humillación, el desprecio, el insulto,
el silencio, el hundimiento de quienes escribieron
esos libros de los que me habláis ahora
con tanto entusiasmo, en una fiesta literaria de verano,
con exquisita comida,
en una excelente terraza frente al mar,
con champán y vinos caros,
con gente sonriendo, con gente muy feliz,
con mujeres muy guapas y muy jóvenes y chicos atléticos.

Me importa el amor,
eso sí me importa;
el amor eternamente
no correspondido,
eso fue para mí la poesía.

 

 

 

 

TRES SARGENTOS

Me tiré quince días en Buenos Aires y Montevideo,
desayunaba una cerveza con un trozo de pizza.
Como Fitzgerald,combatía la depresión con alcohol.
Acaba a la larga siendo destructivo, pero funciona,
ya lo creo que funciona, y a quién le importa el futuro.

Era un tiempo raro de mi vida.
Todo el día estaba bebido y eso no era malo, te lo juro.
Daba prestigio, extrañamente.

Íbamos a la calle Tres Sargentos en la medianoche.

No veíamos ni siquiera a uno de los Tres Sargentos,
sería por la oscuridad, porque era de noche.

¿Quién demonios fueros los Tres Sargentos
que dieron nombre a esa célebre calle bonaerense
que tan bien conocían todos los taxistas?

“Dame lo mío”, dijo ella, en la habitación de tu hotel.

“Por supuesto”, dijiste tú, y contabas
los billetes como un banquero minucioso.

Pensaste en los taxistas de Buenos Aires, en si ellos,
tan enfangados, tan gordos, tan sórdidos, tan pobres, tan malolientes,
también se tiraban a hermosuras de veinte años
como la que tenías delante, ya medio desnuda.

Dejaste la plata encima de la cama.

Eran billetes muy gastados,mal diseñados, no eran dólares.
Eran pesos argentinos, una moneda imaginaria.

Daba igual que fuesen falsos como que no.

Te hubieras casado con ella, era tan hermosa, y era tan joven.

Te la quedabas mirando como si quisieras redimirla,
pero redimirla de qué, ella era feliz así, no tenía importancia
moral lo que hacía, y tenía un hijo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodas dicen que tienen un hijo.

Era guapa. Se lo dijiste, pero no te creyó.

Y le estabas diciendo la verdad, pero quién se fía de quién
en este mundo del que todo juramento ha desertado.

“No tienes conciencia de tu hundimiento, tan joven tú”,
le dijiste, “porque no tener conciencia es tener
la libertad de Dios, te admiro tanto,
mi pequeña, mi amor, mi zorra”.

A la hora ella se fue.

No dormiste en toda la noche,
y sobre todo, te fuiste al otro extremo de la cama queen,
el extremo en donde ella no había posado su cuerpo desnudo.

Porque la parte de la cama en que ella depositó
su joven culo pecoso de prostituta bien pagada,
su delicada espalda, sus bellas piernas, su vacua cabeza,
te parecía Fukushima, Chernobil, un infierno giratorio.

Debe ser hermoso redimir a todo un país.
Salvar un país entero, salvar a cuarenta o cincuenta
millones de seres humanos.

Si fuese el rey de Argentina, lo haría.
Pero no soy más que otro cliente de la oscuridad.

 

 

 

Vilas, Manuel. El hundimiento. Madrid; Ed. Visor, 2015.

 

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