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EL PUENTE QUE CRUZA LA LUNA

El puente que cruza la luna

 

 

Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.

¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?

¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
que use tu oscuridad para brillar, para relucir?

Brillo. xxxEstoy de duelo.

 

 

 

 

LEYENDO LA CASCADA

Aquellas páginas cuyas esquinas
doblaba son ahora pañuelos, atados
a la última luz de cada uno de sus árboles preferidos,
junto a los que se detenía, y que me señalan el camino
con certeza, como si hubiera ordenado a bandadas
de pájaros que hiciesen susurrar a las hojas en lo alto.

Miro a lo alto a menudo, y pienso en
sus nidos tibios o dejo
que un rasgueo de reconocimiento vibre como un koto,
como si su cabeza aún me mirara por encima del hombro,
rodeada por una niebla fría, dispuesta a encontrar la salida
por una escalera de mármol batida
por sus pisadas. Mis cuentas de ámbar se dirigen, flotando, hacia el mar,
en una sencilla vaina de guisante –igual que las que botan los niños–,
como un carguero cuyo destino fuera perderse.

Cuántas veces me mantiene viva media cerilla,
cuando recuerdo su voz atravesar las habitaciones
y acudir yo a su llamada, para escuchar algunos versos
que él recitaba de forma contradictoria,
como si añadiese una ala de lastre y
descubriera el vuelo.

Tanto del amor se curva ahí,
donde su pluma encerraba entre paréntesis
el pareado, a media página, que mi ajuar,
aún sin estrenar, me atrae poderosamente,
como una frente a la que se invitara demasiado
y se diese a la paradoja.

Me permite vestirme deprisa para el viaje,
como la mejor forma de dejarme lo que se desvanece,
según esté listo o no; él lo está y se desliza
junto a mi cama, en domingo,
hasta que somos como los muertos dando agua
a los muertos, sin reparar en que nuestra tenue sed
es insaciable.

 

 

 

 

RESCOLDOS

Sufría el exceso de luz
igual que nuestras tardes se recuperan de
la lluvia matinal partiendo la habitación
en dos. Le leo para que le alcance otra
voz, para tocarlo más, y unirme
a nuestra escucha o a nuestras carcajadas o a nuestra mutua irrisión.
Ser uno y ninguno. A veces una rima puede
absorber su sustancia, y, sin embargo, librar
una segunda duración. Hablar en voz alta junto a una tumba
rompe el silencio, para que trascienda
otro calor. No decir, sino el fulgor
de que dijéramos.

 

 

 

 

TRAS LOS CHINOS

Al amanecer, un viento del Norte ha zarandeado
la nieve de las ramas de los abetos. Ningún disfraz
dura demasiado. ¿Pensabas que no había vientos
debajo de tierra? Mi caballo tártaro prefiere
el viento del Norte. ¿Pensabas
que la muerte y un poco de tiempo me detendrían?
¿Acaso no me elegiste por mi condición
obstinada, por los ojos verdes que ahuyentaban
a los timadores y engañabobos de nuestra puerta?
He abierto un pequeño sendero, un círculo ovoide
alrededor de tu tumba, para mantener el calor
mientras te hablo. Soy la única
en el cementerio. Elegiste bien. Nadie
es tan obstinada como yo, y mi caballo tártaro
prefiere el viento del Norte.

 

 

 

 

ENCUENTRO MÁS ALLÁ DEL ENCUENTRO

Se cierne aquí tu amenaza, cuando el mar
revela su hora más negra antes del anochecer,
y vuelve después sobre sus pasos para llevárselo todo.
Pero durante un rato los árboles se recortan
contra una espesa franja de espliego, al otro lado
de un puente de luz de ribetes rosas.
Aún podría creerme que las puertas se abriesen
y que aparecieras tú,
un poco sorprendido de que no estuviese todavía
con nadie.

Ahora la luz se ha extinguido
y nosotros, que conocíamos cada curva y cada pendiente y cada cicatriz,
debemos invocarnos mutuamente, como manos que cogieran orquídeas
en la oscuridad. Sólo por su fragancia podemos saber
cuánto hay que apretar.

 

 

 

 

PARAÍSO

La mañana y la noche desajustadas.
El amigo de la infancia,
que se había quedado despierto en casa por mí, se marchó
para que pudiera permanecer a solas con la poderosa almadía de su cuerpo.

Parecía que estaba solo para escuchar, una eternidad
para mí inesperada. Así que le hablaba; le contaba
cosas que necesitaba oírme
decirle, y él escuchaba, puedo afirmar que “pacíficamente”,
aunque quizá fuese sólo un efecto suyo, la seguridad del cuerpo
cuando se reduce a un único músculo. Empero, creo que oí
mi propia voz, igual que él debió de oírla, anhelante
como las narinas de una yegua que resoplara suavemente
en su húmeda presencia: significaba
que todo iba bien, que todo estaba en calma, pero que aún había de sufrir
en el lugar del que te habías ido.

 

 

 

 

DEJO DE ESCRIBIR EL POEMA

para doblar la ropa. Da igual quién viva
o quién muera: sigo siendo una mujer.
Siempre tendré mucho que hacer.
Doblo las mangas de su
camisa. Nada puede frenar
nuestra ternura. Volveré
al poema. Volveré a ser
una mujer. Pero, por ahora,
tengo una camisa, una camisa gigantesca
entre las manos, y, en algún lugar, una niña pequeña,
al lado de su madre,
la mira para aprender cómo se hace

 

 

 

 

ME PONGO EL VESTIDO NUEVO DE PRIMAVERA

El samuray Yamato Takeru-no-Mikoto, héroe del Kojiki,
se “convirtió en un pájaro blanco al morir”.
No es casualidad que en la lápida
a tu izquierda se lea “Blanco”, y en la de la derecha
hayan cincelado “Pájaro”. Quien haya podido disponerlo así,
sin saber dónde iba a ser enterrado, tiene que dar miedo.

Quemo cucuruchos de incienso y observo al humo dulzón
circundar nuestros rostros. Ayer, cuando alguien
me preguntó qué tal estaba, me reí
como una mujer cuyo destino fuera dormir junto a una espada.
Pájaro blanco: así te llamo cuando sueño con volar.

 

 

 

 

HABITACIÓN INFINITA

Habiendo perdido el futuro con él,
estoy dispuesta a amar a quienes
no me ofrezcan futuro –la forma
que tiene el corazón de extraviarse
en el tiempo–. Él me lo dio todo, hasta
el último y jaspeado instante, pero no como un exceso,
sino como si un propósito oculto fuese
una fuente junto al camino
a la que pudiera acercar mis labios y saciarme
de recuerdos. Ahora el amor en una habitación
puede hacer que me pierda con suma facilidad,
como una niña que hubiese de volver deprisa a casa
ya de noche, y tuviera miedo de
encontrarla vacía. O sólo miedo.

Dime otra vez que esto sólo va a durar
lo que dure. Quiero ser
frágil y verdadera, como quien prolonga
el momento con su muerte intacta,
con su corazón, demasiado sabio,
limpio de los desechos que llamamos esperanza.
Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente
y saber, con la alborotada exactitud
de una ventana rota, lo que quería decir,
con todo el tiempo ido,
cuando decía: “Te quiero”.

Y ahora ofréceme de nuevo
lo que pensabas que no era nada.

 

 

 

Gallagher, Tess. El puente que cruza la luna (Trad. Eduardo Moga). Madrid; Bartleby editores, 2006.

 

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