Inicio > Relato > VIDA DE PROVINCIAS

VIDA DE PROVINCIAS

Leonor Watling fumando

 

ÁLBUM FAMILIAR

LA DOLOROSA

El fotógrafo sacó la cámara y me puse a llorar como si lo que se hubiera sacado hubiera sido la polla. Estábamos en el estudio fotográfico de la que ahora es la calle de las putas y la droga aunque entonces era una calle normal. O yo era muy pequeña y no me enteraba. Iba a empezar el colegio y necesitaba fotos de carné. Mis primeras fotos de carné. Mi madre me había llevado a la peluquería y me habían cortado el pelo bien corto como a mí no me gustaba. Luego me había vestido de domingo con un vestido heredado que había pertenecido a mi hermana diez años antes, zapatitos negros y calcetines blancos.
Sería aquel cuarto oscuro y estrecho, o aquel artefacto tan grande y desconocido o, no sé, que soy una llorica, simplemente. No me acuerdo, solo sé que lloraba como la Virgen María en esas estampitas que las abuelas tienen en las mesitas de noche. La Dolorosa. En una de las fotos me parezco. Desesperé al fotógrafo, desesperé a mi madre, desesperé a los clientes que esperaban su turno y me tuvieron que hacer las fotos así. Me pasé dos años llorando en las fichas del colegio. Plastificada en el tablón de actividades del parvulario junto a las fotos normales del resto de mis compañeros: veintitrés niños y la madre de Jesucristo.

Pero volvamos al estudio:

‒Señora, pero ¿por qué llora?
‒Pues eso me gustaría saber a mí…
‒Niña, ¿qué te pasa?
‒María Eugenia, por favor…

Os he advertido.

 

 

 

LA PROMESA DE UN BULEVAR

Mi madre estaba embarazada de mí cuando mis padres compraron nuestra casa frente a la estación de tren. Y en pleno parto se mudaban de un edificio medio en ruinas en el centro del barrio a esta zona en extensión donde antes se había erigido la industria de la ciudad.. Concretamente, nuestro edificio lo levantaban sobre el terreno de unos antiguos hangares de la Renfe. La vivienda, de protección oficial, la construía un tal Francisco González, que remataba su prestigio inventado con la comodidad de una cocina amueblada (a excepción del frigorífico) y el proyecto de un gran bulevar comercial (aún por diseñar) que revalorizaría la zona convirtiéndola en el nuevo barrio de moda.

Todo era un proyecto; el futuro, el barrio, nuestro apartamento, nuestra familia, el jardín. Yo. Porque rodeada de las entrañas de mi madre, crecía en su interior al mismo tiempo que el esqueleto del que iba a ser nuestro hogar lo hacía entre chimeneas industriales y otros edificios en menor estado de construcción.

Mis padres paseaban y con la excusa lo visitaban. Habían adquirido uno de los pisos exteriores que estaba previsto que con el tiempo dieran a un jardín, entonces no mucho más que un montón de barro con un árbol bajo el que vivía una familia de gitanos. Contemplando los cimientos de su futuro hablaban con ellos, que se lamentaban por tener que marcharse de allí, dejando atrás su hogar. Y con hogar se referían al árbol porque vivían a la intemperie.

En verano estuve lista para nacer y las llaves del piso listas para entregar. Durante los primeros paseos de mi existencia las ruedas de mi carrito se hundieron en el fango y mis primeros sueños los interrumpieron ruidos de escombros y martillazos. Pero éramos propietarios.

Propietarios de un edificio que empezó a resquebrajarse incluso antes de cumplir nuestro primer año. Hipotecados en mala suerte, dijeron. Y el bulevar… El bulevar nunca llegó a construirse aunque veinticinco años después descubra que mi madre aún lo espera por mucho que los bulevares ya ni siquiera estén de moda.

 

 

 

TERROR CRISTIANO

La señorita María Jesús tenía un tío que se había suicidado. Era viejo y vivía solo y se había ahorcado. O se había ahorcado porque era viejo y vivía solo.

La señorita María Jesús nos dijo:

‒Dios está en todas partes.

Y yo me lo imaginé expandido por toda la habitación como el aire.

De repente algo flotaba en el techo y se escondía bajo mi pupitre. Rodeaba mis piernas y se metía en mis fosas nasales. Salía expulsado y se escondía en mi oído. Me había acompañado a la hora del baño. Me había observado dormir. Me había visto cambiarme sentada al borde de la cama por las mañanas. ¿Estaba Dios en los ojos de los pósteres de mi habitación? ¿Estaba Dios en los ojos de los Backstreet Boys?

Ya en casa corrí a abrazarme a mi padre completamente espantada, y aunque no le conté nada acerca de mi congoja, nos quedamos así, abrazados en el silencio de la oscuridad de nuestra casa defectuosa porque siempre se olvidaba de encender las luces. Aunque así Dios tampoco nos vería.

 

 

 

TODO EL MUNDO SONRÍE TODO EL TIEMPO EN PADRES FORZOSOS

Mi madre dependía de las drogas prescritas. Mi padre de los dogmas de una organización de personas decepcionadas que buscaban el sentido de la vida en el control de la eyaculación. Mi hermana recortaba fotos de Cindy Crawford y las pegaba por las paredes de su habitación para no comer. Yo lloraba a escondidas porque quería ser otra persona. Quería llamarme Stephanie, ser rubia y vivir en San Francisco. Tener un golden retriever, más hermanas rubias y que en mi colegio hubiera taquillas.
Mi mejor ventana al mundo era la televisión y la tierra prometida, California.
Mi madre madrugaba, limpiaba la casa y trabajaba. A mi padre le hacían bullying en la oficina y a veces no salía de la cama. Jugaba al ajedrez con un tablero electrónico que le daba la réplica a través de un piloto rojo. Mi hermana se escapaba de casa para ir a la discoteca. Mi padre salía de la cama para buscarla. Mi madre llamaba a casa de todas sus amigas. Llamaba a los hospitales. Yo comía delante del televisor y lanzaba las servilletas usadas detrás del mueble del salón para no levantarme a tirarlas a la basura. Para seguir viendo la tele. Mis padres las descubrieron un día hechas una bola, manchadas de tomate. No se enfadaron porque pensaron que se trataba de algún tipo de filia grave. Yo lloré porque no estaba loca. Yo lloré por una timidez enfermiza. Yo lloré porque no me gustaba la gente. Yo lloré porque quería vivir en otra parte.
Mi hermana salía y dejaba notas en las que escribía que se iba y no sabía si volvería. Mi padre me escribió un cuento sobre una cama que estaba triste porque ya nadie la usaba. Mi hermana siempre volvía. Mi madre se peleaba con la adolescencia de mi hermana. Mi madre se peleaba con la depresión de mi padre. Mi madre perdía los nervios. Mi madre lanzaba objetos contra las paredes. Yo tiré mis zapatos contra el armario de las sartenes porque no quería cortarme el pelo. Mi madre tiró la casa de Pin y Pon contra la pared de mi habitación por algún motivo. Mi hermana se fue a vivir con mi abuela. Volvió a la semana.
Mi padre escribía poesías a mujeres que estaban en su cabeza. Yo me hice un garabato en la frente con el pintalabios favorito de mi hermana y dije que era un polvorón. Mi madre limpiaba el hospital. Mi madre quería ser cirujana. Pero mi madre nació en el campo. Mi padre componía canciones dedicadas a un hombre colombiano al que admiraba porque el espíritu de Marte se había reencarnado en él. Yo gané un premio por inventarme un cementerio de cacas de perro. El premio era un reloj suizo rosa. Mi padre quería que yo fuera niño para ponerme su nombre. Me puso su nombre igualmente. En el salón de actos del ayuntamiento me entrevistaron para la radio. El locutor me preguntó en directo que cómo me llamaba. Yo dije que Nicole. Mi padre nació en el franquismo. Los médicos dijeron que no llegaría a la democracia. Mi padre se moría y él no lo  sabía. Mi padre vivió engañado. Mi hermana ganó un pez naranja en la feria. Como pasaba el tiempo y no se moría, lo tiramos al río.

 

 

 

CUCARACHAS EN LAS BRAGAS

Su familia creía en Dios pero no en el condón, así que tenía un montón de hermanos. Más de diez. Ella era la mayor y, cumpliendo con una tradición, le había tocado heredar el nombre de la abuela paterna, que era también el de una santa y mártir a la que los romanos le habían cortado las tetas. Fue mi mejor amiga en una época en la que muchos niños esperaron en vano recibir una carta de Hogwarts. Sin embargo, lo que ella esperaba era la visitación de la paloma. Yo ya conocía la historia de la Inmaculada Concepción de la Virgen pero lo que no sabía era que si te negabas a tener un hijo con Dios, este te mataba de un infarto al corazón. Al menos eso era lo que ella contaba y, además, le parecía bien.
Su familia era algo más que ultracatólica. Pertenecían a una especie de Opus Dei para gente humilde y los fines de semana se los pasaban enteros rezando sábado y domingo, entre otras rarezas. Pero a pesar de tanta represión y oscurantismo, mi amiga era genial. O fue tanta represión y oscurantismo lo que la volvió gore y divertida. Siempre, cuando nos quedábamos a dormir juntas, la veía hacerse la muerta. Pero no es que fingiera haberse muerto de repente para darme un susto sino que adoptaba la postura de un cadáver dentro de un ataúd e intentaba quedarse dormida. El cuerpo rígido, el rictus serio y solemne y los brazos cruzados bajo el pecho incipiente. “Si no fuera la postura más cómoda no pasaríamos en ella el resto de la eternidad”. Pero lo más extraño llegaba por las mañanas cuando, de camino al colegio, anunciaba que tenía cucarachas en las bragas. En las que llevaba puestas. Y que le corrían libres por “el chichi”. Lo decía bien alto y claro y, en especial, cuando eran sus padres los que estaban delante. Tal vez fuera que su cuerpo ya había empezado a descomponerse pero me gusta pensar que aquella era su forma de vengarse.

 

 

 

Yuste, María. Vida de provincias. Barcelona; Honolulu Books, 2014.

 

  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

LOS QUE VIVEN CONMIGO

Literatura, música y algún vicio más

Hankover (Resaca)

Literatura, música y algún vicio más

PlanetaImaginario

Literatura, música y algún vicio más

El blog tardío de Elena Román

Literatura, música y algún vicio más

Del verso y lo adverso 9.0

Literatura, música y algún vicio más

DiazPimienta.com

Literatura, música y algún vicio más

El alma disponible

Literatura, música y algún vicio más

Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

Literatura, música y algún vicio más

Las ocasiones

Literatura, música y algún vicio más

AJUSTES Y OTRAS CUENTAS

Literatura, música y algún vicio más

RUA DOS ANJOS PRETOS

Blog de Ángel Gómez Espada

PERIFERIA ÜBER ALLES

Literatura, música y algún vicio más

PERROS EN LA PLAYA

Literatura, música y algún vicio más

Funámbulo Ciego

Literatura, música y algún vicio más

pequeña caja de tormentas

Literatura, música y algún vicio más

salón de los pasos perdidos

Literatura, música y algún vicio más

el interior del vértigo

Literatura, música y algún vicio más

Luna Miguel

Literatura, música y algún vicio más

VIA SOLE

Literatura, música y algún vicio más

El transbordador

Literatura, música y algún vicio más

Como no iba diciendo

Literatura, música y algún vicio más

SOLIPSISTAS DEL MUNDO

Literatura, música y algún vicio más

MANUEL VILAS

Literatura, música y algún vicio más

El fin de las siestas

Literatura, música y algún vicio más

Escrito en el viento

Literatura, música y algún vicio más

un cántico cuántico

Literatura, música y algún vicio más

Peripatetismos2.0

Literatura, música y algún vicio más

Daftar Harga Mobil Bekas

Literatura, música y algún vicio más

Hache

Literatura, música y algún vicio más

A %d blogueros les gusta esto: