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NUEVAS ODAS ELEMENTALES

Escapando

 

ODA A SU AROMA

Suave mía, a qué hueles,
a qué fruto,
a qué estrella, a qué hoja?

Cerca
de tu pequeña oreja
o en tu frente
me inclino,
clavo
la nariz entre el pelo
y la sonrisa
buscando, conociendo
la raza de tu aroma:
es suave, pero
no es flor, no es cuchillada
de clavel penetrante
o arrebatado aroma
de violentos
jazmines,
es algo, es tierra,
es
aire,
maderas o manzanas,
olor
de la luz en la piel,
aroma
de la hoja
del árbol
de la vida
con polvo
del camino
y frescura
de matutina sombra
en las raíces,
olor de piedra y río,
pero
más cerca
de un durazno,
de la tibia
palpitación secreta
de la sangre,
olor
a casa pura
y a cascada,
fragancia
de paloma
y cabellera,
aroma
de mi mano
que recorrió la luna
de tu cuerpo,
las estrellas
de tu piel estrellada,
el oro,
el trigo,
el pan de tu contacto,
y allí
en la longitud
de tu luz loca,
en tu circunferencia de vasija,
en la copa,
en los ojos de tus senos,
entre tus anchos párpados
y tu boca de espuma,
en todo
dejó,
dejó mi mano
olor de tinta y selva,
sangre y frutos perdidos,
fragancia
de olvidados planetas,
de puros
papeles vegetales,
allí
mi propio cuerpo
sumergido
en la frescura de tu amor, amada,
como en un manantial
o en el sonido
de un campanario
arriba
entre el olor del cielo
y el vuelo
de las últimas aves,
amor,
olor,
palabra
de tu piel, del idioma
de la noche en tu noche,
del día en tu mirada.

Desde tu corazón
sube
tu aroma
como desde la tierra
la luz hasta la cima del cerezo:
en tu piel
yo detengo
tu latido
y huelo
la ola de luz que sube,
la fruta sumergida
en su fragancia,
la noche que respiras,
la sangre que recorre
tu hermosura
hasta llegar al beso
que me espera
en tu boca.

 

 

 

 

ODA A LA CRUZ DEL SUR

Hoy 14 de abril,
viento
en la costa,
noche
y viento,
noche
sombría
y viento,
se conmovió la sombra,
se enarboló el ciprés
de las estrellas,
las hojas de la noche
volcaron
polvo muerto
en el espacio
y todo quedó limpio
y tembloroso.

Árbol
de espadas
frías
fue la sombra
estrellada,
copa
del
universo,
cosecha
de
platino,
todo
ardía
en las altas
soledades
marinas,
en Isla Negra
andando
del brazo
de mi amada,
y ella
entonces
levantó un brazo apenas
sumergido
en la sombra
y como un rayo de ámbar
dirigido
desde la tierra al cielo
me mostró
cuatro estrellas:
la Cruz del Sur inmóvil
sobre nuestras cabezas.

En un instante
se apagaron todos
los ojos
de la noche
y sólo vi clavadas
al cielo solitario
cuatro rosas azules,
cuatro piedras heladas,
y le dije,
tomando
mi lira
de poeta
frente al viento
oceánico, entre las dentelladas
de la ola:
Cruz
del Sur, olvidado
navío
de mi patria,
prendedor
sobre el pecho
de la noche turgente,
constelación marina,
luz
de las casas pobres,
lámpara errante, rombo
de lluvia y terciopelo,
tijera de la altura,
mariposa,
posa tus cuatro labios
en mi frente
y llévame
en tu nocturno
sueño
y travesía
a las islas del cielo,
a las vertientes
del agua de la noche,
a la roca
magnética,
madre de las estrellas,
al tumulto
del sol, al viejo carro
de la aurora
cubierto de limones.

Y no me respondió
la Cruz del Sur:
siguió, siguió viajando
barrida
por el viento.
Dejé la lira entonces
a un lado,
en el camino,
y abracé a mi amada
y al acercar mis ojos
a sus ojos,
vi en ellos,
en su cielo,
cuatro puntas
de diamante encendido.

La noche y su navío
en su amor
palpitaban
y besé una por una
sus estrellas.

 

 

 

 

ODA AL DÍA INCONSECUENTE

Plateado pez
de cola
anaranjada,
día del mar,
cambiaste
en cada hora
de vestido,
la arena
fue celeste,
azul
fue tu corbata,
en una nube
tus pies
eran espuma
y luego
total
fue el vuelo verde
de la lluvia
en los pinos:
una racha de acero
barrió
las esperanzas
del oeste,
la última o la primera
golondrina
brilló blanca y azul
como un revólver,
como un reloj nocturno
el cielo sólo
conservó un minutero
de platino,
turgente y negro el mar
cubrió su corazón
con terciopelo
mostrando de repente
la nevada sortija
o la encrespada
rosa de su radiante desvarío.

Todo esto
lo miré
inquietamente fijo
en mi ventana
cambiando de zapatos
para ir por la arena
llena de oro
o hundirme en la humedad, entre las hojas
del eucaliptus rojo,
corvas como puñales de Corinto,
y no pude
saber
si el Arco Iris,
que como una bandera mexicana
creció hacia Cartagena,
era anuncio
de dulce luz
o torre de tinieblas.
Un fragmento
de nube
como resto volante
de camisa
giraba
en el último umbral
del pánico celeste.

El día
tembló de lado a lado,
un relámpago
corrió como un lagarto
entre las vestiduras
de la selva
y de golpe cayó todo el rocío
perdiéndose en el polvo
la diadema salvaje.
Entre las nubes y la tierra
de pronto
el sol
depositó su huevo duro,
blanco, liso, obstinado,
y un gallo verde
y alto
como un pino
cantó, cantó
como si desgranara
todo el maíz del mundo:
un río,
un río rubio
entró por las ventanas
más oscuras
y no la noche, no la tempestuosa
claridad indecisa
se estableció en la tierra,
sino sencillamente
un día más,
un día.

 

 

 

 

ODA A LA GAVIOTA

A la gaviota
sobre
los pinares
de la costa,
en el viento
la sílaba
silbante de mi oda.

Navega,
barca lúcida,
bandera de dos alas,
en mi verso,
cuerpo de plata,
sube
tu insignia atravesada
en la camisa
del firmamento frío,
oh voladora,
suave
serenata del vuelo,
flecha de nieve, nave
tranquila en la tormenta transparente
elevas tu equilibrio
mientras
el ronco viento barre
las praderas del cielo.

Después del largo viaje,
tú, magnolia emplumada,
triángulo sostenido
por el aire en la altura,
con lentitud regresas
a tu forma
cerrando
tu plateada vestidura,
ovalando tu nítido tesoro,
volviendo a ser
botón blanco del vuelo,
germen
redondo,
huevo de la hermosura.

Otro poeta
aquí
terminaría
su victoriosa oda.
Yo no puedo
permitirme
sólo
el lujo blanco
de la inútil espuma.
Perdóname,
gaviota,
soy
poeta
realista,
fotógrafo del cielo.
Comes,
comes,
comes,
no hay
nada que no devores,
sobre el agua del puerto
ladras
como perro de pobre,
corres
detrás del último
pedazo de intestino
de pescado,
picoteas
a tus hermanas blancas,
robas
la despreciable presa,
el desarmado cúmulo
de basura marina,
acechas los
tomates
decaídos,
las descartadas
sobras de la caleta.
Pero
todo
lo transformas
en ala limpia,
en blanca geometría,
en la estática línea de tu vuelo.

Por eso,
ancla nevada,
voladora,
te celebro completa:
con tu voracidad abrumadora,
con tu grito en la lluvia
o tu descanso
de copo desprendido
a la tormenta,
con tu paz o tu vuelo,
gaviota,
te consagro
mi palabra terrestre,
torpe ensayo de vuelo,
a ver si tú desgranas
tu semilla de pájaro en mi oda.

 

 

 

 

ODA A JEAN ARTHUR RIMBAUD

Ahora,
en este octubre
cumplirás
cien años,
desgarrador amigo.
Me permites
hablarte?
Estoy solo,
en mi ventana
el Pacífico rompe
su eterno trueno oscuro.

Es de noche.

La leña que arde arroja
sobre el óvalo
de tu antiguo retrato
un rayo fugitivo.
Eres un niño
de mechones torcidos,
ojos semicerrados,
boca amarga.
Perdóname
que te hable
como soy, como creo
que serías ahora,
te hable de agua marina
y de leña que arde,
de simples cosas y sencillos seres.
Te torturaron
y quemaron tu alma,
te encerraron
en los muros de Europa
y golpeabas
frenético
las puertas.
Y cuando
ya pudiste
partir
ibas herido,
herido y mudo,
muerto.

Muy bien, otros poetas
dejaron
un cuervo, un cisne,
un sauce,
un pétalo en la lira,
tú dejaste un fantasma
desgarrado
que maldice
y escupe
y andas
aún
sin rumbo,
sin domicilio fijo,
sin número,
por las calles de Europa,
regresando a Marsella,
con arena africana
en los zapatos,
urgente
como un escalofrío,
sediento,
ensangrentado,
con los bolsillos rotos,
desafiante,
perdido,
desdichado.

No es verdad
que te robaste el fuego,
que corrías
con la furia celeste
y con la pedrería
ultravioleta
del infierno,
no es así,
no lo creo,
te negaban
la sencillez, la casa,
la madera,
te rechazaban,
te cerraban puertas,
y volabas entonces,
arcángel iracundo,
a las moradas
de la lejanía,
y moneda a moneda,
sudando y desangrando
tu estatura
querías
acumular el oro
necesario
para la sencillez, para la llave,
para la quieta esposa,
para el hijo,
para la silla tuya,
el pan y la cerveza.

En tu tiempo
sobre las telarañas
ancho
como un paraguas
se cerraba el crepúsculo
y el gas parpadeaba
soñoliento.
Por la Commune pasaste,
niño rojo,
y dio tu poesía
llamaradas
que aún suben castigando
las paredes
de los fusilamientos.
Con ojos
de puñal
taladraste
la sombra
carcomida,
la guerra, la errabunda
cruz de Europa.
Por eso hoy, a cien años
de distancia,
te invito
a la sencilla
verdad que no alcanzó
tu frente huracanada,
a América te invito,
a nuestros ríos,
al vapor de la luna
sobre las cordilleras,
a la emancipación
de los obreros,
a la extendida patria
de los pueblos,
al Volga
electrizado
de los racimos y de las espigas,
a cuanto el hombre
conquistó sin misterio,
con la fuerza
y la sangre,
con una mano y otra,
con millones
de manos.

A ti te enloquecieron,
Rimbaud, te condenaron
y te precipitaron
al infierno.
Desertaste la causa
del germen, sepultaste
la llama
y en la desierta soledad
cumpliste
tu condena.
Hoy es más simple, somos
países, somos
pueblos,
los que garantizamos
el crecimiento de la poesía,
el reparto del pan, el patrimonio
del olvidado. Ahora
no estarías
solitario.

 

 

 

 

Neruda, Pablo. Nuevas odas elementales/Tercer libro de las odas. Barcelona; Random House Mondadori, 2003.

 

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