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AULLIDO DE LICÁNTROPO

aullido de licántropo

 

Reedita Bartleby editores esta pequeña joya de Carlos Álvarez después de que lo hicieran Ocnos (en 1975 y 1976) y Endymion (en 1980).

La obra de Carlos Álvarez -como se puede leer en el prólogo de Manuel Rico-, hasta el comienzo de los años setenta, está salpicada de mensajes explícitos, de apelaciones a la resistencia y al compromiso democrático que eran difícilmente asumibles por la censura. Es una poesía directa y transparente que encuentra acogida editorial en España muy tardíamente. Eso contribuye a situarlo en un espacio lateral respecto a su generación. Carlos Álvarez, nacido en 1933, con una memoria especialmente dramática de la Guerra Civil (su padre fue fusilado en Sevilla por mantenerse fiel a la República cuando él tenía dos años y medio), en un “niño de la guerra”, por lo que no parece descabellado situarlo en la generación del medio siglo, como parte de su leva más joven ‒ Claudio Rodríguez, Francisco Brines o Carlos Sahagún‒, y con poetas desubicados generacionalmente como Jesús Hilario Tundidor, César Simón, Félix Grande, Antonio Gamoneda o Francisca Aguirre.
Aullido de licántropo se publica en 1975, en la colección Ocnos, dirigida por Joaquín Marco y de cuyo consejo de dirección formaban parte poetas como Manuel Vázquez Montalbán, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente o Ángel González, entre otros. Era un libro que rompía con la vertiente más tradicional de su poesía anterior, que anticipaba la complejidad de sus siguientes entregas e indagaba en zonas oscuras de la conciencia a partir de experiencias extremadamente difíciles y dolorosas: la presencia del poeta en las cárceles de Franco, buena parte de ella en celdas de castigo y con períodos de huelga de hambre.
El libro es un alegato contra la perversión de la condición humana y no solo contra la dictadura franquista. Lo es también contra las convenciones sociales, contra las normas y costumbres dominantes, contra cualquier tendencia al conformismo.
La perplejidad, la mirada irónica, el humor negro, el desconcierto, la rabia y la resignación a la vez, la denuncia, la introspección y la crónica penitenciaria y judicial, el alegato contra la pena de muerte aportan al libro un carácter de “enmienda a la totalidad”, de afirmación de la singularidad y de la libertad más radica del individuo frente al sistema y frente a la mayoría silenciosa y alienada. El libro de Carlos Álvarez es un canto de rebeldía, una crítica de fondo a la sociedad que se apunta y una invitación al lector a mirar a su alrededor y a situarse del lado del licántropo, de todos los licántropos de la Historia.

 

Y aquí tienen algunos poemas del libro.

 

 

CUANDO vuelven mis pasos al sendero
donde intento escapar de mi condena,
ni crujen mis sandalias en la arena
ni me alcanza el perfume del romero.

Yo no sé caminar por donde quiero:
por la senda inocente, limpia y buena;
puedo cambiar el marco de la escena,
pero siempre seré su prisionero.

Por eso estoy perdido en el camino.
Las rutas para mí son siempre iguales:
las nobles de la cumbre y las del llano.

Mis manos no acarician los rosales,
la soledad desnuda es mi destino,
y mi vuelo es el vuelo del vilano.

 

 

 

 

MIRAD la luna, atenta, atentamente
mirad la luna. Brilla. Está colgada
de un árbol que conozco…
‒una mujer, un hombre, una serpiente‒
…el equilibrio a punto de ser roto,
la cuerda floja encima del abismo,
y un mundo muy extraño bajo el pozo.
Bastará que algo brille,
que la sangre se agolpe, poco a poco,
que pase una gacela,
que traiga el viento carne hasta mi olfato
de lobo…
xxxxxxxxmanos de vello negro,
xxxxxxxxdientes de aguda garra
xxxxxxxxentre mis poros,
xxxxxxxxgarras de diente agudo,
xxxxxxxxgritos en que se afila
xxxxxxxxmi alborozo…
xxxxxxxxla caricia el zarpazo,
xxxxxxxxla palabra el aullido.
xxxxxxxxCanto y corro.

 

 

 

 

LA NOCHE. La ermosura constelada.
Mi linpio corazón. El berbo mío.
Desnudo. Todo llo soi como un río:
como un río que flulle acia la nada.

La luna. Plata. (Fácil.) ¿Fácil? Cada
palabra la sopeso: el mar, el frío…
el frío de mis bersos, el astío…
diré mejor: la majia nacarada.

No estaba llo precisamente enfrente
del infinito canpo de Castilla.
Nostaljia de la rosa, de la pena.

Se cruzó en mi camino la serpiente,
y de esta forma sinple, tan sencilla,
bajó a mi corazón la luna llena.

 

 

 

 

SI AL MIRARME al espejo nada advierto,
¿cómo podrían ellos
conocer lo que oculto está en mi centro?
Lo saben las paredes de mi encierro;
mejor que nadie, el techo
donde clavo los ojos. Y los muertos:
los muertos que me vieron;
que me vieron y no reconocieron
hasta después del hecho.
¿Cómo no ves, amor, lo que es tan cierto?
A pleno día, sí, te soy sincero,
camino como todos: tan derecho
como cualquiera. Pero el lobo…
pero el lobo, mi amor, está al acecho
de una luna que brille o de un recuerdo.
Del recuerdo que ahora estoy sintiendo
que me afila el colmillo y el deseo.

 

 

 

 

RECORRER tus orillas; como un barco
cansado de echar el ancla, y, en el tibio
reposo de tu puerto, allí quedarme
quisiera
colono de tu tierra, sembrador
de tus aguas, marinero
de bruces en tu arena,
mujer, silencio blando de mis noches,
arcilla
para mis toscas manos de alfarero.
…Y ver después tu rostro junto al mío
fundidos en la espiga que acrecimos
bajo el sol ondulado de las mieses;
suavemente,
como el frutal risueño en el verano,
sentir juntos el peso de los años
con la paz de un crepúsculo sereno
quisiera…

(La luna sonreía
soñando un bosque rojo de lobeznos.)

 

 

 

 

Si el guionista, con trazo equivocado,
dibujó un personaje denso y turbio,
responde a mi pregunta: ¿qué palabras
me puedes arrojar? ¿Con qué derecho?

 

 

 

 

DIOS ESTÁ azul; la flauta y el tambor
anuncian el napalm y la metralla.
La voz que pide muertes no se calla
porque fluya un riachuelo arrullador.

Aunque el campo se vista de verdor
seguirá inaccesible la muralla;
ni será menos cruenta la batalla
porque anuncie su pétalo una flor.

Admirables el orden, la belleza
(cuando mato) de la naturaleza
como un encuadre absurdo de Buñuel:

claroscuro el silencio y el aullido,
mis garras en tu muerte hacen un nido,
contra la luna aspiro tu clavel.

 

 

 

 

A TI, MI AMOR, el único mensaje
que entrego al entregar mi sangre abierta:
lo que oculto te tuve, ni a mí mismo
me lo dije tampoco con franqueza.
Que vacila y no acierta con la llave
quien sabe que hay terror tras una puerta,
y el paso no aventura y retrocede
para no estremecerse con la mueca
que acecha en cada espejo. Pero ahora,
cuando por fin me arrebaté la venda,
conozco ya sin dudas lo que tanto
temí reconocerme: que esa fiera
cuya sed sólo calma lo imposible
de conseguir sin crimen; esa bestia
pregonada por todos, soy yo mismo
cuando quiere la luna ser más bella.
Ya lo sabes, amor: al plenilunio,
cuando derrama su embriaguez perfecta
sobre la oscura paz de los caminos
la bailarina esclava de la tierra,
fruto soy de una alquimia indeseada
que me convierte en lobo, y en mí deja
cuchillos como fúnebres cipreses
y el ansia de clavarlos como empresa.

Sólo ahora, mi amor, te lo confieso:
cuando se apaga el pulso de mis venas,
y, en deuda por la sangre derramada,
la de tu pobre Larry se libera.

 

 

 

 

…porque en el mismo vértice del pánico,
allí donde el dolor es más profundo
y la esperanza
(como un hombre en la arena movediza)
desaparece ante los ojos náufragos
de una mano sin tacto;
cuando ya nada queda en tierra firme
y es más hondo el descenso a los abismos,
entonces,
algún consuelo queda:
el de saber
que no hay desdicha de tan alta cumbre
que no pueda vencerse con el gesto
definitivo y alto
del que decide hundirse en la invisible
mansión del otro lado del espejo.

 

 

 

 

NO HAY LUGAR para mí. Lo tiene el hombre
común entre los hombres, como el lobo
lo tiene en su camada.

Todos conocen su porqué,y el dónde
de su raíz sembrada…

el cauce de su impulso, y el cómo dar al viento
la vela desplegada

para entregarle al hijo un día lejano
la antorcha enarbolada

y apoyar suavemente la cabeza
de tierra en su almohada.

Sólo a mí me han dejado sin respuesta
sobre la encrucijada

donde a la luz más blanca de la noche
se advierte la pisada

de un hombre que asesina, y la de un lobo
de inocente mirada.

 

 

 

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo me podrán quitar el dolorido
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsentir, si con la vida
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxprimero no me quitan el sentido.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxGarcilaso

COMO vuelve la lenta transparencia,
la cristalina paz de los espejos
a reflejar la calma de los árboles
en la laguna herida
cuando sus ondas ya se serenaron,
así yo vuelvo a verme como siempre
me vi: sin que un momento
de ingenua ofuscación oculte al rostro
su purpúreo fulgor, su gesto turbio.
Todo en vano, mi amor: ni la mirada
que mendigó la paz, ni aquel ingenuo
acercarme a la orilla
donde se baña limpio el mediodía
ni la plegaria azul del peregrino,
aliviaron mi piel de su caliente
temblor, disminuyeron
esta sed siempre a punto de anularme
la dimensión del hombre. Nada, nada
diferenciarme puede
de esa alimaña que, tras los barrotes,
contempla en su cubil cómo se mofan
de su forzada sumisión los niños
una tarde de asueto,
o que pone temblor al sin ventura
que la tropieza en negra encrucijada…

Nada me diferencia, excepto el grave
pecado de ser lúcido; el punzante,
dolorido
sentir
al tiempo que el gozoso sobresalto,
la inoportuna sensación culpable
de la sed que tendré por la mañana.

 

 

 

 

LOS ÁRBOLES me han visto; las luciérnagas
disimulan su luz cuando camino,
y el murmullo inocente del riachuelo
se expresa a media voz, algo me oculta.
Los grandes pedregales, el espíritu
fugitivo del viento, todo, todo
convierte su tamaño, se transforma
cuando paso en la mano que me acusa,
la voz que me señala. Ya lo saben
los que azuzan los perros, los que el lazo
de mil nudos preparan a mi cuello…
y el herrero en su forja pone a prueba
su oficio contra mí… los lentos muros…
el pozo donde un cíclope invisible
vigilará mi gesto encadenado…
Porque en el fondo oscuro del espejo,
no sólo vi mi rostro al desnudarse
cuando anoche miré; no estaban solos
mi zarpazo y el gozo de su aullido
disfrutando la danza: una mirada
de recelo recuerdo que allí había,
y una huida que me inundó de cuarzo…
que me puso esta lápida en el pecho.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Aullido de licántropo. Madrid; Bartleby editores, 2015.

 

  1. Aún no hay comentarios.
  1. julio 13, 2017 en 11:00 am

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