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EL HUNDIMIENTO

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SEATTLE

Tampoco ocurrió en Seattle, una noche de mayo.
De bar en bar, bares elegantes y caros,
alta madrugada, pedías a los dueños
que pusieran música de Sixto Rodríguez
y en tus manos había agua, agua de todos
los felices océanos de la Tierra.

Veías a mujeres y hombres.
Hablaste con mujeres que estaban locas.

¿Estás aquí? ¿Es hoy? ¿Vendrás por fin?, le preguntabas a ella.

Habitación del hotel, con la cama abierta.

El mismo Dios dentro, allí, en la cama,
tumbado bajo forma de tigre luminoso.
«No es hoy, hermano mío», dijo.

Me desperté a la mañana siguiente,
en Seattle, en América.

Me duché y vi la circulación de mi sangre
bajo el agua.

Nunca es, pensaste. Nunca.
Nunca vienes, hijadeputa.

«La insoportable y maligna crucifixión de tener dos mil años,
siente eso, sopórtalo, amor mío», dijo alguien
en aquella lujosa habitación del hotel,
mientras secabas tu pelo, y tu espalda y tus piernas y tu sexo
con una toalla blanca.

«Siempre son blancas las toallas
de los mejores hoteles de la tierra,
podrían ser negras, sería bonito que fuesen negras,
radicalmente negras», dijiste tú.

 

 

 

 

EL ANIMAL MORIBUNDO

¿Qué hace un hombre de mi edad
cuidando de una criatura de dieciocho meses,
tu hija, rubia y hermosa,
jugando con ella,
intentando
hacerla sonreír
con carantoñas?

Me he enamorado de ti, es verdad.
Pasamos las horas con tu niña,
en tu piso, en tu pequeño piso
de joven divorciada.

Los domingos por la tarde
tengo que beber para poder aceptar todo esto.

Y tú me miras, inquieta, asustada más bien.
Lo primero que pillo en tu casa:
Una vieja botella de vodka, medio vacía.

Me aburre y me da miedo tu niña,
pero es tu niña. Y me amas a mí
tanto como a ella.

No hablas de su padre salvo para insultarlo
ni yo pregunto por él; mi falta de curiosidad
debería de dolerte.

«Menudo hijodeputa», dices tú y yo asiento
diciendo «menudo cabronazo»,
sin saber si el pobre hombre era San Pablo
o el mismísimo Jesucristo
y tú la más puta de la tierra, qué más da
y a quién le importa.

Yo ya fui padre una vez, hace tanto.

«¿Dónde están tus hijos?, amor»
tú sí me preguntas eso, dulcemente
y con miedo.

A veces me llaman por teléfono,
te contesto.
están far away te digo, sonriendo.

Fuimos felices hace años y tú tienes
que serlo ahora con tu niña.

no sabes cuánto tiempo ha pasado
desde que mis hijos tenían la edad
que tiene ahora tu niña, amor.

Mejor no pensarlo o tendré que bajar
al bar de debajo de tu casa.

Tu sexo no apaga mi desequilibrio.

Tu sexo y tu belleza y tu amor,
y tu idea heroica de que tenemos un futuro,
y tus besos largos como las sequías castellanas,
tus besos apasionados y de una entrega rabiosa
que a cualquier otro enloquecería,
no apagan esta desdicha del tiempo,
la desdicha del animal moribundo.

Tengo que decirte adiós, amor mío.

Y no, no podremos ser solo amigos,
eso yo ya lo sé.

No insistas.

¿Amigo tuyo?

No lo vuelvas a pedir ni llores.

Tú también lo acabarás sabiendo, quizá no hoy.

Desgraciadamente, lo sabrás, con otros,
con otros lo acabarás sabiendo.

Esta es la última tarde en esta casa.

Ya no hay ni una gota de vodka en esa vieja botella,
un resto de cuando vivías en pareja,
de cuando vivías con el padre de tu bebé,
«el sinvergüenza», así lo llamamos,
cuando estamos compasivos.

Es verdad que te amo.

Es verdad que nadie me ha follado como tú.

También es verdad que nunca volveremos a vernos.

Sí, sufrirás.

Y yo más que tú, pero estoy acostumbrado.

No permitiré que nadie vea mi final.

Orgullo de samurái, mi niña.

Tu juventud, finalmente, me resulta insípida
y horrible tu perfume barato.

 

 

 

 

FRANCIS SCOTT FITZGERALD

Convertiste tu vida en un derrumbe prematuro.
Y son palabras tuyas estas que ahora cito:
«está claro que vivir consiste en hundirse poco a poco».

Y un veintiuno de diciembre de 1940,
caíste muerto en el living-room del apartamento
de Sheila Graham, en Hollywood,
el gran favor de aquel infarto que te sacaba de la vida
porque ya no había vida en ti,
mil pedazos, mil cristales dorados,
brillando sobre el suelo.

Dime, ¿la amaste?, dime ¿te amó ella?

¿Dónde está Sheilah ahora, y Zelda, dónde?

Tú, que creaste a Jay Gatsby, la criatura más resplandeciente de la vida
e hiciste —nunca te lo perdonaremos— que ese hombre enigmático
se enamorara locamente de una mujer llamada Daisy,
la mujer más egoísta de la Historia
y la más bella y la más codiciosa del santo dinero,
de la riqueza y de las fiestas y del champán y de los coches de lujo
y de las mansiones y de los grandes viajes
a la Riviera francesa, todos nuestros amigos esperándonos
en la playa, con la copa en la mano, en veranos legendarios.

Pero aquí estás ahora, de pie, frente a mí,
como fantasma ilustre de la gran literatura
y por tanto de nuestro escaso saber sobre la vida,
con tus depresiones, con tu alcoholismo, con tu expiación,
con tu mujer, con tu amante, con tu pobreza final, con tu hija Scottie,
pagando facturas de universidades y de médicos,
y con tu conquista laboriosa, al fin, de la nada y de la muerte.

Y en 1948, Zelda Fitzgerald ardió viva en el incendio
de un Manicomio de Carolina del Norte, donde sobrevivía
como un fantasma más entre los millones de fantasmas
que pueblan este mundo
del que tú ya habías, elocuentemente, desertado.

Tu elegante y envidiable fracaso,
tu ascensión a las nubes cristalinas
del firmamento, tu penuria, tu caminar erguido
hacia la destrucción,
pero no la destrucción común a muchos hombres,
(porque vivir es hundirse poco a poco pero no todos
—tú lo sabías— se hunden igual).
No la destrucción común —digo— a miles de hombres
y miles de mujeres,
sino la rigurosa y lenta liturgia del derrumbe,
su ceremonia inmemorial,
la conciencia bajo el calor de agosto, en el Sur ardiente,
mandorla calcinada del dolor insoportable.

Duerme, duerme en paz,
hijo del viento último de la tarde áspera,
de los grandes veranos de Long Island
y de sus crepúsculos agudos.

Te beso.

Bésalas tú a ellas tres a cambio de mi beso,
a Sheila,
a Zelda,
a Scottie,
a la oscuridad,
a la enfermedad
y a la inocencia.

 

 

 

 

LA LIBERTAD

Has de saber que no todos los hombres
ni todas las mujeres somos iguales.

Has de saber que hay seres humanos ruines.

Has de saber que hay seres humanos bondadosos.

Has de saber que hay seres humanos vulgares.

Te mentirán muchas veces.

Intenta no mentir tú a cambio.

Acabarás mintiendo.

Puede ser que el tamaño de tu sufrimiento
por haber mentido sea cien millones de veces más grande
que el tamaño de tu mentira, ¿quién puede saber eso?
Solo tú, tendrás que soportarlo.

Has de saber que existen los pusilánimes:
viven y mueren bajo un extraordinario silencio
que tal vez acabes envidiando, yo no.

Intenta que nadie note nunca que sabes
que no todos los seres humanos somos iguales.

Intenta santificar tu vida, hacerla alta, rara, compleja.

Asesina sin piedad a quien se atreva a juzgarte.

No dejes vivo a nadie que intente juzgarte
ni en este ni en el otro mundo, ni dejes vivo
a quien escuche juicio alguno sobre tu identidad y tu vida.

Tu vida está fuera del juicio de los hombres
y más aún de los dioses, porque no existen.

Tu vida es un acontecimiento universal,
la única verdad desde la formación de la materia
y la única verdad que sobrevivirá al hundimiento de la materia.

 

 

 

 

THE HOLY WHO

De adolescentes escuchábamos a los Who, noches de inexperiencia hasta la madrugada azul en bares pobres de los pueblos de España, en los años setenta, intentando vivir, intentando perder la virginidad, era lo que nos habían dicho.

Solo amábamos a los Who y eso era suficiente, eso era el Todo ¿Os acordáis? Eran los reyes de la vida legendaria; nuestros héroes, la versión mil millones de veces mejorada de nosotros mismos.

Keith Moon se murió muy pronto. Pasados los años, me he preguntado si Daltrey y Townshend y Entwistle lo lloraron lo suficiente.

Hay que llorar siempre, y mucho, vasto torrente de lágrimas, cuando muere alguien como Keith Moon. Yo me habría pasado mil años llorando.

¿Llorasteis lo suficiente, hijos de puta? Treinta y dos pastillas de Clometiazol en su estómago, solo seis disueltas, con solo seis bastaba, las otras veintiséis intactas. Todo un hundimiento premeditado, qué bien. Un ataque atómico contra su pobre corazón. Un no a la vida que era un enorme sí a la vida: nadie sabe en qué momento tú te comes la vida y en qué momento la vida te come. Juega, es un juego a muerte. El final de hombres de ochenta años y el final de hombres de treinta años es el mismo. No te asustes, esos cincuenta años de diferencia son imaginarios.

¿Qué sentisteis, cuando vuestro mánager os dijo un siete de septiembre de 1978: «Keith, sí, Keith, es horrible, aún no nos lo creemos, parece todo tan irreal, parece un mal sueño, una jodida pesadilla, Keith se ha ido, nos ha dejado»?

Me gustaría saberlo antes de irme de este mundo: ¿Qué demonios sentisteis vosotros tres? ¿Estuvisteis a la altura, a la gran altura del adiós del batería más chiflado del universo? Keith, «el chiflado», así lo llamabais.

Y, pasados los años, un 27 de junio de 2002 en un hotel de Las Vegas, apareció muerto John Entwistle, al lado de una fan desconocida que gritaba como una loca.

John, fue un gran hundimiento el tuyo, yo te celebro, te hundiste más solo que las ratas. John, hijodeputa, yo acabaré como tú, pero sin groupie a mi lado y no en un hotel de lujo como tú, sino en una asquerosa pensión de la Gran Vía, pero da igual, ¿no te parece? El que muere ya no percibe la categoría de los hoteles, es una gentileza, una cortesía del poder igualatorio de la muerte, porque la muerte es comunista, una loca comunista, ya ves. La muerte, revolucionaria ella.

¿Lo llorasteis? ¿Se os partió el corazón? Y qué sentisteis entonces, oh, holy Daltrey y oh, holy Townshend, cuando John la palmó así, tan barato en el fondo. Como no sintierais un amor perforador, un duelo inhóspito, os mataré a los dos. Os cortaré el cuello por canallas.

Y el último, ¿qué sentirá el último?

¿Estaréis a la altura del adiós?

Uno de vosotros dos es el siguiente: Tú, Daltrey, o tú Townshend. Uno de los dos. Yo sé cuál, pero no quiero decirlo.

Lo sé perfectamente.

Nada vale en la vida si no es eso: estar a la altura dorada del adiós, el gran adiós que conmueve a las estrellas, al cielo, al mar, a la luna, al desierto y a todas las ciudades de la tierra y al futuro de esas ciudades, al futuro de todos, al futuro de millones de adolescentes que viven en la pobreza, en la miseria, en la nada, que oyeron y vieron en vosotros la esperanza de una vida distinta.

Eh, escuchad a esos críos, que os escuchan en spotify.

Holy Daltrey.
Holy Moon.
Holy Townshend.
Holy Entwistle.

Los chicos están bien, siempre lo estuvieron.

Estamos bien, sí.

Siempre estaremos bien.

Somos chicos de setenta años, pero estamos bien, con ganas de pelea, con ganas de vivir, con ganas de saltar, con ganas de cantar la célebre canción de la vida, de todas las vidas.

Somos los Reyes de la Santa Tierra.

Somos los Who, tío.

Somos todo lo que existe.

Nosotros sí somos el Aleph y no Jorge Luis Borges.

La gente follaba con nuestras canciones.

La gente se despedía de sus trabajos asquerosos con nuestra música.

La gente se drogaba con nuestros gritos.

La gente se casaba con nuestro poder.

La gente se divorciaba con nuestras letras.

La gente pedía morir con nuestras guitarras.

Nosotros quemamos el corazón de todos los jóvenes del Universo.

Haz tú eso, Borges, si sabes.

Nadie ha follado leyendo un cuento tuyo.

Y si la gente no folla con lo que haces, dime, hermano,
dime qué coño estás haciendo sino el vago.

 

 

 

 

THINK IT OVER

Piénsalo, a nuestra edad ya no saldría bien.
Cada uno viviendo en su casa es mucho mejor, habrá más deseo.
Para qué quieres hacerme el desayuno, eso da igual.
Yo creo que eso no ha funcionado nunca, pero la gente
cumple años, y se dejan llevar, porque enseguida
te mueres, y si cumples los sesenta, qué más da.

Cenamos los viernes.
Nos llamamos entre semana, jugamos.
Nos mandamos fotos eróticas por el guasap.

Cómo me iba a ir con una de treinta
si son todas tontas, ambiciosas y sin talento.

Cómo te ibas a ir tú con uno de treinta
si son todos tontos, grandilocuentes y calvos.

Piénsalo, piénsatelo mientras te vistes.

 

 

 

 

A.R.

Tú, que te hundiste a propia y barata voluntad, acepta mi suicidio.

Tú, que te tambaleabas ruidosamente en las tabernas, acepta mi aullido.

Tú, que estuviste en la cárcel charlando con las ratas amarillas, acepta mis drogas.

Tú, que envenenaste a conciencia tu joven cuerpo, acepta mi hundimiento.

Tú, que fuiste pobre y miserable y torpe, acepta mi desesperación.

Tú, que tuviste los trabajos más duros y sucios, acepta mi funcionariado.

Tú, que estuviste completamente solo y sin amor, acepta mi autocompasión.

Tú, que viste la cartografía de este mundo imaginario, acepta mi desequilibrio.

Tú, que entendiste las fórmulas de las arterias solares, acepta mi sabiduría.

Tú, que del sexo hiciste una corona de fantasmas, acepta mi afición a pagar.

Tú, que le hablaste de mí a mi padre agonizante, acepta mi amistad.

Tú, que pedías limosna y sufrías de dolores inconmensurables, acepta mis humillaciones.

Tú, que tuviste un amigo que resultó ser nada y nadie, acepta mis palabras.

Tú, que te fuiste de este mundo sin haber sido feliz, acepta mi alcoholismo.

Tú, que te fuiste mucho antes de que yo llegara, acepta mi espera.

 

 

 

 

CANCIÓN CALLEJERA
(A hustle here and a hustle there)

Viajo por España, de una punta a otra.
De Santander a Sevilla, cosas así.
El baile español. Un poco harto de ir y venir.
Pero me gusta.
Me gustan los hoteles NH y los AC y los Silken.
Me gusta beberme un Faustino IV en el bar del AVE.
Me gusta conocer bares y restaurantes
en ciudades españolas donde enseguida advierten
que no soy de allí: eso, por ejemplo, me pasó en Granada,
en Oviedo, en Valencia, en Bilbao, en Barcelona,
es divertido, te tiemblan las manos cuando te tomas una cerveza.

Siempre con este maldito temblor en las manos,
en mis santas manos. Es el miedo, el miedo de vivir aquí.

Ya sé que es un país que no merece la pena,
pero es el que, inexplicablemente, me ha tocado a mí.

La culpa la tuvo mi abuelo o mi bisabuelo
por no haber tenido el valor de emigrar a los Estados Unidos,
ni siquiera a Francia o a Alemania o a Suiza.

Eligieron quedarse aquí, y yo acabé
escribiendo en esta lengua callejera.

Yo creo que hay países plenos, grandes, fuertes
y países que no valen nada, igual que los seres humanos,
los libros, las casas, los artistas,
y la razón es una razón simple: la atávica voluntad
de querer ser o de no querer ser.

Y yo soy voluntad de querer ser, plena y violenta.
Muy violenta.

Siempre hace calor en España.
Era finales de octubre en Oviedo y hacía calor,
tuve que poner el aire acondicionado de mi NH.

A mi padre no le gustaba el calor y a mí tampoco.

Estamos bien en este albañal de país: hay playas, Ok, está bien.

Ahora viajo por España.

Me hice unas fotos de carnet en Chamartín
porque me tengo que renovar el DNI y el pasaporte;
había unos críos españoles jugando con el fotomatón,
les dije «largaos de aquí, capullos».
Sus padre vinieron a pedirme explicaciones.
Cogí al padre por el cuello, y se meó encima.

Voy al gimnasio y mi cuerpo es una máquina.

Me molesta que tarden tanto tiempo
en hacerte el check-in en los hoteles.

Me gustan las chicas de la recepción.
Son jóvenes y guapas, me gustaría follármelas
a todas, pero parece que está prohibido o algo similar.
Es un deseo mental, luego seguro que no me empalmaba.
Me gustaría tener una polla de oro, infalible.

Me cabrea perderme por los pasillos
porque no entiendo bien la indicación
de los números de las habitaciones
de lo colgado que suelo estar siempre.

Pero al final encuentro la habitación.
Me falla la aritmética.

Oh, ciudades de provincias españolas,
necesitáis que alguien os eche una mano.

El gobierno pasa de vosotras
y el Rey de España también.

Todo el mundo quiere vivir primero en Madrid
y luego en Barcelona, aunque ahora menos
en ésta última, yo qué sé, tío, política y eso.
Política y eso, no política y sexo, que quede claro, tío.

Claro que me gustaría vivir en Madrid.

Claro que me gustaría tener mucha pasta
y muchos amigos, pero ya ves dónde he acabado
viviendo, y encima últimamente tengo problemas
de todo tipo, y eso, hermano, es otra historia
que no te pienso contar ni aquí ni ahora.

 

 

 

 

SPIRITUAL

Bob Marley, que estás muerto y bien muerto y en los cielos
y en el paraíso y en el corazón de todos los mares con ballenas,
con dulces ballenas enamoradas,
ayúdame a morir.

Ayudadme a morir, ayúdame tú, quien seas,
tú que pasas por una calle de Cádiz, de Leganés, de Sagunto,
de Murcia, de Tarragona, de Alcalá de Henares,
ayúdame.

Hay que ayudar a los que no saben morir.

¿No sabes morir, hermano? Es muy sencillo:
A todos nos pasa, nos pasa a todos,
es muy sencillo, hermano mío, ya verás qué bien lo haces.

Ayúdame a desaparecer, ayúdame a no haber sido.

 

 

 

 

974310439

Quien me trajo al mundo se ha ido hoy del mundo.
Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.

Lo mal que la traté y lo mal que nos tratamos,
aun queriéndonos tanto; y lo poco que supiste de mi vida
en los últimos tiempos, ocultándote lo mal que me iba
en mi matrimonio y en todas partes
y tú sabiéndolo, porque, al fin, todo lo sabías,
me veías beber esos licores fuertes,
me veías esa sed tan rara, esa sed tan desconocida para ti,
que tanto te asustaba y tanto temías.

Ya nadie me llamará, tan obsesivamente, para saber
si estoy vivo y a quién le importará si estoy vivo o muerto;
yo te lo diré: a nadie.

De modo que el gran secreto era éste:
ya estoy completamente desamparado,
arrodillado
para la decapitación,
para el anhelado adiós de este cuerpo,
de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi nombre,
nuestro nombre.

No volveré a ver nunca
tu número de teléfono en la pantalla
de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,
de que yo no te regalara uno,
te juro que no hubieras sabido hacerlo funcionar,
lo habrías tirado por la ventana,
como yo haré con el mío esta noche del supremo delirio.

Porque eras un número de teléfono, cincuenta años
en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y uno,
cero, cuatro, tres, nueve.
Márcalo ahora,
márcalo si tienes valor y te contestarán
todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,
la ira roja
de los peores huracanes celestiales,
la árida y blanca nada convertida
en una mano negra.

Daba igual dónde estuviera: podía estar en América o en Oriente,
tú llamabas, tú llamabas a tu hijo siempre
porque yo era Dios para ti, un Dios fuera de la ley,
poderoso y sagrado, lo único real y suficiente,
siempre tu hijo fuera de todo orden, siempre reinando,
porque todo cuanto yo hacía e hice recibió tu larga aprobación,
cuya moralidad no es de este mundo.

Sabedlo.

Tú, que me amabas hasta la desesperación.
Tú, que derramaste sangre por mí y por mi discutible y oscura vida,
llena de liturgias cuyo sentido tú desconocías,
y hacías bien, pues nada había que conocer, como finalmente
he acabado sabiendo,
igualado en ese conocimiento
al más sabio de los hombres.

Y ahora, otra vez camino del Crematorio,
como ya escribí en un poema con ese título,
en el que hablaba de tu marido, mi padre,
a quien también quemamos,
unos mil grados alcanzan esos hornos.

Mi gran padre, del que tú te enamoraste —vete a saber por qué—
en mil novecientos cincuenta y nueve,
y a quién demonios le importa ya sino a mí,
el que siempre os quiso tanto y os querrá hasta el último minuto del mundo.

Te di un beso en la santa frente helada
un domingo
por la mañana
de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce,
lloviendo,
en una primavera inesperadamente fría,
mientras una máquina sofisticada introducía tu caja barata
—mira que somos pobres— en el fuego final,
al que mi hermano y yo
te condujimos.

Sentí tu frente antigua y acabada en mis labios
antiguos y acabados,
pero aún conscientes los míos;
los tuyos,
venturosamente, no.

Nunca pensé que el sentimiento final fuera este:
la envidia que me diste, la codicia de tu muerte,
codiciando tu muerte,
porque me dejabas aquí,
completamente solo
por primera vez
un nuestra larga historia de amor,
y solo para siempre.

Y recuerdo ahora a todas aquellas mujeres
que querían acostarse conmigo,
hacer el amor conmigo,
y eso acabó siendo mi vida,
cuando yo solo quería
estar contigo para siempre.

Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.
Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado,
en una culpable tarde de primavera
en donde comienza el mundo,
en donde para ti acaba el mundo,
en donde para mí ni acaba ni comienza
sino que persiste involuntariamente.

Qué bien este silencio omnipotente, aquí, en Barbastro,
donde fuimos madre e hijo, por los siglos de los siglos.

Aquí, en Barbastro, en ese sitio tan nuestro,
tan escuetamente nuestro: todo ocurrió aquí, en estas calles.

Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré.

Te amo, finalmente.

Como no he amado a nadie: todas fueron tu réplica.

Ah, se me olvidaba: podías haber dejado algo
para pagar tu entierro,
no sabes lo mal que me va y lo pobre que soy,
mira que fuiste manirrota y derrochadora,
y lo que vale
el ataúd más económica,
como dicen ellos, los caballeros dulces de la funeraria.

Mira que fuimos pobres y desgraciados tú y yo,
ma mère, en esta España de granes hijosdeputa enriquecidos
hasta la abominación.
Y aun así, pobres como ratas tú y yo,
mantuvimos el tipo,
como dos enamorados.

Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero
o te quise, ya no sé, y a quién le importa,
desde luego no a la Historia de España,
nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba
la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.

 

 

 

Vilas, Manuel. El hundimiento. Madrid; Ed. Visor, 2015.

 

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