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EL AZOR EN EL PÁRAMO

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EL PENSAMIENTO-ZORRO

Imagino este momento del bosque a media noche:
Algo más está vivo
Junto a la soledad del reloj
Y esta página en blanco que recorren mis dedos.

A través de la ventana no se ve ni una estrella:
Algo más cercano
Aunque más profundo en el interior de lo oscuro
Se adentra en la soledad:

Fría y delicadamente como la nieve oscura
El hocico de un zorro roza rama, hoja;
Dos ojos propician un movimiento que ahora
Y de nuevo ahora, y ahora, y ahora

Imprime sus nítidas huellas en la nieve,
Por entre los árboles, y cautelosamente una sombra
Débil se rezaga junto a un tocón, y en la cavidad
De un cuerpo que se atreve a avanzar

Cruzando claros, una mirada,
Un profundo, dilatador verdor,
Brillante y concentradamente
Yendo a lo suyo, hasta que

Con un repentino, caliente y penetrante hedor a zorro
Se interna en el oscuro hueco de la cabeza.
Ni una sola estrella aún en la ventana; suena el reloj,
La página está impresa.

 

 

 

 

EL JAGUAR

Los monos bostezan y adoran sus pulgas bajo el sol.
Los loros chillan como si ardiesen, o se contonean
Como fulanas para que el paseante les dé una nuez.
Cansados de pura indolencia, el tigre y el león

Yacen quietos como el sol. La cola de la boa es un fósil.
Una tras otra, las jaulas parecen vacías, o bien
Cargadas del hedor que rezuma la paja de los que duermen.
Una escena ideal para decorar la pared de una guardería.

Pero, una vez pasadas éstas, quien corre como los demás llega
A otra jaula donde la multitud se detiene, observa hipnotizada,
Igual que un niño un sueño, un jaguar circulando rabioso
Por la oscuridad de su prisión, taladrándola con sus ojos

A punto de estallar. No aburrido —
La mirada satisfecha de que el ardor la ciegue,
Los oídos ensordecidos por el estruendo de la sangre en su cerebro —
Gira junto a los barrotes, aunque no hay jaula que pueda con él

Como no hay celda que aprese al visionario:
Su zancada es el páramo de la libertad:
El mundo rueda bajo el largo impulso de su talón
Que allega los horizontes al suelo de su jaula.

 

 

 

 

LOS CABALLOS

Escalé por entre los bosques, sumido en la oscuridad de la hora anterior al alba.
Un aire maligno, una quietud heladora,

Ni una sola hoja, ni un solo pájaro —
Un mundo fundido en escarcha. Salí por la corona del bosque

Donde mi aliento dejaba estatuas retorcidas en la luz de acero.
Pero los valles fueron drenando la oscuridad

Hasta que la linde del páramo —heces ennegrecidas del gris resplandeciente —
Partió en dos el cielo. Entonces vi los caballos:

Enormes en aquel gris espeso — diez megalitos juntos,
Quietos, Respiraban sin moverse un ápice,

Con las crines alisadas y las patas traseras ladeadas,
Sin emitir ningún sonido.

Pasé junto a ellos: ninguno bufó ni agitó la cabeza.
Grises fragmentos silentes

De un silente mundo gris.

En el alto del páramo me paré a escuchar el vacío.
La rabia del zarapito rajó el silencio con su filo.

Lentamente, algún que otro detalle comenzó a brotar de la oscuridad,
Justo cuando el sol anaranjado, rojo, rojo irrumpió

En silencio, y astillando hasta su cerne una nube rasgada y expelida
Con fuerza, sacudió la sima abierta, reveló el azul,

Y los grandes planetas colgantes.
Yo volví,

Tambaleándome en un sueño febril, abajo, hacia
Los bosques oscuros, desde aquellas alturas encendidas,

Y me acerqué a los caballos.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAllí seguían aún,
Aunque ahora humeando y fulgurando bajo el flujo de la luz,

Sus alisadas crines pétreas, sus patas traseras ladeadas,
Agitándose bajo el deshielo mientras a su alrededor

La escarcha mostraba sus fuegos. Pero ellos siguieron callados.
Ninguno bufó ni piafó,

Con las cabezas colgando, pacientes como los horizontes
En lo alto, por encima de los valles, bajo los rojos rayos niveladores…

Ah, ojalá que en el estruendo de las calles abarrotadas, caminando en medio de los años, de los rostros,
Pueda recordarme tal y como fui en aquel lugar tan solitario,

Entre los arroyos y las nubes rojas, oyendo a los zarapitos,
Oyendo persistir a los horizontes.

 

 

 

 

UNA NUTRIA

I

xxxxxLos ojos subacuáticos, el cuerpo de una anguila
Toda de aceite de agua, la nutria no es ni un pez ni un bicho:
xxTiene cuatro patas, pero dotadas para nadar mucho mejor que un pez;
xxxxxLos pies palmeados, una larga cola a modo de timón
xxxxxY la cabeza redonda como un gato viejo.

xxxxxArrastra consigo su propia leyenda
Desde antes de las guerras y los entierros, a pesar de los sabuesos y las horcas;
xxNunca echa raíces como el tejón. Vaga, chilla;
xxxxxGalopa por la tierra a la que ya no pertenece
xxxxxY se re-interna en el agua fundiéndose con ella

xxxxxAunque ya no es de la una ni de la otra. Buscando un mundo
Que perdió al zambullirse por primera vez y al que desde entonces ya no logra regresar,
xxIntroduce su cuerpo modificado en los cubiles de los lagos;
xxxxxComo a ciegas,surca la contracorriente hasta lamer
xxxxxLos guijarros del manantial; cruza de un mar a otro
xxxxxEn apenas tres noches como un rey a escondidas.
Chillando a la vieja silueta de la tierra iluminada por los astros,
xxPor encima de los casales derruidos donde los murciélagos vuelan en círculo,
xxxxxSin obtener respuesta. Hasta que la luz y el canto del pájaro llegan
Matraqueando los caminos con el carro del lechero.

 

II

La jauría ha perdido su rastro. Las almohadillas en el fango,
Entre las juncias, la nariz un abalorio en la superficie,
La nutria permanece quieta durante horas. El aire,
Circulando alrededor de la esfera, contaminado pero necesario

Mezcla de humo y tabaco, sabuesos y perejil,
Llega cuidadosamente a los pulmones sumergidos.
Igual que yace bajo los ojos su yo,
Atento y retraído. La nutria es ducha

Tanto en robar como en ocultarse —
En el agua que la nutre y la cubre, y en la tierra
Que le dio su longitud y ese morro de sabueso.
Se mantiene gruesa en los reflejos del límpido

Integumento bajo el que vive. Su corazón late profuso, a toda
Máquina, enorme músculo de trucha libre del frío letal.
La sangre es el vientre de la lógica;  la nutria proseguirá
Lamiendo el hueso desnudo del pez. Puede coger y cubrir

Ardientemente a una hembra en un campo repleto
De caballos nerviosos, pero no morar ni demorar en ningún sitio.
Arrancada de los dientes de la jauría, ya no es nada de nada
Salvo este largo pellejo que cuelga del respaldo de una silla.

 

 

 

 

HELECHO

He aquí la fronda del helecho, desplegando un gesto,
Igual que un director de orquesta cuya música fuese ahora una pausa
Y la única nota de silencio
Con la que la tierra entera baila solemnemente.

La oreja del ratón despliega su confianza,
La araña recoge su legado,
Y la retina
Refrena la creación con una brida de agua.

Y, entre ellos, el helecho
Baila solemnemente, como el penacho
De un guerrero que vuelve, bajo las pequeñas colinas,

A su propio reino.

 

 

 

 

EL OSO

En el inmensamente abierto ojo durmiente de la montaña
El oso es el destello de la pupila
Pronta a despertar
Y enfocarse al instante.

El oso está pegando
El principio al fin
Con cola hecha de huesos
Humanos en su sueño.

El oso está horadando
En su sueño
El muro del Universo
Con el fémur de un hombre.

El oso es un pozo
Demasiado profundo
Como para brillar
Allí donde digiere tu grito.

El oso es un río
En el que la gente
Cuando se inclina a beber
Ve sus yos difuntos.

El oso duerme
En un reino de muros
En una red de ríos.

El oso es el barquero que nos lleva
A la tierra de los muertos,

Y el precio que exige por ello es todo.

 

 

 

 

HEPTONSTALL

Negra aldea de lápidas.
Calavera de un idiota
Cuyos sueños mueren de nuevo
Allí donde nacieron.

Calavera de una oveja
Cuya carne se funde
Bajo sus propias vigas.
Sólo las moscas la dejan.

Calavera de un pájaro,
Las vastas geografías
Desecadas hasta devenir suturas
De alféizares rajados.

La vida lo intenta.

La muerte lo intenta.

La piedra lo intenta.

Tan sólo la lluvia jamás se cansa.

 

 

 

 

MONTAÑAS

Si ésas no son piedras, entonces yo soy una mosca,
Si ésas no son piedras, entonces son un dedo —

Dedo, hombro, ojo.
El aire viene y va sobre ellas atenta, cortésmente.

Ayer ya estaban ahí, y antes del mundo de antes de ayer,
Contentas con su herencia,

Sin otra labor por realizar que la de ser dueñas de los días,
Tan sólo ser dueñas de su poder y su presencia,

Sonriendo a lo lejos, con el rostro iluminado por la paz
De la voluntad y el testamento del padre,

Luciendo flores en el pelo, adornando los ramales de su cuerpo
Con la agonía del amor y la agonía del miedo y la agonía de la muerte.

 

 

 

 

EL AULLAR DE LOS LOBOS

No tiene mundo.

¿Qué manifiestan, qué arrastran una y otra vez con esas largas traíllas de sonido
Que se disuelven en el silencio del aire?

Luego, el llanto de un niño, en este bosque de silencios famélicos,
Atrae a los lobos corriendo.
La nota de una viola, en este bosque tan fino como el oído de un búho,
Atrae a los lobos corriendo — atrae los cepos de acero batiendo y babeando,
El acero forrado de pellejo para no crujir de frío,
Los ojos que no comprenden por qué razón han llegado
A tener que vivir así,

A tener que vivir

La inocencia infiltrada sigilosamente en los minerales.

El viento barre todo y el lobo aterido tirita.
El lobo aúlla, pero quién sabe si es de agonía o de gozo.

La tierra yace bajo su lengua,
Un peso muerto de oscuridad, intentando ver algo a través de sus ojos.

El lobo vive para la tierra.
Pero el lobo es muy pequeño, y comprende muy poco.

Va de aquí para allá, arrastrando sus ancas y gimoteando horriblemente.

Tiene un pellejo que alimentar.

La noche nieva estrellas y la tierra cruje.

 

 

 

 

CUERVO MÁS NEGRO QUE NUNCA

Cuando Dios, asqueado del hombre,
Se volvió cara al cielo,
Y el hombre, asqueado de Dios,
Se volvió cara a Eva,
Todo pareció desmoronarse.

Pero Cuervo Cuervo
Cuervo los juntó clavándolos,
Juntó el cielo y la tierra clavándolos —

Y entonces el hombre gritó, pero con la voz de Dios.
Y Dios sangró, pero la sangre del hombre.

El cielo y la tierra crujieron por la juntura
Que empezó a gangrenarse y a heder —
Un horror imposibe de redimir.

La agonía no disminuyó.

El hombre no podía ser hombre, ni Dios, Dios.

La agonía

Se intensificó.

Cuervo

Sonrió burlonamente

Gritando: “Ésta es mi Creación”,

Enarbolando la bandera negra de sí mismo.

 

 

 

Hughes, Ted. El azor en el páramo (Trad. Xoán Abeleira). Madrid; Bartleby editores, 2010.

 

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