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DESPUÉS DE LA PRESENTACIÓN DE ‘ANFITRIONES DE UNA DERROTA INFINITA’ EN MURCIA

Pues eso, que ayer tarde nos juntamos en la FNAC de Murcia para presentar el nuevo libro de Joaquín Juan Penalva, ‘Anfitriones de una derrota infinita’, y para mí fue un absoluto placer compartir la mesa con él y con Luis Bagué.

Dibujé una pequeña trayectoria del autor que decía más o menos: «No estamos aquí por el Joaquín Juan persona (que también), estamos aquí por el poeta, puesto que estamos en la presentación de su nuevo libro: ‘Anfitriones de una derrota infinita’, título bastante esclarecedor del poeta que tengo a mi lado. Pero vayamos por partes.
Hace ya una década que conocí a este poeta, cuando con Luis Bagué vinieron a presentar el libro que ambos habían escrito y que fue merecedor del accésit del V Premio de Poesía ‘Dionisia García’ de la Universidad de Murcia.
Aunque su poesía bebe de todas las artes, el cine comienza siendo su principal fuente de inspiración. De hecho, la cita que abría aquel libro, perteneciente a José María Álvarez, y que aún influye en la escritura de Joaquín Juan Penalva, decía: “He visto muchas cosas en mi vida/ Algunas increíbles y magníficas/ Pero ninguna tan hermosa/ Tan fabulosamente grande y loca/ Como esta insólita aventura/ Del cinematógrafo.”
Pero es que para llegar ahí, nosotros aún deberíamos dar un paso más atrás, justo para ver ‘El último vuelo del halcón milenario’, para certificar que Hans Solo y la Princesa Leia han envejecido; que Chewbacca es una atracción de feria para los comerciantes de Tatooine; que George Lucas, como antes Leone, Spielberg y Scorsese, escribe su versión del Nuevo Testamento. En ese último vuelo del halcón milenario escuchamos a Yoda espetarle al Emperador: “Podrá dioses no haber…,pero siempre habrá Olimpo”, y contemplar cómo éste le replica: “Tus palabras son aire y van al aire, tus victorias humo y van a la ceniza”. Qué mala cosa es haber hecho un decorado demasiado pequeño mientras una sombra recorre Gotham City y se desvanece en los cráteres lejanos de Kriptón. Éste es el camino que conduce a Oz; más allá sólo existen los sueños.
Alguien se despierta y bosteza; comprueba con horror que no hay pasta de dientes y que han cortado el agua por impago. No le queda dinero para la hipoteca y lo único que llegan son facturas. “Perra profesión la de poeta”. Sin embargo -llámenlo giro inesperado de los acontecimientos-, el poeta acaba de ver la luz: en los anaqueles de la biblioteca, un antiguo futurista ruso sonríe con barbas proféticas: “Creo en la Fuerza Todopoderosa. Creo en los Jedis de la Antigua República. Creo en las irisaciones de una espada de luz. Creo que el Imperio es aburrido y derrelicto, y Palpatine, su Sumo Pontífice, un sátrapa irredento. Creo en Darth Vader y su único hijo varón, que camina sobre los cielos y, en tiempos de Han Solo, descendió a los infiernos y robó el Fuego Oscuro. Creo en el Reverso Tenebroso, señor y dador de dudas, de todo lo eterno y lo inmutable, de todo lo perdido en el hiperespacio. Creo que debe existir una nueva esperanza y que siempre nos quedará la galaxia. Ave, Skywalker, los que van a navegar te saludan”.
Es esta lectura la que le hace desenfundar la capucha mordida de su bic, que aterriza sobre la superficie de una página en blanco: “¡Más cuartillas, que es la guerra!”. El Halcón Milenario remonta su vuelo y en este viaje todos los pasajeros muestran su tarjeta de embarque. Encontramos, entre otros, a Ed Wood y a Antoine Doinel, a Christopher Lee y a Spiderman, a Morfeo, a Ennio Morricone, al Corto Maltese, a Jackie Chan, a Marilyn, a los hermanos Coen, al Joker, a Walt Disney… La nave va surcando el celuloide: Casablanca, la Torre de Londres, Matrix… Sobre el papel se cierne el rastro de una estela perpetua al que da igual qué nombre darle: ‘Una habitación con vistas’, ‘Las vírgenes suicidas’, ‘Acordes y desacuerdos’… Más aún, da igual en qué movimiento categorizarlo, da igual si es cine negro o ciencia ficción, si es cine de terror, dogma o nouvelle vague, porque el poeta, con las manos manchadas de tinta, barba de tres días y el cabello despeinado, asiste de incógnito a un brindis privado entre Frankenstein y King Kong, entre Peter Pan y Caperucita Roja, entre Moriarty y Poirot: “He aquí la vida, quien la probó lo sabe”. Y todo esto ocurre en mitad de Babilonia, mon amour, mientras suena de fondo Charlie Parker.
Y es en esta Babilonia donde, con Luis Rosales, sabemos que jamás nos hemos equivocado en nada, salvo en las cosas que más queríamos y hallamos la tristeza de los sabios (el título del segundo libro de este poeta que les estoy presentando). Esa tristeza conoce a la vez el lugar que eligen los gatos para la hora de su muerte y la mucha intimidad que se comparte en una suite nupcial. A los que no poseemos la tristeza de los sabios, esa que procede de haber leído todos los libros, lo que nos queda es ir dejando marcas de los leves pasos que vamos dando mientras Hitchcock nos muestra unos personajes como una galería de fantasmas y la banda sonora de Vangelis ayuda a Vidocq a darle su verdadero nombre a Belle de Jour.
Es en este ‘La tristeza de los sabios’ donde Karmelo Iribarren nos recuerda que ‘Ser libre/ no es igual que ser feliz’ y a raíz de él, Luis Bagué nos explica que “al hablar de películas, lecturas o videojuegos, [Joaquín Juan] no deja de hablar de sí mismo. Utiliza elementos de la mitología popular para hacerlos trascender a la propia experiencia.”
Y llegamos al tercero de los pasos que ha dado Joaquín Juan (literariamente hablando, entiéndanme): hace dos años publicó con la editorial ‘Frutos del tiempo’ el libro hiberna, hibernorum; un libro con un magnífico y sorprendente proemio de Luis Bagué. Aquí el poeta vuelve a mostrarnos su galería de obsesiones; valga como ejemplo una de las citas con las que abre el libro: dice Mel Brooks: “No pueden bailar como Fred Astaire,/ pero pueden soñar que bailan/ con Ginger Rogers como Fred Astaire”. Otra vez el imaginario mitológico popular, pero esta vez aparecen ligeras diferencias con respecto a sus dos libros anteriores, porque su vena filológica disecciona términos de manera poética hasta su raíz; así: “El vocablo rival/ deriva de un antiguo/ adjetivo latino/ que, etimológicamente,/ procedía de la voz riuus,/ acequia, canal, río,/ arroyo, corriente, caudal;/ al principio, un riualis/ era aquel con quien se compartía/ el canal de riego […] Y yo me pregunto,/ ¿acaso no somos todos/ rivales?,/ ¿no compartimos todos/ el mismo río de la vida,/ este ancho mar repleto/ de naufragios,/ de sueños rotos,/ de derrotas infinitas?” Lo que nos lleva a la -creo yo- otra gran diferencia con sus anteriores libros: la profundidad de la visión derrotista (o desesperanzada) que se deja entrever ya en varios versos, visión realista la llamarían otros. Aparece ya en este libro esa sensación de desasosiego similar a la de esas noches en las que todo parece tranquilo…hasta que llega la mañana, o al que se siente frente a esos poemas en los que se vierte “lo que ya no sirve/ más que como lastre.”, esa manera de convertir las derrotas en poemas.
Joaquín Juan ya muestra en este hiberna, hibernorum su historia personal de la lectura, pero con el tono que comentaba hace un momento recuerda el tiempo en el que le gustaba leer sin más, porque sí, para nada… -ese placer- Sin embargo, cuando está escribiendo el libro, el poeta nos cuenta que ya no recordaba aquellos días, perdidos entre las reseñas, los informes, las pruebas de imprenta y los artículos inacabados. Pero no crean que todo queda ahí, porque aparecen destellos de un magnífico humor ácido, como cuando el poeta escribe: “Un profesor de ESO/ es como un actor/ de monólogos/ en función continua,/ pero, a diferencia/ del público del actor/ de monólogos,/ el del profesor/ no ha elegido/ estar allí.” (logse).
Contra el tono pesimista del libro: “algo va mal/ en mi vida,/ y creo que soy yo.” llega a escribir, el poeta sabe que nos bastan paraísos modestos y en uno de esos paraísos busca su asidero para participar de la felicidad. En el epicentro de ese asidero están, por ejemplo, sus hijos; sus hijos, risueños y sonrientes, son los que inauguran el día. El progreso de sus hijos, su curiosidad permanente, su sorpresa constante, son el mejor antídoto contra los versos que cierran este tercer libro: “Al final,/ ¿habrá algo de todo esto/ que nos haga pensar/ que ha valido la pena? [son magníficos los cierres de todos sus libros]
Ese libro anticipaba el que estamos presentando hoy. Si no ¿cómo explicar esta cita, entre las que abren el libro, de Borges: “La derrota tiene una dignidad/ que la ruidosa victoria no merece.”. Entre los poemas de este ‘Anfitriones de una derrota infinita’ descubrimos que lo elemental no está reñido con las reflexiones de tipo filosófico. Aquí Joaquín Juan, ya dije que su anterior libro ponía muchas de las bases de éste, escribe sobre la frustración, sobre la frustración creadora y aquella que se vive siendo un tipo normal que intenta hacer realidad sus sueños. Sólo una cierta distancia consigue que a través de la poesía el poeta pueda sacar alguna lección de esos reveses que nos sacuden a todos.
La casi nula ornamentación adjetival nos muestra a un poeta sencillo inmerso en la preocupación del tiempo que se le/nos escapa. Al fracaso de no poder retener el tiempo (y a alguno más) le pone Joaquín Juan un frontispicio de versos de Ramón Bascuñana: “Por eso este poema,/ donde doy fe de todas mis derrotas”. Pérdida, desastre, fracaso…todo un vocabulario del acabamiento general (un motín tendrá como resultado una alfombra de cadáveres señalando el camino hacia el lugar que “tienen asignado” los dirigentes) o personal (uno deja de ser uno mismo cuando ha renunciado ya a todos los sueños, o cuando el tiempo ha arrasado al que fuimos). Las imágenes que van apareciendo a lo largo del libro son ruinas de una arquitectura sentimental que tienen como referente un cementerio de vagones de tren, o de una guerra que será una nueva derrota, otra batalla perdida. Y así, aunque sepamos que siempre quedará otra batalla que perder, el poeta nos recuerda que a veces el monólogo de un loco puede ser el camino más directo hacia la verdad.
Pero, aunque en dosis más pequeñas que en sus libros anteriores, aún surge algún destello que nos hace plantearnos la importancia de la palabra: “La vida enseña/ (…) que una carta puede/ cambiarlo todo.” O nos topamos con la ironía en su punto más álgido cuando el autor amenaza con que “pronto Venecia tendrá/ su Calatrava”.
Ya les dejo con el poeta, a eso han venido. Y si quiere, que les lea los dos poemas con los que cierra este ‘Anfitriones de una derrota infinita’. Es otra de las cosas que destacaría de él, la potencia con la que cierra sus libros.»

 

Y aquí tienen algunas fotos del evento.

 

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