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LOUISE GLÜCK

Glück Las siete edades

 

DE UN DIARIO

Tuve un amante una vez,
dos veces tuve un amante,
fácilmente tres veces amé.
Y entre medio
mi corazón se reconstruyó perfectamente
como una lombriz.
Y también mis sueños se reconstruyeron.

Al cabo de un tiempo, advertí que mi vida
era completamente idiota.
Idiota, malgastada…
Y un poco más tarde, tú y yo
empezamos a escribirnos, inventando
una forma completamente nueva.

¡Profunda intimidad a larga distancia!
Keats a Fanny Brawne, Dante a Beatriz…

No se puede inventar
una nueva forma para
un viejo personaje. Las cartas que envié siguieron siendo
inmaculadamente irónicas, distantes
aunque directas. Mientras tanto, escribía
cartas diferentes en mi cabeza,
algunas de las cuales se convirtieron en poemas.

¡Tanto sentimiento auténtico!
¡Tantas intensas declaraciones
de añoranza apasionada!

Amé una vez, amé dos veces
y de repente
la forma se derrumbó: fui
incapaz de sostener la ignorancia.

Qué triste haberte perdido, haber perdido
toda oportunidad de conocerte de verdad
o de recordarte en el tiempo
como una persona real, como alguien a quien
hubiera podido llegar a unirme estrechamente, tal vez
el hermano que nunca tuve.

Y qué triste pensar
en morir antes de descubrir
nada. Y advertir
qué ignorantes somos casi todo el tiempo,
viendo las cosas
solamente desde la propia ventaja, como un francotirador.

Y hubo tantas cosas
que nunca llegué a decirte sobre mí,
cosas que te podrían haber hecho cambiar de opinión.
Y la foto que nunca te envié, tomada
la noche en que me veía casi espléndida.

Quería que te enamoraras. Pero la flecha
seguía chocando contra el espejo y volviendo a mí.
Y las cartas siguieron dividiéndose
y ninguna de sus mitades era totalmente verdadera.

Y tristemente, nunca te imaginaste
nada de esto, aunque siempre respondías
con tanta prontitud, siempre la misma carta elusiva.

Amé una vez, amé dos veces,
y aunque en nuestro caso
las cosas nunca pasaron a mayores
fue bueno haberlo intentado.
Y, por supuesto, aún tengo las cartas.
Alguna vez me tomaré unos años
para releerlas en el jardín,
con un vaso de té helado.

Y a veces me siento parte de algo
muy grande, profundísimo y ubicuo.

Amé una vez, amé dos veces,
fácilmente tres veces amé.

 

 

 

 

EL BALCÓN

Era una noche como ésta, al final del verano.

Habíamos alquilado, lo recuerdo, un cuarto con balcón.
¿Cuántos días y noches? Cinco, tal vez… no más.

Hasta cuando no nos tocábamos estábamos haciendo el amor.
Salíamos a nuestro pequeño balcón en la noche de verano.
Y lejos, en algún lugar, los sonidos de la vida humana.

Éramos monarcas que pronto serían coronados,
con la mejor disposición hacia nuestros súbditos. Debajo,
el sonido de una radio, un aria que entonces no conocíamos.

Alguien muriendo de amor. Alguien a quien el tiempo le había quitado
la única felicidad, que había quedado sola,
empobrecida, sin belleza.

Las arrobadoras notas de un dolor insoportable, de aislamiento y terror,
las lentas frases de la melodía ascendente, figuras casi imposibles de sostener,
flotaban sobre el agua negra
como un éxtasis.

Un error tan pequeño. Y muchos años más tarde,
lo único que quedó de esa noche, de las horas en esa habitación.

 

 

 

 

EROS

Había acercado la silla a la ventana del hotel, para mirar la lluvia.

Estaba en una suerte de sueño o trance…
enamorada, y sin embargo
nada quería.

Tocarte parecía innecesario, volver a verte.
Sólo quería esto:
la habitación, la silla, el sonido de la lluvia al caer,
hora tras hora, en la tibieza de la noche de primavera.

No necesitaba nada más; estaba completamente saciada.
Mi corazón se había vuelto pequeño, se colmaba con muy poco.
Miré la lluvia que caía en una densa cortina sobre la ciudad oscurecida…

Nada de esto te concernía: podía dejarte vivir
tal como necesitaras vivir.

Al amanecer cesó la lluvia. Hice las cosas
que se hacen de día, me puse en movimiento,
pero como una sonámbula.

Había bastado y ya no era cosa tuya.
Unos pocos días en una ciudad desconocida.

Una conversación, el roce de una mano.
Y después, me quité mi alianza de matrimonio.

Eso era lo que quería: estar desnuda.

 

 

 

 

EL ARDID

Se sentaban muy separados
deliberadamente, para experimentar, a diario,
el placer de verse mutuamente
a gran distancia. Entendían

instintivamente que la pasión erótica
crece con la distancia, ya sea
real (uno es casado, uno
ya no ama al otro) o
espuria, engañosa, un ardid

que remeda la subordinación
de la pasión a las convenciones sociales,
pero un ardid, que no demostraba
el poder de las convenciones sino más bien

el poder de eros para aniquilar
la realidad objetiva. El mundo, el tiempo, la distancia
agostándose como un campo seco ante
el fuego de la mirada…

Nunca antes. Nunca con nadie más.
Y después los ojos, las manos.
Experimentados como una gloria, como consagración…

Dulce. Y después de tantos años,
absolutamente imposible de imaginar.

Nunca antes. Nunca con nadie más.
Y después todo el asunto
repetido exactamente con otra persona.
Hasta que finalmente resultó obvio
que la única constante
era la distancia, sierva de la necesidad.
Que era usada para alimentar
el fuego, cualquiera haya sido, que ardía en cada uno de nosotros.

Los ojos, las manos… eran menos importantes
que lo que creíamos. Finalmente,
bastaba la distancia, por sí misma.

 

 

 

 

NOCHE DE VERANO

Metódicamente, por el hábito de muchos años, mi corazón sigue latiendo.
De noche, cuando me despierto, lo escucho por encima del leve zumbido del aire acondicionado.
Como solía escucharlo por encima del corazón del amado, o
de sus diversos corazones, ya que fueron varios.
Y mientras late, sigue estimulando una emoción ridícula.

¡Tantas cartas apasionadas que nunca se enviaron!
Tantos viajes urgentes concebidos en noches de verano,
visitas sorpresivas a hombres que eran casi perfectos desconocidos.
Los billetes que nunca se compraron, las cartas nunca despachadas.
Y el orgullo a salvo. Y la vida, en cierto sentido, jamás vivida por completo.
Y el arte siempre en riesgo de volverse repetitivo.

¿Por qué no? ¿Por qué no? ¿Por qué mis poemas no deberían imitar mi vida?
Cuya enseñanza no es la apoteosis sino la serie, cuyo significado
no radica en el gesto sino en la inercia, la ensoñación.

El deseo, la soledad, el viento sobre el almendro en flor…
con seguridad esos son los grandes temas, inagotables,
a los que mis predecesores sirvieron como aprendices.
Los escucho como un eco en mi propio corazón, disfrazados de convencionalismo.

Bálsamo de la noche de verano, bálsamo de lo normal,
majestuosa dicha y pena de la existencia humana,
lo soñado y también lo vivido…
¿qué podría ser más caro que esto, dada la cercanía de la muerte?

 

 

 

Glück, Louise. Las siete edades (Trad. Mirta Rosenberg). Valencia; Ed. Pre-textos, 2011.

 

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