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COBIJARME EN UNA PALABRA

Acaba de publicar Bartleby editores, en edición trilingüe (!!), con traducción de Juan Vicente Piqueras, ‘Cobijarme en una palabra’ de Cesare Zavattini.
Dice Juan Vicente Piqueras en el prólogo del libro: “Cesare Zavattini nació en Luzzara, un pueblo a orillas del Po, provincia de Reggio Emilia, en 1902, y murió en Roma en 1989. Artista fecundo y proteico, periodista, editor, fundador de revistas, guionista, inventor de tebeos, novelista, dramaturgo, pintor, poeta, Za fue un hombre singular, un caso único, un auténtico huracán creador en la cultura italiana desde los años treinta hasta los ochenta. El neorrealismo italiano no existiría sin él.“.
Colaborador de la editorial Mondadori y de Vittorio De Sica, esta antología —repito: trilingüe— en uno de los tantos dialectos italianos, tiene su originalidad, y retomo palabras de Juan Vicente Piqueras en el prólogo, en su regreso a los orígenes, en la recuperación de lenguas en vías de extinción, en su labor de urgente y delicado salvamento de todo un mundo a punto de perderse, o ya perdido, con esa lengua que lo nombraba. La poesía, que es ya de por sí un epitafio, se convierte en el canto del cisne de toda una cultura.

 

Cesare Zavattini Cobijarme en una palabra Bartleby editores

 

Y aquí tienen una breve selección de poemas del libro en su versión española.

 

MEJOR CALLAR

Ay, la vida, ¿qué es? Mejor callar.
No quisiera molestar a aquellos dos
que están gozando en la hierba.

 

 

 

 

LA BASSA

Una vez vi un funeral tan pobre
que no había ni muerto en el ataúd.
La gente iba detrás llorando.
Iba llorando yo también
sin saber por qué
a través de la niebla.

 

 

 

 

LA BRISCA

Miro jugar a estos cuatro
bajo la luz de cámara mortuoria
de la taberna.
Si yo me acercara y les dijera: Góngora,
no me preguntarían ni siquiera quién es.
Esperando que salga una copa o un basto,
quietos, muelen
humillaciones de ahora y de antaño,
esperanzas, miradas que podrían
haber tenido incluso los aqueos.

 

 

 

 

LO RECONOZCO

Dicen que yo escribía mejor antes,
que me he vuelto vulgar.
Lo reconozco, y un poco hasta me gusta.
De niño escuchaba a mi padre
reñir con los santos y las vírgenes,
era enorme, de noche sus bramidos
estremecían su cuarto y casi, por amor,
estrangulaba a mi madre
(así fueron naciendo mis hermanos),
ella susurraba medias frases
con una dulzura de la que al día siguiente
no quedaba el más mínimo rastro.

 

 

 

 

¿QUÉ PUEDO HACER?

No volveré a pasar por esa calle
donde aquella que amé más que a mi madre
un día, eran las ocho
del doce de junio de mil novecientos veintiuno,
otro la desvirgó.
Le han cambiado hasta el nombre,
la han asfaltado.
¿Qué puedo hacer?

 

 

 

 

SI ALGUIEN PASA DE NOCHE POR MI PUEBLO

Si alguien pasa de noche por mi pueblo
puede pensar que están lejos de todo, en otro mundo.
Nadie imaginaría en medio de este silencio
que a diez de los que habitaban estas casas,
tan jóvenes que todavía viven
sus padres y sus madres,
los colgaron
pocos días antes de que llegara la paz.

 

 

 

 

UN TAL BANFI

Todas las noches desde hace una semana
un tal Banfi camina encima de mí,
en el piso de arriba,
hasta que llega el alba.
En la escalera
me encontré a su mujer y le dije:
“Un respeto, ¿no?, que podamos vivir todos”.
No me respondió siquiera.
Siguió subiendo y tres peldaños después
se volvió y me dijo:
“No se preocupe.
Dentro de un mes ya no le molestará.”
Y ahora, preocupado por contároslo
—ya os conozco,
cada sílaba en su sitio—
he dejado de oírlo.

 

 

 

 

LA GUERRA

¡La guerra nunca ha existido!
¡Me la he inventado yo!
Me ocurre cuando bebo.
¿Estoy en la terraza
mirando el mar?
El aire
de repente se enturbia, se emputece,
de su furia salen vísceras
que parecen culebras,
niños cortados en dos con un hachazo seco,
caras que conozco
arden como el papel,
bocas que dijeron amor mío.
Dadme un vaso de agua,
no puedo seguir, mañana,
en la audiencia de mañana
sacaré fuerzas de flaqueza, veréis adónde
puede llegar mi imaginación.

 

 

 

 

LOS JÓVENES

Quisiera volver atrás
para enamorarme.
Podría incluso ahora
que soy viejo
enamorarme
de una que yo me sé,
si no me diera vergüenza.
¿De los montes, de Marx?
De los jóvenes.
Me han obligado a fingir,
a hacer como si mirara a un palo
cuando pasa una mujer.
Creen que soy de piedra,
que he dejado de ser
inmortal como ellos.

 

 

 

 

¿QUIÉN QUIERES QUE SE MUERA?

Me preguntó de repente:
“¿quién quieres que se muera?”
Dije un nombre y después me arrepentí.
“Entonces, ¿quién?”
Éste, aquél, el de más allá.
Iba de la montaña al mar,
del pueblo a la ciudad.
Él, harto de esperar,
dijo un taco y se largó.
Más tarde me encontré en la plaza
a uno de los que había nombrado.
Y se reía, el imbécil.

 

 

 

 

¡BASTA!

En verano y en invierno
se me veía siempre en las manifestaciones
bajo pancartas que gritaban ¡basta!
cogido del brazo de hombres y mujeres
de todas las edades, sin preguntarles
su nombre, caminábamos.

 

 

 

 

ARIÉ

¿Qué hacía yo el día que murió Arié?
Tenía veinte años.
Era albañil, anarquista
y bueno como el pan.
Desde que aquéllos mandaban
vivía escondido en el bosque.
Ellos esperaban.
Una mañana se arriesgó a bajar
al pueblo a ver a su madre.
Pero lo vieron a él,
eran cuatro, le dispararon
y lo dejaron contra la pared
seco, como un murciélago.

 

 

 

 

QUIZÁ

Quizá la emoción más grande de mi vida
fue una noche de calma, un bochorno,
como antes del terremoto,
Dios entró sigiloso, impalpable en mi cuarto
y me dijo: a ti, sólo a ti,
te hago saber que no existo.

 

 

 

Zavattini, Cesare. Cobijarme en una palabra (Trad. Juan Vicente Piqueras). Madrid; Bartleby editores, 2016.

 

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