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LA VIDA EN LAS CUNETAS

Ariadne Artiles - Nude - Elle

 

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx‒¿Te acuerdas de mí, capitán?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx‒¡Eres Williams el Bailarín!
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx‒Perdí el compás en Nantucket.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxDylan Thomas

xxxxxI

Cuando yo era pequeño sobre las colinas
de la edad más oscura que lamentar se pudiera,
los ríos se discernían, sabíamos que había un cielo,
yo era un cero a la izquierda muy competente,
yo era un vago a la antigua muy eficaz,
pero en el redil de la clarividencia la coherencia es trivial
así que salí pitando de aquel agujero
demasiado rápido para tan poca carretera
y me pasé el invierno descargando camiones sin un solo problema de faldas
y cuando me llegó mi oportunidad me lancé por ella a tumba abierta
‒una bronca al otro lado del paraíso en el idioma del coraje‒
y mis ilusiones se hicieron obsoletas y acabé
en este promontorio de occidente,
por estas tierras altas,
en aquellos días pensando
y con mando en plaza en estas mañanas.

 

 

xxxxxII

Las turquesas azules, las verdes esmeraldas.
Con los oídos atentos
en el espejo miras el inseguro aspecto de uno mismo
‒el mundo hostil, el hogareño mundo,
a gusto con dos copas sentirse‒
y haces dos cosas: descubrir la piedad
y crear un estilo. Por las bordas de los barcos
tú, yo y el tío abuelo de un amigo mío
cuando la niebla sea roja encargaremos voladores
‒y esto puede ser considerado prácticamente el estribillo‒
y bailaremos claqué sobre las más desdeñosas calles
de las calles de mi barrio.

Por las bordas de los barcos
como estaba la mañana proletaria
y sumido en el vértigo del polvo todo
en plan lo comido por lo bebido
decidimos que no valía la pena meterse con finanzas;
tú te pusiste la cara de los buenos momentos para cruzar fronteras
y yo estuve mezclando los discursos
mientras en los cenáculos de los gobernantes jugaban sus bazas los mayoristas
en plan tienes que ser un bastardo para conseguirlo,
y los dos hicimos voto de desgana
porque tu chica se había dado a la bebida
y la mía se había fugado con uno de asuntos internos del Soma Ugeté
con lo cual mi sentido del humor no daba para mucho
en el chamizo del ojo del huracán
donde estábamos trabajando el año pasado.

Mira cómo se acerca el huérfano con su pistola,
mira al violinista cojo hacer su numerito,
a toda esa gente de bar en bar en plan it’s all over now mira.
El tipo del quiosco de hamburguesas que había hecho su agosto con la carne de gato,
«aquel que ejerció en Atenas el cargo de arconte anónimo»,
mira cómo piensa en regalos de amor para su chica,
una mezcla exacta de dama de los pantanos y puta del Adriático.

Por las bordas de los barcos
o en las verbenas más hondas donde se está solo
no entres ciegamente en la noche callada,
la espantosa mediocridad de haberse marchado a los infiernos
y haber vuelto en el balance con ganancias
o bien en cualquier lugar nunca pisado
donde inhóspito el lenguaje y el pensamiento inhóspito
no acordarse más de pronto de todo lo dejado,
tener dos novias, un disfraz y el discreto
de no escribir ya versos
‒pocas horas antes había susurrado dulcemente «casa» y «viejos padres»‒
o dedicarse si no a citar, en una debilidad no renegada
‒comprad, comprad mis hermosos jabalíes‒
las anécdotas propias, triviales circunstancias
(yo he jugado al pimpón en un eslipin de Holanda,
yo recorrí descalzo entre Aviñón y mi patria,
en el sueño de mírame y no me toques de cualquier barriobajero
también la ganancia es para alguien),
pan para hoy y hambre para mañana,
si temidas, queridas, si dichas, no gozadas;
dedicarse a charlar, a echarse un cable con ventanas a la calle,
acudir a una cita que luego no resultó tan deplorable,
«el alegre borboteo al servirse en el vaso»,
desde la plataforma del tragante donde se da la vida por un solo beso
pensar, tomándose a broma, que esto no estaba preparado
‒respira, imagínate cualquier mundo más siniestro‒,
conducir, chaval, toda la noche
por autopistas lógicamente interminables.

O bien en las dudosas playas si había xMediterráneo
ser escritor, decir con una seguridad más arraigada
«mañana bajaré a comprar la península,
iré por el correo», con camisas amplias de verano
de artistas recibir muchas visitas,
escuchar ‒¿por la noche?‒ en viejos discos
milongas que sonaban familiares.

Mira cómo los santurrones están desentrañando
las que fueron trampas a la vez que verdades,
las sombras delas cosas, los ingenios del azúcar,
tu amor silbido montado en zapatillas
tras los embusteros pasos de cualquiera.

La fidelidad, la vida, cualquier sitio en rescoldo de 1983
y la pasajera brillantez de quien se aprestó un día para la lucha
y luchó como si ya fuera noviembre en las huellas de la historia,
el entusiasmo de las tribus de cada primavera.

El hombre de más edad dela reunión, el que se sentaba en el sillón de raso,
nos estuvo hablando de jesuitas y chivos expiatorios
y de lo que era evidente sin que se le cayeran los anillos.
El hombre de más edad de la reunión,
aquél que se sentaba en el sillón de raso,
se descartó de varias malas bazas, desplegando su habitual cortesía
mezcló trigo con paja en un descuido nuestro.

Taba pensando, Diosh!, taba pensando
que las cosas van a ir a mejor,
que aunque haya demasiadas maneras de irse al garete,
demasiados canallas, demasiados principiantes,
no es tampoco esa la cuestión, decir
‒apretando los puños‒
«estoy de regreso en casa, estoy de regreso en casa»,
enrabiado dale que te pego con la vida
en el susto del borde de la mala suerte
(«¿güela, qué quies, champán o sidra?»)
o hablar de las personas por sorpresa
fingiendo una decencia de pa ti la perroña de castaño oscuro.

Y hablando de la gente que conozco,
los amigos de la gente que conozco,
ya sé que hay palabras que nunca hemos dicho,
«jamás», «de una vez por todas»,
nunca hemos dicho ‒a la luz de demasiadas velas‒
«¡oye!, pero tú quién te has pensado tú que eres?»,
«¿Dios, pero qué me has hecho?»,
ni tampoco verdades hemos dicho,
pero qué para las entrañas había en eso
si yo no me metía con nadie
a pesar de tanto amor, o de la lluvia,
si me quedaba quieto, mirando, pensando en las canciones
y no importaba nada que alguien de repente se marchase,
alguien también sin un secreto,
dando un portazo o en un momento de descuido
y aún no importa, todavía.

Y qué importa tampoco
‒porque claro, ahora es domingo por la tarde,
saludan ruborosos en los bares los novios a las novias,
parece que atardecerá bonito
y definitivamente se estaría mejor en casa‒
ponerse perfectamente culto y hablar de Miguel Ángel
como en una parodia un poco más terrible
pero malamente instalado
y un poco nebulosamente triste.

Eso es lo malo, que te pones a acordarte
y te acuerdas de todo.

Nos hemos sentado a la sombra de todos los muros
y limpiando el gollete con la mano
hemos pasado la botella a cualquiera que estuviese a nuestro lado
(«venga, pégale un trago a ver si somos capaces de entre los tres entender algo»),
¿pero dónde hay que golpear, con cuánto llanto,
para dejar de sentirse tan solo?
Es verdad que podría haber renunciado a alguna copa;
no sé, quizá me sobraban las bromas,
pero en realidad ese es el rostro que prefiero,
la mitad de todo lo que tengo,
además de que era honrado mostrarse desenvuelto,
gandulear con las palabras y jurar un otoño cualquiera
que nunca más, mirándome al espejo, me enfadaría con nadie.

Fíjate en mi mano, me parece
que estoy empezando a tener la temblorina.

Era fácil ir por ahí canturreando
y asomarse curioso en todas las esquinas
diciendo para sí qué te parece,
trasteando los bordillos sin un miedo principal
atentos a que el tiempo manase su sustancia de gozo su dosis de intemperie, su pena imprescindibles.

Era fácil no ser feliz; importaba tan poco.

Tal vez tendría que haber mirado sin tanto espanto,
con más melancolía,
los campos de centeno, la sombra de la luna,
el despreocupado guiñoteo del día recién nacido.
¡No debería de haber llamado a la luna tantas veces cabrona e inclusera!

Y sin embargo, ¡las calles estaban tan vacías!

Yo he escuchado los cánticos de las cadenas, los anhelos de la gente
mientras miraba cara a cara a los testigos
y lo he sentido y ese día no he bebido demasiado,
y luego, al siguiente, más tranquilo,
al día siguiente he ordenado mi casa
cosa que no hacía desde hace meses.

Así pues, como ven,
me dejo pillar los dedos, legal con mis chanchullos,
el chantajista en el desierto o el rey de los barullos
‒holgazán a bocajarro que suele estar borracho‒
diciendo a cara de perro lo decible, poético
en pleno desatino, como si uno estuviera queriendo
felicitar a alguien, un encajador nato
de a peseta el silbato que andase,
anduviese de puntillas
maricando por entre las últimas murallas de la noche,
deseando que fuese la hora de volver a casa,
la hora de cepillarse los dientes y con un ágil brinco
meterse en la cama y estar a gusto,
estar a gusto con mucha maestría
al servicio de quien más te pague1.

Mecachis en la mar, yo no me arroncho;
qué me voy a arronchar, un tipo distraido
aunque de ideas fijas (cínico, cansado
y competente ‒dijo él,
en una acotación bastante maliciosa‒)
que se va de ronda
y no hace fechorías, contento
con sus cosechas mudas
que arduamente sonsaca
‒porque nada es fácil‒
entre los resquicios y punto,
entre los resquicios neutrales de antemano.
(Por lo menos hay frescor,
manifestó a este enviado
uno de los supervivientes
a la orilla del río
entre los resquicios neutrales de antemano,
y me han echado el lazo falso,
el lazo que me echaron era falso,
así que no hay color
con tanto requisito inconfesable).
Pido más. Y no me arroncho. Gruño,
lo paso mal; a veces me divierto
y guardo el secreto igual que las chisteras
por no sacar más trapos,
me acobardo,
me equivoco con todo lujo de detalles,
dándole caña a una farsa por las rutas,
los desmanes, las correspondientes quejas del domingo;
lo intento sin ganas ‒jalepata kalá‒, tengo prisa
o vivo en gran peligro, respectivamente; incluso
puedo a veces sobrepasarme en una fiesta (anoche
volví a casa esta mañana) (oye, y si quitan a los curas que los quiten),
o me falla el asidero, ¡Dios!, mientras mi madre
llora de todas las maneras como en los bailes por sevillanas
‒un jaleo vicioso que rezuma cualquiera‒
y digo, puedo decir entonces, en una escena nada dramática,
«chaval, tranqui, cuidado,
que yo he sido feliz
todas las veces que ha hecho falta»,
decirlo entre guitarras con un bordón saltado
y humo y pequeñas confidencias
de a quién quieres tú realmente,
con quién te irías a una isla desierta
(con una apóstata mascullando pecados)
o bien después, si el tiempo falla
y ya es primavera (lo cual no es triste,
cuando menos), me monto con gran despliegue de alharacas
un chamullo pistonudo, una martingala
bastante canalla que me permite
‒a la sombra de recuerdos y cipreses a montones y gajes
del oficio‒ hacer un buen papel
y poder besar el santo requerido pasando de peana
‒contigo las cosas tienen su precio
por haber sido amor lo que tuvimos‒
o insultar a la luna, cantarle las cuarenta
meticulosamente.

Lejos de esta ciudad
a la que también perseguí por la cintura
(dichoso amor, dichoso oficio,
dichosa luna de plata)
y olvidados ya los besos del verano
en los malentendidos de la boca arisca del deseo mal satisfecho
sonará un silbido de garita a garita que anime a tirar palante sin reparar en gastos
ni poner tierra por medio como si uno fuese uno de esos
‒todo ha sucedido como yo esperaba‒
que con frases perfectas construyeron sus bálsamos.

Desde los matorrales por donde hocea la luz de la mañana
ahora tengo una casa, me ordené el mes pasado,
por fin mis libros caben en mis estanterías,
una lámpara halógena, los cuadros enmarcados
y unos nuevos vecinos que nunca me denuncian
porque ya nunca hay fiestas ni noches de guardar.

A la caída de la noche
en el palacio enfrente de mi barrio
donde los jerifaltes se habían subido al barco para lucir la cara
han tomado las riendas y discuten qué partido tomar
una soga tendimos sin ingenios mecánicos
y aunque las manos desolamos al trepar en la huida
en el balance hacido no salimos con pérdidas
que aunque muchas las heridas, también el horizonte mucho:
en esta guerra propia donde no hubo batallas
que parezca que fuimos el no va más de nada:
en aquel gueto de jipis, en aquella ignorancia
yo le gané al nipón que al pimpón me retaba.

Charlar, echarse un cable con ventanas a otras celdas,
tanta quincalla artística, tantos excesos de balde,
tantas noches zamoranas y mañanas tristes,
la ciudad que tanto amaste, una tarde ida al cine,
todas las mieles de luna que te sacaron sobre el quicio
‒borrones y cuentas nuevas en barbecho‒,
suculentas parodias sin comprender que era un alivio ser tan informal,
juramentos indecisos, indecisos cinismos
y el privilegio vulgar de poder ser vulgar sin estar afligido,
gente condenada a madrugar de un vistazo,
cohibidos y manirrotos
‒las penalidades más inamovibles, más usuales‒
con una furia preocupante, con un débil desdén,
con unas relaciones entabladas enfermizas
‒¿es sólo una cosa temporal?‒,
las espinan que tienen las rosas
o el mejor amigo que pudiste tener.

O bien dedicarse, en las tardes de verano dedicarse,
que te quedas en casa diciendo qué tranquilo,
diciendo, tú solo, qué apacible
estar a la sombra de todo este calor,
de todo esto,
a la búsqueda de contraejemplos
de cualquier remordimiento todavía no asentado,
a la estricta godelización de todo lo que ocurre
(desconocido remarca la palabra godelización delante de tribunal opositor y sale en los periódicos),
intentas ordenar en vano
(orden que no hay pasma déjalo correr,
orden con galones
menún paripé)
tus diez últimos ratos de autolástima,
de echar la culpa a otros,
intentas colocar en vano con cuidado la vajilla,
las copas de Murano de la fiesta de anoche
que duró, estás pensando, demasiado a lo mejor,
que se acompañó a la puerta muchas veces
porque los amuletos de cada uno los elige cada cual.

Están pintando los pasaportes, ya sabes,
y Casanova con sus mogollos.
Con los oídos atentos
formada a buen seguro en la escuela de la vida
‒uno al menos alcohólico de sus progenitores‒
y con una vocación insostenible por lo trágico
en silencio escucha la mujer, ensimismada,
como los días uno a uno
en un abrazo eterno hacia la muerte van pasando.

Cuando crezcan las noches por las bordas de los barcos
y ya no haya que preocuparse bajo este cielo del Cantábrico
demasiado por todas aquellas cosas que nos han no bastado
será cosa de en un último acto de fe intuis immanibus poculis
volver la vista atrás en un giro muchas veces tramado
con la cara ponida de lo tomas o lo dejas en un descuido nuestro
y encerrarse en casa luego ligeramente plasta
con los discos antiguos de a ver si entras en trance,
los aperos ligar ‒¡fuerza, Canejo!‒¡
y ponerse a escribir en vez de estar contento,
os meteré a todos en un cuento
en cuanto pueda.

 

1 Así que no hay que disgustarse
haciéndose mediana o enteramente el tonto
(y yo te llamará y estarás con nosotros)
si pasa, por ejemplo, que de pronto te sorprendes
mirando a escondidas a través de los visillos
repitiendo en voz alta una mentira
que aprendiste de mis labios con calma y con fatiga
cuando fuimos vecinos,
amor puerta con puerta,
como suele decirse.

 

 

 

Norio, T. S. Tres poemas. Tenerife; Ed. Baile del sol, 2009.

 

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